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Soy un hombre de tentaciones y estoy en Amsterdam. Podría hablar de los canales que hacen de esta ciudad la Venecia del norte, de Van Gogh y Rembrandt, de los parques y los tulipanes. Pero esta vez contare sólo la parte que a los lectores de esta columna les interesa.
Regreso a la infancia. Soy un niño que observa las vitrinas de las jugueterias en visperas de navidad. Detrás de cada cristal hay una promesa, un deseo. Por las estrechas callejuelas del barrio rojo hay un tráfico incesante de hombres que como yo observan a las mujeres que se exhiben en las famosas vitrinas del red light district.
Es una decision difícil. Las hay de todas razas, cuerpos, edades y actitudes. Una chica joven me llama la atención. Es rubia y usa lentes, viste uniforme de colegiala muy corto. Mira coqueta a sus espectadores e inclina la cabeza hacia un lado al sonreír, su cabello peinado en dos coletas. Me acerco y abre la vitrina, me informa lo que escuchare más adelante muchas veces en este lugar: Por 50 euros puedo disfrutar de su cuerpo de 15 a 20 minutos, la promesa de su lengua juguetona en mi verga para después penetrarla en la posición que más me guste. Nos miramos en silencio un par de segundos, ella nota mi indesición y dice “Te quiero a ti, regresa después, aquí me encuentras todos los días hasta las siete de la noche”. Después cierra la puerta de cristal, creo que estoy enamorado. Minutos después Ingrid me mira y algo en mi interior me dice que es ahí donde debo entrar. Es una mujer Alemana de apróximadamente 40 años. Vestida en tacones, medias y corset negro. Lo que me seduce, más allá de sus grandes pechos, es su elegancia. Una mujer hermosa y madura que sonríe con una dulzura casi maternal. Acepto. Me toma de la mano y me hace entrar, subimos por unas escaleras estrechas hasta una pequeña habitación roja, limpia y ordenada. Enciende la lampara. La cama es de tamaño individual cubierta por una sábana blanca, hay un pequeño tocador y al fondo el cuarto de baño. Ella me tiende la mano cortesmente y se presenta como Ingrid, de Alemania. Me indica una silla en dónde puedo dejar mi ropa y comienzo a desvestirme. Ella se quita los zapatos, el corset y las panties. Me pregunta mi nombre y de dónde soy. Su cuerpo semidesnudo muestra el paso del tiempo, sus pechos caen y una pequeña cicatriz en el vientre me hace pensar en una probable cesarea. Ingrid es una mujer hermosa. Me tiendo sobre la cama mientras me coloca el preservativo y comienza a lamer y mamar mi verga que no tarda mucho tiempo en estar rígida. Después se tiende en la cama y separa las piernas. Mientras la penetro ella cierra los ojos y sonríe, ¿qué estará pasando en su cabeza? acaricio sus pechos y le chupo los pezones mientras mis embestidas se hacen más freneticas, la actitud de Ingrid es dócil y entregada. Yo, cada vez más euforico, no tardo mucho en venirme entre sus piernas. Hoy toca visitar las sexshops que abundan en el barrio rojo y no puedo evitar sentirme un tanto desepcionado, en realidad los productos son los mismos que se pueden conseguir en México, no encuentro nada novedoso, aún así compro un par de regalitos para una futura y aún desconocida amante. Quizá lo interesante es visitar las boutiques eróticas en dónde se puede encontrar un amplio surtido en ropa y lenceria fetichista, disfraces para encender la imaginación. También toca el turno de visitar el museo del sexo y el museo erótico, en dónde se puede apreciar el desarrollo de la pornografía y los juguetes sexuales, desde los primeros hechos en cerámica, madera y marfil, hasta llegar al plástico barato; aprender un poco sobre la historia de la prostitución y las drogas en Amsterdam, una ciudad cosmopolita y tolerante. Después pago 2 euros en unas cabinas en donde puedo observar por 5 minutos a una pareja sumamente atractiva hacer el amor “en vivo”: Ella monta a su amante lentamente mientras la cama gira para que los vouyeristas podamos observar la acción desde todos los angulos.
Ya entrada la noche me dirijo hacia Casa Rosso, un teatro clásico en Amsterdam cuyas obras, lejos de representar a Shakespeare, se dedican a llevar a cabo una serie de shows sexuales en vivo. El publico está formado por turistas en su mayoría y hay una importante cantidad de mujeres en la sala. El programa de esta noche consiste en una chica masturbandose con varios juguetes sexuales, un show lesbico y para finalizar un trío de dos hombres y una chica que fornican ferozmente en el escenario. Un buen espectáculo para inaugurar una noche torrida en la ciudad de los excesos.
