| Romántico |
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| por Jesús Cervantes | ||||||
| 11 / 2005 | ||||||
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La historia de la migración hacia el vecino país del norte está plagada de anécdotas, prejuicios, racismo, pero sobre todo, sueños inconclusos. Hay miles de historias que fomentan una larga lista de hijos, esposos y hermanos que se quedan para siempre entre las aguas del Río Bravo o enterrados entre la arena del desierto, previamente ajusticiados por las mentes nacionalistas de los Minute Man o los sheriffes de los pequeños pueblos donde la luz de la razón aún no ha sembrado sus raíces (decía Charles Bukowski que mientras "los norteamericanos sigan pensando a través del miembro, el sueño americano será tan sólo eso").
De hecho, los "reportajes especiales" que nos presentan en los noticieros light de la teve nacional no son más que la punta del iceberg que constituye el flujo migratorio que transita desde los pueblos y rancherías guanajuatenses, michoacanos, zacatecanos, entre otros, a los centros urbanos del país del Tío Bush. La realidad en el vecino país del norte es por sí misma disímbola, puesto que mientras los migrantes de otras latitudes llegan a desempeñar trabajos bien remunerados, los mexicanos que osamos internarnos en la jungla de concreto, solamente alcanzamos empleos de medio pelo para abajo, a pesar de ser recibidos por parientes, amigos o conocidos, quienes son los primeros en desfalcarnos y dejarnos sin un quinto al menos por los siguientes seis meses de estancia. Algo semejante ocurrió con Carmelo Muñiz Sánchez, uno más de los cientos de paisanos salvaterrenses que buscando lograr algo más en la vida, se aventuran a recorrer las calles de San Francisco, California, ofreciendo sus baladas, aventuras y poemas musicalizados a todos aquellos que con tal de rememorar sus días de gloria en su país de origen, le otorgan un par de dólares por sus interpretaciones. Carmelo viaja arriba y abajo de las calles del Mission Street y Dolores Street, corazón del barrio latino, donde los colores nacionales aparecen por doquier en forma de sombreros de charros y banderas tricolores adornadas a gusto de sus propietarios. Carmelo y su amigo, Arturo, quienes van de un lado a otro y se anuncian como trío, aunque en realidad no lo son, "pero pega más decir que somos trío" (marketing bussines, of course), recorren las esquinas entre los olores característicos de los puestos de tacos, las panaderías, los puestos ambulantes con verduras y los siempre venerados murales de las calles que enarbolan la sempiterna imagen de la Guadalupana, que cuida de sus hijos y les da razón de ser. Carmelo, artista del corazón, es la fiel imagen de todos y cada uno de los soñadores mexicanos que alguna vez pisamos el territorio de las barras y las estrellas pensando conquistarlo: de su ancho pecho emergen las canciones que a todos los paisanos, migrantes o no, les llegan al fondo del alma. Porque no importa que seas migrante de primera, segunda o equis generación (como les ha dado por etiquetar a los estudiosos del fenómeno migratorio): cualquier canción que te recuerda tu terruño, te pone la piel de gallina. Y es ahí donde Carmelo pudiera haber salido adelante. Pero la vida del migrante, del indocumentado que no domina el idioma, está lejos de convertirse en una realidad, por más que haya intenciones, ganas y apoyo para salir adelante. Cuando todo esto no se da, entonces viene el desánimo, te llenas de sentimiento y algo muy dentro de tu cerebro te dice que es hora de regresar. He ahí el dilema de nuestros migrantes: vivir una pesadilla entre los rascacielos y el horario inflexible, ganando dólares y gastando su vida en menos de tres metros cuadrados de existencia, o regresar a su patria donde son alguien, son una persona, tienen vida social pero carecen de dinero para sacar adelante a su familia. Ante esto, Carmelo decide regresar a su patria chica, Salvatierra, donde su madre enferma de diabetes está en su etapa más crítica. Desgraciadamente, a su regreso, Carmelo se encuentra con un panorama difícil, desolador que le impide ofrecer una vida digna a sus seres queridos. Su participación con mariachis, como solista, en tríos o de plano vendiendo nieve, no le permite ir más allá de lo que esta dura vida le niega de manera permanente.
Este largometraje, exhibido en los principales festivales de cine independiente como el Sundance, de Park City, Utah, Los Ángeles y San Sebastián, ha recibido críticas excelentes, pero sobre todo, ha permitido mostrar al público las razones que llevan a nuestros migrantes dejar atrás su vida y adentrarse en el corazón de la sociedad consumista por excelencia. El filme, exhibido hace unos días en el Festival Internacional de Cine de Morelia, tuvo gran acogida de parte del público que asistió a la presentación y fue motivo de charla con el realizador Mark Becker, quien sin ningún impedimento ni poses de divo, accedió a llevar la cinta "Romántico" a la ciudad de Salvatierra, Gto., para su exhibición el próximo mes de febrero del año entrante, precisamente durante las festividades de la Feria de la Candelaria.
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