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Dorina y Abel Imprimir E-Mail
por Catalina   
09 / 2006

Este relato nos los envió Catalina, mismo que nos dijo se encontraba en su blog personal*, sin embargo, pensamos que se identificaba con el espíritu del sitio, por ello lo ponemos a su consideración. A ella le gustaría opinaran sobre él, así que aquí se los dejamos.

Sobre mi: Los nombres, no son muy importantes, llámenme como quieran, la edad tampoco sirve de mucho, cifras sin sentido, pero si lo quieren saber, me llamo Catalina y tengo 20 años. No me juzguen demasiado. Soy escritora por entretenimiento desde hace un mes, ni siquiera se como me atrevo a decir “Escritora”, más bien sería una mirona que escribe.

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Dorina, como todos los domingos, fue a misa, y tuvo un contacto extraño con lo desconocido, al menos para ella, desdichadamente no fue la magnifica presencia del Señor, sino un pequeño escalofrió que la recorrió por completo, llenó su cuerpo de placer, llegó al éxtasis con el dulce sabor del deseo.

Dorina siempre fue “casi, casi una santa”, como diría su abuela, creo que su mayor pecado consistía en haber llamado “cerda” a su madre (una liviana mujer de 120 kilos), había roto con el 4to mandamiento, había deshonrado a su “Honorable madre”. Entonces: ¿cómo es que esta mujer llena divinamente del espíritu de Dios, se atrevió a pecar ante los ojos del Señor mismo hecho de cerámica y clavado en una Cruz?

No se necesita una explicación muy rebuscada, un cuerpo y una cara perfectas causaron el mismo efecto en la mayoría de las distinguidas damas de la primera banca, en la que presidían las mujeres solteronas del pueblo; todas ellas pusieron la misma cara que Dorina al ver entrar al sagrado santuario, a esa silueta humana, casi, casi divina.
¿Entonces por qué hacer tanto alarde con la perturbación que creó este hombre en Dorina? Qué no, si las señoras de la primera banca, tienen la misma falta ¿no será compartida por todas y la condena será más corta?

Todas las mujeres ahí presentes se abalanzaron sobre él ¿Acaso creían que ir a la iglesia les quita lo zorras? Una tropezó “casualmente” con él, otra le pidió que le ayudara con la colecta, y así una a una fueron a ofrecer sus servicios, con su lema siempre en mente: “Pá Servir al pueblo y asté”, lastimosamente él las fue rechazando, era todo un caballero, más aun así, se sentía acosado, y como cualquier ser humano, busca lo que más difícil le será de conseguir (Estupida mentalidad humana).

Y fue en ese momento en el que observó a lo lejos, una pequeña niña, incada ante el altar, frágil, era una pieza perfecta para adornar cualquier habitación… pero, pero, ¿por qué aquella mujer no se acercaba a pedir siquiera un autógrafo? todos lo conocían, sabían que él era un actor de televisión, cualquiera desearía permanecer con él, por lo menos una noche, pero aquella mujer no, se veía tan concentrada en su oración ¿Realmente creía que algún Dios bondadoso escucharía su plegaria?

Ella rezaba en silencio, había algo en ese tipo que lograba que Dorina temblara en ansias y perdiera toda concentración... “Señor quítame estos pensamientos” entonces, sintió la mirada fija de alguien, no de alguien, sabía que era él, él clavaba su vista en ella, y sintió el acercamiento… su aroma. Era un desconocido, pero sabía que esa rica esencia afrodisíaca no era producto de ninguno de los viejos decrépitos que acompañaban a sus señoras, no, ese olor era de él.

Abel se acercó y se sentó en la banca más cercana, miró a la niña, contempló dulcemente sus cabellos, sabía… más bien sentía, que ella se había percatado de su presencia, claro, la tensión en su espalda dejaba todo al descubierto, él pensó en hablarle ¿Pero de qué? Tantos jodidos años de galán de TV y ahora, no sabía como sacarle plática a una mujer, a menos de un metro de él, en eso escuchó el tormentoso sonido acompasado de unos tacones, vio hacia la lejanía, tapizada de losetas viejas y desgastadas, miro ahí un par de lindas zapatillas, desde ahí la inspeccionó, linda falda, bonita blusa, un estupendo par de ojos, unos labios delineados fríamente con un rosa nacarado, su boca comenzó a exclamar a una velocidad impresionante esta plegaria:


-Hey, tu eres Abel, ¡sí! el que sale en VOZ EN EL SILENCIO

-Sí, soy yo... jeje

-Oyes, ¿me das tu autógrafo?, mi abuela está enferma y no me creerá que te vi. Eres más guapo que en la tele... bla bla bla bla bla….

