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Censura Cinematográfica: La Punta Del Iceberg Imprimir E-Mail
por Victor Ugalde   
12 / 2003

Lector de proceso desde su primer número. Investigador, guionista y director de cine. Actualmente forma parte del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México.

No hay crimen perfecto. Tarde o temprano
los cadáveres siempre salen a flote

Oficialmente, la censura cinematográfica vivió treinta y seis años en nuestro país. De manera extraoficial, ha acompañado y hostigado a los creadores de nuestro cine durante los ciento cuatro años de su existencia.

Directores y guionistas como Serguei Einsestein, Roberto O´Quigley, Miguel Ruiz, Elia Kazan, Fernando de Fuentes, Jean Luc Godard, Alejandro Galindo, Raymundo Gleyzer, Rodolfo Usigli, Luis G. Basurto, José Revueltas, Giovanni Korporal, Paul Leduc, Gillo Pontecorvo, Gabriel Retes, Martín Scorsese, Jorge Fons, Costa Gravas y Oliver Stone, solo por citar unos cuantos, tienen como punto coincidente el haber sufrido la furia y obnubilación de la obtusa censura cinematográfica mexicana.

El poder de las imágenes en movimiento, la influencia que éstas podían ejercer sobre los millones de espectadores empobrecidos y descontentos con los gobiernos porfirista, revolucionarios y neoliberales, asusta de tal manera que todos los gobernantes tuvieron que censurar alguna cinta para validar sus administraciones y presentarlas como un pedazo del paraíso terrenal. Resultaba más fácil eliminar un pedazo de celuloide y ocultar en la pantalla lo que mostraba la cruda realidad circundante.

Habrán sido las presiones de los poderosos o el oficio del empleadillo gris, burócrata preocupado por conservar su empleo y quedar bien con sus jefes superiores los que ejercieron la censura, pero el resultado fue el mismo. Sus actos desvirtuaron la propuesta original de los artistas, violaron su libertad de expresión y violentaron los derechos del público consumidor. En el mejor de los casos al público se le entregó tardíamente una cinta cortada, mutilada y deformada haciéndole creer que era la propuesta original del creador, y en el peor, se le impidió su derecho de elección de verla o no en su tiempo. Por algo Alejandro Galindo sostuvo durante toda su vida que al cine mexicano nunca lo dejaron hablar con libertad y por eso sólo unas cuantas películas destacan sobre la medianía de una producción conformista.

La censura cinematográfica nació oficialmente en 1913 con el primer reglamento de Cinematógrafos que emitió el general golpista Victoriano Huerta. El Dictador tenía una imperiosa necesidad de controlar las imágenes cinematográficas y el ordenamiento facultaba al gobernador del Distrito Federal para suspender la exhibición de cintas que contuvieran ataques a las autoridades, a terceros, a la moral, las buenas costumbres, la paz y al orden público. Además, se prohibían las vistas donde se cometieran delitos y los culpables no recibieran castigo. ¿Cuánto hemos avanzado hasta la fecha?

En la revolución, el cine mexicano contó con cierta libertad expresiva gracias al equilibrio de las fuerzas revolucionarias que se disputaban el poder, pero al establecerse la paz el caudillo victorioso Venustiano Carranza promulgó en 1919 el Reglamento de Censura Cinematográfica. Ahí se estableció que para exhibir en México era necesario solicitar la autorización previa a la Secretaria de Gobernación, sin esta no se podía ver, exportar o importar (precepto que sigue vigente). Contra lo que se podría creer, este reglamento estaba mas orientado a controlar las películas extranjeras que las producidas en nuestro país. El presidente constitucionalista deseaba contrarrestar la imagen negativa que los productores norteamericanos estaban creando sobre su gobierno en el país y en el extranjero. Por eso censuro el mal uso de los símbolos patrios y lo denigrante u ofensivo para México, como cuando se nos presentaba a los mexicanos como ladrones, analfabetas, sucios, borrachos o descalzos, tal como sucedió en Why Worry y the Girl of the golden west, entre muchas otras.

Desde la creación del Departamento de Censura los distribuidores y exhibidores de películas iniciaron una campaña en su contra acusándolo de inconstitucional. El secretario de Gobernación, Manuel Aguirre lo defendió argumentando que era perfectamente constitucional. ¿A quién creerle?

Por los abusos de los censores, el presidente Adolfo De la Huerta suspendió la censura teatral y cinematográfica en 1920.

