| Ahora: Cero |
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| por J.G. Ballard | ||||||
| 10 / 2003 | ||||||
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J.G. Ballard, nació en 1930 en Shanghai, China. Posteriormente se mudó a Shepperton, Inglaterra. Reconocido principalmente como un escritor de ciencia ficción, su trabajo va más alla, como una critica sobre la condición humana. Escritor visionario, predijo la llegada de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos en su cuento publicado en 1967: Why I Want to Fuck Ronald Reagan. Dos de sus libros han sido llevados al cine: El Imperio del Sol (Steven Spielberg) y Crash (David Cronenberg).
Usted me preguntaba cómo descubrí este poder absurdo y fantástico. Como al doctor Fausto, ¿me lo otorgó el mismísimo Diablo a cambio de mi alma? ¿Lo obtuve acaso por medio de algún extraño objeto talismánico -un ojo de ídolo, una pata de mono- desenterrado de un viejo baúl o legado por un marinero moribundo? ¿O me lo habré encontrado mientras investigaba las obscenidades de los Misterios Eleusinos y de la Misa Negra, percibiendo de pronto todo el horror y magnitud de ese poder entre nubes de incienso y humo sulfuroso? Nada de eso. En realidad el poder se me reveló de manera bastante accidental, en el curso de trivialidades cotidianas: se me apareció disimuladamente en las puntas de los dedos, como un talento para el bordado. Fue algo tan inesperado, tan gradual, que tardé en darme cuenta. Y ahora usted preguntará por qué tengo que contarles todo esto, describir el increíble y todavía insospechado origen de mi poder, catalogar libremente los nombres de mis victimas, la fecha y la forma exacta de esas muertes. ¿Estaré tan loco que busco realmente justicia: el proceso, el birrete negro y el verdugo que me salta a la espalda, como Quasimodo, y me arranca de la garganta la campanada de la muerte? No (¡ironía perfecta!), la extraña naturaleza de mi poder es tal que puedo difundirlo sin temor a todos aquellos que deseen oírme. Soy esclavo de ese poder, y cuando lo describo no hago más que servirlo, llevándolo fielmente, como se verá, a su conclusión definitiva. Pero empecemos por el principio. Rankin, mi superior inmediato en la compañía Seguros Siemprevida se transformó en el desgraciado instrumento de ese destino que me revelaría el poder. Yo detestaba a Rankin. Rankin era engreído y terco, de una vulgaridad innata, y había alcanzado la posición que ocupaba ahora mediante una astucia de veras desagradable, negándose una y otra vez a recomendar mi ascenso a los directores. Había consolidado su puesto de gerente de departamento casándose con la hija de uno de los directores, una bruja horripilante, y era por lo tanto invulnerable. Nuestra relación tenía como fundamento el desprecio mutuo, pero mientras yo aceptaba mi papel, convencido de que mis propias virtudes se impondrían al fin a la atención de los directores, Rankin abusaba deliberadamente de su posición, ofendiéndome y denigrándome en cuanta oportunidad se le presentaba. Aunque yo trataba de contenerme, mi odio por Rankin era cada vez más despiadado. Salía de la oficina hirviendo de cólera, y hacia todo el viaje en tren con el periódico abierto, pero la rabia no me dejaba leer. La indignación y la amargura me arruinaban las noches y los fines de semana. No podía evitar que en mi mente nacieran pensamientos de venganza, sobre todo cuando sospeché que Rankin estaba dando a los directores informes desfavorables sobre mi trabajo. Pero era difícil encontrar una venganza satisfactoria. Por último la desesperación me llevó a adoptar un método que me parecía despreciable: el anónimo; no a los directores, pues seria muy fácil descubrir el origen de las cartas, sino a Rankin y a su mujer. Las primeras cartas, con las acostumbradas denuncias de infidelidad, nunca las envié. Me parecían ingenuas, inadecuadas, obra evidente de un paranoico rencoroso. Las guardé bajo llave en una pequeña caja de acero, más adelante las redacté de nuevo, suprimiendo las crudezas más gastadas y cambiándolas por algo más sutil: insinuaciones de perversión y obscenidad que dejasen huellas profundas e inquietantes en la mente del lector. Mientras escribía la carta a la señora Rankin, enumerando en un viejo cuaderno las cualidades más despreciables de su marido, descubrí que el lenguaje amenazador del anónimo (que es en verdad una rama especializada de la literatura, de normas ya clásicas y recursos apropiados y lícitos), y el ejercicio de la denuncia, la descripción de las maldades y la depravación del sujeto descrito y de la terrible venganza que le aguardaba, me producían un curioso alivio. Desde luego, este tipo de catarsis es bien conocido por todos aquellos que acostumbran hablar de sus experiencias desagradables con el