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Apuntes de un cínico Imprimir E-Mail
por Miquel Silvestre   
02 / 2005

I

En numerosas ocasiones me he definido a mí mismo como un cínico. Creo que conviene que lo advierta ahora, precisamente ahora que inauguro esta columna o cuaderno de bitácora de mis insensateces. Sea lo que sea esto que escribo, sean quienes sean los que lo vayan a leer, te aviso, lector, soy un cínico.

Estoy convencido de ello: soy un cínico genuino y transparente. Tampoco podría ser otra cosa aunque lo intentara. Sin embargo, no son pocos los que se extrañan de que asuma sin rubor ni vergüenza algo que consideran poco noble. Para ellos ser tildados de cínicos sería como denigrarlos.

Cínico como vituperio.

No es esa mi opinión, desde luego. Para mí el cinismo es una suerte de nobleza del espíritu. Opera como higiénica cota de malla que protege y resguarda. Pero lo hace al mismo tiempo que, porosa como es, permite transpirar, dejando entrever lo que se esconde sin querer esconder. Aunque sólo a quien sabe ver.

Es una visión personal, claro está, pero es que yo no considero el cinismo como sinónimo de hipocresía. Cierto que así lo entienden muchos, quienes consideran ambos conceptos idénticos en su aspecto de tara moral. Opinión muy extendida, por otra parte.

Para observar la diferencia que subrayo podemos acudir al DRAE.

Cinismo:
1. m. Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables.
2. m. Impudencia, obscenidad descarada.
3. m. Doctrina de los cínicos (pertenecientes a la escuela de los discípulos de Sócrates).
4. m. desus. Afectación de desaseo y grosería.

Hipocresía:
1. f. Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.

A primera vista, hipocresía y cinismo parecen tener en común el embuste. Pero nada más aparte de eso, porque el hipócrita realmente pretende engañar haciéndonos creer que es mejor de lo que es en realidad, o bien que siente por alguien (nosotros o terceros) unos afectos o unos odios inexistentes, normalmente para aproximarse a su interlocutor (quiero a los mismos que tú, odio a tus enemigos, etc).

El hipócrita es un mal bicho en el mejor de los casos; un traidor en el peor.

El cínico, por el contrario, no trata de engañar a nadie, pues en la desvergüenza de su mentira está su sinceridad. Si uno miente con tanto descaro que hace de su embuste un acto cínico, lo ha desvestido completamente de la intención del engaño. Más bien es casi una jactancia. El cínico se jacta así de lo poco que le importa ser creído. Incluso puede irse más lejos: el cínico miente con tanta cara dura porque pretende precisamente lo contrario a ser creído. El cínico quiere que el otro se entere de que le está mintiendo. Y le importa un carajo.

En el peor de los casos, el cínico es un cabrón desdeñoso; en el mejor, un bromista que deforma la ironía hasta arribar al sarcasmo.

Sin embargo, es en la segunda parte de la definición académica donde se encuentra mi verdadero interés por la actitud cínica, y también su diferencia más notable con la hipocresía: en esa actitud de desvergüenza en la defensa de acciones o doctrinas vituperables.

Un hipócrita nunca defiende doctrinas vituperables. Al contrario, como un sepulcro blanqueado finge seguir aquellas aparentemente loables, rectas y dignas de encomio. El cínico es su reverso y conscientemente se finge peor de lo que es; jamás mejor como hace el hipócrita. El cínico sabe que las practicas o doctrinas objeto de su defensa son absolutamente vituperables. Sabe también que no hay que seguirlas en realidad y a pesar de ello las defiende.

Y es que el cínico conoce perfectamente cuales son las tendencias sociales reconocidas como admisibles, aceptables y buenas. Lo correcto. Lo que ahora se llama políticamente correcto. Pero también sabe que tales dogmas no son más que estúpidos corsés, normas falsas, fuente de hipocresía sin tasa.

El cínico lo que más desprecia es al hipócrita.

Así que escupe en lo aceptado, aun defendiendo lo indefendible. Lo hace como provocación. Lo hace con tanta desvergüenza, con tanta ostentación, con tanta efusividad que un interlocutor inteligente reconocerá inmediatamente el truco de la hipérbole y se sonreirá cínicamente con la broma.

II

Como tercera acepción académica está el cinismo como doctrina filosófica postsocratica de origen griego. Hay muchos listos por ahí que citan machaconamente a Diógenes sin saber apenas nada de él. Lo que suelen decir todos estos ignaros, casi sin excepción, es que Diógenes vivía en un tonel, que se llamaba a sí mismo el perro y que buscaba por el ágora un hombre con un farol encendido. Eso es todo. Hasta ahí llegan en su caricatura.