La libertad expresiva duró poco. Los distribuidores y exhibidores introdujeron películas audaces que molestaron la moral de los Caballeros de Colón y de la Unión de Damas Católicas, hechos que sumados a la necesidad del General Obregón por prohibir las cintas financiadas por los empresarios petroleros norteamericanos para desprestigiar a los gobiernos emanados de la revolución, propiciaron que se restableciera la censura en 1922. El gobierno mexicano no sólo prohibió la entrada de películas de empresas como la Paramount que habían hecho películas denigrantes para México, sino durante un tiempo prohibió todas las películas de actores o directores que hubieran trabajado en ellas.

Entre las cintas prohibidas por su acercamiento a la realidad mexicana destaca la del cineasta ruso Sergei Eisesntein que filmó imágenes de nuestro país para ¡Qué viva México! Fue arrestado por la policía bajo el cargo de “retratar a las clases bajas de la sociedad mexicana en escenas altamente denigrantes para el país”. El gobierno mexicano sometió las filmaciones de Eisenstein a una censura estricta lo que impidió, en parte, la conclusión de la cinta.

Desde los inicios de nuestra cinematografía y hasta la fecha los temas que tocan la vida y obra de los héroes nacionales siempre han sido estrictamente vigiladas y corregidas, por esto, cuando se tratan de plasmar en la pantalla a nuestros próceres siempre acaban con actitudes acartonadas, haciendo lo que dicta la historia oficial y expresándose con citas y frases históricas, como si desde pequeños conocieran su trágico destino.

¡Vámonos con Pancho Villa! del guionista Xavier Villaurrutia, logró evitar esto y presentó a un héroe con matices humanos. En 1935 el director Fernando de Fuentes la filmó gracias al apoyo económico que recibió Clasa Films por parte del gobierno pero ni así su cinta se salvó de la tijera protectora ya que el final de la cinta fue completamente cambiado. En el original las huestes de Villa asesinan a la familia de Tiburcio para que pudiera reincorporarse a la lucha revolucionaria. En la que se exhibió Villa huye de la peste, Tiburcio se decepciona y regresa a su pueblo a vivir con su familia.

En este tiempo, Miguel Ruiz, un escritor olvidado y casi desconocido sufrió los rigores de la censura con El prisionero 13 y La mancha de sangre. A la primera se le obligó a cambiar el final. La historia trata sobre la decadencia moral de un militar y denuncia la corrupción de los mandos castrenses en la época revolucionaria. El nuevo final justificó la historia como producto de una pesadilla. Este incidente fue menor si lo comparamos con la suerte de La mancha de sangre que dirigió el pintor Adolfo Best Maugard en 1937, que sólo se pudo estrenar seis años después con escenas mutiladas por la Secretaría de Gobernación y sólo en funciones exclusivamente para adultos.

En 1949 se promulgó la primera ley de la industria cinematográfica que abrogó el reglamento de censura. En la ley se eliminó la palabra censura pero se introdujo el requisito de autorización y supervisión previa a la exhibición. Con el propósito de eliminar la censura se obligó al gobierno a contestar cualquier solicitud de autorización en un máximo de 72 horas, mismas que se convertirían en semanas, meses y años para toda cinta que molestara al régimen en turno y la plutocracia. En el reglamento de 1952 se especificaron las causas para negar la exhibición de una cinta. Destacaron las siguientes razones: cuando se ataque o falte el respeto a la vida privada, considerando ésta cuando se exponga al odio, desprecio o ridículo a una persona. Cuando se ataque a la moral, entendiéndose ésta como la ofensa al pudor, a la decencia o a las buenas costumbres. Cuando se provoque algún delito, se haga apología de algún vicio o cuando se ataque el orden público.

En 1953, “Espaldas mojadas” de Alejandro Galindo fue congelada por tres años. Trataba el problema de los mexicanos que cruzan la frontera sin documentos y como los norteamericanos los discrimina y explotan en su beneficio. Cuando logró estrenarse, tuvo que modificar su final original y agregarle una leyenda aclaratoria. Las razones esgrimidas por los funcionarios para la prohibición fue que la cinta podía enturbiar y erosionar las buenas relaciones México Estados Unidos.