Me dirigo hacia mi hostal intentando no caer en tentaciones pero resulta imposible, paso frente a una vitrina en donde un trío de verdaderos ángeles se exhibe, chicas muy jóvenes, lolitas holandesas. Eligo una que lleva un cortisimo vestido azul cielo. Una vez en la habitación se presenta y me prometo no olvidar jamás su nombre. Le pregunto su edad y ella me mira con una sonrisa picara “I`m 19, ¿is that ok?”. Me tiendo en la cama desnudo y comienza a realizarme sexo oral. Lo hace como una automata así que le pido que se detenga y que sólo me masturbe. Nos miramos a los ojos mientras acaricio sus muslos. Sigo con los dedos el rastro que dejaron las huellas de un gatito invisible tatuadas en su pierna izquierda. Su rostro refleja cierta inocencia y crueldad, podría ser una modelo de David Hamilton. Le pido que se recueste en mi pecho mientras me masturba pero ella se niega. Eso sólo lo hago para mi novio, dice. Tu novio es un hombre muy afortunado. Ella ríe y responde: Tengo muchos novios. Estar con una mujer como ella es masoquista, quisiera comermela a besos, abrazarla, tenerla de verdad, pero eso es imposible. Después de haber aprovechado esos 20 minutos únicos en la vida salgo y descubro que he olvidado su nombre. La tercera noche decido olvidarme del barrio rojo y explorar la otra parte de la ciudad. Después de cenar me lanzo azarosamente a caminar hasta que me encuentro con dos chicas japonesas muy guapas que visten coquetas en faldas muy cortas, bien podrían haber salido de un anime. Sigo sus pasos hasta un club llamado Zion y hago fila en la puerta también. Después de media hora consigo entrar. He cometido un error, este lugar esta lleno de adolescentes japoneses, ¿de dónde salieron tantos? Bebo varias cervezas y escucho hip hop toda la noche, me da risa mirar a los jovencitos orientales tomar la actitud de padrotes del Bronx. Definitivamente este lugar no era lo que esperaba, pero es tarde y decido regresar a mi hostal. Deben ser las tres de la madrugada y camino desepcionado bajo una lluvia ligera. El barrio rojo luce un tanto solitario y oscuro a esta hora pero todavía hay chicas trabajando. Estoy empapado y parezco un mendigo asomandose a las ventanas de lujosos restoranes. Entonces ocurre un milagro, una mujer me observa a través del cristal y esos ojos consiguen embrujarme bajo la lluvia. Su melena negra y rizada enmarca un rostro lleno de misterio. Me hace una seña y me acerco. Le digo que me encantaría estar con ella, pero tengo un problema: estoy ebrio. Ella sonríe con dulzura y me dice: Eso no es problema, si no hago que se te ponga dura, no me pagas. Imposible negarse a tal ofrecimiento. Su nombre es Gabriella y es holandesa. Una vez desnudos ella se mueve sobre mi como una pantera y comienza a mamarme la verga. Dios mío, Gabriella sí es una puta de verdad, experimentada y entregada a su oficio. Cumple su promesa y en poco tiempo mi verga esta completamente dura en su boca. Fornicamos y su cuerpo me contagia su calor, mi verga en su interior arde. Comienzo a sudar mientras su mirada de ojos oscuros y felinos me penetra al tiempo que su vagina me aprieta la verga de manera deliciosa. He tenido uno de los orgasmos más memorables de mi vida y ella me dice con su mirada: te lo dije. Gabriella hace algo curioso, una vez terminada la sesión me ofrece un cigarro y conversamos. Ella permanece desnuda y perezosa tendida en la cama. Cuando le digo que soy mexicano ella ríe y dice: “Oh! Gaby, mamacita, chiquita”. Le pregunto si llegan muchos mexicanos con ella. Ufff, es su respuesta. Me imagino entonces una procesion de hombres de todas partes del mundo cuya meta en la vida, aunque lo ignoren, es llegar a Amsterdam para hundirse en el cuerpo sagrado de la Santa Puta Gabriella. Mientras fumo devoro su cuerpo con la mirada, you have a beautiful pussy, le digo y ella responde que está orgullosa de su vulva mientras se la acaricia impudicamente frente a mi. Es, de verdad, una de las panochas más hermosas que he visto. Me dan ganas de comersela, se lo digo y ella responde que por 50 euros más puedo saborearla por 15 minutos. Cuando salgo nuevamente bajo la lluvia me siento liberado, feliz y en paz con el mundo, Gabriella es una iglesia para los pervertidos solitarios como yo.
