| Damien Rice, cuando la música habla por sí sola |
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| por Paul Medrano | |||||||||||
| 11 / 2005 | |||||||||||
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Seguir enumerando engendros de ese tipo, nos puede llevar toda la página, puesto que no hay mucho en donde escoger dentro del desértico panorama nacional. La necesidad urgente de propuestas decentes (cuando menos) es lo que nos obliga a buscar desesperadamente algo para calmar el ansia de escuchar eso que nos permita pasar un rato agradable: esos con la vista perdida en el horizonte y el oído atento al altavoz. No más no menos. Esa búsqueda me llevó a Damien Rice. Irlandés de poco más de 30 años nacido en el pueblo de County Kildare. En sus inicios, formó parte de un grupo denominado Juniper. Con esta agrupación grabó dos temas que iban a ser el lanzamiento de un disco con la multinacional Polygram. Pero el escaso entendimiento entre la banda y la compañía, hicieron imposible este lanzamiento y el resto del grupo continuó bajo el nombre de Bell X1. Luego de ese tropiezo, Damien Rice Recorrió las calles como cualquier otro cantautor urbano. Viajó por casi toda la geografía europea. Finalmente, se estableció en Dublín en el año 2000. Con ideas claras de su propuesta musical, decide grabar algunos temas en una maqueta y probar suerte. Dicha maqueta llegó a manos del productor David Arnold (conocido por sus trabajos para Björk y la saga de James Bond), quien quedó fascinado por su música y decidió conseguir el dinero necesario para que se comprara su estudio móvil. En este estudio grabaría su primer single, The Blower’s Daughter que sería editado en 2001 como preámbulo de su único larga duración hasta el momento: O (Warner, 2002). Grabado a lo largo de un viaje de forma absolutamente casera, echando mano a la hermosa denudez que otorgan los sonidos acústicos. Rice se viste de guitarras, violines y violas, pero sobre todo mucha imaginación, el disco fue todo un éxito tanto para el público como para la crítica, y enseguida salió de las fronteras de Irlanda para conquistar al público británico, europeo y estadounidense. El disco llegó A México poco más de un año, para esa fecha había muchos que ya sabían de su existencia gracias a la red de redes. Pero, ¿qué es lo que ofrece Damien Rice? Podríamos definirlo así: raíces folk, letras tristes, tenues melodías, manufactura casi artesanal y algo tan sencillo pero escaso en estos tiempos: melodías extraordinarias.
La estructura de las canciones está construida siempre sobre una guitarra acústica, lo que dota al disco de un espíritu minimalista que nada le pide a las máquinas y las superproducciones de estudio digital. Nos vamos a encontrar algo tan primitivo como un hombre con su guitarra, con el añadido, en ocasiones, de algunos instrumentos de cuerda y de la cálida voz femenina de Lisa Hannigan, que acompaña a la voz de Damien Rice, que a se torna a veces suave, quebradiza o radiante. Sus letras hablan del amor a la vida, del amor a la mujer, del amor a la muerte, del amor a la soledad, del amor a la violencia, del amor a la cotidianeidad o del amor al amor. Escucharlo, me corrobora la tesis de que la música aún existe como arte, como vehículo para que las emociones viajen, como expresión para darnos placer, y no como un mero producto de uso. Poner O en el aparato de sonido es como ponerse un visor y darse cuenta que la vida transcurre más lentamente que de costumbre para admirar las cosas, las personas, el tráfico, los edificios, las aves, la lluvia y el cielo. Damien Rice probablemente nunca llegue a tener la fama de Robbie Williams, Justin Timberlake o Bon Jovi, pero hizo algo mejor: me regresó la ilusión de saber que la música, lejana, escasa y luminosa, todavía existe.
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