En esa época habría que sumar la existencia del “código de recomendaciones” de la Legión Mexicana de la decencia impulsada por los Caballeros de Colón. De “1946 a 1958 fue, probablemente, cuando la legión logró tener mayor influencia en la formación de opinión del público católico, al poder presionar y denunciar de manera directa la exhibición de películas ante el departamento de censura (sic)”. Este Reglamento profundizaba e iba mucho más adelante que el de los supervisores oficiales. Entre otras sugerencias contenía las siguientes: “Esta prohibido cualquier movimiento oscilatorio de senos, así como el contoneo del cuerpo sin mover los pies. Se debe renunciar a las escenas que contengan desnudez y la semidesnudez sólo se permitirá siempre que sea esencial a la trama y en tal caso la actitud y postura mostrada deberá ser discreta y artística”. Con esto se terminó la etapa del cine de cabaret que permeó nuestro cine desde la mitad de la década de los cuarenta hasta principio de los cincuenta. También desaparecieron los escandalosos desnudos inmóviles de Amanda del Llano, Ana Luisa Pelufo y Columba Domínguez en cintas como El seductor de Chano Urueta, La fuerza del deseo de Miguel M. Delgado y La virtud desnuda de Díaz Morales respectivamente. El resto de la producción debía limitar los besos a las manos y la cara con exclusión del cuello, orejas y nuca y no se debería ver la boca de los amantes entreabierta. Se prohibía también mostrar al hombre intentando desvestir a la mujer o usar el licor como eficaz ayuda para los apocados o consuelo para los decepcionados. El licor siempre se tendría que presentar mostrando consecuencias nefastas para el borracho.

En materia de conflictos sociales la “recomendación” indicaba que no se debían plantear situaciones que ahondaran el odio social. El pobre o desheredado no podía ser la víctima del rico y del poderoso porque se fomentaba el odio de clases. Entre los ejemplos más famosos destacan Los olvidados de Luis Buñuel y El impostor, basada en El gesticulador de Rodolfo Usigli. La primera sufrió una campaña de repudio promovida por los medios serviles a las autoridades en turno. Se acusaba al director y al escritor Luis Alcoriza de extranjeros perniciosos que denigraban al país que les dio asilo al mostrar un México inexistente. Campaña que se suavizó cuando la cinta obtuvo el premio del Festival Internacional de Cannes. Para lograr su exhibición se tuvo que añadir una aclaración inicial señalando que los niños de la calle y la violencia urbana era un fenómeno mundial. Hace unos años la Filmoteca de la UNAM descubrió la existencia de otro final, mucho mas moralista, que afortunadamente no se incluyó. Por su parte El impostor causó la misma irritación y persecución que cuando el texto original fue representado en el teatro en 1938. La cinta tuvo que dejar fuera varias escenas y esperar cuatro años para poder estrenarse.

En los cincuenta la supervisión fue dura pero la década de los sesenta con López Mateos y Díaz Ordaz la superó con creces. En este tiempo sólo se podía ver en las pantallas de nuestro país policías y autoridades incorruptibles, así como una administración de la justicia rápida, expedita e igualitaria para todos. En la temática de nuestro cine no existían conflictos campesinos, ferrocarrileros, médicos, ni laborales, aunque la realidad se empeñara en mostrarnos que el milagro mexicano y su desarrollo estabilizador estaba agotado. Al ritmo de César Costa y los juniors que se divertían haciendo cine estabamos en el mejor de los mundos posibles.

Esta falsa imagen era el resultado de una férrea censura producto del contubernio Productores mexicanos/Gobierno en el cual los primeros no filmaban asuntos molestos o espinosos para las autoridades y a cambio recibían el apoyo para la difusión de sus films a través de las compañías estatales como la exhibidora Operadora de Teatros, recientemente estatizada, y las distribuidoras Películas Mexicanas y Películas Nacionales.

Entre las películas censuradas destaca Tarahumara de Luis Alcoriza, cinta que muestra la demagogia de las acciones gubernamentales sobre el problema indígena. Las imágenes muestran las condiciones de sobre explotación, pobreza y marginalidad en la que se encontraban los rarámuris contraviniendo la idea de que en los regímenes revolucionarios los indios eran sus “hijos predilectos”. La cinta se exhibió al público con 24 minutos menos y se suprimieron parte de las escenas que tocaban la forma en que ejercen su sexualidad los rarámuris, lo que iba en contra de las costumbres ortodoxas de la moral tradicional y las escenas que mostraban el contubernio caciques locales/autoridades federales.

