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Cinema Paradiso o la evocación del norte en el sur Imprimir E-Mail
por Luisa Ríos   
07 / 2006

Hace aproximadamente tres semanas que me encuentro en el Distrito Federal debido a la obtención de una beca por parte de la universidad donde recién he terminado mis estudios de licenciatura. Se preguntarán que relación tendrá tal información respecto al título del presente artículo puesto que pareciera que tal conexión entre ambos datos fuese de índole personal y por tanto ajena o aburrida para el lector que se ubica frente a este texto.

Alfredo: Toto, la vida no es como en las películas, la realidad resulta más difícil. [i]

A lo largo de la historia, el ser humano ha creado vínculos entre las representaciones que surgen de su expresión y la realidad que le rodea. En el caso del cine pareciera que este autorreconocimiento ha sido más evidente que en cualquier otro medio; una de las hipótesis manejadas al respecto tiene que ver con la fácil asimilación de la imagen en movimiento y su manejo consecuente del tiempo. El cine avanza en el mismo sentido temporal que la vida, y sin embargo –también-, es entendido en retrospectiva. Hacia el pasado, o en el estadio de la lectura del cinema como espejo. Entonces, en este texto lo importante no radica en esbozar una reseña acerca de una película o establecer una serie de anotaciones históricas del cine, sino de una lectura ubicada en el punctum [ii] , o lo que me punza acerca de Cinema Paradiso.

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Al observar esta película tomé conciencia de que las connotaciones respecto a la noción de moverse hacia las ciudades centralizadas contiene un significado distinto para aquellos que nos ubicamos geográficamente en la periferia que para aquellos que estan ubicados en lo que es considerado como el centro. Independientemente de los motivos detrás de este desplazamiento territorial del sujeto en cuestión (sea o no por la ilusoria condición de “progreso”), esta acción a su vez implica en sí misma el regreso a casa, o hacia la representación de lo que cada uno considera como su lugar de origen. Es así como a través de un cambio del espacio concebido como externo, el campo de lo interno se ve a sí mismo transgredido debido a esta variación, como anotara Gastón Bachelard. Este imaginario acumulado en el lugar de origen y específicamente el imaginario construído a partir del espacio de la casa –según menciona Bachelard-, tiene relación directa con lo que nosotros concebimos como la abstracción de “hogar” y las vivencias ubicadas dentro del mismo; estas experiencias sensibles serán entonces aquello que poblará nuestra imaginación y determinará de manera contundente nuestra percepción de la realidad al paso del tiempo. Es de este modo en que mi imaginario está siendo confrontado día a día a partir de la distancia que me separa de mi lugar de origen, lo cual, pudiera tomar por sorpresa a algunos puesto que la concepción generalizada de las personas originarias del D.F. acerca de Cd. Juárez/el norte/el desierto/la frontera/las muertas apunta a que en un espacio tan aparentemente hostil no pudiera ser posible una evocación tan intensa y vasta en imágenes donde se rompe la relación directa con la violencia y el lugar común impuesto a través de una mirada mediática centralizada.

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De la serie Casa, desierto.
Luisa Ríos
Plata sobre gelatina.

“El olvido es la memoria de las ruinas. La memoria del Otro; en el olvido, el que se acuerda es el Otro.”

- Gerard Wacjman

La frontera son las ruinas y el olvido ubicado entre dos polos donde puede presenciarse una inercia ensimismada. Los íconos de la memoria desértica tienen que ver con vistas de lo intangible, del vacío. El vacío es campo fértil de la memoria y la imaginación; ante la carencia, la mirada se vuelca hacia el interior para crear otros mundos. En el lugar del crimen perfecto –en donde el cuerpo del delito ha sido eliminado-, hacen falta ruinas para crear un nexo entre la memoria y el olvido. Bien dicen que las ruinas –el rastro-, es la huella referente de que alguna vez y en algún lugar, un cuerpo estuvo ahí.

Así pues, en la otredad, la memoria se hace presente; a miles de kilómetros del lugar del crimen, a través de palabras que se tornan la huella de la inexistencia de la huella.



[i] Frase extraída de la película Cinema Paradiso.

[ii] Concepto manejado por Roland Barthes en el texto de La cámara lúcida donde menciona que el punctum es aquello que nos punza o nos conmueve dentro de una imagen fotográfica, en donde tal reacción no nos es dada a través de un planteamiento lógico sino sensible.

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