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Paradigma de la Vida Cotidiana Imprimir E-Mail
por Celia Gómez Ramos   
08 / 2006

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Los mandatarios se reunieron, como lo venían haciendo a últimas fechas, sin lograr concretar nada. La preocupación era creciente: la pobreza y falta de empleo cada vez cobraba más vidas. Los recursos renovables resultaban insuficientes dado el crecimiento poblacional de manera exponencial. Había llegado el momento de tomar decisiones duras, sobre todo, cuando ante las mismas carencias, se comenzaba a despertar la violencia en cualquier minúsculo lugar y claro, el temor de perder el control, cada vez era más real, más próximo.

Ya no había de decisiones populistas, “de atole con el dedo”, o de postergar por una votación, la situación requería de tomar decisiones radicales y contundentes, si es que eran ellos los que querían seguir gobernando. El riesgo sería alto también, habría que declarar situación extrema, para poder echar por la borda los derechos humanos, las garantías individuales.

Después de un largo debate, en una mal llamada democracia, la mayoría decidió, en el espectro de posibilidades existentes: Sólo dos, continuar y aguantar como hasta ahorita o “A partir de la fecha, nadie podrá tener hijos, en tanto se logre erradicar la pobreza y revertir el deterioro de las riquezas naturales”.

Luego del cónclave en que la decisión fue tomada, todos partieron a sus estados a poner al tanto a sus respectivos gabinetes, de como habría que instrumentar y llevar a cabo la situación. Como siempre, el Presidente de la República sería quien tendría que dar el aviso a todos los ciudadanos, y así tendría también que hablar con la gente de seguridad y el Ejército, para coadyuvar en el cumplimiento de la nueva disposición.

Si bien los ciudadanos que habitaban las urbes, procuraban para sí el control de la natalidad y cada vez tenían menos hijos, el problema mayor se enfrentaría en los ambientes rurales y con las comunidades indígenas.

Las instrucciones que anunciaría el Presidente serían claras, precisas y bien delimitadas, con la mayor autoridad y sin miramientos. Generaría un verdadero escándalo y estupor en la sociedad, en cada ser humano viviente y con uso de razón.

Esa noche no pudo dormir ante el temor de una revuelta, pero la verdad es que ninguno de los servidores públicos había obtenido de su madeja cerebral, una mayor solución a la problemática ya enfrentada..., y menos aún pensando en la existencia de un país próspero en algún, aunque fuese lejano, mañana.

En su discurso debía dejar claro primero: El dolor que le causaba tomar decisiones difíciles para la población y en la que todos deberían participar, para lograr una gran Nación; segundo: Que ninguna mujer a partir de ese momento, debería quedar embarazada, hasta 30 años después (si la situación se resolvía antes, se daría un nuevo aviso, por ello ni hombres ni mujeres serían esterilizados. Lo que de algún modo les daría algo de esperanza); tercero: Aquella que quedara encinta, debería acudir a las clínicas a abortar; cuarto: Quien hiciera caso omiso, sería castigado con la muerte, pero no sólo la mujer, sino toda la familia, también la familia ampliada directa, de cada uno (hombre-mujer); quinto: A partir del día siguiente se buscaría empleo a todos aquellos que no lo tuvieran... y así, siguió repasando lo que habría de anunciar.

La cúpula eclesiástica, legisladores, empresarios, sabían ya también la desafortunada decisión, y todos tendrían que hacer su parte. Sería también un descubrimiento, una revelación, el conocer que actitud asumiría un pueblo como este, sin el derecho a la procreación y con el discurso que habrían de tener a partir de ese momento sacerdotes en el púlpito, los propios empresarios, diputados, senadores, maestros, médicos, abogados... Todos, hasta los padres de familia.

Al repasar una y otra vez lo que debería decir ante la población, el Presidente advirtió esa sensación de poder que fue recorriendo sus venas, por creer que comenzaba, ya desde ese momento a hacer historia, y su mirada empezó a brillar con un fulgor relampagueante, llena de vida y de fuerza.

El anuncio llegó, acompañado de todo su gabinete y en un discurso masivo, que fue videograbado para repetirlo una y otra vez en los lugares más recónditos incluso, el Primer Mandatario, el Jefe de las Fuerzas Armadas de la Nación, anunció con la Carta Magna en la Mano; a su costado derecho, el Secretario de la Defensa; a su lado izquierdo, el Abogado de la Nación...

“Compatriotas, esta es una situación extrema para nuestra Nación, se acabaron las medidas halagüeñas y populistas... A partir de este momento, ninguna mujer deberá quedar encinta durante los próximos 30 años. No...”

Las manos sudaban al Mandatario, pero la voz no se cuarteó, buscó un punto fijo en el horizonte y en ese instante se aparejó al Mesías.

Así fue como un mandatario en nuestro país, se dio cuenta de que podía ordenar la máxima arbitrariedad, lo más descabellado, y nuestro pueblo, incluso yo, ansiosos de dominio y de guía, nos quedaríamos callados y no diríamos nada.

La vida sigue, y en ese país siguió...

Ese Presidente aún vive.

 

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