Igual tratamiento recibió La Rosa Blanca de Emilio Carballido y Roberto Gavaldón que documentó el problema petrolero. Esta cinta recibió financiamiento por parte de la compañía Petróleos Mexicanos y aún así tuvo que esperar doce años para estrenarse y lo hizo suprimiendo las tomas documentales iniciales donde se hacia referencia a la rapiña de las empresas extranjeras y las razones del gobierno para expropiar el petróleo. Además se eliminaron las secuencias donde se mostraba el doble lenguaje de los norteamericanos y los ultrajes de las empresas transnacionales con los mexicanos..

Con motivo del premio nacional de literatura de Martín Luis Guzmán la Sección de Técnicos y Manuales del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica filmó La Sombra del Caudillo. El proyecto se gesto con el visto bueno presidencial y tuvo una exitosa presentación en el Festival de Karlovy Vary donde obtuvo dos premios. Inmediatamente después empezaron sus problemas. La cinta retrata crudamente el comportamiento de los hombres tras el poder. Temática que continúa vigente hasta la fecha; véase la película y cámbiese a los generales revolucionarios por licenciados o doctores neoliberales y todo continúa igual: se traiciona, se asesina y la hipocresía campea en la búsqueda de puestos y enriquecimiento rápido. En un principio se culpó a los Generales Olachea y Treviño de ser los responsables de la prohibición, pero en 1990 el primero de ellos aclaró que la censura provenía del poder político y más concretamente del entonces Secretario de Gobernación, el Lic. Gustavo Díaz Ordaz.

La vocación censora del genocida de Tlatelolco era grande. En su sexenio se prohibió la exhibición de La batalla de Argel de Pontecorvo, Z de Costa Gavras, y por supuesto todas las imágenes filmadas sobre el dos de octubre del sesenta y ocho. Años después de su gobierno se logro difundir, de una manera marginal, la cinta El grito de Leobardo López y México 68 de Oscar Menéndez. Hasta la fecha siguen sin verse públicamente las imágenes que filmó el cineasta Servando González por instrucciones de la Secretaría de Gobernación. ¿Dónde están estos rollos financiados con el dinero de nuestro impuestos? ¿Hasta cuándo verán la luz pública?

En los setenta, se flexibilizó la supervisión en comparación con la década anterior. Se liberó el sexo y el lenguaje pero se mantuvo cierto control. Cintas como México, Revolución congelada de Gleyzer, Etnocidio de Maldonado, La casa del sur de Olhovich y Emiliano Zapata de Felipe Cazals, entre otras, sufrieron los rigores de la apertura democrática echeverrísta.

El sexo, el albur y la desnudez que desde siempre espantaron a las buenas conciencias parecían superados y se creía que sólo era intocable lo referente a la santa triada: el presidente y el PRI, léase la política; la virgen de Guadalupe, léase la religión y el ejército, léase el santo poder de las armas.

Así parecía que se desarrollaría el último sexenio heredero del populismo revolucionario, sin embargo la excensora Margarita López Portillo se encargó de recordarnos que hay regresiones en la historia. Entre los escándalos de su actuación, tocó a La viuda Negra, basada en la obra de teatro homónima Debería de haber obispas de Rafael Solana con guión de Ramón Obón y Francisco del Villar, sufrir los arrebatos de su cólera porque mostraba las relaciones eróticas entre un sacerdote y su ama de llaves. Esta cinta se exhibió seis años después y se le condenó a una exhibición restringida a funciones de medianoche en ciudades cosmopolitas, otra forma de censurar una cinta. Tres mujeres en la hoguera corrió la misma suerte por atreverse a narrar relaciones amorosas y sexuales entre mujeres.

López Portillo estuvo muy activo en eso de cortar y no exhibir cine mexicano pero pocos cineastas se atrevieron a denunciarlo. También trascendió a la opinión pública el caso de las cintas Cosa Fácil y Días de combate de Alfredo Gurrola, guión de Jorge Patiño y argumento de Paco Ignacio Taibo II que por algunas escenas de desnudos sólo se pudieron exhibir tres años después de filmadas. La cinta Fuego en el mar de Raúl Araiza tuvo que eliminar las secuencias que hacían referencia al desastre ecológico que significó el incendio del Ixtoc, se presentó al público dos años después de su realización.

