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Top Model Imprimir E-Mail
por Emanuel Mordacini   
09 / 2006

ImageEstefanía sonríe. Y de pronto, imperceptiblemente, sus labios se mueven, se articulan, y la sonrisa desaparece dando lugar a una irresistible mueca de ambigüedad y seducción. Estefanía parece devorarse la cámara con los ojos, con los gestos, con su cuerpo menudo y curvilíneo. Los reflectores la encandilan, los flashes la atrapan como queriendo eternizar sus poses en el celuloide y ella se apodera de los presentes haciendo uso deliberado de su explosiva femineidad. Aquel era su momento, el punto culminante de su carrera. Estefanía nació para eso, desde adolescente soñó con ser modelo, con triunfar en el despampanante y a veces oscuro universo de las revistas y las pasarelas. Y lo había logrado con creces. En esas primeras campañas gráficas deslumbró a todos con su extraño magnetismo. Contaba con una agencia que la sustentaba y con un manager que manejaba cada uno de sus pasos porque, en definitiva, aquello no dejaba de ser un negocio. Hoy estás, mañana quien sabe. Le esperaban un sinfín de oportunidades; New York, Milán, París, todas esas ciudades imposibles que antes solamente eran nombres inalcanzables, ahora se vislumbraban como una posibilidad cierta y tangible. Estefanía, 23 años resplandecientes, largos y lacios cabellos color castaño rojizo, profundísimos ojos celestes como dos pedazos de cielo iluminando su rostro melancólico y delicado, senos pequeños, redondos y puntiagudos, cintura avispada, caderas curvas y nalgas turgentes, labios carnosos como un genital femenino en flor. Ella también descubrió el otro lado del mundo del modelaje, un submundo sórdido y libertino donde corrían el alcohol y las drogas en dosis generosas, donde grandes empresarios pagaban para acostarse con las modelos noveles e inexpertas y donde ciertas modelos se dejaban coger por esos empresarios, a veces sin reclamar pago alguno. Ese submundo existía, pero una podía mantenerse lejos del abismo, y Estefanía así lo hizo. Sólo le interesaba su carrera, su luminosa y prometedora carrera. Hasta que un día conoció a Gabriela y descubrió un submundo aún mas sórdido y un abismo aún mas aterrador que aquel otro que creía haber eludido. Gabriela fue su perdición, o su salvación, depende como se lo mire.

Pero vayamos por partes. Aquella tarde Estefanía posaba para la campaña gráfica de cierta marca de lencería, el habitáculo donde se realizaba el trabajo era amplio y varias planchas de plástico revestidas con cortinas blancas se distribuían simétricamente dando forma al estrecho rectángulo donde la modelo posaba acostada sobre un gran edredón de terciopelo ubicado en el centro. Al frente y alrededor los reflectores, los espejos y las cámaras fotográficas se alistaban como armas futuristas en una guerra milenaria. Estefanía ya había tenido su primera sesión de fotos, que duró más de media hora, pero a último momento el fotógrafo debió marcharse vaya a saber por qué motivo y la jornada quedó a medias. Faltaban aún algunas fotos más y el reemplazo llegaría de un instante a otro. En medio de ese escenario, rodeada por técnicos, maquilladores y estilistas amanerados, Estefanía parecía la heroína desganada de una película erótica. Tenía puesto un inquietante y casi inexistente conjunto de encaje transparente compuesto de corpiño, bombacha y portaligas. Su pelo le caía sobre los hombros como un retazo de seda haciendo juego con el color negro de la lencería. Se sentía algo incomoda, como si la falta de prendas le desnudara también el alma, como si su piel y sus huesos no existieran y la ropa interior se hallara suspendida en el aire. Le acercaron una toalla y ella se tapó, pero aun así no se sintió del todo protegida, como si algo o alguien decisivo para ella se acercara desde más allá de las paredes de utilería.

Después de casi diez minutos el productor de la campaña anunció a los gritos la llegada del nuevo fotógrafo, la persona que finalizaría el trabajo. Los técnicos, los maquilladores y los estilistas comenzaron a moverse como si fueran ensambles de una maquinaria gigantesca. Estefanía tiró la toalla al suelo y se contempló en un enorme espejo rectangular mientras le daban los últimos retoques de maquillaje. Observó su propia semidesnudez con una mezcla de lujuria y vergüenza, como si su reflejo hubiese cobrado vida y la escrutara por detrás de la superficie pulida del cristal. Observó sus partes privadas perfectamente visibles a través del encaje transparente de la lencería; las aréolas rosadas y circulares coronando sus pechos, los pezones sobresaliendo en la copa ceñida del corpiño, el vello púbico oscuro adornándole el bajo vientre. Sintió el impulso de cubrirse con las manos, pero cierto sentido del deber le impidió hacerlo.

