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Y El Señor Descansó Al Séptimo Día... Imprimir E-Mail
por Hanz Polilla   
08 / 2004

Hanz Polilla: Poeta suburbano terminó de imprimir La Vida No Es Color Rosa en abril del 2004, con un tiraje de 20 ejemplares. Nos envía este cuento y nos dice: disculpen que no deje mis datos personales y nada por el estilo, pero: no se realmente quien soy.

Ernesto había trabajado toda la semana. Una semana aguantando al jefe y sus gritos e insultos denigrantes, soportando estoicamente como un buen chico. Hoy domingo, su día libre, estaba presto para quedarse en la cama, no levantarse al menos hasta el medio día. Juana, su esposa, le había preparado, al igual que todos los días, el desayuno, pan con mantequilla y café. Después de tomar desayuno, siguió echado en la cama, leyendo el periódico, tranquilo, frente al televisor apagado, televisor que encendía todas las noches para ver uno que otro programa cómico, que ahora abundaban, y que estaban llenos de mujeres con menudos traseros y buenos senos, mujeres prestas a satisfacer las grandes necesidades que tenía Ernesto, y que su esposa, una mujer de 50 años ya no le satisfacía. Digamos que Ernesto tampoco era tan joven, a sus 54 años, había vivido con Juana, su esposa, algo de 20 años y a estas alturas, el sexo para ella había pasado a ser una cuestión secundaria, se entretenía con los hijos, las labores de la casa y las amigas que nunca la olvidaban en el trabajo. Podríamos decir que Juana era una mujer excepcional, a pesar de trabajar muy duro todos los días para mantener a los hijos, mantenía una frescura que ni el tiempo ni la pobreza habían podido maltratar. Por otro lado Ernesto era algo opuesto, su fuego y su pasión por el sexo no habían desaparecido, se distraía con el pretexto de los hijos, con el periódico, con la televisión, con los libros que leía (todos de auto-superación), y con la siempre idea de tranquilidad familiar, Juana ya le había descubierto los muchos amores que tenía a sus espaldas, pero nunca le había dicho nada, ni una sola palabra, talvez ya lo sabía antes de descubrirlo, bueno como sea, el punto es que era domingo, medio día ya. Ernesto seguía en la cama, luego de pensarlo un rato se levantó y salió.

-¿A dónde vas? –preguntó Juana, desde la cocina.

-Voy a la esquina, a comprar una gaseosa –respondió Ernesto.

Ernesto caminó por las calles solitarias y polvorientas de Lima, sintiendo que el viento le arañaba la piel, pero no le importaba, metió las manos en los bolsillos y siguió caminando. Llegó a la esquina, entró a la tienda, compró una gaseosa, la tomó lentamente, al fin y al cabo no había ninguna prisa, terminó la gaseosa, pagó, salió de la tienda regresó a casa, llegó y se sentó en la puerta de la casa, encendió un cigarrillo y se quedó ahí, sentado sin mirar a nadie. Al poco rato se le acerco su hijo y le pidió plata para comprar un dulce, Ernesto lo miró delicadamente, era como si hubiese crecido rápidamente sin que él se de cuenta.

-¿Cuánto quieres? –pregunto, sin dejar de mirarlo.

-Un sol pe –respondió el hijo, mientras bajaba la vista.

-¿ya terminaste tu tarea?

-Sí ya terminé todita la tarea, mi mami me ayudo.

Ernesto metió la mano en los bolsillos y sacó una moneda, se la entregó y el chico se fue corriendo, mientras Ernesto lo miraba y sentía que se quedaba solo, otra vez, en la puerta de la casa.

Después de más o menos una hora, sintió un hambre feroz, así que se levantó y entró a la casa.

-¿ya está la comida? –preguntó a Juana, que estaba en la sala, con los chicos.

-Sí, sírvete, y no vayas a ensuciar nada –le gritó Juana sin mirarlo.

Ernesto se dirigió a la cocina, abrió la olla, otra vez lo mismo: estofado. Cerró la olla, ya no tenía hambre. Fue a su cuarto y se sentó frente al televisor, lo encendió y se quedó ahí, sentado, con un cigarrillo encendido entre los labios, viendo algún programa de televisión todo el resto de la tarde.

Por la noche, volvió a salir, caminó varias cuadras, entró a un casino, perdió 10 soles, salió del casino, y siguió caminando, entró a una tienda, compró un par de cigarrillos, encendió uno y regresó a casa. Ya eran algo de las 8 de la noche. El domingo, día de descanso ya se había acabado, entró a casa, fue directo a su cuarto, Juana estaba echada en la cama viendo TV, se sacó la ropa y se echó a su lado. “apestas a cigarro”, dijo Juana. Ernesto no dijo nada, sólo sonrió, se metió bajo las sabanas e intentó dormir, lo cual no era muy fácil ya que la bulla del televisor junto a las risas de Juana, eran insoportables, pero igual, no dijo nada. Al rato ya estaba dormido, soñando quizá, en la secretaria, en la esposa del jefe, en esa señora, soltera y en buen estado, que todos los días iba a la tienda y conversaba varios minutos con él.

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