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¡Sexo! Imprimir E-Mail
por Miquel Silvestre   
11 / 2005

Sexo. La mera palabra, el simple fonema, ya nos conmueve. En un sentido o en otro, no podemos leerla, oírla, escribirla ni decirla sin sentir algo, siquiera sea un ligero hálito de rubor, vergüenza, temor, asco, deseo, interés o inquietud. Aunque la pronunciemos con tono aséptico y profesoral. Incluso siendo nosotros los más templados científicos tratando con ella como simple materia fría, siempre nos quedará la duda de qué estarán pensando los oyentes / lectores cuando la reciban en nuestro discurso. ¿No es algo casi mágico? Ni siquiera los conceptos de Dios, paz, amor, guerra, izquierda, derecha o patria producen ese efecto. Pero es ver un cartel con la palabra sexo escrita bien grande y todos a girar la vista. Sexo, la palabra más buscada en Internet. Sexo, el verdadero protagonista del trinomio salvaje; aceptémoslo, drogas y rocanrol son sólo artistas invitados.

¿Por qué? Que me aspen si lo sé. De hecho, como adolescente macho de la especie, viví un periodo muy concreto de mi estadio evolutivo preocupado exclusivamente por la búsqueda desaforada de la experiencia sexual completa, tan desconocida como idealizada. Perder la virginidad se puede llegar a convertir en unas oposiciones a Notarías, al menos cuando yo tenía dieciséis años. Cuanto más esquivo el ansiado momento, más y más adornado con todas las hambrientas expectativas del excluido de la logia. Aplicado pues a mis oposiciones, concebido el premio, a fuerza de imaginarlo, como una estancia en el maldito paraíso, cuando por fin llegó me quedé sorprendido por su prosaica banalidad. Así que aquello era todo, me dije un tanto mosqueado. No estaba mal, pero, la verdad, esperaba más. Mucho más. Qué digo mucho más. Lo esperaba todo.

ImageY he ahí el quid de la cuestión que tanto me intriga. ¿Por qué coño lo esperaba todo del sexo? Yo no soy ningún ser extraordinario. Aunque me digan—y yo pueda a veces pensarlo por pura vanidad—que soy un tipo raro, no lo soy tanto como para ser diferente en lo fundamental al resto de la humanidad educada en la televisión y los paradigmas occidentales. Es decir, en el fondo y en lo definitorio, soy como cualquiera. Así pues he de concluir que más o menos todos buscamos en el sexo más de lo que el sexo por sí mismo nos puede y debe ofrecer. ¿Por qué? Si usted lo sabe, no se corte, derroche su sapiencia e ilumíneme. Pero mientras tanto, me permitirán que sugiera algunas causas y algunas consecuencias de esta locura colectiva que nos ha convertido a todos en adolescentes, esperando encontrar en la próxima experiencia la plenitud que se nos negó en la anterior .

Me da la impresión de que hemos aceptado que la felicidad existe—certeza muy discutible—, que esta es posible—más discutible todavía—, pero que siendo los hombres diversos, diverso ha de ser para cada uno su contenido concreto. ¿Tantos contenidos como seres humanos posibles? Un poco impreciso el concepto, ¿no creen? Con lo que—y ahí ya no discuto—, convenimos también en que es casi imposible definir la felicidad. Y ahí entra el sexo. Todos tenemos sexo, y todos sentimos incertidumbre, desconocimiento e inquietud ante él. Como la felicidad, el sexo es también casi indefinible, es misterioso, es diverso e impredecible. O sea, es todo y nada, está lleno y vacío, es conocido y misterioso, es el Dorado y también el doméstico salón de casa. Vamos, que si la felicidad existe y no la encontramos por la calle, será porque estará escondida en algún sitio. Y como del sexo, tan placentero a veces, no conocemos todo su territorio, pues, qué carajo, pensamos que igual la felicidad está ahí.

¿Lo está? No lo sé. Siendo el concepto de felicidad tan gaseoso, bien podría hallarse en cualquier sitio, y también en ninguno. Como hogar de la felicidad el sexo es un lugar tan bueno como Singapur. Para gente como Donatien Alphonse de Sade sí estaba allí. Puede que el marqués tuviese una visión de la sexualidad feliz un tanto pintoresca, pero ello no empecé al núcleo esencial de mi argumento. No me plantea, pues, admiración alguna que haya determinadas personas, los erotómanos, que cifren todo su universo en el concepto que hoy estudiamos. No, no es ese vericueto psicológico lo que me sorprende, sino la sospecha que albergo de que hoy en día todos seamos erotómanos. Al marqués, su sociedad lo encerró en la cárcel y sus libros fueron prohibidos. Hoy, un actor porno se ha convertido en estrella de masas en uno de los países más católicos de Europa. No es el hecho en sí de buscar la plenitud individual en el sexo lo que me asombra, sino que toda una sociedad, como un solo hombre, haya colocado el sexo como nuevo ídolo, del cual espera, ahí es nada, El Absoluto.