sacerdote, el amigo o la esposa, pero para mí, que llevaba una vida solitaria y desamparada, ese descubrimiento me conmovió particularmente. Esta compensación fue oportuna, pues la campaña de Rankin aumentaba día a día. Se volvió abiertamente insultante; criticaba mi trabajo delante de los empleados y hasta amenazaba con quejarse a los directores. Una tarde me enfureció tanto que estuve a punto de agredirlo. Corrí a casa, abrí la caja, y busqué alivio en mis diarios. ...Poco después de las dos de la tarde siguiente, mientras espiaba como siempre desde la escalera del séptimo piso a los empleados que regresaban tarde del almuerzo, Rankin perdió de pronto el equilibrio, cayó por encima de la baranda y se estrelló en el piso del vestíbulo. Mientras escribía, pensé que esta escena imaginaria no era otra cosa que una justicia todavía insuficiente, pero lejos estaba de sospechar que ahora tenia entre mis dedos un arma de enorme poder. Al día siguiente, cuando volvía a la oficina después de almorzar, me sorprendió encontrar junto a la puerta a un pequeño grupo de gente, un patrullero y una ambulancia detenidos en la calle. Mientras subía los escalones unos policías salieron del edificio, abriendo paso a los enfermeros que llevaban una camilla; le habían echado encima una sábana que mostraba las formas de un cuerpo humano. No se le veía la cara, y por las conversaciones que oí deduje que alguien había muerto. Aparecieron dos de los directores, sorprendidos y consternados. -¿Quién es? -pregunté a uno de los chicos de la oficina que había venido a curiosear. -El señor Rankin -me susurró. Señaló el hueco de la escalera-. Resbaló junto a la baranda del séptimo piso, cayo al vacío y rompió una baldosa grande junto al ascensor... El muchacho siguió hablando pero yo me volví, aturdido por la violencia física que flotaba en el aire. La ambulancia partió, la gente se dispersó, los directores regresaron a sus despachos, intercambiando gestos de asombro y pesar con otros miembros del personal, los porteros se llevaron los trapos y los baldes; atrás quedó una mancha roja y húmeda, y la baldosa destrozada. Una hora más tarde yo estaba repuesto. Sentado frente al despacho vacío de Rankin, mirando a las mecanógrafas que caminaban como perdidas de un lado a otro, aparentemente sin poder convencerse de que el jefe no volvería nunca, sentí que el corazón se me encendía y cantaba. Me transformé: acababan de quitarme de encima aquel peso agobiante; se me tranquilizó la mente, las tensiones y la amargura desaparecieron. Rankin se había ido, al fin. La época de injusticias había terminado. No es difícil imaginar mi sorpresa unos pocos días después cuando Carter, un hombre más joven y de mucha menos experiencia, considerado en general como mi subalterno, fue promovido para ocupar el sitio de Rankin. Al principio me sentí desconcertado; no podía entender la lógica tortuosa que ofendía de ese modo todas las leyes de la precedencia y los méritos. Concluí que Rankin me había denigrado con verdadera eficacia. Sin embargo, acepté el desaire, le ofrecí a Carter mi lealtad y lo ayudé a reorganizar la oficina. Superficialmente esos cambios fueron menores. Pero más adelante me di cuenta de que eran mucho más deliberados de lo que habían parecido al principio, y que trasladaban a manos de Carter la mayor parte del poder dentro de la oficina, dejando en mis manos el trabajo de rutina que nunca salía de la sección y que por lo tanto no llegaba a manos de los directores. También vi que durante el último año Carter se había estado familiarizando cuidadosamente con todos los aspectos de mi tarea y que se atribuía a si mismo trabajos que yo había hecho durante la época de Rankin. Por último desafié abiertamente a Carter. Lejos de mostrarse evasivo, Carter recalcó simplemente mi papel subalterno. Desde entonces ignoró mis intentos de reconciliación y me acosó sin descanso. Hice una pausa, y la última anotación en el diario de Rankin me llamó la atención: ...Rankin perdió de pronto el equilibrio, cayó por encima de la baranda y se estrelló Las palabras parecían estar vivas, con unos vibrantes y extraños armónicos. No sólo predecían con notable exactitud la suerte de Rankin: tenían también una peculiar fuerza compulsiva y magnética, que las separaba nítidamente del resto de las notas. ...A la tarde siguiente Carter murió en un accidente de tráfico frente a la oficina. ¿Qué juego infantil era ése? Tuve que sonreír: me sentía primitivo e irracional, como un brujo haitiano que traspasa con alfileres una imagen de barro. Yo estaba en la oficina, al día siguiente, cuando un chillido de frenos en la calle me clavó en la silla. El tráfico se detuvo bruscamente y hubo un repentino alboroto seguido de silencio. Sólo el despacho de Carter daba a la calle; Carter había