PalMal267.jpg
La belleza, el montón y los nuevos paradigmas Imprimir E-Mail
por Miquel Silvestre   
10 / 2005

La imagen nos preocupa a todos, y yo no soy una excepción. Hoy en día existe una norma social que consagra el atractivo físico como un valor supremo. Esto es algo por todos conocido, cierto, pero lo novedoso es que últimamente esta admiración ha alcanzado niveles nunca antes hollados. Ha llegado a ser verdadera adoración. Y es este repentino éxito total lo que me llama la atención. La belleza corporal es un don que secularmente ha sido apreciado—y disfrutado—por la Humanidad, pero sólo recientemente ha desbancado a cualquier otro competidor. Primero lo fue como sinónimo de virtud—el bello héroe—, y más tarde, probablemente como una influencia moral más del cristianismo, identificado con los mefíticos y atrayentes poderes del mal—la bella tentación—. Arquetipos ambos sin base real, irracionales, sí, pero consagrados en sus respectivas épocas como verdades indiscutibles.

La asociación entre lo hermoso y lo perverso triunfó durante más tiempo que su contraria, quizá como fácil redención y consuelo de los que ni eran bellos ni buenos: la enorme mayoría, el montón, que así podía fingir que no ser lo primero—bellos—no dolía por ser una virtud que disimulaba ser lo segundo—malos—. En cualquier caso, esta asociación ha perdurado a lo largo de los siglos—diablesa, vampiresa, mujer fatal...— y dio pie a que el adorno y la belleza se censuraran públicamente como accidentes superficiales, efímeros y despreciables; pero en privado, ay, el embellecimiento se ansiaba como un áureo sol que todo lo iluminara, pero que sólo se podía perseguir a escondidas.

Puro prejuicio, claro, hoy ya sabemos todos que lo bello puede ser bueno; la rubia, lista; y el feo, tonto. Pero ese prejuicio tal vez siga subsistiendo entre nosotros y sea el responsable de ese aire de vergüenza, de culpa, que rodea el deseo por el atractivo físico. Sobre todo de lo que se posee sexualmente: el cuerpo propio y el de la pareja. Pues eso y no otro es lo censurable: si uno desea que le rodee lo bello, se es un esteta. Pero si lo que se desea es ser bello uno mismo, entonces se es un narcisista de ego frágil. Y encima si se desea a la bella, mucho peor, ya se es sin remedio un machista superficial.

San Agustín imaginaba el cielo como un paraíso tangible donde todas las almas recuperaban sus cuerpos terrenales, pero no los que habían dejado al morir, normalmente arruinados por la edad y las privaciones, sino, en una suerte de lifting celestial, se encontraban con unos cuerpos renovados, jóvenes y totalmente libres de imperfecciones. Pero San Agustín no era narcisista, ni culpable de superficialidad o sensualidad. Y no lo era porque eso lo deseaba para los demás, no para él mismo. Como era santo, se supone que su propio cuerpo le daba igual. Quizá por esa razón la modelo con vocación de miss que se retoca hasta difuminarse nos parece censurable, pero no lo sería en absoluto quien deseara que, salvo él mismo, todos sin excepción fuéramos perfectos como los ángeles: inmaculados y agraciados, pero con sexo a poder ser, apuntaría yo.

Mas actualmente, ¡ah!, sin duda hemos elevado la hermosura, casi de forma impúdica, a rango de valor supremo. Incluso superando otros más tradicionales, y comúnmente tenidos por más profundos—reales según el prejuicio citado—como la inteligencia, la bondad, la tenacidad o la valentía. Hoy siendo simplemente bello (o bella) se puede triunfar a nivel planetario y codearse de tú a tú (incluso con cierta superioridad) con otros grandes por sus méritos artísticos, económicos, intelectuales, políticos o deportivos. Sin embargo, los viejos paradigmas coexisten con los nuevos sin que todavía esté clara su jerarquía. Así que se produce un curioso conflicto entre la vergüenza de antaño y el júbilo de hoy. Resultado: toneladas de neurosis y mala conciencia. Queremos lo bello, lo reverenciamos como a un nuevo ídolo porque lo sabemos importante, pero aun así nos seguimos sintiendo culpables si lo buscamos de forma consciente y voluntaria.

