PalMal485.jpg
Oprah y el mundo idiota Imprimir E-Mail
por Miquel Silvestre   
02 / 2006

ImageHa pasado en Estados Unidos, pero podría haber sucedido en cualquier lugar de este estúpido mundo dominado por la televisión. Es curioso, en un universo tan banal como éste, todo plástico, marketin y fechas de caducidad, hasta los más lerdos y monstruosos manipuladores siguen reverenciando los libros, como si fueran reductos de noble sabiduria, como si escudándose en ellos opacasen su ignorancia y su brutalidad mercantilista. Y los libros, los buenos libros, no suelen ser sino un montón de bellas mentiras, y precisamente por eso nos hacen soñar, sentir y pensar. Pero andar entre libros, escribir libros, recomendar libros o incluso leer libros no convierte asnos en otra cosa.

Le ha pasado a una negra millonaria, ex gorda o gorda a medias, pero podría haberle sucedido a cualquiera. Todos somos un poco Oprah Winfrey. Todos somos un poco gilipollas. Todos somos televisión. Se nos ha metido dentro, y nos creemos hasta la última bobada que excreta. Y quizá lo más bobo de todo haya sido convertir ese trasto estulto en plataforma publicitaria de escritores. Si un autor no sale en la televisión, no es siquiera autor. Si no da bien en pantalla, si no es ocurrente, fotogénico, atractivo y vital, no venderá, no será leído y no será reconocido como escritor. Es decir, no existirá. Y claro, si uno quiere existir y escribir —a veces creo que ambas cosas son la misma— ha de someterse a estas reglas estúpidas, y ser, en suma, un estúpido de relumbre, o al menos fingirlo convincentemente.

Pues bien, a la señora Winfrey, esa millonaria siempre a dieta, se le ha caído la careta y se siente estafada. Y no, no es una verdadera estafa de lo que estamos hablando. Lo que le ha pasado es que es gilipollas y todavía no se ha dado cuenta. Y eso sí es grave, porque a todos nos está ocurriendo un poco lo mismo. La tal Oprah, autocoronada mujer tendencia, que desde su púlpito pontifica sobre el bien y el mal, y de paso se llena el bolsillo de millones, se creyó esa bobada de que los libros son una especie de nobleza sabia, y que, por tanto, conviene estar cerca de ellos, o aun mejor, que los libros estén cerca de uno. Y los estadounidenses, que son estúpidos en varios cientos de millones, van y le hacen caso. La sra Winfrey se ha dedicado a sugerir lecturas a su manada de borregos, y de rebote a hacer millonarios —quizá no tanto como ella— a los escritores que ella seleccionaba y recomendaba en su programa. Y los norteaméricanos acuden en tropel a las librerias en busca del último volumen autorizado por su gurú del buen gusto.

Y hete aquí que la doña recomendó a un tal James Frey, autor de un libro de memorias titulado “A million little pieces”, donde el autor contaba su truculenta vida de adicto y presidiario. Y el tipo va y se hace rico y famoso. Pero en estas llega uno más cabrón todavía que la Oprah y el propio Frey, y publica en una web llamada “Smoking Gun” que de memorias nada, que el libro es todo pura ficción, que el tal Frey se había inventado esa vida marginal, que en realidad es un buen chico que nunca ha estado en la cárcel. Que, en definitiva, el libro de memorias es una novela. Suponemos que incluso buena si tantos millones la han comprado y se han emocionado y han pensado con ella. Porque de eso se trata cuando hablamos de libros, ¿no? Pues no. El mismo libro es genial si es memoria, y una estafa si es novela. Yo sospecho que ni una cosa ni otra, que es sólo un libro mediocre, como casi todos.

Y entonces, va y se monta un escándalo, y Ramdom House pide disculpas, y Oprah aparece en su programa totalmente escandalizada —“me siento estafada”, dice—y el tal Frey tiene que dar explicaciones y nos cuenta que escribió una novela que nadie quería publicar, pero que cuando lo presentó como memorias, pues va y se forra. Y el escándalo continúa, y millones de lectores no se dan cuenta de lo estúpido que resulta leer con avidez un texto cuando se cree real y despreciarlo acto seguido cuando se sabe que es novela. Porque lo que de verdad importa, o debería importar, es si el libro es bueno o malo, no si es más o menos imaginario lo que cuenta. Y es que hasta ahora se suponía que los libros emocionaban y hacían pensar. Que los libros son cajas mágicas que importan por lo que contienen. O al menos así era antes, cuando los escritores sólo tenían obligación de ser sinceros consigo mismos. Pero en estas llegó Oprah Winfrey—y tantos otros cretinos—y nos arrojó de bruces contra la nueva realidad artículada por la televisión, basada en cuatro axiomas básicos: el mundo es idiota, el morbo vende, la literatura es sólo una puta barata y los libros cestos de sandeces que importan sólo porque hacen ganar dinero de vez en cuando.

{mos_sb_discuss:3}

Escribir Comentario
Nombre:
E-mail
Título:
Comentario:



Código:* Code
Enviarme un email cuando haya nuevos comentarios en este artículo


Marcar como favorito (15) | Cite este artículo en su sitio | Views: 1441

  Sea el primero en comentar el artículo
 
< Anterior   Siguiente >
Este sitio es apoyado por: