| Cuando la relación literatura- cine fecundan |
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| por Jessy Servín | ||||||
| 07 / 2005 | ||||||
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Uno de los primeros libros que llegó para provocar ésta serie de sentimientos fue Hamlet, de William Shakespeare. Cuando por fin terminé la lectura ya existían más de dos adaptaciones fílmicas, y aunque no fueron del todo descritas como en el libro, se conservaba su esencia: la venganza ante la revelada traición, la locura de Hamlet y la fantasía de un alma en pena que pide justicia. Pero sobre todo el diálogo elocuente creado por Shakespeare para Hamlet: “Ser o no ser, he aquí el problema. Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darlas fin con atrevida resistencia. Morir es dormir. No más...” Luego vendría el maestro Julio Verne con La vuelta al mundo en 80 días, donde la imaginación es desatada por el viaje de página en página; por Fileas Fogg, quien tiene 80 días para demostrar que, sea por aire, por mar, o por tierra, la audacia supera todas las fronteras. Ese es el mensaje de la novela, lástima de la película que sólo captura la magia del entorno, los colores, los paisajes; pero la sustancia, esa que Verne moldea sin lenguajes complicados ni metáforas profundas, es olvidada por Mike Todd, director de la cinta. Uno de los libros que no pude soltar, y hoy es uno de mis favoritos, es Drácula, de Bram Stoker. La mítica personalidad del conde, el misterio terrorífico de la novela y sentir que por las noches alguien te puede chupar la sangre, es un maravilloso recurso literario que Stoker capturó para hechizar a muchos. Desde el cine mudo, pasando por el inolvidable Bela Lugosi hasta Coppola, han capturado al personaje de Drácula, pero sólo han mostrado la parte maligna, la del instinto y no la profunda melancolía descrita en las más de 200 página de la novela. Después de esto, decidí no relacionar, tan a fondo, mis pasiones. Hoy, me doy cuenta que la adaptación de obras literarias al cine sólo renuevan la historia y te ayudan a no olvidar, quizás hasta releerlas. Vamos, no hay que ser tan exigentes, todos tenemos nuestras propias interpretaciones y eso es lo fascinante de ir al cine acompañado. Pero también sucede a la inversa. Estudié muy de cerca a Stanley Kubrick y me tope con una de esas cintas que al final te obligan a quedarte quieto mientras los créditos avanzan por la pantalla, Lolita, basada en la polémica novela de Vladimir Nabokov, a quien no tenía el gusto de conocer, pero después de ver la cinta fue inevitable leerlo. Nabokov fue más explícito, su lenguaje a veces estremecedor, hizo que por momentos dejara a un lado la lectura; y aunque tarde en terminarla, finalice satisfecha y con una nueva visión de la otra Lolita, la de Kubrick. Igual me pasó con El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Una fabulosa cinta de Jean-Jaques Arnaud, sencilla, llena de poesía, de lenguaje en silencio, de una lección: La forma de pensar y sentir, no sólo del siglo XIV, sino del ser humano en todo momento para llegar a su libertad. Pero sin duda al leer a Eco, mi mente se abrió mucho más y devoré una a una sus ideas, aquellas “sobre las cuales no se puede teorizar, porque sólo se pueden narrar”
David Cronenberg, quien se atrevió hacer la adaptación de esta novela, ofrece un mundo tan trágico que sí acerca al mundo real. Las imágenes en la pantalla son locas y llegan hasta divertir. En El almuerzo desnudo, se canalizan dos experimentos abstractos (novela y film) a través de una base concreta (guión), sin que por ello, se pierda un detalle de personalidad en el proceso. Cronenberg y Burroughs, evidentemente logran la relación literatura–cine porque no tratan de imitarse, verlos juntos es como ir al cine acompañado, sólo así es como esta especie de “dualidad” logra su objetivo: que el clímax se ensancha y no puedas parar, ambos se fecundan.
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Uno más de mis favoritos es William S. Burroughs con 

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