Las cosas son así, nos guste o no. Y yo tampoco pretendo sustraerme a semejantes reglas por el fácil, aunque normalmente ineficaz remedio de negarlas, al menos en lo que concierne a mi concepción personal e intrasferible del mundo. Admitámoslo, la frase de "no me importa la belleza física, prefiero la interior" nos suena bien a cinismo transparente, bien a autoengaño, bien a mera excusa facilona para permitirse uno la deglución indolora y sin tasa de bollos. O sea, semejante declaración de principios la admitimos como una frase hecha, pero nos la creemos menos todavía que otra no menos pronunciada aunque igual de embustera: “no me importa el dinero”.

Y no, no es que yo sea tan frívolo como para pretender que en el aspecto físico se base toda mi felicidad, mi éxito social y profesional, mi desarrollo personal y familiar, y el logro de una vida sexual tan satisfactoria como constructora de diálogo, complicidad y amor, tal y como predican los paradigmas modernos. En absoluto, no soy tan imbécil. Eso sólo se lo pueden permitir aquellos escasísimos animales que han nacido y madurado perfectos, dotados por el capricho de la naturaleza de unos atavíos carnales tan angélicos como sensuales. Exigua minoría odiosa, expresión sublime de lo que los demás nunca seremos ni tendremos.

Algunos dirán que incluso esos son infelices criaturas, condenadas al crudelísimo castigo de morder el polvo de una vejez inclemente. Dirán también que la senectud es un anticipo de la igualdad ante la muerte de la que hablaba Jorge Manrique: los bellos, los mediocres y los feos, equiparados todos, por fin, en aspecto. Así reconocerán aquellos de una vez cuan falso era su disfraz. Y lo sabrán justo antes de expirar de ancianidad, cuando aún somos concientes y podemos, tal vez, llevarnos de forma indeleble y eterna ese último pensamiento al más allá. Y pensando así se consuelan, e incluso se regocijan aguardando la humillación postrera del precioso animal, tan fascinante al caminar como implacable en sus desdenes.

Quizá tengan razón, no lo sé. Eso sólo pueden saberlo los elegidos, los inmaculados, los divinos seres impecables. Pues nadie que no sea perfecto puede conocer nunca el peso de la perfección.

Pero por otra parte, la opresión incontestable del ángel es irónica, porque de animales bellos siempre se ha sufrido una enorme carestía. Los verdaderamente guapos no abundan: la mayoría es fea. Y lo es porque ella misma ha creado unos cánones inaccesibles, con los que una y otra vez pretende compararse, y que así, frente a ellos, se ve reflejada como un esperpento. Pura ilusión óptica, porque los realmente deformados son aquellos pocos bichos extraordinarios y preciosos que se ajustan al modelo. Deformes por raros, anormales e imposibles. Por fortuna, para repartir democráticamente el mal rollo entre todos, la aldea global repite, multiplicados por el infinito, a los pocos bellos que hay—a lo sumo unos cuantos miles en toda la Humanidad—. Lo hace de forma tan efectiva y engañosa que a veces da la impresión de que una multitud de apolos y venus hubiera invadido este jodido planeta. Así, leyendo las revistas couché, viendo las películas yanquis, o padeciendo la televisión rosa, pareciera que el único ser con pinta de horrible alienígena que hay en el mundo es eso que te mira asqueado desde dentro del espejo.

No, yo no soy tan imbécil como para cifrar mi valía en la belleza. Yo no soy un elegido. Ni de lejos. Y ni todo el dinero del mundo, ni los mejores cirujanos, estilistas y entrenadores personales, ni toda la capacidad humana de soportar sufrimiento, dolores e incomodidades—cosas todas de las que carezco—podrían conseguir que lo fuera. Eso sólo depende de Dios. Que piensen en ello los creyentes. Sería absurdo entonces que yo pensara a todas horas en mi físico, mi estilo y mi prestancia. Ni que exigiera de mi pareja que fuera una diosa absoluta, porque tampoco están a mi alcance. Pero tampoco soy un engendro de la naturaleza, ni lo son ellas. Y es que he tenido mucha, muchísima suerte. Dios no me ha hecho bello, pero tampoco me ha castigado con la carga de una encarnadura vil, horrenda, repulsiva. Así, no soy pues ni una cosa ni la otra. Ni guapo ni feo. Soy un tío del montón.