Había escuchado hablar mucho sobre los cines porno de Amsterdam. Cuando compro mi boleto el hombre detrás del mostrador me recomienda la sección hardcore, donde se exhiben cinco programas simultaneos. Subo por unas empinadas escaleras hacia las salas, que no son más que pequeños cuartos de video con sillas en vez de butacas. Me paseo un buen rato por todas. Películas sadomasoquistas, de watersports (sexo que incluye practicas con orina), orgías y demás. Tomo asiento en la sala de gangbang, se exhibe una película porno de la productora alemana GGG, famosa por el realismo y crudeza de sus películas. Una sola chica contra diez hombres o más. Esa misma película ya la había bajado de internet y ahora la estoy disfrutando nuevamente en una sala colectiva de Amsterdam. Me desepciona que el poco publico que hay en la sala sea 100% masculino, esperaba ver al menos a algunas chicas morbosas en las sala. La verdad prefiero los cines porno mexicanos.
Ceno algo ligero y salgo a caminar decidido a alejarme lo antes posible de las tentaciones del barrio rojo, mismo que atravieso justo a tiempo para ver nuevamente a la colegiala sexy que vi el primer día, pero esta vez la escena es diferente. Ella está cerrando la vitrina con llave y ahora viste discretamente en jeans y suéter negro. Va acompañada de un hombre que la abraza amorosamente mientras se alejan del barrio. Aquel tipo es afortunado de verdad al tener una chica como ella.
Un par de horas después estoy fumando un cigarro en Rembrandt Square. Esta noche es sumamente fria y espero a que abra el Blue Belle, un club de strip para el que tengo una invitación para beber una cerveza gratis. Justo cuando estoy a punto de perder la paciencia las puertas de Blue Belle abren y el encargado de recibirme me pregunta qué idioma hablo para después decir en perfecto español: Buenas noches, tiene usted un descuento para comparar sólo una cerveza, no puede estar adentro sin consumir y para cuando se retire agradecere una buena propina de su parte. La escena es surrealista, estoy sentado en la barra sorbiendo lentamente mi cerveza mientras una decena de chicas hermosas semidesnudas están silenciosas y aburridas a mi alrededor. Soy el único hombre. Quince minutos después comienza la música y disfruto del primer show de strip para el único cliente. Después se me acerca una chica guapisima de origen rumano y conversamos un rato en inglés. Finalmente me dice que por 50 euros puede hacerme el mejor lap dance que haya experimentado. Le respondo que no tengo esa cantidad pero que bien podría ir a un cajero automático y regresar. Ella sonríe y me da indicaciones mientras me termino mi trago. Salgo de ahí con la intención de no regresar. Unas calles más adelante me encuentro con una nueva sorpresa: el bar más feliz del mundo. Me siento frente a la barra y comienzo a beber. Es media noche y hay poca gente, pero eso está por cambiar. Los barman son excesivamente amables y felices, sonríen y bailan todo el tiempo. Visten como si estuvieran en la playa: camisa blanca remangada y shorts de mezclilla ajustados, sonrio al imaginar que más de una amiga mexicana estaría encantada en ese lugar. Comienzo a pensar que entre a un bar gay por accidente cuando comienzan a llegar las primeras chicas. Mujeres jóvenes que podrían ser estudiantes universitarias. Estoy contento, consumiendo varias cervezas y disfrutando de la música pop bailable. Le pido al barman algo de rock y me responde con un ¡Oh yeah! y al momento pone a Bon Jovi mientras el tipo sonríe y toca una guitarra electrica invisible. Chale. Pasan las horas y soy un mexicano solitario bebiendo cerveza en el bar más feliz del mundo en dónde los jóvenes holandeses bailan y se divierten. Saco mi cámara digital y comienzo a tomar fotografías al azar. De pronto una chica muy guapa comienza a posar para mi. Después de varias fotos nos sentamos a conversar y beber juntos el resto de la noche.
Amanece y la música termina. Salgo a la calle y me despido de aquella chica hermosa de ojos claros. Respiro profundamente la atmósfera fria de Amsterdam y doy un par de pasos cuando la escucho nuevamente. Me pregunta si quiero irme con ella. Sonrio. Siento que esta ciudad es mi nuevo hogar. Como siempre agradezco sus comentarios y correos obscenos a
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, especialmente si eres una chica interesada en intercambios... culturales.  Marcar como favorito (6) | Cite este artículo en su sitio | Views: 11406
que fregón Escrito por herr betrug, el 07-12-2006 14:24 oye que freón que todo lo que cuentas de amsterdam, creo que sólo los que hemos pasado por ahí sabemos y recordamos el aroma de las red lights. lastima que no estuve más que dos días,gracias a los ñoños con los que viajaba, pero quiero regresar,no sé cuando pero es una meta. tu lo harás? creo que si dan muchas ganas verdad. saludos | |