| No cantan mal las rancheras |
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| por Vittor Samzen | ||||||||
| 05 / 2007 | ||||||||
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Lo venía sospechando desde hacía algún tiempo pero no me di por enterado hasta hace unos días en que irrumpí en la recámara de mis hijos adolescentes, sin tocar antes de entrar. No sé que extraño afán de sorprenderlos in fragantti se apoderó de mí, fue mayor a mis fuerzas, no me pude controlar. Digo, si no va uno a asimilar bien las sorpresas, pa’ que se mete en esas broncas. Para empezar, los susodichos estaban cómodamente echados, cual vacas de rancho, en compañía de su hermana más pequeña, una dulce pre-adolescente que sufre del Síndrome Pre-Menstrual desde hace ya más de 10 años, por lo que nos estruja el alma imaginarnos el genio que se va a cargar en cuanto sus ciclos lunares den comienzo a las verdaderas hostilidades. Platicaban cual buenos hermanitos y mientras uno chateaba con una desconocida concurrencia frente a la pantalla de la compu, los otros dos tarareaban con flojera la música de fondo mientras entre los tres chismeaban sobre los acontecimientos del día. Hasta ahí, casi vamos bien. Prácticamente podríamos decir que no había delito que perseguir y cual animalitos en jaula de zoológico, apenas les merecí una fugaz mirada y me siguieron ignorando olímpicamente. Pero, ¡oh dolor!, ¿Qué es eso que rasga mis tímpanos? Tantos años llevándolos a museos, a cuanta exposición cultural surgía a pesar de las distancias, del cansancio, de la inversión (que nunca lo consideramos un gasto) y las aglomeraciones. Los conciertos en el Palacio de Bellas Artes, las temporadas completas de música antigua; las disertaciones expertas en el Colegio Nacional y los múltiples recitales sacros de la Capilla Virreinal, magistralmente dirigida por el celebérrimo maestro Aurelio Tello; no hablemos de las clases de violín y las de guitarra clásica. Años de dedicación y desvelo, de anhelos y de sueños, se desmoronaron en un instante. ¿Pero qué estaban escuchando? La primera imagen que vino a mi mente fue a Ethelvina, a quien le causaba aversión el sonido del radio de la sirvienta en turno, con su música de pueblo. La veía hecha una fiera, arremetiendo contra ellos y el aparato de sonido como Jesús en el templo azotando a los mercaderes. Respiré profundo y conté a diez, hasta superar la impresión y contener mi reacción. Los tres estaban escuchando “La Ke-buena” (horror en quadrafonic), nosotros (la “gente bien”, diría mi madre) no escuchamos esos berridos ni de broma. ¿De dónde surgió esa repentina y aterradora afición? Asumí con candidez que podría tratarse de una situación momentánea y accidental, por lo que lo mejor sería no emitir juicio alguno, no sea que por Contreras ahí le dejen. Relajé el cuerpo repitiendo mi mantra y me dispuse a oír las razones de este desliz acústico. En la siguiente media hora me enteré que sus compañeritos de primaria, secundaria y prepa, no sólo escuchan, bailan y cantan estas pintorescas melodías y se saben de memoria las por demás extravagantes letras. Además, conocen a los grupos o bandas (apelativo que me permite asociarlos a las delictivas actividades anti-culturales que desarrollan y de pronto sospecho son parte de un boicot perpetrado contra Sergio Vela por cerrar la Biblioteca Vasconcelos), a los cantantes y los detalles que rodean las más locas anécdotas que los refieren. En justicia a mi hijo mayor, debo recalcar que a él le disgusta la música vernácula mexicana y es totalmente “merol”, que es como se refiere a la música “metal” y me argumenta que incluso Pavarotti tiene varias intervenciones en algunas rolas de estos grupos, en su mayoría de origen eslavo, apariencia vikinga y cuyos nombres tienen otro sesgo, como Sonata Ártica. Pero volviendo a las bandas de acá, en un rápido y superficial análisis de las letras, descubrí que están tan dañados del “psiquis” como José Alfredo Jiménez, pero con los trastornos típicos de los machos a