Maria de mi corazón y Las apariencias engañan de Jaime Humberto Hermosillo tuvieron que esperar cinco y seis años para su estreno respectivamente porque no lograban obtener la autorización de cinematografía porque los sindicatos cinematográficos (STPC y STIC) en contubernio con gobernación lo impedían por haberse filmado de manera independiente. Este tipo de censura vigente desde décadas atrás y que tanto afectó el desarrollo del cine independiente se eliminó cuando se terminó la práctica corporativista en el neoliberalismo. Quizá por esto, se congeló por tres años Angela Morante, crimen o suicidio de José Estrada ya que mostraba la corrupción en el cine, el periodismo y el ataque de los halcones. Rafael Corkidi realizó de forma experimental y con el apoyo del STIC las cintas Figuras de la Pasión y Las Lupitas, por el temor de sus imágenes profanas su material nunca se exhibió públicamente.

Por cumplir con el derecho a la información que se incluyó en el artículo sexto de la constitución o por torpeza administrativa, por fin nos logramos enterar, a través del boletín de autorizaciones de la Dirección de Cinematografía, que más del 10 % del total de las cintas autorizadas en este sexenio, lo obtuvieron previos cortes impuestos por la Secretaría de Gobernación.

En este tiempo, se redujo drásticamente la producción estatal y se estableció la peor de las censuras: la económica. El gobierno pasó de cuarenta y dos películas al año en 1977 a sólo ocho en 1982. El no financiar cintas molestas a los funcionarios gubernamentales en turno se convirtió en uso y costumbre de la administración pública, por esto, la Directora de RTC canceló la producción de films como Acción americana de Luis Alcoriza y Chico grande de Ricardo Garibay. En este sexenio se declaró formalmente muerta la revolución mexicana y se dio un giro de ciento ochenta grados a la política nacional para dar entrada formal a los gobiernos de corte neoliberal como el de Miguel de la Madrid y sucesores.

La censura neoliberal madricista toco a cintas extranjeras como Bandidos del tiempo de Terry Guilliam, El caso Slkwood de Nichols, Los tres amigos, Traición sin límites y un largo etcétera. Entre las mexicanas, la cinta ganadora del que sería el último concurso de la Sociedad General de Escritores y RTC , Los dueños del petróleo de Ignacio Retes, tuvo el veto del líder petrolero Joaquín Hernández Galicia (a) La Quina, por lo que se eliminaron las referencias a la corrupción política petrolera y se le cambio el título a Viaje al paraíso. Igual suerte correría Víctor Hugo Rascón Banda al trata de adaptar Morir en el golfo de Aguilar Camín por lo que la historia del líder petrolero se transformó en un corrupto de tabasco y su título se transformó a Días difíciles de Alejandro Pelayo.

El retiro de las salas de cine propiedad del gobierno cuando estaban a cine lleno fue el premio/censura que recibió Lo Negro del negro de Benjamin Escamilla y Angel Vázquez por tratar de mostrar la corrupción policiaca del sexenio Lopezportillista.

En el periodo de Enrique Soto Izquierdo al frente del Instituto Mexicano de Cinematografía se mantuvo la censura económica por los escasos recursos destinados a la producción estatal y el miedo de los productores privados al aparato de estado. En este tiempo empezó a correr fuertemente la versión de que eran los escritores y los artistas quienes se autocensuraban ya que el nuevo régimen neoliberal no censuraba como en los tiempo s de los gobiernos herederos de la revolución.

En 1986 la Asociación de Productores y Distribuidores de la República Mexicana dirigida por Fernando Pérez Gavilán denunció a la compañía estatal, Operadora de Teatros, de tener 187 películas mexicanas sin exhibir. Después de meses de negociaciones Jesús Hernández Torres, director de RTC, creó un plan de renovación cinematográfica que se sintetizó en la creación de un fondo de apoyo al cine, la liberación de la censura y los precios del boleto así como la exhibición del cine mexicano.

Creyéndose los buenos propósitos del plan, unos cuantos productores empezaron a intentar otro tipo de cine y en 1988 se filmó una cinta que se atrevió a tocar en la pantalla al ejército mexicano y la figura presidencial. ¿Nos traicionará el presidente? fue una cinta fallida cinematográficamente hablando pero tuvo la virtud de retar la hipocresía del gobierno. El film muestra al ejército mexicano dando un golpe de estado por tratar de evitar que el presidente saliente del PRI designe por dedazo a un sucesor afín a los intereses de las transnacionales, obligado por la CIA.