Una mujer espigada y exuberante apareció tras la puerta, Estefanía la vio acercarse al tumulto bullicioso con un contoneo audaz de pantera enjaulada. Vestía una musculosa blanca y una pollera color marrón oscuro. Tenía colgado de su hombro derecho una máquina fotográfica y en la mano izquierda aferrada una pequeña valija negra. Se paró en medio de todos con la seguridad arrogante de una prostituta de nivel ejecutivo.

- Soy la nueva fotógrafa.- dijo con voz firme y melodiosa.

El productor de la campaña y un técnico se le acercaron y cruzaron con ella un par de palabras. Seguramente detalles conceptuales referentes a la estética de las fotos y a las estrategias publicitarias de la marca en cuestión, pensó Estefanía, que en ese momento comenzó a sentirse algo nerviosa. Sin más trámites las presentaron formalmente, y Estefanía, intimidada como nunca en su casi desnudez, creyó notar en la mirada esmeralda de la mujer una luminosidad extraña, como un haz pálido de luz en un túnel subterráneo.

- Soy Gabriela, encantada de conocerte, le dijo la mujer besándole la mejilla.

Estefanía respondió al beso y se inquietó al aspirar el perfume frutal emanado de aquella piel tersa y bronceada.

Gabriela era un monumento a la femineidad más explicita; treinta años llenos de vida, senos firmes apretados en el despiadado escote de la musculosa, cintura crispada y caderas extremadamente curvas, vivaces ojos verdes y rostro delicado y anguloso. El cabello rubio y lacio le caía hasta la mitad del cuello como un ardiente manto de sol.

Estefanía se sintió admirada ante el fulgor de aquella hembra, un huracán de lascivia y seducción distribuido en su imponente metro setenta y ocho de altura.

A Gabriela nada le era ajeno en el mundo del modelaje, ella misma había sido modelo en un tiempo no muy lejano, conocía como nadie cada uno de los secretos y trampas del ambiente. Antes de dedicarse a la fotografía publicitaria y artística había recorrido numerosas pasarelas en varias ciudades del mundo y había prestado su cuerpo fibroso a múltiples publicidades gráficas. Así las cosas, lo que restaba de la campaña parecía quedar en muy buenas manos. Desde un primer momento Gabriela se desempeñó con un profesionalismo admirable, apabullante. Su estilo de trabajo era radical, como si lo que estaba a punto de hacer fuera algo concerniente a su propia vida, a su propia existencia. Luego de preparar y poner a punto su máquina fotográfica digital, Gabriela se dirigió a Estefanía.

- Acércate… quiero mostrarte algo, le dijo mientras abría la valija negra.

Estefanía se acercó vacilante, seriamente intimidada por las miradas indiscretas de algunos técnicos y por la presencia avasallante de aquella mujer soberbia y descomunal. Gabriela sacó de la valija un manojo de fotografías y se las enseñó. Eran instantáneas de su etapa de modelo, una decena de fotos que la mostraban posando para una reconocida marca de ropa interior femenina.

- Esto… esto es lo que busco… esto es lo que quiero reflejar en cada toma ¿lo entiendes? Míralo bien.

Estefanía fue pasando las fotos entre sus manos, grabando aquellas imágenes en su mente como si estuviera reproduciendo el metraje de sus propias acciones y poses. Las fotografías mostraban a Gabriela enfundada en diferentes y audaces conjuntos de lencería, contorsionada en posiciones corporales todavía más audaces y atrevidas, exhibiendo sus atributos como una ninfomana desbocada. Estefanía la observó en su descarada falta de pudor, observó sus senos redondos y firmes apretados en corpiños de encaje de distintos tonos cromáticos, sus caderas ceñidas a bombachas y culottes transparentes y reveladores, sus muslos surcados por gruesas e inquietantes ligas, sus piernas interminables recubiertas de sendas medias de red o nylon. El erotismo de aquellas imágenes parecía traspasar el mismísimo rectángulo de papel, como si la Gabriela petrificada en la foto cobrara vida a través de los ojos de Estefanía. Había algo en aquellas fotografías que excedía la mera intención publicitaria, una especie de halo pornográfico o pretensión artística que subyacía en alguna parte, como si la mismísima Gabriela estuviera abriendo una fantástica ventana a su intimidad.

