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Nació en la Ciudad de México en el invierno de 1971. Participó en el taller del maestro Rafael Ramírez Heredia, de donde sacó el gusto por buscar la palabra exacta y rebanar la realidad. Ahora es redactor en medios de comunicación, pero en el fondo de un oscuro lago escocés duerme un mounstro que a veces lo invita a perderse en la literatura. No estoy
Soy de los que prefieren no contestar el teléfono, dejar que la llamada se vaya directo a la contestadora para ponderar si descuelgo o no, si respondo la llamada o, como suele ser, me olvido. El detalle que me obligó a levantar el auricular fue que el número en el identificador de llamadas era el mío: dígito por dígito, sin error. Conscientemente, quise saber si era un error de la Telefónica o si era una casualidad de que alguien en Noruega o en Zimbabwe me llamara sólo para jugar a ver quién tenía este número en América. En el fondo, tenía curiosidad de averiguar si era yo quien me hablaba. Contesté al tercer timbrazo, justo en el límite; y esperé callado para que el otro diera el primer paso. Me contestó el silencio. Dije algo, no se qué, y me contestó el bip bip de la llamada que se corta. Sin duda era yo.
Abajo de la cama. No camines. Odio ese taconeo. Odio saber que te acercas, no quiero pensar en ti. Por favor quédate acostada, no te levantes, no te dirijas al baño para abrir la llave del agua caliente, para mirarte en el espejo previendo la mejor manera de distribuir la base, el labial, las sombras y el rímel. No te muevas. No tienes por qué elegir el vestido más adecuado para esta noche, el que combine con las medias rojas y los zapatos de tacón que le robaste a tu hermana. No tienes por qué apreciar tu atractivo, imaginando al tipo que atraparás esta noche. No lo hagas: te odio cuando escondes el pene para que no se note a través del vestido. Te odio cuando me obligas a esconderme abajo de la cama.
A la Nina le gustan mis ojos
Yo no sé porqué: no los puedo ver. Siempre traigo los lentes oscuros mientras ella repite: - ¡Qué ojos! ¡Qué bonito color azul! Y yo pienso en mis ojos y en lo mucho que Nina me quiere. Ya no me acuerdo del color azul ni de ningún otro. Sólo conozco el negro, aunque oigo muchas cosas y siento el calor del sol y el frío de la lluvia, que me gusta escuchar mientras espero a que la Nina regrese de la farmacia. La quiero tanto que ya se me olvidó lo que me hizo. Desde que nací le gustaron mis ojos y por eso se quedó conmigo cuando murió mi mamá. Me decía: - No los cierres: qué bonitos son. Yo trataba de no parpadear pero no aguantaba y eso la ponía tan triste. Ella es tan buena conmigo que cuando se le ocurrió la solución no dije nada, aunque me dio miedo y me dolió. Pero ya no: a veces me pone los lentes oscuros y me lleva a la farmacia para comprar el formol. Y cuando regresamos me quedo sentadita oyendo a la Nina ver mis ojos.
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Geniales... Escrito por CARLOS, el 21-04-2008 18:26 En verdad muy buenos, me sacaron de una tarde rutinaria... Felicidades |
Más inspiración que capacidad... Escrito por Oscar Gabriel Campos, el 12-12-2007 18:19 ¿torácica? Porque escribir, la verdad, escribo bastante bien. |
Escrito por José Bernardo, el 06-08-2007 18:52 Huuum, estaba muy aburrido y esto me desaburrió, me gustaron. Felicidades. |
Escrito por José Almazán, el 04-06-2007 20:21 Tienes más inspiración que capacidad | |