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El rostro del monstruo Imprimir E-Mail
por Miquel Silvestre   
01 / 2006

ImageDicen que la cara es el espejo del alma. Incluso existe una ciencia que, sólo leyendo los rastros morfológicos del cuerpo, pretende descifrar el carácter íntimo de un ser humano cualquiera: la fisiognómica. Cesare Lombroso, por ejemplo, distinguía criminales por la forma del lóbulo de la oreja. Todavía hoy decimos que alguien tiene cara de buena o mala persona. Se identifica el rostro con el carácter, por eso se dice de los hipócritas que tienen mil caras, porque cambian su proyección personal (que no su cara física) según sus intereses. Sea o no cierta la pretensión de identificar cara con alma (algo de lo que dudamos; también decimos que las apariencias engañan), lo que discute nadie es que el rostro sea la persona. De hecho, cualquier opositor a Notarías sabe que personare era la careta que usaban los actores en el teatro clásico, que por extensión pasó a identificar al ser humano completo. No hay persona sin su cara. Al fin y al cabo, puede que la cara no sea reflejo del alma, que los más bellos rostros encubran seres perversos, y a la inversa, que los más horrendos encierren bondad, pero es indudable que reconocemos al otro porque tiene cara. Será bueno, malo o regular diga lo que diga su cara, pero sin su cara no será.

Quien no muestra su rostro no existe, no es reconocible, no es uno de los nuestros. Así, el retrato es el verdadero icono de las artes plásticas porque supone el reconocimiento de lo que hay de humano en el otro. Humano como yo porque tiene cara, porque puedo mirar sus ojos y reconocer en ellos las mismas emociones que siento yo.

Sinceramente, a estas alturas yo creo que la cara no es el reflejo del alma. De ningún modo. Es un espejismo bajo control. Es una ilusión humana, mentirosa por tanto. Pero no es perfecta. A veces fracasa en su truco, a veces no consigue mentir, encubrir, engañar, disimular. ¿Cuándo no miente el rostro? Cuando deja de encubrir al humano y revela al animal que le habita. Entonces sí es un retrato fiel del interior, sólo que entonces lo es de algo no humano, de algo sin alma. Entonces no es siquiera una cara, sino una horrible máscara deformada. Y ni siquiera es algo individualizado. Cuando somos animales somos todos casi idénticos.

La expresión que adopta un rostro en sus momentos más paroxisiticos es siempre muy similar. Se trata de esa mueca excesiva, paródica, semibestial, como esa que reflejan algunas fotos periodisticas al retratar a seres humanos en aquellos breves momentos en que casi dejan de serlo, llevados a un terreno mítico de salvajismo, arrastrados por una emoción explosiva de gozo, ira o júbilo. Lo que reflejan esas fotos no es más que un instante, ese preciso segundo en que dejamos de ser lo que no somos, porque lo que somos en realidad es eso tan brutal que revela la instantanea.

Un segundo despues, volveremos a ser lo que no somos y el rostro volverá a ser reconocible como un rostro, y no como un encerado de tragedia, dolor o alegría eufórica. Pura pizarra de garabatos brutales. En el segundo posterior a la barbarie seremos de nuevo humanos. Una ficción necesaria. Afligidos, tristes o alegres, pero sólo humanos. El fogonazo del animal interior habrá pasado. Seremos digeribles, mas no atractivos. En el segundo despues ya no le importamos un bledo al objetivo fotográfico, nuestra humanidad no será motivo de estupor. Nadie reconocerá en nuestras anodinas facciones a la bestia irritada, febril o gozosa. Pero quienes lo hayan contemplado, no podrán olvidar jamás que en nosotros, habitualmente tan dueños de nuestra representación, habita nuestra propia caricatura monstruosa, más real que la propia realidad humana. No, no olvidarán porque se habrá anidado ya para siempre la sospecha de que ellos son también eso. La mueca horrible, la carne contraída, la dentadura al aire. La ira, el llanto, la risa.

Y eso es algo que sin duda escalofría.

Todas esas caras incivilizadas (pues el hombre ante su propia emoción incontrolada está siempre sin civilizar) son la imagen de un monstruo. De un monstruo único y múltiple. Un monstruo llamado hombre porque tiene cara. Y da igual que el monstruo ría, llore o grite: siempre está preso de un mimetismo degradante, todos somos el mismo monstruo. La misma cosa rugiente, babeante, carcajeante. Así, todas las caras, todos los rostros, todas las jetas, los caretos, los cartones, todos encubren el mismo objeto monstruoso que llevamos dentro y que sólo está aguardando a la más mínima rotura de la normalidad (de esa frágil cotidianeidad de cortesías inocuas, de esa trivial amabilidad de las convenciones sociales) para revelarse en toda su horrenda realidad.

La realidad que, nos guste o no, somos.

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  Comentarios (1)
el mejor
Escrito por LUIS ALBERTO, el 14-11-2006 14:57
los mejores hombres no necen se hacen como yo iguales de tiernos y sensibles
 
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