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La moda antiamericana en Europa Imprimir E-Mail
por Miquel Silvestre   
03 / 2006

Vivimos a la moda. Nos gusta seguir la moda, quizá no podamos evitarlo. Hoy la moda europea consiste en ser antinorteamericano. El odio a los Estados Unidos ya no es sólo síntoma de izquierdistas antisistema. Hoy también las élites gobernantes, mediáticas e intelectuales mantienen el mismo discurso. Norteamérica para nosotros sólo es ese país de neocons, pistoleros, capitalistas e incultos rednecks que votan a quien no deben. Norteamérica, el Gran Satán, el Imperio del Mal, el Contaminador Absoluto. El país de las ejecuciones, de la obesidad, de la injusticia. Un enorme corredor de la muerte que va de costa a costa. Norteamérica, el Cliché Total. Y sin embargo, sin ellos estaríamos absolutamente perdidos en nuestra responsabilidad. Por eso los odiamos. Por eso los necesitamos tanto. Sin ellos, Europa sencillamente no sería lo que es; es decir, no sería. Cualquier cosa que fuera el territorio situado entre el estrecho de Gibraltar y los Urales no sería Europa, al menos como nosotros la entendemos: ese cómodo sofá de diseño donde dormitamos nuestro chovinismo y nuestro complejo de culpa por los pecados de colonialismo. Nos creemos más listos, más sensatos, más justos que los norteamericanos (y, por supuesto, mucho más que el resto de seres humanos, aunque ahora aboguemos por la multiculturalidad, no sin cierta condescendencia). Nos consideramos más normales, en suma. Y no somos capaces de darnos cuenta de lo arrogante de nuestro pensamiento.


Desde la guerra de Vietnam, ante la audiencia (eso es hoy la comunidad internacional: audiencia televisiva) los Estados Unidos son el gran Satán al que echarle todas las culpas. Están idealizados mucho más de lo que ellos mismos pudieran imaginar. Los hemos convertido en objeto mítico, exagerando su propia naturaleza hasta traspasar los límites racionales para convertirlos en un imposible (algo que sólo hacen los enamorados y los que odian), en una especie de superhéroe de la Marvel. Los creemos capaces de todo. Así, omnipotentes en nuestra imaginación, son responsables de todas las conspiraciones: dominan el mundo económico, sostienen dictadores o los derrocan según sus intereses, conquistan el espacio, controlan nuestras vidas... Pero luego nos enfadamos con ellos si no cumplen nuestras locas expectativas. Así, si se ven azotados por un huracán nos mofamos de sus limitaciones y sus dificultades para reconstruir una ciudad de millones de habitantes (luego aquí una ventolera deja a cientos de miles sin luz durante una semana). Si no evitan un atentado, si no ganan una guerra en siete días, si no logran la paz mundial, si fracasan, nos exaltamos con una felicidad despechada, y señalamos al gigante con nuestros dedos de pulga.


Este mundo está muy lejos de ser agradable. De hecho es un infierno para tres cuartas partes de la población mundial, aunque no para nosotros, acomodados europeos, temerosos sólo de perder los privilegios. Si los norteamericanos desaparecieran, si perdieran su hegemonía mundial, si mordieran el polvo definitivamente, el mundo que aparecería ante nuestros ojos, recién despertados del dulce sueño, sería pavoroso. En China ejecutan al año más personas de las que hay en todo el corredor de la muerte estadounidense. En Irán ahorcan a los homosexuales. En Sudán persiste el tráfico de esclavos. Quizá creamos que la desaparición del pistolero del salón traerá un reestablecimiento de la paz y la legalidad internacional, como si éstas hubieran preexistido alguna vez, en una suerte de estado de naturaleza planetario. Los acomodados bueyes de beatífica expresión parecen no haberse enterado de que en esta película hemos desempeñado el papel de alfeñique faltón, a la sombra del matasiete. En cuanto falte, los humillados nos llevarán a la parte de atrás para darnos nuestro merecido. Y no es que eso sea objetivamente malo, será sólo una lógica consecuencia del nuevo orden, cualquiera que sea éste.


Si cometen un abuso, todos ellos son culpables. Es un sistema podrido, hipócrita, decimos. Olvidamos interesadamente, dormidos por el dulce opio de la amnesia, las torturas policiales europeas, el terrorismo de Estado europeo, la represión europea, las guerras africanas europeas, la pobreza europea, la parálisis europea ante el horror balcánico. Soñamos, sí, en el mejor de los mundos posibles: aquí, ahora, Europa. Sin embargo, ecuánimes como somos, sensibles como somos, moderados como somos, europeos como somos, asistimos casi conmovidos al secuestro, degüello y martirio de cientos de civiles. Los degolladores son otro amo posible. La culpa es de la pobreza, decimos. Seguro que en el fondo son buenos chicos. Hablando se entiende la gente. La culpa es del petróleo. Seguro que llegamos a acuerdos. La culpa de todo es de los USA. Ya veréis cómo no es para tanto. Se puede negociar hasta con el diablo. Pero luego nos manifestamos y quemamos lo que pillamos a mano porque suben el gasóleo. No blood for oil. Pero sí oil. Y barato. Y que esté en todos sitios y a todas horas. Pero no en mi nombre. Nunca más. Los petroleros que naveguen lejos, que las guerras no existan, que las civilizaciones se alíen.


Europa, Europa. El dulce sueño de la vaca dormida antes de ser violentada por Zeus.


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