La película se presentó para obtener la autorización y se quedó tres años confinada en las bodegas de cinematografía en la época de Raúl Ortiz Urquidi como subdirector de autorizaciones. A esta se le sumaron Zapata en Chinameca de Mario Hernández, parábola sobre las traiciones a sus ideales de los generales de la revolución, Relámpago de Ruiz Llaneza que recibió clasificación de adultos sólo por que en unos de sus diálogos se mencionaba la palabra caca., Máscara contra Bikini del mismo autor se le eliminó una secuencia de casi ocho minutos por referirse a la Virgen de Guadalupe. Fernando Macotela, Director de Cinematografía veto la cinta Yo te saludo María de Godard porque a su decir se trataba de un cineasta en decadencia. El disco-Bar el Nueve se atrevió a presentarla sin autorización y fue clausurado temporalmente.

Al cambio de gobierno, después de las elecciones mas reñidas de la historia y bajo la sospecha de ser un gobierno fraudulento, la censura se incrementó notablemente e incluyó en las listas del gobierno de Salinas todo aquello que recordara la presencia Cuauhtémoc Cárdenas. El Secreto de Romelia de Busy Cortes tuvo que eliminar las referencias a Lázaro Cárdenas y al film de Alejandro Galindo titulado Cárdenas le dificultaron su exhibición. Los videos producidos por el colectivo Canal seis de julio, encabezados por Carlos Mendoza presentaron un recuento de la elección del 88 en Crónica de un fraude y nunca recibieron la autorización para su exhibición y comercialización. Los argumentos del departamento de supervisión fueron que era un video pirata ¿? y que en sus imágenes documentales de mítines y marchas se insulta al presidente Salinas. En 1990 fue censurada y hostigada la primera bienal de video por permitir concursar y premiar otro de los materiales del Canal seis de Julio: Modernidad Bárbara.

Al grito de no es lo mismo libertad que libertinaje, Mercedes Certucha directora de Cinematografía, congeló las autorizaciones de cintas comerciales como Los intrépidos punks, El violador Infernal, El imperio de los malditos, etc. marcando el regresó la censura en pleno. El número de films prohibidos y recortados fue en aumento así como las protestas de los creadores mexicanos.

Ante ésta situación, la SOGEM presidida por José María Fernández Unsaín empezó una campaña en contra de la censura. Todo empezó en una asamblea general cuando el escritor Xavier Robles denunció las maniobras en contra de Rojo amanecer dirigida por Jorge Fons. Todos los presentes sumaron sus voces de protesta y decidieron ampararse en contra de las acciones gubernamentales. Después de varios meses de lucha se logró que el gobierno Salinista autorizara todas las cintas enlatadas. Así, después de treinta años se autorizó la exhibición de La sombra del Caudillo y todas las demás. Como el negativo original desapareció la versión que se exhibió contenía el prólogo explicativo de Martín Luis Guzmán y Julio Bracho además de que se eliminaron y cambiaron varias secuencias del guión original. Concesiones infructuosas que se habían hecho para lograr su exhibición en la década de los sesenta.

A ¿Nos traicionará el presidente? se le tuvo que cambiar el título por imposición de las autoridades convirtiéndose en Intriga contra México. Rojo amanecer fue autorizada con tres cortes, aunque los productores y artistas de la cinta se vieron forzados a sostener públicamente lo contrario. El dictamen de cinematografía contenía entre otras las siguientes frases: “La película presenta diálogos ofensivos para figuras históricas por consiguiente se recomienda cortar la continuidad de la narración cinematográfica sin que afecte el contenido o secuencia de la obra” (sic)… “La autorización evitaría un prolongado enfrentamiento entre las autoridades competentes y SOGEM.” Los cineastas celebraron el triunfo de la libertad de expresión con la renuncia de la Directora de Cinematografía y en su euforia olvidaron los videos de Mendoza y las cintas de Corkidi.

Ante el temor de grupos como Provida que la acusaban como un engendro blasfemo del infierno, La ultima tentación de Cristo de Scorsese no fue autorizada para su exhibición en las salas de cine en nuestro país porque la “distribuidora retiro su petición”.