Paradójico, además, que en una época tan ferozmente individualista como la nuestra se haya realizado este portentoso fenómeno, en cuyo vértice fundamental aparece un ingrediente básico, aparentemente incompatible con el sólo yo: la alteridad. Vamos, que todo el meollo consiste en que follar es una actividad colectiva, al menos de dos. Porque hay que reconocer, tan lejos no hemos llegado, que el onanismo todavía permanece excluido de la fiesta de la plenitud personal. Nadie que se mate a pajas—y que esté en su sano juicio—reconocerá que eso le hace ser la persona más feliz del mundo.

Otros tendrán otra interpretación. Dirán que lo que yo considero una auténtica revolución social no es más que otra consecuencia, quizá más llamativa y escandalosa, de una atmósfera general de consumismo, que con su cadena de deseos y desengaños ínfimos y sucesivos—necesaria herramienta para el acto de consumo—, nos induce al vacío existencial y a tomar el mundo sólo en su vertiente utilitaria. Que A me produce placer, pues lo busco. Que B displacer, lo eludo. Que A sea sexo y B trabajo es aleatorio, abstracto, coyuntural en un sistema perverso por cuanto deshumanizador. No digo yo que no. Pero tampoco que eso sea incompatible con mi idea. El consumismo es manifestación colectiva: consumimos, compramos, usamos. Pero su motor esencial es el individualismo: yo quiero, yo compro, yo uso. ¿Y cual es el primer derecho del ser humano, del individuo único? Según la Declaración de Independencia de la nación campeona del consumismo: ser feliz.

Cuando los nuevos retóricos nos dicen que buscamos la felicidad en el consumo, nos están tomando por tontos. Ya nadie se llama a engaño. Ningún ciudadano normal del siglo XXI persigue la felicidad en su coche o en su televisor extraplano. Ya sabemos que son sucedáneos, incluso cadenas para nuestra libertad. ¿Y qué? Nos mola, y nos lo compramos. Y para ello nos endeudamos hasta el padecimiento. ¡Qué coño vamos a pretender ser felices consumiendo! No, no nos dan gato por liebre. Si el encuestador llama a nuestra puerta y nos pregunta qué nos hace felices, nadie dirá que su coche importado, pero todos diremos que el amor, la amistad, la familia…Pocos dirán que el sexo, pero es que somos muy pudorosos y ya sabemos que la maldita palabreja no se pronuncia impunemente. Ellas, las miembros hembra de la especie, todavía se avergüenzan más, y les cuesta horrores decirla sin adjetivos dulzones, pero detrás de toda una hojarasca de romanticismo y dulces elipsis, lo que queda es lo mismo. Aunque diverso, como ya sabemos también.

Evidentemente, la propaganda ha hecho mucho por esta entronización del sexo. Como con todo lo que se estima en nuestras sociedades. El éxito económico, intelectual, deportivo, artístico, moral… ha sido publicitado hasta la saturación. Los triunfadores, de sonrisas impolutas, apenas un puñado en todo el globo, aparecen en nuestros hogares por decenas de vías simultáneas: Internet, tv, radio, cine…Y tú los miras y te dices, eh, esa gente parece feliz. Tienen trabajos interesantes, arreglan el mundo, baten récords…Seguro que también pasan sus malos momentos, pero, joder, ya quisiera yo una vida como esa, debe ser muy plena. Plena. Otro hallazgo: la plenitud. Vida plena, amor pleno, sexo pleno. Evidentemente, no todos podemos ser genios literarios, atletas de élite, supermodelos, o madres teresas de Calcuta. Pero, eh, espera un momento, todos tenemos sexo. Eso sí es democrático. Y es tuyo, te dicen, puedes hacer con él lo que quieras. Incluso no usarlo. Como hace el Papa. Elige lo que quieras. Elige castidad si es tu gusto. Elige. Sexo. Plenitud. Felicidad.