Pura reiteración sobada.

Diógenes (un Sócrates furioso, según dijo Platón) hubiese despreciado como vegetales sin valor ni conocimiento (perro no come berzas) a tales mequetrefes papagalleantes, que prostituyen y banalizan su figura, legado y genio.

Lo cierto es que Diógenes se llamó asimismo “el perro”; y de ahí viene la palabra cínico. De Kyon, perro en griego. Sus seguidores recibieron el nombre colectivo de kynikoí, que derivó en cínicos.

¿Por qué el perro? Por su desvergüenza y por su libertad respecto a las ataduras morales y convencionales. El perro se duerme al sol cuando le apetece, orina donde y cuando le da la gana, come lo que encuentra y no respeta ninguna norma de cortesía social.

Pero ¿quién es Diógenes de Sínope? ¿Quiénes son los cínicos?

En realidad, de todos ellos sólo se tienen referencias recopiladas por otro Diógenes. Diógenes Laercio, que vivió unos 500 años después del otro y que escribió “Vidas de filósofos cínicos”, aunque es más que discutible que el cinismo pueda ser considerada una verdadera escuela filosófica, es más bien un modo de vida, una actitud, lo que les ha valido a sus seguidores griegos el calificativo de secta.

Los cínicos fueron Antistenes, el precursor; Diógenes, el más importante, y luego sus seguidores Mónimo, Onesícrito, Crates, Metrocles, Hiparquía, Menipo y Menedemo

Tampoco se guarda apenas nada de su doctrina sino un conjunto de anécdotas atribuidas a los cínicos que, como cápsulas de ironía y sabiduría popular, funcionan a la manera de microepítomes de la filosofía cínica. En cierta forma, son chistes, chascarrillos, dichos, sentencias deformadas por el tiempo y su propia popularidad, que de boca en boca los ha ido manteniendo vivos y al mismo tiempo deformados.

Diógenes se masturbaba en el ágora, a la vista de todos. Y luego exclamaba: “Ay, si el hambre también pudiera saciarse frotándose la barriga”:

Asimismo un día fue censurado por visitar lugares indecentes y él respondió: “También el sol visita las letrinas y no se mancha”.

Es cierto que los cínicos mantienen una visión desesperanzada de la existencia; esta es una nota común entre los existencialistas, de los cuales se puede decir forman parte, pero mantienen diferencias notables con otros seguidores del existencialismo, como epicúreos, estoicos y nihilistas.

Sin embargo, a decir de P. Sloterdijk (citado por García Gual) “no hay en ellos la huella de melancolía que envuelve a los demás existencialistas. Su arma no es tanto el análisis como las carcajadas”.

Al cínico, pues, no le interesan tanto las respuestas, los sistemas, la comprensión del Cosmos. Por el contrario, le basta con poner de manifiesto el ridículo de ese universo social. De la hinchazón de la vana estupidez socializada o de la moralidad plastificada.

En la Academia, Platón definió al hombre como un bípedo implume. Y obtuvo efusivos aplausos. Diógenes, entonces, llevó un gallo desplumado y dijo: aquí esta el hombre de Platón.

Y es que el cínico, protegido por su apatía, su imperturbabilidad frente a las oscilaciones azarosas, no pretende revolución alguna, no busca acólitos, ni formar partidos, ejércitos, u organizaciones. No pretende vencer ni convencer. Sabe que no todos son aptos para ser cínicos. Él cínico verdadero no cree en ninguna Republica platónica. Su actitud subversiva no tiene posibilidad de prender, de derruir ninguna polis, de cambiar nada. No se molesta en ofrecer soluciones porque sabe que todo es basura. Ni siquiera se molesta en buscarlas.

El cínico sabe que cualquier solución repetirá el mundo que pretende cambiar.

Su rebeldía es un camino personal. Una salvación individual.

Nada hay que cambiar, porque nada puede cambiarse en realidad.

Cuando se levanten los subversivos, los activistas políticos, buscando al hombre nuevo, ansiando la revuelta definitiva, el orden justo, los cínicos, que sólo persiguen proteger su sacrosanta libertad individual, se reirán de ellos y de sus vanos sueños de Justicia colectiva.

