| Sarajevo |
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| por Michael Weins | ||||||
| 06 / 2004 | ||||||
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Nacido en 1971, en Colonia, vive en Hamburgo desde 1974. Fundó en 1996 con Alexander Posch el club literario Laola, de gran repercusión. En 1998 obtuvo el tercer lugar en el concurso literario de Allegra y en 2000 el Premio para la promoción de la Literatura de Hamburgo. En 2001 apareció su libro de relatos Feucht, y en 2002 la novela Goldener Reiter. El presente cuento fue tomado del libro "Macht", Nueva Narrativa Alemana, editado en España por la editorial Opera Prima. El sol arranca a la niebla una urbanización de bloques de hormigón. Las montañas resplandecen, el tren hace fluir su tracatrá, tracatrá en mi oído, un ruido que los últimos días se ha convertido en una íntima parte que integra mi organismo. Días sobre cuero artificial, impresiones por la ventana. Pienso en Cornelia. Un nombre, un rostro, dos manos, una bolsa de deportes que llené de chismes en la despedida. Estoy huyendo. Sarajevo es la próxima estación. Sarajevo me da profundamente igual. Como todo lo que he visto en los últimos días. De entre la niebla saludan los herederos de Francisco Fernando, la olimpiada de inverno de mil novecientos ochenta y no sé cuántos , un acontecimiento que seguí aburrido en la pantalla del televisor, igual que la guerra civil, que se juntan con la primera línea de saludos. ¿Y qué? Yo tengo mi propia guerra civil. –Do you know Sarajevo? –me pregunta la chica de enfrente con cabellos largos color pelirrojo oscuro y la cara pálida. Hasta ahora la había ignorado a propósito. –No –le digo, y coloco el lomo de mi libro entre los dos. –I once went to a Michael Jackson concert in Sarajevo –dice, y le da igual lo que estoy haciendo mientras me intereso por el significados de los pequeños signos negros. Me imagino a Michael Jackson en un escenario rodeado de escombros. –Michael Jackson played in Sarajevo? –Yes –dice. –Where do you come from? –le pregunto. –From ljubljana. –se pone colorada, porque de repente me ha puesto los ojos encima–. It´s asmall town two hundred kilometers from here. Nado en sus ojos , que son tan turquesa como una laguna de montaña bosnia, pero más grandes. –How old are you? Vago por sus pómulos salientes. La piel pálida, el rostro delgado, el cuello de cisne infinitamente largo. Un elfo, mi corazón bulle. Y estamos solos en el compartimiento. –Seventeen –dice mirándome de abajo arriba. Se pasa las manos, manos delgadas, por encima de su vestido azul claro con dibujos de centauras. Lleva medias blancas de nailon, en la pierna que tiene cruzada se bambolea un zapato infantil voluminoso, de aquellos que, cuando era pequeño, se llamaban zuecos, pero ahora la gente dice “clogs”. Diecisiete, tiene diecisiete. Hago mis cálculos y obtengo una diferencia de edad de diez años. Cuando nació yo estaba comprándome mis primeros discos de rock duro y pedía a mi madre que cosiera adhesivos de kiss a mi chaleco vaquero. –Are you american? –me pregunta con los ojos grandes. –No –le digo–, I come from Germany. Hace “Oh”, pero luego se ríe de repente, mirando mi ropa. Y me alegro de haberme preparado. El libro que tengo delante se titula Successful travelling in Southeastern European countries . –What is you hometown? –pregunta. –Hamburgo –digo orgulloso–, a big town in Nothern Germany. Maybe you heard about the Reeperbahn. –No –dice–, I only heard abaut Berlin. Berlin is cool . –Yes, it is –le digo. Mi mirada vaga hacia la ventanilla. En un campo hay un viejo blindado soviético. En la torreta dos chicos hacen ejercicio y saludan con mazorcas de maíz. Cuenta que va de camino a casa de su tía. En casa son vacaciones. Ayudará a su tía en la tienda y verá la gran ciudad. Es