merced de las mujeres liberadas de nuestros días post priístas. Definitivamente deberían tener apelativos como “Los Arrastrados de la Sierra” o “Los Chillones de Durango” ya que sufren y arrastran la cobija tras amores que los maltratan y los desprecian, los engañan y nada más falta que les peguen. Y luego “dan gracias a Dios” por haberse encontrado a esas “joyitas” en su camino. Los nombres de los grupos son por demás absurdos y cursis, como La Arrolladora Banda El Limón que utiliza tan rimbombante marca para diferenciarse de La Original Banda El Limón, ambas originarias de un minúsculo y tropical poblado del mismo nombre entre Ciudad Mante y Ciudad Victoria, en Tamaulipas. Es música norteña interpretada por bandas como Los Alegres de la Sierra, conocidos por su éxito “De rodillas te pido” (o el himno a la dignidad) que se ha mantenido varias semanas en el Top Ten del Hit Parade ranchero; Los Horóscopos de Durango, ¿?? que me imagino como una versión silvestre de Los Caballeros del Zodiaco, no sé, algo como Kiss pero con botas vaqueras. ¿Qué es eso? No me puedo imaginar el proceso creativo (mega-pasón y daño cerebral) para salir con estos nombrecitos. Éste en particular tiene como gran éxito un “cover”, una canción de Pandora pero con ritmo de quebradita, “Como te va mi amor”, que es capaz de erizarme los pelitos de la espalda. La demanda de las Pandoras, por difamación y faltas a moral no se hace esperar. Por otro lado, aparecen Los Primos de Durango; Los K-Paz de la Sierra (nadie me ha explicado el posible significado de tal apelativo, pero agentes de la CIA sospechan que sea una célula de Al-Qaeda); El Lamento Show de Durango ¡Qué horror!, y todo esto tiene como epicentro a Durango. Urge abrir una sucursal de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos para dar apoyo emocional a estos muchachos. Por otro lado, en el gustado y selecto radio-programa El Coyote te las Pone, se anuncia a Pequeños Musical conocidos por el mega-éxito “Me encantaría” confirmando lo abigarrado del movimiento norteado. Cabe mencionar a Valentín Elizalde, un cantante conocido como “El Gallo de Oro” que tristemente logró notoriedad tras ser baleado al salir de un Palenque por cantar un narco-corrido en el territorio equivocado. Los Zetas tomaron la interpretación como una afrenta y como a Rosita Alvirez, nomás tres tiros le dieron... por centímetro cuadrado. Este difunto personaje, como el Mío Cid, mantiene entre las melodías más gustadas al Lobo Domesticado, cuya letra es un denigrante aullido para el género tradicionalmente dominante, exteriorizando su deseo por convertirse en la mascota fiel de la chica en cuestión, lo cual suena más a un French Poodle con ganas de ir al baño. Para acabarla de amolar, también existe un canal de TV, vía cable, dedicado a cubrir la escena grupera en el que se puede apreciar la furibunda personalidad de los integrantes de estos conjuntos. Es un complot del que participa hasta Televisa, más no entiendo hacia dónde se dirige ni con qué fin y cómo es que va sumando miles de adeptos cada día. ¿Acaso otro innombrable acecha detrás de todo esto? Tan fácil que hubiera sido tocar a la puerta y esperar a que apagaran el aparato de sonido para evitar estos sobresaltos. Lo aberrante es que esto, con el malinchismo que nos caracteriza, suena 100% mexicano, entre redoba, platillos, tarola y bombo, acordeón, trompetas... Vaya, que es descendiente vengador y directo del “Taconazo” y el mariachi. “¿Qué hice mal?”, me repito hasta quedarme dormido. “Querre, querrequerrico, que comes, que sabes tan bien cariñito mío, ay dame un poquito, mi amor...”, ¡y lo peor es que se pega! *Vittor Samzen, nació bajo de una higuera con un nombre más común que corriente por lo que adoptó este apelativo. Egresado universitario, trabajó por años dentro de las entrañas del sistema. Se inició escribiendo cartas y ahora desarrolla historias que mezclan las vivencias con lo que podría haber pasado o debería de pasar.
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