En el sexenio Zedillista sólo se produjeron 16 largometrajes mexicanos al año por lo que la censura se ejerció a través del control financiero. Con el pretexto de la “calidad” se rechazaron guiones que tocaban el asesinato de Colosio o la matanza de Aguas blancas. El tercer director del IMCINE del sexenio, Lic. Eduardo Amerena, fue muy claro en una entrevista que sostuvo con varios escritores de cine donde les manifestó que durante su gestión no se financiarían películas “perredistas”. Ante el asombro y preguntas de los presentes aclaró que cintas perredistas eran todas aquellas que criticaran al gobierno actual. Ironías del destino, fue una cinta producida por la dependencia a su cargo la que puso a prueba la vocación liberal del régimen y provocó su caída.

La Ley de Herodes, de Luis Estrada, escrita por Vicente Leñero, Fernando León y Jaime Sampietro mostraba la corrupción y abusos de poder de funcionarios y políticos del PRI en la época alemanista, aunque su lectura la hacía parecer como una crítica a todas las épocas.

La torpeza y golpes bajos característicos de los burócratas en lucha internas por el poder ayudaron para que la oportuna movilización de la comunidad cinematográfica y mediática denunciara y abortara todos y cada uno de los intentos de censura que trato de ejercer el director de Conaculta, Lic. Rafael Tovar y de Teresa a través del director del IMCINE.

La película pasó misteriosamente todos y cada uno de los filtros del IMCINE y cuando se iba a presentar en el Festival de cine Francés de Acapulco sufrió el primer intento de censura.

Extraoficialmente se anunció su retiro del evento pero la valiente denuncia de los actores Damián Alcázar y Leticia Huijara movilizó a la prensa y la opinión pública. Tratando de justificar su acción, el director de IMCINE informó que no se podía proyectar por deficiencias técnicas pero como algunos de los presentes ya la habían visto echaron por tierra su coartada. Después se argumento que no se podía proyectar por no contar con la autorización de Cinematografía. De inmediato RTC informó que ya estaba autorizada. Tiempo después se sabría que Cinematografía no la había visto pero con el fin de que no le colgaran el San Benito de censor, instruyó a sus supervisores para que dijeran que ya tenía número de autorización. Al grito de liberté, liberté La Ley de Herodes salió con velas desplegadas en el puerto.

El segundo intento ocurrió en diciembre cuando se estrenó en la Cineteca Nacional y Cinemark, sin publicidad suficiente ni campaña de prensa previa, con dos copias piratas realizadas en el laboratorio gubernamental. La función se ofrecía en pésimas condiciones con el fin de ahuyentar a los pocos espectadores que asistieron ese viernes. El objetivo era claro, exhibirla en la clandestinidad y después argüir que la cinta no le gustó al público y embodegarla hasta pasadas las elecciones o por tiempo indefinido si era posible. La voz se corrió de inmediato y las salas se colmaron de espectadores. El lunes, día que la Cineteca no trabaja regularmente, los espectadores que asistieron y vieron cerradas las salas, gritaban Censura, Censura y exigían su exhibición. Ante la presión, Rafael Tovar se vio obligado a negociar con la presidenta de la Comisión de Cultura, diputada María Rojo. La película salió tal cual en febrero del 2000.

Este breve recorrido por la censura cinematográfica en el siglo XX sólo representa la punta del iceberg, son algunos de los casos mas sonados a través de nuestra historia, cientos de cintas se quedan fuera de este recuento sobre los intentos frustrados y logrados de los diversos gobiernos por controlar la expresión cinematográfica mexicana. De estos intentos, la sociedad mexicana se enteró de inmediato cuando el valor civil de sus creadores lo hizo posible o tardíamente y a toro pasado por el silencio de estos y gracias a la paciencia acuciosa de los investigadores.

Los artistas que osaron levantar su voz tuvieron que sufrir las represalias de un poder corporativo, venganza que en ocasiones alcanzó varios sexenios de marginación y silencio. Los que no tuvieron el valor civil de la denuncia, los que aceptaron sumisamente los excesos de las diversas autoridades, los que guardaron silencios vergonzosos por cuidar y mantener sus carreras cinematográficas son los que permitieron alargar la velada existencia de la censura.

Hoy parece que el fin de censura está cercano pero no hay que olvidar que en la historia hay retrocesos. En cualquier momento puede regresar con la primera cinta que toque los intereses y proyecto de nación de los nuevos funcionarios y partido en el poder. La sociedad y sus creadores tienen la palabra para evitar que renazca en el siglo XXI.

 
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