salido hacia media hora; nos apretamos detrás del escritorio asomándonos a la ventana. Un coche había patinado, atravesándose en la acera, y un grupo de diez o doce hombres lo levantaba ahora llevándolo a la calle. Aquella noche destruí la libreta y todos mis apuntes acerca del comportamiento de Rankin. ¿Seria coincidencia, o yo habría deseado de algún modo su muerte, y del mismo modo la muerte de Carter? Imposible: no podía haber ninguna relación imaginable entre los diarios y las dos muertes; las marcas de lápiz en las hojas de papel eran líneas arbitrarias de grafito, representaciones de ideas que sólo existían en mi mente. ...Frank Taylor murió al día siguiente en la cárcel de Pentonville. El escándalo creado por la muerte de Taylor casi provocó la renuncia del ministro del Interior y de los directores de la cárcel. Durante los días siguientes los diarios lanzaron acusaciones violentas en todas direcciones, y al fin trascendió que Taylor había sido brutalmente muerto a golpes por los guardias. Leí atentamente las pruebas y toda la información reunida por el tribunal, esperando que pudiesen arrojar alguna luz sobre el instrumento malévolo y extraordinario que vinculaba las notas en mis diarios con las inevitables muertes al día siguiente. ...Jacobson murió a las dos y cuarenta y tres de la tarde del día siguiente, luego de Puse la libreta en un sobre, lo cerré y lo guardé bajo llave en la caja de acero, y me quedé despierto durante toda la noche; las palabras me resonaban en los oídos, resplandeciendo ante mis ojos como joyas del infierno. Luego de la muerte de Jacobson -exactamente según las instrucciones- dieron a los empleados de la sección una semana de vacaciones (en parte para alejarlos de periodistas curiosos que empezaban a oler algo raro, y también porque los directores creían que Jacobson había sido morbosamente influido por las muertes de Rankin y Carter).- Durante esos siete días esperé impaciente la hora de volver al trabajo. Toda mi actitud hacia ese poder misterioso había cambiado de modo considerable. Habiendo verificado su existencia, aunque no su origen, mi mente se volvió otra vez hacia el futuro. Más confiado, entendí que si me habían dado ese poder era mi obligación utilizarlo, reprimiendo mis temores. Me dije que quizá yo no era sino el instrumento de una fuerza superior. ¿Y no seria el diario nada mas que un espejo del futuro, no me adelantaría yo de algún modo fantástico veinticuatro horas en el tiempo cuando describía las muertes, mero cronista de hechos ya ocurridos? Esas preguntas me perseguían incesantemente. Cuando volví al trabajo me encontré con que muchos miembros del personal habían renunciado, y que sus puestos habían sido cubiertos con dificultad; la noticia de las tres muertes, en especial el suicidio de Jacobson, había llegado a los diarios. Aproveché todo lo posible el reconocimiento de los directores, que agradecían a los miembros mas antiguos del personal que se quedaran en la firma, para consolidar mi posición. Por fin tome el mando del departamento, pero eso no era más que hacer justicia a mis méritos; mis ojos estaban ahora puestos en el directorio. Literalmente me pondría los zapatos de los muertos. Si esto parece candorosamente ambicioso, recuerden que yo no había apreciado aún la finalidad y las dimensiones reales del poder, y pensaba todavía dentro de los estrechos límites de mi mundo y mi formación. Con asombro, al día siguiente yo y el resto del personal recibimos un mes de sueldo en concepto de despido. Completamente pasmado -al principio creí que había sido descubierto- protesté volublemente ante el presidente pero se me aseguró que aunque apreciaban de veras todo lo que yo había hecho, la firma no estaba en condiciones de seguir funcionando como unidad viable e iba a liquidación forzada. ¡Qué farsa! Se había hecho una justicia tan grotesca. Aquella mañana, cuando salía de la oficina por última vez, me di cuenta de que en el futuro tendría que usar de mi poder sin ninguna piedad. La vacilación, el ejercicio del escrúpulo, el cálculo de sutilezas, lo único que me habían dado era una mayor vulnerabilidad frente a las inconstancias y barbaridades del destino. En adelante yo seria brutal, despiadado, audaz. Tendría además que actuar sin demora. Nada me aseguraba que el poder no iba a esfumarse, dejándome indefenso, en una posición aún menos afortunada que cuando se me reveló por primera vez. Usted se preguntará: ¿no me remordían la conciencia esas setenta y cinco victimas arrojadas a la muerte en el cielo nocturno veinticuatro horas más tarde, ni me compadecía por los familiares, ni dudaba de la sabiduría de ese poder increíble? Mi respuesta es ¡no! Yo no actuaba caprichosamente; llevaba a cabo un experimento vital para el perfeccionamiento de mi poder.