Luego de mirarlas una por una, tomándose su tiempo para analizar hasta el detalle más minucioso, Estefanía se detuvo en una en especial. En ella se veía a Gabriela acostada boca abajo sobre una cama amplia y desecha, su cabeza inclinada levemente hacia la cámara miraba al fotógrafo con ojos chispeantes como seduciéndolo, incitándolo más allá del foco de la lente. Su culo redondo y torneado ocupaba un primer plano importante, con las nalgas abiertas de par en par separadas por el diminuto hilo de una tanga negra. Estefanía se vio de pronto transportada a aquella habitación, sintió una especie de extraña energía recorrerle el cuerpo, y se imaginó así, semidesnuda, junto a esa cama inmaculada y desecha que ahora contemplaba en la foto, oliendo el perfume embriagador de aquella mujer que parecía escrutarla, evaluarla tanto desde su presencia cierta y carnal como desde su inmovilidad fotográfica.

Parada al lado de ella Gabriela la miraba fijamente, sus enormes ojos verdes parecían dos agujeros insondables, dos perturbadores abismos fosforescentes que refulgían entre los mechones rebeldes de pelo rubio.

- No te resultará difícil, dijo Gabriela al notar la inquietud de Estefanía. -Tienes belleza de sobra, tienes buenos pechos, buena cola, una cinturita envidiable, tienes clase Estefanía, mucha clase, irradias erotismo por todos lados, y lo irradiarías igual aunque estuvieras totalmente tapada, no se trata sólo de la ropa, se trata de la mujer, la dignidad femenina representada en el cuerpo apetecible de una modelo.

- Lo haces parecer muy difícil, respondió Estefanía. -Después de todo no es más que una campaña publicitaria…

- Eso es un concepto demasiado simplista, en mi trabajo quiero exceder la mera labor publicitaria, o al menos usarla para crear algo más trascendente, una obra de arte por llamarlo de alguna manera…

- No estoy segura de entender, ni de poder lograrlo.

- Vas a poder Estefanía, acabo de conocerte y me doy cuenta de todo lo que significas, voy a decírtelo con crudeza: debes cogerte al fotógrafo con tu cuerpo, con tu actitud, debes cogerte a todos los que miren las fotografías terminadas, debes usar tu sexualidad para vender, no sólo la lencería o la ropa de turno, sino a ti misma. No es mucho lo que te pido, es la esencia del modelaje… ¿no es cierto?

Estefanía asintió tímidamente, sin estar segura de entender, sin estar segura de lograr responder debidamente a las pretensiones de Gabriela. Apenas una hora atrás el trabajo transcurría por carriles normales, una producción de fotos como tantas otras. Ahora todo era distinto, muy distinto, casi atemorizante. Llegó Gabriela y todo se dio vuelta.

- Vamos Estefanía…es hora de trabajar…

Estefanía caminó hasta el rectángulo de cortinas blancas donde debía posar, se quedó parada junto al edredón de terciopelo mientras Gabriela agarraba la cámara y se ubicaba frente a ella. Los reflectores se encendieron iluminando a la modelo, resaltando el tono marfil de su piel, el brillo transparente del encaje de la lencería, la luminosidad enceguecedora de su pelo rojizo. La cámara fotográfica comenzó a disparar, los flashes parecían pequeñas detonaciones solares que reverberaban sobre las superficies blancas de la escenografía. Estefanía brillaba, todo su cuerpo explotó como en un arrebato pirotécnico, primero con timidez, con la inseguridad propia de quien realiza un acto por primera vez, luego el calor y el desenfreno fueron aumentando y Estefanía realizó la producción fotográfica más caliente de su carrera. Gabriela encendió en ella una llama intensa, desconocida. Para ningún fotógrafo se entregó como lo hizo para Gabriela aquella tarde. Nadie pudo jamás sacar a relucir ese remolino de sexualidad que Estefanía llevaba dentro, muy dentro, en sus entrañas, en sus ovarios, en su matriz, en su vientre marcado al rojo que pareció en ese momento explotar como un campo minado.

