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por Celia Gómez Ramos   
05 / 2005

Las 12 Compañeros Y Buena Vista Social Club No Se Despide

Cierto es que no dijeron nunca que era una despedida y ojalá no lo sea..., quizá por la edad, por la pérdida de los otros, por la naturaleza de la vida.

Cierto es también que la política entre una nación y otra, así como el cariño, se da entre los pueblos, y no entre los gobernantes.

Cierto es que uno de los mayores placeres de la humanidad es el baile, aunque Norman Mailer incluso haya titulado un libro como “Los hombres duros no bailan”..., tendría sus razones.

Cierto es que la música despierta los sentidos, incluso, yo confieso que los timbales y los tambores me pueden remontar a los orígenes, pero también a las grandes e inexorables pasiones.

Cierto es que la sensualidad puede existir a los 80, en el baile sí, en la voz también, en el despertar a los sentidos, igual. En la vitalidad, sería absurdo no considerarlo.

Lo primigenio son los latidos... De los tiempos remotos retumban los tambores (¿suena cacofónico?, quizá, pero rítmico lo es)... Te remiten al deseo vehemente y a la lascivia, a la sensualidad y al goce, ¿quieren llamarle desenfreno, furor, perturbación? Ojalá alguna vez por lo menos, cada uno de los seres humanos se lo permita. Que por lo menos la imaginación, a veces tenga peso.

“La franqueza vale mucho

y la mentira muy poco.

Si coges un mal camino,

ese hombre se vuelve loco.

¡Ay!... Sa-bro-so “

El 13 de abril en el Auditorio Nacional, la Orquesta de Compay Segundo (Francisco Repilado, muerto en julio de 2003, a los 95 años), así como Omara Portuondo, Eliades Ochoa, Juan de Marco, Guajiro Mirabal (trompeta), Cachito López (contrabajo), Barbarito Torres y Pío Leyva, interpretaron durante tres horas y media un repertorio, que aunado al cariño que transmitieron, hizo que el público permaneciera buena parte del concierto aplaudiendo, cantando y también bailando, desde sus butacas, parados e incluso por los pasillos.

Macusa, Se perdió la flauta, Huellas del Pasado, Orgullecida, Para Vigo me voy, hasta llegar a siete piezas, y el intermedio llegó, ya habían transcurrido 50 minutos, otros 15 de descanso para comenzar la segunda parte del resto, que muchos presentes pensamos, sería igualmente corto. Una pantalla que proyectaba dos sombreros daba marco a la orquesta de Compay Segundo que llegó a sumar los 18 en el escenario.

La segunda parte inició con una interpretación de la Orquesta y la pantalla cambió a un cerebro que daba luz a los músicos y cantantes en el escenario. Luego vendría Omara Portuondo con los temas de La Sitiera, Guantanamera y Habana, robando los aplausos de un público y de gente danzarina que con estos calores va perfectamente haciendo gala para la sensualidad que requiere el momento. Los más cercanos: una joven con busto prominente y blusa con escote, se menea con un muchacho más bajito que la damisela; hombre de cuerpo robusto, bronceado, con cabello sujetado por una cola de caballo y con una barba tupida. Bailan y se abrazan, ella ríe permanentemente y el chico la besa, ella se siente deseada, y al terminar la pieza lo abraza y le planta con ímpetu un beso desesperado... Y de todo puede uno hacer historias.

Si Omara Portuondo hubiera salido de Cuba, seguramente habría sido tan reconocida como Celia Cruz, se escuchó decir. En algunos lugares, las banderas cubanas comenzaron a flotar.

México, D.F., nosotros vamos a ofrecer esta hermosa melodía, a nuestra capital Habana. Habana, para ti es mi canto, diría la Portuondo entusiasmada, con su traje azul eléctrico de pantalón y blusón largo, chongo y zapatos bajos.

Vendrían Rafael Fonier a los bongós, Carlos Manuel Colunga a la trompeta, Roberto Fonseca al piano.

Y llegó Pío Leyva, el mayor de todos los presentes, en edad, silenciando a todos, después de la algarabía y el baile. México, que lindo eres, de tu distrito, a la Habana. Y para lindas mujeres, hay que ver las mexicanas. Toma con sus manos sus brazos, abrazando al público desde su sitio, con un ademán que resulta más agradecido y reconfortante que el acostumbrado por los políticos. Canta en versión breve Solamente una vez y después “los automóviles” (Un automovile, dos automovile...), que al llegar al número 11, se pregunta... ¿por qué? ¿por qué?... y yo ando a pie. Y con ello, que pareciera fácil, el público se le entregó en aplausos. Tenía, lo dijo, 40 años de no venir a México.

“Estoy como nunca.

Estoy como nunca.

Estoy acabando,

de nuevo empezando,

mi vida otra vez”

Llegó el sonero Eliades Ochoa, de Santiago de Cuba, con El Carretero, Píntate los labios María, Amor de hombre, Bolero... Otra pareja salió al ruedo, ambos bellos y con destreza para el baile, la gente volteaba a mirarlos, y no digo a verlos, porque permanecía observándolos. Él con guayabera y sombrero, zapatos y pantalones de vestir; la joven, esbelta, con cabello largo suelto, falda blanca ajustada y blusa azul sin mangas... Aquí el proceso era otro, disfrutaban el baile y acaparar miradas, la seducción vendría después.