la primera ves que viaja sola. Mientras se siguen acumulando suburbios residenciales, grises y pobres, bastidores de una obra de teatro que no se decide entre la farsa campesina bosnia y el realismo socialista, me pregunto cuál será la forma más hábil de conseguir que se convierta en mi mujer. Me imagino su cara dentro de un par de años, cuando florezca y se dibujen las primeras huellas de la vida vivida, me imagino cómo se hace más y más hermosa, cómo aprende mi idioma –Me la he llevado al occidente– y a entenderme a mí, su amante, su amigo y benefactor, el que colma su ansia, su protector frente a la pobreza y la guerra civil. He puesto mi mirada de teckel. Reduzco el espacio entre su asiento y el mío. ¿Diecisiete? Da igual. Soy una rana demasiado grande y madura como para quedarme quieta ante una hermosa e irresistible libélula. A lo mejor también me quedo con ella en Bosnia y empiezo una nueva vida, una vida mejor y más simple. Envuelto en una zamarra de lana conduzco mi rebaño de cabras por agrestes cañadas de montaña de vuelta a la aldea, donde ella está cocinando tortitas que no saben a nada y mira ansiosa por la ventana cada dos segundos, mientras cuatro o cinco niños de ojos grandes juegan en el suelo. De cuando en cuando, nos llega un paquete de mi familia en Occidente, con café de grano, chocolate suizo y un vestido largo de brocado que ella se pone los domingos para mirarse en el espejo desportillado. Una vez llega una postal de Cornelia, pero yo he desterrado mi antigua vida del corazón. Ella corta el cartón en tiras pequeñas y hace filtros para el tabaco que cultivamos nosotros mismos. Quiere ser actriz, dice. Todavía le queda un año de colegio. Entonces puede que se mude a Sarajevo. ¿O se va a Occidente a probar suerte? Me lanza una larga mirada que me entra a las entrañas. Una serpiente se acomoda en mi estomago, da vueltas, lame mis paredes abdominales. La veo en el escenario en papeles muy importantes, he hecho valer mis recomendaciones; me siento en primera fila poniendo más ojos enamorados que Argos en cada uno de sus movimientos. Actúa y se olvida de sí misma, tiembla ante la pasión, sus brazos pálidos gesticulan “te quiero” en dirección a la penumbra del escenario. Más tarde le llevo un ramo gigante de rosas rojas al camerino. ¿Es delito el sexo con una chica de diecisiete años? Su cuerpo quebradizo se estremece bajo mis grandes manos, ella, llorando de felicidad la primera vez, su voz, un pájaro que abandona la estratosfera y nos construye un nido en la luna. Sarajevo. El tren entra en la ciudad. Veo camiones, coches, carros de caballos. Hombres con ropas chillonas. Hombres de uniforme. Hombres de cabellos negros. Ruinas de la guerra civil. Minaretes. Cicatrices de escombros. Edificios de tiempos del Emperador. Ella recoge su bolsa. Bajo su ropa se le cuentan las vértebras. El impulso de tocar que hay en mi mano es irresistible. Ella se levanta y me mira. –I have to leave now. –dice con grandes ojos. –Yes –le digo. Me contempla. –Have a nice trip. –Yes –digo–, give Michael Jackson my regards. –Se ríe. –If I meet him again. –Vacila. El tren ha entrado en la estación. Coge su bolsa y abre la puerta del compartimiento. Se vuelve hacia mí. –Goodbye. Algo duele por dentro de mis costillas. Por qué no puedo comportarme como un hombre. Me mira. Espera. –Goodbye –digo y abro el libro de golpe, lo pongo entre nosotros. Tiene diecisiete años y... Se me pierde. La veo pequeña en la plaza, de pie con su traje de flores centauras. Mira hacia el tren, pero no sabe detrás de qué ventanilla estoy sentado. Viena, Zagreb, Belgrado, Sarajevo, mañana Sofía. Tesalónica. Estoy huyendo. “Tracatrá, tracatrá”, hace el tren. Y yo pienso en la mujer con quien tuve hijos en Sarajevo.
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