| 23 de Octubre |
| por Miguel González Sandria | ||||||||||||||||||
| 10 / 2006 | ||||||||||||||||||
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Miguel González Sandria nació en Córdoba, Veracruz en 1894, vivió allí hasta el día de su muerte y este escrito fue hallado entre otros, debajo de la cama donde terminó sus días. Se cree que estuvo casado y no tuvo hijos. Nunca publicó ningún escrito. Ya que la fecha se acerca, “23 de octubre”, como se titula este primer cuento, nos pareció más que adecuado darles a conocer un poco del humor de este personaje inédito. Luego de él, sigue “Vaya a ser”, como postre.
Para darle un toque personal al asesinato, decidió llevarlo a cabo el veintitrés de octubre, día en que cumplirían siete años de casados. Ya había pensado en todo lo que atraería su febril labor. Pensó en todo, y aunque dicen que no hay asesinato perfecto, este se había planeado de forma tal que no había manera de ser descubierto. El veintidós de Octubre, un martes como casi cualquier otro, después de ir a trabajar, Ernesto decidió ir a comprar el regalo de Sandra. Tenía cinco años de trabajar en un despacho de contadores; su padre, reconocido y respetado contador entre los que más, había frustrado sus sueños: siempre había deseado administrar una granja. Sabía que Sandra deseaba un nuevo reloj, aquél que habían visto el pasado domingo cuando fueron a la plaza del norte de la ciudad, y el mismo por el que empezó aquella discusión que pronto se convertiría en tragedia. Después de comprar el reloj y de escoger el estuche adecuado para tan especial ocasión, fue por el sedante que acostumbraba comprar para el par de ovejas que tenía en el traspatio de su casa. Cuando llegó a casa, las luces estaban apagadas. Ya debía haber llegado Sandra de su trabajo, ya debía estar en casa preparando la cena. Además el auto estaba estacionado frente al umbral de la casa. Los gritos y los aplausos fueron sincronices al encender de la luz. Todo lo había organizado Sandra, todo porque su aniversario debía ser algo inolvidable. Pronto se olvidó Ernesto de lo planeado, dejó a un lado la sorpresa que tenía a su aún esposa y colocó los dos paquetes dentro del cajón donde guardaban las llaves del auto que manejaba Sandra. Ernesto siempre había preferido caminar. Sandra atendía afablemente a todos su invitados; mientras, Ernesto tomaba una copa de vino tinto y pensaba en lo que Sandra había hecho por y para los dos, pensaba en el esfuerzo que ella había dedicado a esa reunión que a él tanto le significaba. También pensó en el percance del reloj. Quizá no debió exaltarse tanto, quizá había exagerado al desearle la muerte a su esposa y más aún, quizá le debía una disculpa a Sandra. La reunión se prolongó hasta la madrugada, los invitados eran cada vez menos, y Sandra se notaba tan jovial como si apenas comenzara la noche. Nada parecía preocuparle. Ernesto estaba seguro de que ella también había olvidado todo lo ocurrido el domingo pasado, eso lo hacía sentirse tranquilo. Cuando despidieron al último invitado, Ernesto besó a Sandra de una forma extraña, se sentía culpable por lo ocurrido y más aún avergonzado por el esfuerzo que Sandra había dedicado para la reunión. El alcohol lo había colocado en un estado de reflexión y pasividad. Sandra lo miró fijamente, lo atrajo hacia sí y, mientras le decía al oído que lo amaba, le colocó en nariz y boca un lienzo empapado en cloroformo. Las ovejas debían realizar el siguiente paso. Sandra se sintió orgullosa de haber aprendido que el fuego excitaba el denuedo de aquellos animales que siempre odió, y que ahora se convertían en sus cómplices. Después de colocar a Ernesto entre los dos animales, acercó fuego a las ovejas, y éstas, impulsadas como por un hechizo, comenzaron a correr y a revolverse sobre el cuerpo inconsciente del que un día fuera su dueño. Sandra se congratulaba de lo bien que había planeado el asesinato. Diría que después de la reunión, Ernesto había decidido ir a ver a sus ovejas y que estas le habían matado. Una vez que constató que Ernesto estaba muerto, lavó sus manos y quemó el lienzo somnífero. Pensó en llamar a una ambulancia, pero decidió llevar a Ernesto a un hospital. Así sería más fácil, lejos de la escena del crimen. Tuvo que levantar los paquetes que ocultaban las llaves del auto; el brillo y lo llamativo de uno de ellos la hizo detenerse a averiguar qué contenía. El reloj era de oro, la carátula era circular y marcaba las tres con diez de la madrugada. Sandra recordó la discusión del domingo, quiso remediar lo ocurrido, pero ya era demasiado tarde. Ernesto estaba muerto, y el reloj ni siquiera era el que le había gustado a ella. * * * * * Vaya a ser Nunca, y créanme la expresión; nunca había pensado que lo que me esta pasando algún día podría sucederme. Ni a mí ni a nadie. No antecederé demasiado al siguiente relato, pero sí trataré de hacer hincapié en lo que pudo ser industrial para que lo que pasa pase. El ocho de noviembre casi a las siete de la mañana, recibí en la puerta de mi casa de las manos de un hombre negro un paquete del tamaño de un