| Entre mi mujer y Lila Downs |
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| por Paul Medrano | ||||||||||||
| 07 / 2005 | ||||||||||||
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La anterior reflexión (aunque no parezca tal) me invadió cuando supe de la existencia de una cantautora México-americana llamada Lila Downs. Para muchos, la Downs nació cuando cantó en la entrega de los Oscares, al lado de Caetano Veloso. Y es que antes de ello, las campañas promocionales de sus discos no eran precisamente como las de Paulina Rubio o Belinda. Oriunda de Oaxaca, desde pequeña mostró su inclinación por el oficio de la cantada. Estudiante de ópera, de música, artesana y antropóloga. Luego de conocer a Paul Cohen, iniciaron en un bar llamado El Sol y La Luna, algo que no sabían que llegaría tan lejos. A mí me la presentó (por definirlo de alguna manera) un amigo músico llamado Omar Salinas. Era 2001 y se trataba de su más reciente disco en aquel entonces: La Línea. El escucharlo, me despertó una combinación de sentimientos que hacía tiempo no saboreaba: orgullo, asombro y cierto grado de nacionalismo, pero de un nacionalismo diferente y no precisamente con tendencias de plumífero conchero. Orgullo por saber que no toda la música hecha en México la hacen con la firme idea de que el escucha es un retrasado mental que únicamente desea oír tonterías. Asombro al confirmar que la propuesta de Lila Downs, recoge matices de la cultura mexicana de ayer, hoy y mañana; tradiciones; denuncias; ritmos tan variados como el mismísimo repertorio de nuestro país; todo, adicionado con letras que reflejan un trabajo poético, y no el mero interés de vender. Nacionalismo (del bueno, como ya expliqué) porque Lila, bien puede recordarnos que en México todavía sabemos cantar, y cantar muy bien. Total. Me gustó a tal grado, que Tania (mi esposa) me prohibió terminantemente escucharla en su presencia. Como todo hombre infiel. Me hice de sus demás trabajos discográficos: La sandunga y Yutu Tata. En el primero de ellos, Lila Downs hizo un homenaje a compositores de tierra natal: Oaxaca, llevándonos por una vereda sonora que va desde la ranchera, el son, banda y bolero, quizá, sin nada relativamente nuevo, pero que dejaba ver su talento como intérprete. La sandunga no es un disco asombroso, pero que al menos, cumple con el escucha para no hacerlo sentir que nomás gastó unos pesos a lo güey. Su segunda grabación, Yutu Tata, o séase: Árbol de la vida, es un trabajo más conceptual. Aquí Lila continúa las tradiciones y creencias de sus antepasados, donde rememora las imágenes de los códices precolombinos, dibujados por la cultura Mixteca. Con esta producción Lila debuta con Narada world. Los dibujos ilustran los primeros señores mixtecos naciendo de un árbol sagrado. Los arreglos son acústicos respetando los sonidos naturales de instrumentos de barro y madera, que fueron utilizados en el pasado mesoamericano, y se continúan utilizando en las comunidades rurales del México contemporáneo. A eso llegó La Línea, donde se refleja notablemente una evolución tanto musical, como interpretativa. Las influencias musicales no se andan por las ramas y le entra lo mismo a la cumbia, que al hip hop, el jazz, gospel, son oaxaqueño o el más puro estilo ranchero. Las letras van desde canciones tan conocidas como La Llorona (notablemente mejorada a la que aparece en su disco debut), Corazoncito tirano, La martiniana; pasando por versos de Jaime Sabines atinadamente musicalizados y canciones del puño y letra de Lila y su banda. Las intervenciones del arpa, violín, jarana, güiro, se escuchan más libres, pero a la vez, fuertemente unidas a un universo que es la obra en sí: en otras palabras: un disco tan pero tan bueno, que lo mismo le puede gustar a los guapachosos, versátiles, rancheros, vanguardistas, concheros, revolucionarios o tradicionalistas. La Línea le valió a la oaxaqueña aparecer en portadas de revistas musicales especializadas tanto de Europa, como de América. Luego llegó a mis manos su nueva producción Una Sangre, misma que recibí con agrado, harto de tanta mamada del “Za, za, za” o del tristemente conocido “Qué chido”. No es que me ufane de ser musicólogo o gente culta, simplemente utilizo mi derecho para decidir qué diablos escuchar mientras escribo o el disco que meto el discman mientras viajo en la combi. A estas alturas de la vida es fácil tararear un bodrio musical, facilitado (quizá) por tanto disco pirata, fresas estaciones de radio, canales de TV facilones y cremosos, pero sobre todo, por la escasa cultura musical que como buenos tercermundistas poseemos. Ante todo eso, Lila Downs es un suculento platillo para oídos ansiosos por escuchar una propuesta auténtica, adicionada con vitamina C (es decir, Calidad), garra y corazón.
Mención aparte merecen su muy particular versión de Cielo rojo y Paloma negra, que no le pide nada a Linda Rondstand o Chavela Vargas. Se perciben influencias africanas, caribeñas, árabes y mexicanas —por supuesto—; el nivel vocal deja ver que la Downs no es hija de La Academia o producto de Televisa, sino producto del trabajo y ganas de trascender como artista, no más, no menos. Aunado a su música, Lila Downs ha delimitado claramente su manera de pensar: tendencias políticas, apoyo a grupos vulnerables (zapatistas, indígenas o migrantes), amor a su país y respeto por su gente. Al final, Tania acabó por aceptar mi afición por Lila Downs y modificó su anterior veredicto: tengo prohibido no escucharla en su presencia.
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