- Vamos Estefanía, sedúceme, exhíbete, muéstrame lo que vales…

ImageEstefanía ya no fue Estefanía. Gabriela y su cámara fotográfica la transformaron en un ente salvaje y lujurioso, una repulsiva bomba de erotismo que dejó a todos los presentes con la boca abierta. Incluso su cuerpo pareció haberse transfigurado; sus senos palpitaban con una voluptuosidad inédita, sus caderas se tornaron más curvas e irresistibles, su vello púbico se volvió más nítido y visible a través de la bombacha transparente. Ya en un acto de entrega ineludible, Estefanía se desabrochó el corpiño, se lo quitó y lo arrojó lejos, muy lejos, como si se estuviera deshaciendo de un andrajo inútil. Se había olvidado de todo cuanto la rodeaba, de los técnicos autómatas, de los maquilladores maricas, de todas esas mujerzuelas pintarrajeadas y hediondas de perfumes caros que rondaban en cuanta sesión de modelaje se llevara a cabo, que deambulaban a los costados de las pasarelas oliendo los culos de las modelos, viendo cuales tenían las bombachas más apretadas a los genitales, cuales tenían las tetas más firmes, cuales las más caídas y fláccidas, cuales las piernas más chuecas; las mismas mujerzuelas que mostraban sus rostros ultramaquillados detrás de los bastidores en los grandes desfiles, escuchando y oliendo las flatulencias tanto verbales como anales de las veinteañeras hermosas y ávidas de fama y reconocimiento; las mismas mujerzuelas que conocían al ser humano oculto detrás del rimel y la frivolidad. Estefanía se había olvidado de todos ellos, menos de Gabriela, la hermosa Gabriela, la Gabriela sexy y arremetedora que ahora la desnudaba desde su cámara de fotos.

- Estefanía, eres bellísima, muy bien Estefanía… eres exactamente lo que busco…

Estefanía se encontraba presa de un hechizo legendario e innombrable, los flashes de Gabriela la penetraban hasta el fondo mismo de su esencia femenina flash flash flash y el cuerpo de la modelo parecía abrirse, tajarse, descontracturarse, dilatar sus agujeros para una serie de inimaginables actos sexuales. En el colmo de la locura, Estefanía se tomó los pechos y se los apretó hacia delante, mostrándoselos a Gabriela con alevosía, como esperando que esta también se los apretara. Los pezones duros se elevaban horizontalmente como fístulas florales. Inclinó la cabeza hacia un costado mientras se quitaba el pelo que le caía sobre el rostro, dio un violento giro sobre sí misma quedando de espaldas a Gabriela, exponiendo al lente de la cámara sus nalgas firmes y carnosas, sus muslos marcados por las tiras negras del portaligas. Sus genitales se apretaban por debajo de los glúteos contenidos por el tejido de encaje de la bombacha. Los flashes continuaban sucediéndose uno tras otro como destellos fantasmagóricos que intentaban mostrar de ella algo más que meras posiciones de modelo publicitaria. Estefanía no era conciente de sus actos y eso era justamente lo que Gabriela buscaba, su enigmático objetivo final. Aquella tarde la producción fotográfica, la estrecha y hasta mecánica relación entre fotógrafo y modelo se transformó en algo parecido a una cópula lésbica, un inusual intercambio sexual entre ambas mujeres. Estefanía estuvo a punto de desatarse las ligas y bajarse la bombacha cuando las manos de Gabriela la tomaron de los hombros y la sacudieron con firmeza: - Tranquila Estefanía… tranquila, le oyó decir a Gabriela.

Entonces, al oír aquel tono de voz tan suave, firme y femenino, Estefanía salió de su trance y se estrelló contra la realidad rutinaria de los técnicos, los maquilladores y las mujerzuelas que la rodeaban observándola con asombro e incredulidad, como si aquella voz encerrara el sortilegio capaz de librarla del indescriptible estado hipnótico al que había sido sometida. Nadie, absolutamente nadie de los presentes supo qué hacer, nadie aplaudió, nadie hizo alguna pregunta o articuló alguna palabra, nadie siquiera se escandalizó. Lo que acababa de suceder en aquella habitación excedía todas las normas previstas, fue una ráfaga, un borbotón, algo tan espontáneo como bello, tan repulsivo como excitante. Estefanía quedó sin habla, arrodillada y transpirada con las manos sobre sus pechos, tapándoselos. No había pudor en ella, su expresión era más bien de cansancio, la misma mueca que puede llegar a mostrar una mujer después de tener un orgasmo. Mechones húmedos de cabello encendido tapaban su rostro ruborizado; tenía la mirada (amplia, celeste, abismal) clavada en los ojos de Gabriela, quien a su vez la contemplaba extasiada, con relámpagos verdosos inflamándole las pupilas. Los demás sólo eran espectadores sin importancia, simples e insignificantes mirones.