balón de fútbol. Por falta de costumbre en la recepción de correspondencia, más aún sabiendo que nadie sabía mi nueva dirección, me intrigó conocer lo que dicho paquete contenía. Después de la rigurosa aunque no abundante propina, aquél hombre abandonó el edificio del que me había vuelto inquilino. Ya el paquete sobre la mesa de la sala, hice útil la navaja que un otoño de 1964 me regaló mi padre. Cuando logré percibir lo que habitaba dentro de la caja, me sorprendí de tal forma que un pequeño grito nació de mi garganta. Era un gato. Una gato muy peculiar, no movía su cuerpo ni mostraba síntomas notorios de estar vivo. Fue su respiración lenta y profunda la que me hizo saber que el animal vivía. Su aspecto físico era común: de tamaño mediano, como el de un gato joven, era gris oscuro y sus ojos reflejaban un negro profundo y muerto, sin brillo ni expresión. Pues bien, dentro de la caja muy meticulosamente se había colocado una nota escrita con máquina. El papel era de tipo periódico, muy delgado y de un color gastado; estaba sujeto con un alfiler en cada esquina. La redacción del escrito era breve y en ese momento me pareció falta de coherencia: “Vaya a ser”. Ciertamente, y aunque me causaba demasiada curiosidad, no podía hacer nada para conocer el origen de mi nueva mascota y del significado de la nota que le acompañó. Fueron dos días en los que traté de hacer comer a mi nuevo amigo consiguiendo escuetos resultados. Para el tercer día, el once de noviembre, la mejoría era admirable; su aspecto mejoró enormemente. El brillo de sus ojos ahora hacía notar su viveza. La llegada de aquél gato a mi vida, aunque no parezca posible, la cambió drásticamente. Aspectos negativos surgieron de repente. El empleo de la oficina de contabilidad se tambaleó y se inició una ráfaga de problemas en cuanto a mi permanencia en la agencia donde laboraba. En esos días, la saturación de nuevos problemas en mi vida no me permitió considerar al gato, a mi gato, causal de mis contrariedades. La enfermedad hizo presencia en mí. Esperé inútilmente la visita de algún amigo, de un familiar, de otro paquete. Recordé que nadie conocía mi dirección. Nuevamente me invadió la duda de la llegada del ahora mi único amigo. Casi no salí de casa, fueron la televisión y mi gato la única distracción durante mi enfermedad. Mi liquidación y el ahorro que sustenté mientras duró mi trabajo, hicieron que al menos de comida y víveres no prescindiera. Supuse a mi gato una bendición, supuse que había sido enviado por Dios y que si no fuera por él no sabría que hacer, viviría sólo y enfermo. Estaba equivocado, sino hubiese sido por la llegada de aquel gato, mantendría mi salud, mi trabajo y mi ser. Fue ya el veintiocho de noviembre cuando comenzó la conversión tanto de mis sentimientos como de mi físico. Tenía a mi gato sobre el pecho, mi cabeza ladeaba para poder ver la televisión. Fueron suficientes un par de segundos para percibir el cambio que en mi respiración iniciaba; pensé que mi enfermedad no diagnosticada se haría más acentuada, que todo era normal, que quizá sería un resfriado. El gato ronroneaba pasivamente, sus ojos fijos sobre los míos me hacían sentir incómodo, aún así permití su estancia sobre mi torso. Fui vencido por el sueño. El ruido de fondo de la televisión y sentir la respiración de mi gato hicieron que me quedara dormido. El término de la programación televisiva originó un sonido constante y de interferencia que conforme pasaba el tiempo, mi oído percibía más y más cercano, bastante ensordecedor y molesto. La respiración de mi gato era profunda y divulgada en todo mi ser, la sentía cercana, no era ajena a mi dormir, era invariable y cada vez la concebía más dentro de mí. Antes de abrir los ojos noté la ausencia del gato, su peso sobre mi pecho ya no existía, aunque el ritmo de su respiración aún habitaba en mí. Quise apagar la televisión que todavía permanecía encendida, cada vez sus sonidos me aturdían más, aunque no me sentía con las fuerzas suficientes para lograr mi propósito. La caricia de una mano sobre mi cabeza hizo que abriera los ojos precipitadamente. Brinqué de la cama ágilmente; demasiado ágil para ser el brinco de un enfermo. Caí sobre la alfombra gris que cubría el piso de mi alcoba postrado sobre mis cuatro patas. No entendí de momento lo que pasaba; era demasiado real para ser un sueño, era demasiado espantoso para ser realidad. Las palabras de mi ahora dueño me parecían incoherentes, me era difícil entender lo que decía, pero era aún más difícil tolerar lo estridente de su voz. Supongo que me explicó lo que sucedía, supongo que contó la historia de todo lo ocurrido con él y conmigo. Sólo comprendí que debía enviarme en una pequeña caja, que debía ser la nueva mascota de alguien, tal y como él lo había sido. Me resigné a mi porvenir, sabía que sólo debía aceptarlo y comenzar mi transformación al mismo que fui antes. Ahora que ya tengo otro hogar, que soy de un hombre su nuevo amigo igual que lo fue mi gato y que lo será mi dueño, entiendo por qué: “Vaya a ser”.
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