-Aaah... sí- cuando aun estaba platicando con su fan (si a eso se le puede llamar platicar) vio como Dorina salía por la gran puerta de roble oscuro, dirigiéndose silenciosamente a la calle -Ok, mira, te doy mi teléfono, me hablas y te doy un autógrafo, para ti y para toda tu familia, es más, te doy una taza con mi foto, pero tengo que irme ¿si? - en eso extiende una tarjeta, se la da, y sin escuchar respuesta sale corriendo. En cuanto atraviesa el umbral de la puerta, choca con un caso con monedas de un señor que pide “Ayuda Voluntaria” para alimentar a dos pequeños de pies sucios que lo acompañan, él la ve y piensa en gritarle… pero no sabe su nombre, y mira al vagabundo mentarle la madre por haber tirado todas las monedas, entonces saca de su cartera un billete, lo desarruga, se precipita al piso y recoge rápidamente las monedas:

- Tenga, tenga… perdón, disculpe, es que se va la mucha… – antes de que pudiera terminar la frase Dorina había desaparecido de su vista. Él se quedo ahí a media calle, mirando para todos lados, después lo tomó todo con resignación al fin y al cabo, era solo una mujer, y no había problema, siempre había más, en eso se acercaban a él dos niñas con uniformes de secundaria, que llevaban rato observándolo.

Soy la numero 30 en una larga lista de amantes

-Vaya, ya no se ve…-Dorina estaba empapada de sudor, no sólo por la correteada que le había hecho dar el atlético personaje de TV, sino también por el desorden de sus pensamientos. ¿Qué era todo eso que había sentido? ¿Estaría enferma? ¿Perturbada?
Al día siguiente Abel estaba en la iglesia, esperando "fervientemente" que ella llegara, toda la noche la había soñado; el sueño era recurrente, él la perseguía a través de un sin fin de calles, y jamás la encontraba o cuando lograba encontrarla, ella se encontraba besando la cruz de Cristo, y él trataba de separarla y acercarla mejor a sus labios quitándole el frió sabor de la madera, pero ella, ella seguía aferrada a su cruz, él despertaba bañado en sudor, sabiendo de su rival, contra el cual no podía competir, eso se repitió constantemente toda la noche.

Tengo momentos que me elevan, otros sucios que me entierran,
Voy al cielo y al infierno ¿Dónde estarás?
Y decido olvidarte,
Y decido invocarte, la herida se ha convertido en mi nuevo amor…

Pero ya era temprano y él esperaba, la misa comenzó, las señoras cantaban desentonadas sus plegarias a un Dios sordo, Abel se desesperó, ella no llegaba y él estaba cansado de ser el centro de atención, hasta el mismo Sacerdote (un gordo bonachón, con un atuendo ridículo que lo hacía lucir más obeso aun) lo observaba, cuando comenzaron las lecturas, Abel ya estaba desesperado, decidió largarse de ese lugar, y así lo hizo.

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Cuando se marchaba la miró, estaba tras una columna, ocultándose, y al verlo partir había salido de su ingenioso escondite, ella al mirarlo volvió a su guarida, y él sutilmente se acercó a la puerta de roble haciendo que ella lo siguiera con la mirada y se percatara de su partida, entonces él se tiró al piso, y a gatas cual penitencia, entró de nuevo a la iglesia, se acercó lentamente a ella, y al llegar cerca de sus pies, los quiso besar, lo considero… recorrerla, posar sus labios en sus dedos e ir escalando lentamente, probando la blanca masa de la que estaba hecha, no tardó mucho en darse cuenta que era una estupidez, esa mujer no lo conocía, no sabía su nombre, era una mujer de pueblo… eso se notaba, si él trataba de pasarse de listo, estas mujeres lo sacarían del templo a escobazos, con gritos y escupitajos. Así que recobró la compostura, se puso de pie ante la mirada atónita de los “creyentes”, que enseguida comenzaron a balbucear:

-Ya viste... ¿No es Abel?

-¡Sí! ¿Vino de vacaciones con su familia? -A él pareció no importarle nada, muchos menos todos los comentarios de esas viejas que vivían como ratas de iglesia.

- Su última novia lo dejó porque lo encontró saliendo de un motel con otra.

-Ave María purísima, no puede ser posible, cómo tiene la insolencia de pararse en la casa del señor después de eso.