Por esas circunstancias del destino, resultó que en uno de sus viajes, Diógenes fue hecho preso y pretendían venderlo como esclavo en Creta. Allí, el tratante, frente a los compradores arremolinados en torno a la mercancía, le preguntó cuales eran sus habilidades para poder venderlo mejor.

—Gobernar hombres—replicó impertérrito el que iba a ser vendido como esclavo—Pregona si alguien necesita un amo.

III

Existe una tercera acepción de cínico en el diccionario, aunque en desuso, que es la de sucio, desaseado. Se trata también de una herencia griega, pues Antístenes y su discípulo Diógenes mostraban un aspecto desarrapado, vestidos siempre, en invierno o verano, con tosco manto, morral y bastón. Uniforme desaliñado de enorme éxito para la caricatura que ha subsistido hasta nuestros días con ligeras variaciones, desde los sans culottes, a los alternativos de casa okupada, pasando por los clochards.

La idea de independencia personal reducida al cuidado descuido en el vestir.

Pronto el símbolo expropió de contenido a lo simbolizado. Hoy abundan perillas, tatuajes, así como penetrante ferretería nasal y labial que no son más que adornos vacuos de una juventud adormecida, con afán igualatorio en su aullido permanente de diferencia. Todos sus símbolos evocan una lejana autarquía individual, un mundo interior de locos, monjes, artistas, rebeldes, pero no son nada más que atrezzo de una comedia sin mensaje.

Hoy no hay monjes, sólo hábitos.

Sin embargo, el voto de pobreza del cínico, verdadero origen de su parco atavío, no obedece en absoluto a la búsqueda de un camino de perfección personal, ni a un rito de purificación, ni a un castigo que haya de imponerse a su encarnadura mortal, débil y pecadora. No, el cínico, si puede se harta de vino y pasteles, pero sólo si le invitan. Lo que el cínico critica es la esclavitud del que persigue con ansía los bienes, sacrifica su libertad en un trabajo alienante, y queda preso de ellos.

Los bienes poseídos acaban poseyéndonos.

Perder nuestra casa, coche, o trabajo es una tragedia.

Al cínico, dentro de su tinaja (que no tonel), todo eso se la suda.

Ahora bien, es más que posible que el cínico haya hecho de la necesidad virtud. Desde luego cuando Diógenes es el primero que se llama a sí mismo cosmopolita lo hace porque fue desterrado de Sinope y habita en Atenas sin tener la ciudadanía. Es ciudadano del mundo porque no lo es de ningún sitio, y como en la Antigüedad ser apatrida era un baldón social, él reacciona cínicamente despreciando toda patria.

Desde luego, el perro bien podría decir hoy respecto a eso de considerarse “ciudadano del mundo”, lo que se dice del poeta y las perlas. El primero que comparó con perlas los dientes de su amada era un genio, el segundo un imbécil.

Si Diógenes se exilió de Sinope, o sufrió destierro, fue como consecuencia de un acto profundamente anarquista, revolucionario o incluso surrealista: por falsificar moneda alterando su acuñación. No se precisa en el relato del otro Diógenes si la falsificó con afán de lucro o con el intento de subvertir el orden establecido. En cualquier caso, y admitiendo ambas finalidades, aparece también como uno de los primeros casos documentados de falsificación monetaria.

Sea como fuere, el comienzo de las andanzas del perro ya indica su desprecio por la sociedad organizada, cuyo sostén no es otro que un medio de cambio universalmente admitido. Si se desbarata el mecanismo de tráfico económico, poniendo de manifiesto su fragilidad intrínseca, se desnuda al emperador y a toda su majestad de cartón piedra.

Pero quizá la manifestación más evidente del desprecio cínico por el dinero se encuentra en el modo que utilizó Monipo para obtener, siendo esclavo, una libertad de facto que le permitiera seguir a Diógenes, su maestro, y así dedicarse plenamente a la filosofía. Monipo era esclavo de un banquero, pero estaba subyugado por la oratoria, el pensamiento y el modo de actuar de Diógenes. Así que urdió una estratagema para manumitirse de sus obligaciones cambistas y poder dedicarse a la vida perruna. Monipo se fingió loco arrojando al aire el dinero que debía contar. Su dueño, asustado por su demencia, lo despidió inmediatamente.

La anécdota es quizá el primer testimonio del fingimiento de una incapacidad laboral. Quizá debiéramos sugerir a Monipo como pagano patrón de los defraudadores a la Seguridad Social.