Después que todo pasó y Estefanía se hubo cambiado, Gabriela le entregó una tarjeta con su número telefónico, le dijo que la llame en cuanto tuviera una oportunidad, que le gustaría hablar y tomar un café con ella, y que le mostraría las fotografías terminadas. Estefanía respondió que lo haría en cualquier momento. En la mente de las dos palpitaba aún el recuerdo de esa abrasadora producción fotográfica, esos interminables minutos en que todo desapareció (incluso la razón) y el universo mutó en un revoltijo de flashes luminosos, frases sugerentes, humedades varias y tetas al descubierto. Ese día Estefanía dejó sus prejuicios de lado y Gabriela logró desnudarla tanto en cuerpo como en alma. Sólo ellas conocían los motivos. Sólo ellas.

Esa noche, al llegar a su apartamento, Estefanía se quitó la ropa y se dio una ducha fría, el calor impiadoso y lacerante aún carcomía su cuerpo. El agua chorreaba por su piel crispada y anhelante, erizándola. ¿Qué era lo que le pasaba? ¿Por qué no podía olvidarse de Gabriela? Estefanía se acariciaba los pechos y sentía como sus pezones se torcían bajo sus dedos, pasaba sus manos por sus caderas como buscando en sus curvas las formas de Gabriela. Sentía como el agua formaba pequeñas cataratas sobre su cuerpo que la recorrían por completo hasta deshacerse en los azulejos blancos del suelo. Gabriela, Gabriela, flashes, cámara de fotos, pechos, pezones, cabello rubio, hermosas nalgas. Todas estas palabras confluían en el cerebro de Estefanía como un afrodisíaco caldo de brujas. Ojos verdes, cuerpo esbelto, piel radiante, cintura estrecha, olor primaveral… ¿De qué color tendría Gabriela los pelos del pubis? ¿Serían rubios como su lacia cabellera? ¿Serían más oscuros, serían negros? ¿Tendría el sexo muy peludo? ¿Se lo depilaría? Estefanía se entregaba a estos pensamientos como si siguiera un ritual desconocido, pensamientos que parecían difuminarse en el vapor acuoso del cuarto de baño. Siguió acariciándose el cuerpo, lentamente, muy lentamente, siguiendo el sentido del agua que caía sobre ella. Su mano izquierda se detuvo en su cintura, rodeándola, la derecha llegó al vientre, cerca del ombligo, y descendió al pubis. Palpó su propio vello humedecido y se estremeció. Gabriela seguía latiendo en su cabeza con la furia de un huracán. Estefanía se apoyó contra la pared resbalosa, se mordió el labio inferior y bajó su mano hasta la vulva. Muslos exuberantes, piernas interminables, boca roja y entreabierta, Estefanía armó el cuerpo de Gabriela en su mente y dejó que el placer la ahogara, la inundara como una marejada. Jamás había sentido una fiebre tan intensa, jamás se había acariciado con tanta furia, con tanta determinación, se tocó hasta perderse, hasta sentir que una cosquilla dolorosa le subía por las terminaciones nerviosas, una cosquilla que se gestaba en su vagina y hacía metástasis en todos sus órganos internos y externos, encendiéndole el cuerpo. Allí, masturbándose bajo la ducha fría, sintiendo su clítoris inflarse entre las yemas de sus dedos, Estefanía conoció un gozo distinto, una inexplorada variante del placer. El orgasmo le llegó con violencia, conmocionándola de punta a punta. Se sentó sobre los azulejos mojados completamente agitada. El agua seguía cayendo salpicando charcos que se escurrían por entre sus nalgas aplastadas contra el suelo. El recuerdo de Gabriela se volvió de pronto evanescente y una relajación viscosa y ambigua comenzó a invadirla hasta dejarla floja como una muñeca de trapo. Su pulso empezó a normalizarse y sus esfínteres se cerraron de a poco. El clímax había pasado sobre ella como una llamarada asesina. Gabriela se metió en su cerebro con la potencia de un pirómano.

