| Todos somos Monocordio |
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| por Paul Medrano | ||||||
| 01 / 2006 | ||||||
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Tiempo después me topé con un EP llamado simplemente m0n0c0rd10 (Monocordio), del mismo Rivera Calderón. El año 2001 corría. Por un momento pensé que se trataba de otro más de sus atinadas parodias políticas musicalizadas, pero no fue así. Antes de pagarlo, lo escuché brevemente en uno de los reproductores de cedés que suelen instalar en toda tienda musical decente. La propuesta me intrigó y durante todo el camino se regreso al rancho donde vivo la curiosidad me oxidó. Ansiaba escucharlo detenidamente en la modesta grabadora que suele vigilar mis sueños (desde hace años tengo el mal hábito de dormir con música, lo que a veces me provoca pesadillas musicalizadas) y compartirlo. Refundido en mi cuarto puse “Play” al disquito y entonces sucedió algo. Desde los primeros grillos y ranas que se escuchan en Canción Matinal supe que m0n0c0rd10 se trataba de un trabajo especial, meticuloso e inventivo. Así fue. En tan sólo 6 cortes, Rivera Calderón (guitarra, teclados, programación y voz) ofrece melodías deslumbrantes, estimulantes, bien hechas, si de hablar sin pelos en la lengua se trata. En m0n0c0rd10 no hay edulcorantes artificiales, sino que cimenta sus letras en poesía real. Mientras que musicalmente, podemos decir que se trata de rock progresivo (sin que esto signifique distorsión) con delicadas artesanías musicales hechas a manos. Lo mismo se escucha a Neruda declamar El último otoño con un fondo de tormenta, que poco a poco, se va transformando en una potente guitarra que al final hace estallar una batería. O bien, adapta un coro de aborígenes australianos a una sencilla base que logra un resultado mágico o el espacial sonido del romper de las olas. Fernando Rivera también hace uso de un comercial de jabón Florient; la interpretación de La Pasión según San Mateo, de Bach o un sampleo de Deciderata, de Fred Werner. Al terminar de escucharlo me quedé callado un momento y luego suspiré. Sentí cómo me invadió una nube de tranquilidad, de esas que te atrapan cuando has saboreado una obra estupenda. Me sentí satisfecho porque supe que el dinero invertido en eso sido no había sido en balde, sino todo lo contrario. Tiempo después, al zambullirme en las dolorosas aguas del desamor, m0n0c0rd10, sirvió más de lo que sirve un simple disco. Sino que iluminó mis momentos sombríos. Acalló mis gritos desesperados y ebrios. Compensó mi pérdida con el placer musical y me permitió asimilar lo que en ese entonces parecía inasimilable. Por eso aprecié aún más m0n0c0rd10. A estas alturas, mi ejemplar se encuentra deteriorado por el uso, manchado de no sé qué líquido, pero vivo. Hace tres meses, supe que Rivera Calderón había lanzado La hora del tiempo, segunda producción de Monocordio. No lo pensé tres veces y me lancé a comprarlo.
Vuelven a aparecer el comercial de jabón Florient, así como Pablo Neruda (con el Poema # 15) y los aborígenes australianos. La hora del tiempo es una ampliación de m0n0c0rd10. Eso que ni qué. Pero en lo que sí tiene razón Rivera Calderón es en el hilo que eligió como conductor de ambas producciones: el amor (¿cómo? Pensará el lector ¿tanto choro para hablar de un disco romántico?). Efectivamente: Monocordio manifiesta su amor a la vida, al universo, a la humanidad, a la palabra, a la música, a la mujer, a la naturaleza, al tiempo, a la familia y al amor mismo. Pero no se trata de estribillos cursis de esos que escuchamos hasta en los baños públicos; ni melodías estruendosas o caso contrario, empalagosas. No, no y no. Se trata de una producción musical honesta, lúcida y sobre todo, elaborada pensando en que no todos los escuchas padecemos el síndrome de Estocolmo en su versión musical (ese que nos hace amar a la música que nos hace daño). Si m0n0c0rd10 me deslumbró, La hora del tiempo permitió dejar encendido el faro musical de Rivera Calderón que demuestra que su incursión en la historia roquera de México no es casualidad y prueba de ello son las tres producciones con El Palomazo Informativo, que simultáneamente ha elaborado con el Monocordio. Al mes de haber adquirido La Hora del tiempo perdí a uno de los seres más queridos en mi traqueteada existencia. Sobra decir que la música de Rivera Calderón significó un bálsamo para aliviar el trance. Lo cual reafirma lo aquí escrito, pues sólo el arte verdadero proporciona alivio al espíritu. {mos_sb_discuss:3}
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