| El cómo y el por dónde I |
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| por Antonio Andrade | ||||||||
| 09 / 2006 | ||||||||
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Me llamo Antonio –cuenta la leyenda- por culpa de mi padre que admiraba en demasía a Antonio Carlos Jobin y me apellido Andrade también por su culpa –la de mi padre. Nací en febrero dos –día de la Candelaría, cuando se sirven tamales y atole-, provengo de un vientre pequeño, el de Lourdes –mi madre- a quien fue necesario abrirle la barriga para sacarme de ahí. Originario del Distrito Federal –o sea que soy chilango-, pero el temblor de 1985 obligó a mi familia a mudarse al Estado de México –o sea que ahí dejé de ser chilango-. Durante mis primeros años me dediqué como todos los niños, a sacarme los mocos y a cazar sueños, heredé la maña de escribir de mi abuela Teresa y de mi tío Toño –su hijo-, considero la escritura más una necesidad que una profesión, nunca estudié literatura y mucho menos he ganado premios en esta disciplina, es más, nunca he concursado, yo sólo publico mi trabajo, donde así me lo permitan. Introducción Imagínate, corría el año 1996, estaba yo en la plenitud de los diez y ocho, vivía fuera de casa y del régimen familiar, era mesero de un restaurante de hamburguesas, mujeriego empedernido, borrachales amateur, alburero iniciado, busca-pleitos profesional, desertor escolar y lector afanoso. ¿Qué más podía pedir de la vida? ¡Zas! De pronto, una de esas tardes bañadas de ocio –de las cuales puedo contar muchísimas en mi vida-, luego de terminar de leer “Un hilito de sangre” del gran escritor mexicano Eusebio Ruvalcaba. Un chispazo de lucidez llegó a mi mente. “Escribiría un libro”. Así que sin más ni más -una vez terminado el libro del mencionado gran escritor mexicano y aceptada mi recién adquirida influencia literaria-, decidí dar rienda suelta a una in-experta pluma, a las vivencias acumuladas, a los sueños y a uno que otro cuento ajeno. Es así como llega al mundo este cuento, o mejor dicho, éste cuentote, fungiendo como válvula de escape a la in-comprensible necesidad de hacer y decir algo. “La vida... una hermosa broma” es, así sin más, un recuento de aventuras narradas por un personaje anacrónico, un homenaje en vida al dos veces mencionado renglones arriba gran escritor mexicano –o mejor dicho, a su influencia- y un pretexto para apelar al entretenimiento de los lectores. Como dato curioso y por si a alguien le resulta de interés, “La vida... una hermosa broma” fue escrito durante 1996, fue arrumbado en una repisa hasta el 2000 y re-leído, re-visado juzgado y mejorado en el 2004 y ve la luz -¡por fin!- hasta este momento, casi finales del 2006. Cabe mencionar que, lo que leerán, es el primer paso de esta afortunada vida plagada de letras que hoy llevo o, como dirían los expertos, mi opera prima. Ahí se los dejo, júzguenlo a su antojo, des-menúcenlo a su antojo, critíquenlo a su antojo, recomiéndenlo a su antojo, compárenlo a su antojo pero, sobre todo, disfrútenlo a su entero y pleno antojo. A Víctor Benítez y todos sus faltantes. “!A la mierda el sistema y los que no agarren la onda pus que chinguen a su madre guey y no olvides que esta vida es tan solo una pinche broma cabrón¡” Me gritó aquel personaje de cabello largo y descuidado con las barbas hasta el pecho mientras me decía adiós trepado en la parte trasera de un camión de naranjas que lo llevaría (según el) a no me acuerdo dónde diablos. CAPITULO I El cómo y el por dónde De pronto sentí mucho calor, un fuerte movimiento comenzó a sacudirnos a mí y a todos mis compañeros (así como cuando te subes al metro), y al cabo de unos minutos, la fuerza era tal que, todo quedó comprendido, ¡debíamos salir!, así que tomé vuelo y junto con los otros recorrí veloz aquellos túneles, noté que la velocidad aumentaba segundo a segundo, así como el terrible calor que momentos antes había interrumpido mi plácido navegar, de pronto -como por arte de magia- todo fue paz, la velocidad había disminuido hasta el grado en que todos flotábamos tranquilamente, el silencio era aterrador, nos mirábamos unos a otros como aguardando el momento pero... ¿qué momento?. ¡Miren... ahí está¡, al verlo, todos quedamos boquiabiertos (ya sabes, así como cuando alguien dice una sarta de barbaridades frente a alguna persona importante), maravillados, y más rápido que hechos la madre nos abalanzamos contra él, y fue ahí que, al llegar al óvulo, sentí un incontenible deseo por penetrarle, así que sin mas ni mas, comencé a mover mi flagelo con tal fuerza que los demás compañeros, en lugar de hacer lo que les correspondía, comenzaron a echarme porras y hasta a hacer apuestas, ¡todo al flaco¡, ¡vamos, vamos¡, ¡ooe, ooe, ooe, ooe¡...
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