A la mañana salí y compré una radio, y la tuve encendida todo el día, esperando pacientemente la interrupción inevitable de los programas de la tarde, los primeros informes horrorizados del inmenso holocausto. ¡Pero no informaban de nada! Yo estaba asombrado, la cabeza me daba vueltas, temía perder la razón. ¿El poder se habría disipado, esfumándose tan rápida e inesperadamente como había aparecido? ¿O las autoridades estarían ocultando toda mención del cataclismo, por temor a una histeria nacional? Tomé en seguida el tren para Stretchford. Pero la ciudad estaba intacta, las calles colmadas de tránsito, el humo de innumerables fábricas flotando por encima de las azoteas ennegrecidas. Durante las semanas siguientes se me fueron revelando las principales características del poder. En primer lugar, sólo operaba dentro de los limites de lo posible. Teóricamente la muerte simultánea de todos los pobladores de Stretchford podría haber sido causada por las explosiones coincidentes de varias bombas de hidrógeno, pero como este hecho era aparentemente imposible (huecos son, en verdad, los alardes de nuestros lideres militaristas) la orden no se cumplió. En segundo lugar, el poder se limitaba a la sentencia de muerte. Traté de dominar o predecir los movimientos de la bolsa, los resultados de las carreras de caballos, la conducta de mis jefes en mi nuevo empleo, pero todo fue en vano. Por eso fue muy grande mi sorpresa cuando descubrí que la policía me vigilaba de cuando en cuando. Lo noté por primera vez cuando vi al sucesor de mi casera conversando subrepticiamente con el policía de la zona, señalando mi habitación y dándose palmaditas en la cabeza, quizá para indicar mis poderes telepáticos y mesmerianos. Luego, un hombre que -ahora puedo asegurarlo- era un detective vestido de civil me detuvo en la calle con algún débil pretexto e inició una conversación delirante acerca del clima, con el propósito evidente de sacarme información. Nunca me acusaron, pero pronto mis jefes empezaron también a mirarme de una manera curiosa. Concluí entonces que la posesión del poder me había dado un aura visible y distinta, y era eso lo que estimulaba la curiosidad de las gentes. Cuando esta aura fue detectada por más y más personas (la advertían ya en las colas de los ómnibus y en los cafés), y por alguna razón la gente comenzó a señalarla abiertamente, haciendo comentarios divertidos, supe que el período de utilidad del poder estaba terminando. Ya no podría ejercerlo sin miedo de que me descubrieran. Me hice esta pregunta mientras hojeaba el diario por última vez. Ya estaba casi completo ahora, y se me ocurrió que era quizá uno de los textos más extraordinarios aunque inéditos, en la historia de la literatura. Allí se mostraba de modo irrevocable la primacía de !a pluma sobre la espada. En efecto, luego de un considerable trabajo, el relato fue escrito y publicado en una revista de amplia circulación. ¿Usted se sorprende? Lo entiendo; es como si yo mismo hubiese firmado mi propia sentencia de muerte con tinta imborrable, enviándome directamente a la horca. Sin embargo, omití una sola pieza de la historia: el desenlace, el final inesperado, la vuelta de tuerca. Como todos los cuentos respetables, este también tiene su vuelta, una vuelta por cierto tan violenta como para arrancar a la Tierra de su órbita. No fue escrito con otro propósito. Mediante esta vuelta de tuerca el cuento mismo se aparece de pronto como mi última orden al poder, mi última sentencia de muerte. ¿Contra quién? ¡Naturalmente, contra el lector del cuento! Ingenioso, de veras, admitirá usted de buena gana. Mientras queden en circulación ejemplares de la revista (y esto está asegurado por la muerte misma de las víctimas) el poder continuará aniquilando. El único a quien no irán a molestar será al autor, pues ningún tribunal aceptará testimonio indirecto, ¿y quién vivirá para dar testimonio directo? Pero dónde, pregunta usted, fue publicado el relato, temiendo comprar inadvertidamente la revista, y leerla. Yo le respondo: ¡Aquí! Es el relato que tiene usted delante de los ojos. Saboréelo bien, cuando termine de leerlo usted también terminará. Mientras lee estas últimas líneas se sentirá abrumado de horror y revulsión, luego de miedo y pánico. El corazón se le encoge... le tiembla el pulso... se le nubla la mente... la vida se le escapa... se está hundiendo, poco a poco... unos segundos más y entrará usted en la eternidad...
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