Y aquí estamos, de pronto, ante aquello que más odiamos: la responsabilidad. Puedes ser feliz. Tienes sexo. Cualquiera puede ser feliz con un sexo pleno. Mi vida sexual es plena, te dice el superman o la superwoman de turno desde la portada de la revista. Es fácil, asegura el muy cabrón, todo consiste en ser natural, en ser tú mismo. Así pues, es tu responsabilidad conseguirlo. Y ahí te dejan. Sólo ante la inmensidad de semejante deber. Y así estamos todos hoy, presos del desconcierto y la insatisfacción, embarcados en esta loca carrera hacía la plenitud sexual sin saber muy bien donde está y qué hay una vez allí. Lo único que sabemos es que la sonrisa del triunfador de la revista es Absoluta. Y nosotros también queremos una sonrisa así. Tenemos derecho a ella; es más, tenemos derecho a Todo, nos lo merecemos Todo porque ese es el principio básico de la democracia. Soy el pueblo, el pueblo es el sujeto final de la Historia, luego yo y todas mis debilidades y defectos son virtudes que han de ser aplaudidas y recompensadas. El pueblo merece vivir en un perpetuo éxtasis de consumo y sexo. Y si no es así, si me siento infeliz, marginado, decepcionado, no puede ser culpa mía. Ha de serlo de esas fuerzas mefistofélicas y ocultas que imponen un capitalismo horroroso e insensible que bebe Cocacola, maneja el Mundo en la sombra y castiga a los pueblos sin patria ni estado.

Si no follo como el triunfador de la revista, la culpa es de los Estados Unidos.

Sinceramente, si eso fuera verdad, sería un consuelo. Porque es consolador saber que existe por ahí un oscuro Leviatán al que echarle la culpa de todos nuestros fracasos. Pero seamos sinceros por una vez. Para la mayoría—el montón—alcanzar esa vida erógena total y totalizadora que nos venden como una posibilidad a nuestro alcance es tan irrealizable como lograr la belleza física. Pero aun así, la propaganda impenitente de la dictadura social nos engaña haciéndonos creer que ambas cosas son posibles, que la preciosa rubia—o el rubio— de la portada puede un día estar en nuestra cama, y que con ella alcanzaremos un clímax unísono y profundo: absoluto. Pero, ¡ay de nuevo!, el montón, la mayoría, el rebaño está atiborrado de gente normal que jamás sentirá algo parecido, bien porque sean inapetentes y sus hormonas no les inciten a fornicar como bonobos, bien porque padezcan taras físicas, psíquicas o morales incompatibles con esa sexualidad plastificada e incesante que nos venden como modelo, bien porque sean tan horribles que nadie en su sano juicio encuentre placentero retozar con ellos sin mediar algunos grasientos billetes de por medio, bien porque, en fin, sean unos infelices sin remedio que jamás encuentran goce en cosa alguna.

Pues bien, toda esta legión incapaz del goce erógeno ha sobrellevado históricamente su incapacidad con estoicismo pues la mayoría ni siquiera era consciente de esa carencia. Muchas amas de casa desconocían lo que es sentir un orgasmo, pero como no sabían lo que era ese tumulto fisiológico, no le daban la más mínima importancia, y toleraban con resignación las prisas de su marido por aliviarse una vez a la semana. Su tragedia es que hoy tampoco lo conocen, nunca lo han sentido, pero se sienten frustradas porque han oído hablar maravillas de él y lo imaginan como un mágico y misterioso derecho del que se han visto privadas por la dictadura masculina secular, particularizada en su marido, quien, pobre hombre, tampoco es que haya tenido nunca una gran vida sexual, salvo las corridas sabatinas en casa y la rápida cana al aire con los amigotes. ¿Consecuencia de los nuevos paradigmas?: dos feos insatisfechos mirándose de reojo en la alcoba.

¡Cuántos damnificados y cuantas parejas rotas se han sacrificado en el altar de este vano espejismo del Cosmopolitan y de Sexo en Nueva York!

Sí, sin duda vivíamos mejor en nuestras respectivas cárceles de carne cuando no sabíamos que lo eran, cuando no ser bello o bella era lo normal y cuando el placer sexual era algo excepcional, casi milagroso. En cambio ahora estás obligado a ser hermoso, feliz y de sexualidad plena. Algo tan inalcanzable para la mayoría como el maldito Everest.

Pensándolo mejor, creo que nos conviene seguir echándole la culpa de todo a los Estados Unidos.

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  Comentarios (1)
Escrito por letraherido masoquista, el 23-11-2007 18:21
De cómo Google y sus enlaces patrocinados pueden mellar la literatura aun siendo casi imposible: 
 
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