En todo caso, Diógenes era cínico, pero no hipócrita. Los hipócritas eran (siempre han sido, lo siguen siendo) los otros, los aborregados ciudadanos de la polis que lo criticaban. De hecho, si el cínico defiende en público comportamientos disparatados y vituperables no es solo para, a través de su corrosivo discurso, acentuar la fractura entre la moral pública, tan hipócrita, y la suya propia, tan libre, sino para fomentar la mala fama que arrostra el cínico, criticado por los correctos y pulcros ciudadanos. Lo que se llamó Adoxia.

Adoxia, impopularidad, frente a Eudoxia, buena fama.

Adoxia frente a Eudoxia, como esa cal que blanquea el sepulcro.

El cínico conoce que en la plaza es considerado como un golfo, una bala perdida, un canto rodado.

Y se jacta de ello.

Like a rolling stone.

En todo caso, el cínico conoce que de esa forma, no cuidándose de la consideración social al uso, tiene un arma eficaz en su lucha contra la falta de autenticidad de las consignas sociales; una herramienta lúcida que ponga de manifiesto no sólo que el emperador va desnudo, sino que también lo están todos los que aplauden el desfile. Sobre todo aquellos que son tan tontos como para creerse esta comedia llamada sociedad.

Esa massive destruction weapon del cínico es su oratoria desenfrenada y franca, ese decir lo que se le pasa por los huevos, esa incontinencia verbal que genera sonrojos, palideces y enemistades. La parresía.

Parresía como la de ese niño, loco o borracho que no busca a toda costa quedar bien y que señala la verdad incómoda.

O que señala con sorna la mentira cómoda, tan exagerada y ridiculizada que queda así desmontada por el cínico, inútil ya para los que se refugian tras ella tratando de hacerla pasar por verdad.

No obstante, y así llegamos al final de nuestra trilogía sobre los cínicos, la dialéctica vitriólica del cínico que tanto conmocionó a sus conciudadanos, pronto se mostró inofensiva, porque si bien en un primer momento el Mundo, la Sociedad, el Ágora se sintieron levemente escandalizados por los modales perrunos del cínico, al poco supieron perfectamente que no estaban— ni lo están— verdaderamente amenazados por sus ladridos.

Los oligarcas saben hoy que la subversión es benigna aun mordaz, que al final el propio cínico se ha convertido en un personaje más de la comedia.

Amortizado, descontado, deglutido y digerido.

Así, el cínico ha acabado convertido en un personaje pintoresco requerido por marquesas, emperadores y ejecutivos publicitarios. El cínico se ha transformado en lo que despreciaba, en una concisa píldora de gramos de ironía inofensiva, en el ingrediente picante de cualquier plato de fast food cultural o político.

Los a contracorriente se han convertido en una corriente. En una corriente más.

Quizá fuera cierto, como se cuenta, que Diógenes fuera desdeñoso con el mismísimo Alejandro Magno cuando éste, de paso por Atenas, le preguntó con toda su altiva majestad qué podía hacer por él. El perro, tirado en el suelo, replicó que apartarse, porque le quitaba el sol.

Sin embargo, lo que también nos resulta evidente en la improbable leyenda es que allí estaba el Emperador, previamente impresionado por la independencia y mala fama del filósofo, visitándolo y hablándole. Pero al mismo tiempo, qué duda cabe, al hacerlo digno de la visita imperial lo estaba domesticando aun sin pretenderlo. En ese preciso momento, lo incorporó de lleno al paisaje de la polis.

A partir de entonces, Diógenes, entró a formar parte por derecho propio del mundo que detestaba.

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  Comentarios (2)
Escrito por kurtliv, el 24-08-2007 15:30
Creo que esta soberbia exposicion si tenia comentarios, pero se fue en la ultima actualizacion de la pagina
No me lo puedo creer
Escrito por Humbert Humbert, el 15-05-2007 08:21
Sí, no me puedo creer que este texto, con más de dos mil lectores, no haya ameritado un solo comentario. ¿Ein? 
Soberbia exposición, Miquel. Apología del cinismo, que diría algún cretino. ¿Justificación de la propia actitud? Ni siquiera eso. Jactancia; esto sí. Altura moral. Con notable habilidad conduces al lector hasta la errónea conclusión de que, para no ser un hipócrita, no hay otro camino que ser un cínico. Por suerte la virtud también admite otras vestiduras, aunque quizá lo único de que el cínico carece es elegancia. ¡Si se pudiera combinar ambas cosas a la vez! 
Un abrazo.
 
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