-El Padre debería de sacarlo de aquí. En mis tiempos cuando…

Las mujeres creían que él no oía, pero él sabía esa conversación ya de memoria, sólo la ignoró ¿Ellas que saben de la vida si viven aquí? Se olvido de las criticas o al menos lo intento, fue sencillo pues ella estaba ahí, Dorina le daba la calma que necesitaba, era como un analgésico, el pensó, pensó y se cansó de hacerlo, no supo que decirle a “una mujer como ella”, alcanzó a notar muchas cosas, ella ocultaba su cuerpo tras un sin fin de prendas, pero aun así no podía ocultar el contorno de su silueta, no era una niña, eso lo demostraba su cuerpo, aunque su cara indicara lo contrario, él deseba tantas cosas, pero no se decidió por ninguna, así que sabiendo que no era un hombre de fe, y al ver todas las miradas que en ese lugar lo culpaban, hasta las mismas tiesas esculturas de los santos lo veían de reojo desaprobando cualquier contacto, “ni Dios ni los mismos hombres aprobarían tal abominación”, el fuera de Juego era evidente, se estaba cansando de los ojos de ese Jesús acusador que lo mira todo con aire de superioridad… Así es que se fue, prometió ahí ante el altar, no volver, no pensar más en esa señorita, ella era una mujer de Iglesia y el un hombre de Mundo...


En cuanto salio de la iglesia miró al vagabundo tirado a un lado de la puerta, los dos pequeños se veían a lo lejos jugar con una pelota, el sacó su cartera y extendió un billete a su viejo amigo, entonces sintió el roce de una mano en su hombro, volteó, y lo que notó tardó cierto tiempo en creerlo, era ella:

-hey, perdiste esto - Dorina le extendió su mano y le dio un pequeño rosario, él no comprendió, ese rosario sin lugar a dudas no era suyo... ¿Para que chingados ocupaba él un rosario? Fue la escena más tonta que se podía presenciar, una chica devolviendo algo que realmente ni siquiera le pertenecía, Abel no desaprovechó, extendió sus manos y tomó el rosario -Gracias, de verdad no se como podré pagártelo-obviamente aquí salieron sus carismas de actor.

-De nada.

-De verdad, es algo muy valioso, es más, de alguna manera te tengo que pagar ¿qué te parece un helado?-Ella no contestó, no sabía como hacerlo.

-Aah qué tonto, te quiero pagar con un helado, como si fueras una niña de 12 años, perdón- Entonces él aproximó su boca a la de ella, ella no supo que hacer, nunca había besado a nadie, sólo sentía como él la manipulaba a su antojo, y ella se dejaba hacer.

-Me gusta el de chocolate.

Él no dijo nada, la tomó de la mano y la llevó a la nevería, tomaron un helado en silencio, no había mucho que decir, ella solo esperaba que el pusiera sus labios de nuevo en los suyos, se sentía incrédula de estar con él; tenía chocolate, miedo, azúcar, ansias, frenesí y bombones revueltos en el estomago. Él… sólo tenía nervios, sabía el protocolo, más no sabía de ella, ni quería hacerlo.

ELLA: Deja un beso distinto en los labios de mi soledad
ÉL: Mi alma busca la calma, son besos sin saliva, no tienen vida


El anonimato les servía a ambos, en los ojos de ella se observaba la lujuria, con un dejo de inocencia que le hacían entender que ella tenía miedo, pero aun así, toda la curiosidad de una chiquilla experimentando algo nuevo. El veía todo como un reto, era algo nuevo para él, “carne fresca”, de esa que no se ve muy seguido en los mercados urbanos. De repente la última mordida fue articulada por él, había terminado su helado, y ella estaba a punto de hacerlo. Las acciones tenían que salir pronto:

-Mmm, ¿quieres ir a caminar?

-Sí, está bien.

El amor no acepta cuartas reflexiones

Comenzaron a caminar, por los rincones del pequeño pueblo, las miradas de todos estaban encima de ellos, no les importaba y los dos se miraban, se besaban, se mordían… simplemente se tragaban. De repente, como “una maldición del Señor” comenzó el cielo a llenarse de espesas nubes e instantáneamente comenzó a llover, ella entornó sus ojos al cielo, se asustó, y él valientemente la abrazó acercando su cuerpo húmedo lo más posible al suyo, el plan ya estaba en marcha: Irían a su casa.

-Mi casa está cerca ¿corremos? -Ella no contestó, sólo lo miró con miedo, pero en pocos instantes recobró la valentía:

-Vamos, pero ¡apúrate!, nos vamos a enfermar.

