| Desde mi ventana |
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| por Moon Rider | ||||||
| 01 / 2005 | ||||||
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Mi oficina está ubicada en un segundo piso. Los últimos años he podido observar el cielo desde mi ventana, los días soleados y las tardes grises y lluviosas. Hace un año comenzaron a construir frente a mi casa uno de tantos edificios que se han multiplicado en mi colonia. Mientras escribo esto miro a los obreros trabajar frente a mi ventana, levantando columnas y soldando varillas. Muy pronto no veré más el cielo desde mi ventana, sólo un bloque de concreto. Mi abuela me platicaba de los tiempos en los que aún había granjas y tranvías en la ciudad. De cuando la colonia lindavista era el fin del mundo, y los niños solían jugar y bañarse en el río viaducto o churubusco antes de que a algún político se le ocurriera entubar esos ríos que atravesaban la ciudad en nombre del progreso. Progreso. Sentarse por horas frente a la pantalla de una computadora, pasar la mitad del día encerrado en un automóvil, anestesiarse con programas televisivos para poder dormir, vivir pendientes del reloj y temerosos de salir a la calle. Hace décadas se pronosticó que a estas alturas la ciudad sería inoperable, se anunciaba el caos en la ciudad más grande del mundo. ¿A dónde van las aguas negras y las toneladas de basura? ¿Cuánta energía se necesita para que funcionen nuestros aparatos eléctricos? Ni el gobierno, ni la mayoría de los habitantes ni los políticos sostienen este monstruo. Son aquellas personas que miramos de reojo quienes de verdad consiguen mantener la ciudad, los trabajadores. Barrenderos, técnicos, ingenieros, es gracias a ellos por quienes este monstruo sigue con vida a pesar de que muchos habían pronosticado su caída desde hace décadas. Y la ciudad de México seguirá viva, el cáncer más grande del mundo. Cada uno de quienes habitamos en ella somos células cancerigenas que contaminamos nuestras calles de basura, intolerancia y neurosis. La ciudad no parará de extenderse y tragarse campos, montes y ríos. No dejará de alimentarse vorazmente de otras regiones del país. La Ciudad de México es un milagro y una maldición. Me acostumbraré a no ver más el cielo desde mi ventana, en mis fantasías me consuelo imaginando a la chica de mis sueños paseándose desnuda por su habitación mientras la observo. No sucederá, pero me acostumbrare de todos modos, del mismo modo en que me he acostumbrado a la neurosis de sus habitantes, a esa soledad contagiosa que barre las calles. A esos rincones secretos en los que alguna vez nos enamoramos y dejamos una parte esencial de nosotros.
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