Por eso no me ha quedado más remedio que explotar otros talentos para dirigirme por la vida, pues siempre he sido ambicioso y sensible. Cosas del ser humano: hasta el más mediocre se siente especial. He querido ser feliz—nunca lo he logrado del todo ni durante mucho tiempo; en eso también soy del montón—, he querido ser reconocido, amar y que me amaran—cosas que, también como todos, he conseguido a medias, aunque al menos en la medida suficiente como para querer conservarlas—. Vamos, que apoyo mi funcionamiento en la vida, tanto dentro de mi cabeza como fuera de ella, en la inteligencia, el estudio, la escritura, el humor y la conversación. Si ingreso un magro dinerito todos los meses no es gracias a mis cotizadas curvas, sino a la dura aplicación del intelecto sobre la materia árida de los conocimientos prácticos. Si gozo con plenitud de la vida no es extasiándome ante el espejo, sino construyendo un complejo mundo interior en el que corretear cazando metáforas y pensamientos; y si me como algún rosco que otro no es por la seducción irrechazable de mi cuerpo, sino porque soy charlatán y contradictorio, y a veces trasluzco la misteriosa razón por la que me brillan los ojos.

No ha sido fácil, pero para ser un tío del montón no me ha ido mal: me mantengo a mí mismo, me gusta vivir mi vida y casi siempre tengo a mano alguna mujer que se acueste conmigo sin cobrarme. Y no sólo he conseguido estos mágicos logros, sino que además en ellos me he situado por encima del montón al que por naturaleza pertenezco: mi sueldo rebasa con creces el salario mínimo interprofesional vigente en España, disfruto con mi infelicidad de escritor, que me permite cualquier exceso y su contrario, y puedo permitirme el lujo de rechazar sexualmente a las mujeres feas y a las prostitutas.

Como dije antes, siento que en la vida he tenido suerte, y también algo de mérito propio, porque la pobreza, la depresión y la soledad acechan incansables. Cualquier día todo cambia y te ves jodido, arruinado y solo. Por eso mismo, como tío del montón que soy, pienso que no puedo permitirme regalar por desgana o pereza los pocos activos físicos de que dispongo: me estaría suicidando. Estas reglas que consagran la belleza como nuevo paradigma no las he inventado yo, me las he encontrado y ante ellas sólo queda rechazarlas y quedar al margen con todas sus consecuencias, o aceptarlas, tratar de jugar tus bazas y ser, simplemente, uno más. Lo que quiero decir es que estos nuevos paradigmas de la belleza son un coñazo, pero que si pretendes eludirlos es probable que el mundo te eluda a ti. Antes, no hace ni cien años, yo podría abandonarme a la holganza y a la pitanza, al engorde paulatino y al envejecimiento tranquilo e inocente. A nadie le iba a importar mi aspecto de buey si tenía otros atractivos, como propiedades inmobiliarias, alguna renta fija o prestigio intelectual. Hoy, ¡maldita sea!, no vale sólo con eso, sino que me veo obligado—sí, obligado para no ser un paria social—a entrenarme en un gimnasio, verdadera fábrica moderna de sudor donde, precisamente, pagan los que sudan, y a moderar mis apetitos por la comida crasa y abundante, por la bebida espirituosa, por el tabaco espeso y la siesta imperturbada.

A veces me pregunto: ¿si yo hubiera sido guapo y todo me hubiera venido con la misma facilidad con la que el agua discurre por sus cauces, me habría decantado igualmente por la construcción espiritual e intelectual de mi persona? Me gusta pensar que de todas formas yo seguiría encontrando los mayores gozos en la contemplación, en la música, la lectura, la escritura y la charla amistosa e inteligente, que el placer íntimo y cerebral de descubrir claves ocultas en la superficie de las cosas nunca podría ser superado por el reconocimiento de la perfección física en el azogue o sobre las aguas del lago. Pero si soy sincero he de reconocer que no lo sé a ciencia cierta, pues nunca he sido guapo y jamás he podido saber qué se siente siéndolo. Así que es posible—y tal vez probable—que mi encastillamiento en los deleites “elevados” se deba a que no me quedaba otro remedio.

Escribir Comentario
Nombre:
E-mail
Título:
Comentario:



Código:* Code
Enviarme un email cuando haya nuevos comentarios en este artículo


Marcar como favorito (11) | Cite este artículo en su sitio | Views: 1397

  Comentarios (1)
Escrito por letraherido masoquista, el 23-11-2007 18:09
"¿si yo hubiera sido guapo y todo me hubiera venido con la misma facilidad con la que el agua discurre por sus cauces, me habría decantado igualmente por la construcción espiritual e intelectual de mi persona?" 
 
¡Ojalá hubieras sido requeteguapetón, amigo!  
:cry :cry :cry :cry :cry :cry :cry
 
< Anterior   Siguiente >
Este sitio es apoyado por: