| La soledad |
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| por Miquel Silvestre | ||||||
| 04 / 2005 | ||||||
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La soledad es un cuento de Borges. Esta frase inicial, tan seca y sonora, resulta un paradigma de concisión. Es tan sintética que, salvo para mí, apenas significa ya nada. Es casi poesía—o sea, bello e inocuo disfraz—, porque con ella pretendo resumir hasta el enmascaramiento la desmesurada sensación de soledad que me embargó la otra noche al reflexionar sobre la narración con que me entretuve antes de introducirme en la cama: "El otro", primer episodio de "El libro de arena". Borges fecha el cuento en 1972; en él narra un encuentro fantástico consigo mismo—con el Otro—, a la vera de un río. Para un Borges el río es el Charles y el año es el de 1969, para el “otro” Borges el río es el Ródano y la fecha no es precisa, pero ronda la década de los veinte. En un principio, ninguno cree en la existencia real de su interlocutor: el Borges narrador acude a una explicación de tipo onírico—el “Otro” es sueño—, pero la sensación es real y la conversación larga; demasiado, reflexiona el narrador, como para que no sea cierto el suceso. Quizá haya otro dato—el definitivo—que le confirma la realidad del encuentro: no se caen bien. Les separan cincuenta años y son personas muy diferentes, pero tan similares que no consiguen engañarse mutuamente. Otra vez, ay, la conciencia del engaño consentido como elemento esencial de toda simpatía. Como prueba de su fantástico encuentro para el futuro, el Borges viejo entrega al Borges joven un billete de banco. Este lee una fecha en el billete doblemente imposible: 1974. Imposible por partida doble, porque los billetes no suelen llevar fecha y porque el encuentro narrado en presente—no lo olvidemos— tiene lugar en 1969. Cuando en la oscuridad de la alcoba, arropado por la frazada y persiguiendo el esquivo sueño del bardo atormentado, recordé lo leído, me di cuenta con violenta claridad de la pirueta del viejo maestro. ¡No había dos Borges, sino cuatro!—O quizá más que yo no pude descubrir—. Aparte de los dos Borges evidentes del cuento—el viejo del los años 20 y el joven de 1969—, está un tercer Borges también evidente, pero que casi nos pasa inadvertido: él que propiamente escribió la narración en el año 1972. Pero el autor vuelve a jugar con nosotros introduciendo un tercer Borges como un paracaidista. Lo hace al concretar la fecha exacta del billete entregado en un año que no ha llegado todavía, el de 1974. Juega con descaro al citarnos con el cuarto Borges, el hipotético, el que se espera, el Borges de quien no podemos estar seguros que acuda a la cita dos años después; como tampoco podía estarlo el Borges escritor cuando escribiendo el relato en 1972 se citó consigo mismo. El descubrimiento por sorpresa de este cuarteto de Borges me llenó de alborozo, de alegría íntima, pero también de zozobra. En aquel mismo momento deseé febrilmente poder compartir mi hallazgo con alguien. Pero no había nadie. Miré en derredor, y estaba solo. No solo en sentido material, de quien no tiene compañía,—en puridad era así, no había nadie a quien despertar de madrugada para decirle excitado y feliz que eran cuatro y no dos los Borges del relato—, sino solo en su sentido último, total y trágico. Me supe tan solo, tan definitivamente solo, como quien se sabe encarcelado en su propio corredor. Prisionero de por vida en un pasillo intransferible y banal; idéntico a otros millones de pasillos intransferibles y banales donde habitan los demás. Encerrados todos, cada uno en su nicho, sin posibilidad—¡no, ninguna, nunca!—de salir. Así, aquel descubrimiento literario sólo podía emocionarme a mí. No había posibilidad alguna de compasión—es decir, de compartir la pasión—. Nadie sentiría lo que yo sin ser yo. Yo no podría sentir lo que el otro sin ser el otro. ¿De qué servía pues sentir? Como mucho, yo podría enseñarle los Borges ocultos, la pura tramoya, el guiño objetivo del maestro, pero nunca—¡de ningún modo!—podría transmitir la emoción del hallazgo. Precisamente la emoción. No la fotocopia. Lo único que sentí valioso, se agotaba definitivamente en mí. Al día siguiente, bajo la luz solar, mi descubrimiento se desveló absolutamente nimio, ínfimo e irrelevante. La mañana y su dureza metálica lo redujeron a anécdota de duermevela, a mero existencialismo superficial de mesita de noche. Así que la única salida que le encontré fue convertirlo en argumento de un ejercicio literario. Lo cual, por otra parte, no deja de ser una de las formas más sofisticadas de soledad. {mos_sb_discuss:13}
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