Los dos corrieron abrazados, llegaron a la puerta de su casa:

-Aquí me estoy quedando, es pequeño, pero es mejor que seguirnos mojando. -La arrastró hacia el interior del lugar, era oscuro, pero eso se solucionó con un movimiento de la mano de Abel. Tocando el interruptor todo se volvió luminoso, el lugar tenía solamente basura, comidas enlatadas de más de una semana, demostrando la carencia de una mujer en ese lugar, sólo había un sofá, en el que se encontraba una cobija y una televisión pequeña que demostraba que ahí pasaba las noches. Con un rápido movimiento, él apartó la cobija y dejó que ella se sentara. Ella miró todo con los ojos grandes aparentemente asustada, pero cada que miraba a Abel recuperaba la seguridad, como una niña que mira a su padre y sabe que nada, nada malo puede pasar. Él no tenía ganas de esperar, quería probar esa carne tersa que se encontraba frente a sus ojos, así que sin avisar le plantó un beso de esos de “verdad”, tratando con la lengua llegar hasta su garganta, ella temblaba, él no sabía si era por deseo o porque en verdad estaba nerviosa, no quiso investigarlo, imaginó que lo segundo, el simple hecho de lo desconocido lo incitaba sobremanera, comenzó a desplazar su mano lentamente, recorriendo su cuerpo, tocando la tela de su falda, su ropa era suave, estaba impregnada a perfume, pero eso no es lo que él buscaba esa noche, lo que él quería era tocar su piel salada, y recorrerla, pausadamente. Dorina se mantenía quieta, aun no sabía qué hacer, estaba demasiado extasiada, pero todo el encanto desaparecía, pues el silencio dejaba demasiado tiempo para preocuparse ¿Cómo iba a explicar lo que estaba haciendo?

Arar con mis dientes tus labios,
Cultivar mi nombre a tu lengua

Antes de que ella pudiera pensar en una buena explicación, él ya había desabrochado ávidamente su blusa, que ahora descansaba en el piso, Dorina la observa asustada. Y sin dar tiempo a que pudiera negarse a seguir con este juego que comenzaba a aterrarla, él recorrió el tirante de su sostén resbalándolo por su hombro, y después quitó suavemente la tela que cubría su seno, Dorina lo miró aterrada, ese juego para ella había acabado. Él, al darse cuenta de todo su miedo, la abrazó, la besó, y Dorina aceptó. Se desabrochó, dejando todo su torso al descubierto.

Colgado de su dulce cuello

Está ese Cristo de nuevo, Abel se puso un poco pálido:

-Oyes ¿podrías quitarte eso? -ella lo mira extrañada.

-¿Esto? ¿Por qué te da miedo? – y rompe el pequeño hilo que sostenía al Jesús equilibrista, que comienza a caer deslizándose por en medio de sus pechos.

-No, no me da miedo, es sólo, sólo... me incomoda un poco.

De ahí en adelante las palabras son excluidas, la noche transcurre entre murmullos, alaridos, chillidos, gritos y gemidos, pero solamente eso necesitaban.

Escuchando de tu boca el trueno,
Que besa mi cuerpo entero que suda como vela ardiendo


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Abel comenzó a juguetear, sus labios eran ágiles, comenzaron a recorrerla, pasando sutilmente por cada rincón de su sedosa piel, se sentía embriagado, la besaba con tanta fuerza, que ella se tambaleaba. Entonces, tratando de acabar con ese suplicio, la tumbó en el sillón y comenzó de nuevo a besarla: la frente, la nariz, los labios, el cuello, los senos, el abdomen, el ombligo, después de eso sus labios encontraron un inconveniente para seguir el camino, era su falda, ahora era todo un estorbo. Él con los dientes, sacó el botón por el ojal y corrió el cierre metálico, a continuación ya un poco desesperado quitó su boca y la ensambló a la de ella, mientras con sus manos desprendió el pantalón. Ella ya no quiso abrir los ojos “El me quiere”, pensó en silencio, mientras él la adentraba cual animal hambriento.

Conquistarte fue algo bello,
Construir una ciudad en tu cabello,
Cuando creo que te conquisté, basta con descansar mi cabeza en tu pecho que se levanta como cisne al mar,

Cuando Abel despertó estaba sólo en la habitación, la buscó, pero ella había corrido de ese lugar en cuanto a él le había ganado el sueño ¿Acaso no es así como terminan todas las historias de amor?


*Las fotos son de Gerardo Farias, excusa o pretexto para usarlas, solamente creo que el texto las amerita.

 

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