“La mayor ambición,

que yo tengo en la vida

es estar junto a ti,

pero el mundo es adverso,

y... no es así

Y dicen que tú,

no te fijas en mí

... y si llegas a amarme

tu esclavo seré”.

Ya se habían interpretado 20 melodías y la fiesta seguía. Con el Cuarto de Tula creció la cantidad de personajes que empezó a bailar... Sería por la candela y la última de Eliades.

Regresó Omara al escenario con otras más: Dos gardenias, Canta la sentimental, No me llores más, y también interpretó a Agustín Lara ...amor de mis amores y no podía faltar, como homenaje a Consuelo Velázquez y solo con piano, Bésame Mucho. Su vitalidad cautivó al público, que la veía transladarse de un lado a otro del escenario, primero recargada en el piano, luego acercándose al público, palpando la letra, más tarde, bailando sin respiro, endureciendo las piernas para bajar a cuclillas y subir acompasadamente, con naturalidad y sin aparentar esfuerzo. Dominio y entrega.

La conclusión: Chan chan, aquella que tocó Compay Segundo –de él- ante Juan Pablo Segundo –el anterior Papa- y en seguida, no podía faltar, Candela. Y con ella, a media noche aquel día y también cuando esto escribo, me despido, bailando hacia mi habitación. ¿Y porqué quiero entrañablemente a Cuba?, porque ella y yo tenemos un secreto.

Reminiscencias permisivas de la autoridad y contra el ciudadano... (Las Quejas)

No quise hablar de asuntos cotidianos en el tránsito del concierto, pero sí ahora:

1) Imagínense que llegan al concierto en el Auditorio Nacional y delante de ustedes un hombre se queja y reclama, porque: No va a permitir que lo revisen, o lo ausculten, como ustedes quieran nombrarle, porque eso viola los derechos humanos de los ciudadanos, los cuales se pueden encontrar en la Carta Magna –léase Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos-. Ustedes tienen ganas de entrar al concierto y no les importa que los revisen, hombres o mujeres, incluso les incomoda que cuando ustedes van a disfrutar, haya alguien que les haga pasar un mal momento y verifican también si va acompañado o no, pasando pena ajena. Después observan que el pleito continúa y el hombre sigue firme en que no se dejará revisar y les comienza a interesar la escena, dejando atrás su incomodidad, que al fin y al cabo no están ustedes involucrados en el asunto. Y resulta que el hombre se sigue de largo y lo aborda un jefe del personal de seguridad y le pregunta algo así como que si tiene algún problema y el hombre voltea hacia los que querían revisarlo y le dice, yo ninguno, pregúntele a ellos. Y sí, el señor pasó.

Después de esto, ¿qué dirían ustedes?. Pues yo me quedé patidifusa, porque la Constitución lo señala y ni en un sitio privado en territorio nacional, deben violar tus derechos humanos, y menos si éste recibe público. El costo no debe ser para el ciudadano, ni tampoco la incomodidad. Diría uno, sin afán de pleito, pero ¿qué importa?, si ni siquiera traigo algo que no pueda ingresar, sí solo vengo a divertirme, pero resulta que estos costos que deberían pagar las empresas de entretenimiento, los pagamos los ciudadanos, porque éstas tienen la obligación de comprar los equipos –arcos detectores de para no poner las manos encima a ningún individuo. Podría parecer peccata minuta, pero son esas pequeñas tolerancias al abuso –que además está regulado, aunque el gobierno no los supervise- las que cada vez nos van aplastando más, permitiendo que no nos quejemos, por tener un buen momento, volviéndonos sumisos en un sitio que ni representa a la autoridad, y sí dicta sus políticas, por encima de aquellos y aquello que sí consideramos autoridades. ¿Alguno de ustedes lo ha pensado?

2) El personal no está correctamente capacitado, no hay momento en que no solicite los boletos del evento. Si entraste y requieres salir al baño, sin siquiera salir del Auditorio Nacional, deberás mostrar nuevamente el papelito; si lo pierdes, lo lamentarán mucho, pero no ingresarás nuevamente. En el receso, te indican que traigas tu boleto contigo, porque no te dejarán pasar y en el estacionamiento, -lo único que quedó de nuestros voceadores, los gritones- te señalan a los cuatro vientos que tienes que traer tu boleto para salir y que tienes que entregarlo, ¿para qué? Quién sabe, porque ya pagaste al ingresar una cuota fija, así que... ¿para qué lo quieren?.

3) Las reglas de los lugares siempre, costumbre “nice” pareciera. ¿No eres periodista, no vienes como tal, acreditado? Entonces, no fotos, no grabadoras. ¿Acaso una grabadora reportera podrá reproducir las bellas interpretaciones y podrán ser grabadas desde tu lugar? De las fotos, entiendo que vendan fotos afuera del lugar, pero tomar fotos en el recinto, perdón, pero NO es piratería y no tendría porqué estar prohibido. Esto es parte de una política pro empresarial, pero vs. Libertaria de los ciudadanos.

4) Y el sonido, les falló un par de ocasiones al principio. Si se supone que es un sitio para profesionales y comandado por profesionales, se deben de comportar como tales. ¿Se puede o no se puede?

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