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La libertad y el buen gusto Imprimir E-Mail
por Miquel Silvestre   
08 / 2005

Un hombre (podría decir "El Hombre", pero no añadiría nada a mi discurso y resultaría igualmente pretencioso) es dueño de sus propias filias y fobias.

Supongo que, hasta ahí, todos estamos de acuerdo.

Asimismo, podría decir que se es libre en cuanto se ama o se odia libremente, es decir, sin imposiciones de nadie. Me atrevería así a afirmar que la libertad queda restringida en relación inversamente proporcional a cómo se aceptan los cánones del gusto y del disgusto mayoritario.

Si creo que lo bello lo es sólo porque todos opinan que lo es, entonces, como carezco de criterio propio, no soy libre.

Y viceversa.

El argumento, sin embargo, es falaz. Llevado éste al extremo podríamos aseverar sin rubor que el hombre más libre sería aquel que amase lo que toda la humanidad odia.

Y a la inversa.

De este modo, ese hombre iría perdiendo libertad según fuera creciendo el número de humanos que coinciden con sus filias y fobias. Cuando amase lo que todos aman, y odiase lo que todos odian, entonces sería un esclavo.

Semejante conclusión es a todas luces absurda: la libertad de un hombre jamás puede depender de un baremo cuantificable numéricamente. La libertad es un absoluto ético. No está vinculada pues a elementos que se pesen, cuenten o miden.

Pero sí puedo gritar (en el silencio de mi oscura alcoba, claro, no vayamos a despertar a los vecinos) que la libertad sí depende de no aceptar los criterios del buen gusto sólo porque sean mayoritarios.

Al hilo de este razonamiento se podría sostener (burdamente, lo reconozco) que bastaría entonces con identificar los criterios del gusto mayoritariamente aceptado para rechazarlos, y así ser libres.

Quizá ese rechazo concreto pudiese ser considerado como un acto libre, quizá fuésemos absolutamente dueños de nuestro destino en ese aislado momento, en el instante preciso de rechazar, fruto de nuestra libérrima voluntad, toda belleza en “Las Meninas”, en “Cien años de soledad”, o en el Réquiem de Mozart.

No obstante, reprimo mi nocturno aullido de júbilo. La libertad no es asunto tan simple. Sospecho que si siguiéramos el método propuesto con rigor, incurriríamos en una doble esclavitud.

A cuál más abominable.

Por una parte, ese sistema supone estar obligado, esclavizado, por el vano intento de descifrar continuamente los arcanos, frecuentemente contradictorios, de lo que pueda ser el buen gusto mayoritariamente aceptado. Concepto éste de válida utilización teórica, pero nula utilidad práctica; como inútiles abstracciones sin contenido real son los conceptos de “opinión pública”, “soberanía popular”, “voluntad general” y otros análogos tan felizmente usados por los demagogos, los autócratas y los terroristas.

Sin embargo, la segunda esclavitud resulta mucho más insidiosa y también mucho más grosera: y es la que consiste en someternos voluntariamente, con alegre afán liberticida, al yugo de nuestro propio anhelo de ser libres.

Intentar ser libre a toda costa sólo puede sojuzgarnos y convertirnos en siervos de una quimera que nadie nos ha impuesto.

Acabar siendo, después de todo, esclavos de nosotros mismos en la siempre inconclusa (y tal vez imposible) tarea de ser libres es, además de una broma pesada, un acto de pésimo gusto.

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