Al día siguiente, después de una aburrida reunión con su manager y con otras personas que duró casi toda la mañana, en la cual se ultimaron detalles concernientes a cierto mega desfile, siendo poco menos de las doce del mediodía, Estefanía se dispuso a realizar ese llamado telefónico a la vez tan ansiado y temido. Caminando por los inanimados pasillos de la agencia que la tenía a cargo, esquivando a recepcionistas neurasténicas y a otras modelos como ella, impasibles colegas en el mundo de las luces, Estefanía se preguntaba el motivo de ese llamado, por qué lo realizaría, qué extraños engranajes había tocado Gabriela en su cerebro para hacerla actuar de esa manera, qué recóndita puerta de su psiquis se había figurado para hacerle sentir ese deseo tan intenso, tan inclasificable, tan denso como incontrolable. Gabriela era una belleza, un encanto de mujer, y además olía muy bien, emanaba un aroma irresistible, mezcla de fragancia frutal y alguna indefinida secreción femenina. O al menos eso Estefanía creyó haber notado durante el transcurso de esa sesión fotográfica realizada el día anterior. Pero… ¿era eso suficiente para sentirse atraída? ¿Era eso posible? Levantó el tubo del teléfono empotrado en la pared y sacó de su cartera la tarjeta con el número. Dudó unos segundos, pensando en las cosas que diría, en las frases que pronunciaría, en los nervios que ahora mismo sentía y que sentiría el doble al escuchar aquella voz al otro lado de la línea. Esos mismos nervios le jugaron una mala pasada y una débil arcada brotó de su garganta acompañada por un eructo apenas audible. Miró a su alrededor, nadie pareció haber reparado en ella, tuvo ganas de mandar todo al diablo y salir corriendo, escaparse de ese pasillo de porquería, pero no… su instinto fue más poderoso y comenzó a marcar el número en el teclado. La conexión se estableció con rapidez y el monótono bip bip del teléfono pareció exasperar más la ansiedad de Estefanía. Alguien levantó el tubo del otro lado:

- Hola…, era la voz de Gabriela.

La mente nublándose, las milésimas de segundo corriendo con una lentitud insoportable, Estefanía tartamudeando, ruborizándose, sintiendo ganas de vomitar, cagar y mear, todo al mismo tiempo. Nervios, muchísimos nervios.

- Ho.. ho… hola…, balbuceó Estefanía.

- ¿Estefanía?

- Sí, soy yo…, los nervios comenzaban a evaporarse.

- No sabes como me alegra escucharte, estaba muy ansiosa, temía que no llamaras.

- ¿Si?... pues yo te llamé para…

- ¿Por las fotos?, interrumpió Gabriela, dejando a medias la frase de Estefanía. -Salieron estupendas, una delicia, ven a verlas ahora mismo si lo deseas, realmente eres una muñeca Estefanía, ¡Dios! Deberías ver esas fotos.

- Pues… gracias… me halagas, yo también estoy muy ansiosa por verlas.

- ¡Entonces apurate! ¡ven ahora mismo!, la voz de Gabriela sonaba increíblemente firme, tan femenina y excitante. -Tienes mi dirección en la tarjeta, es la dirección de mi estudio ¡Ven ya!

- OK, voy ahora si quieres.

- ¡Si!, no pierdas un minuto más…

- OK, bye.

- Bye

Gabriela cortó la comunicación, Estefanía también lo hizo. Salió disparada de la agencia, tomó un taxi y le indicó la dirección al conductor. Ansiedad, mucha ansiedad. Unos minutos después el vehículo estacionó frente a un edificio de departamentos. Estefanía se bajó y se paró junto al portero eléctrico, pulsó el intercomunicador correspondiente al número de Gabriela (el departamento 26, ubicado en el segundo piso), y esperó. Gabriela la atendió y le indicó que subiera. Así lo hizo. Abordó el ascensor al segundo piso. Cuando se encontró sola en el pasillo sintió que los nervios y la ansiedad la destornillaban, un temblor molesto e inabarcable le llenaba el cuerpo de tics y las ganas de vomitar y cagar se hicieron más intensas por su alto nivel de nerviosismo. ¿Qué diablos hacía ahí, yendo a visitar a una mujer que casi no conocía? Aún tengo tiempo de escaparme a la mierda, pensó. Pero no…llegó frente a la puerta y tocó. Pulsó el botón del timbre como si con ese acto se librara de un peso enorme. Los latidos de su corazón se volvieron más fuertes, casi enfermizos, Estefanía podía escucharlos como si se tratara de un abominable tambor oculto en su tórax y una involuntaria gota de orín se le escapó mojándole la ropa íntima. La puerta se abrió y Gabriela apareció frente a ella. Estaba realmente hermosa, tenía el cabello mojado y peinado hacia atrás y vestía una camiseta celeste ajustada al cuerpo y un pequeño short negro que apenas le tapaba los glúteos. Sus muslos al aire relucían como partes de una escultura obscena. Entonces, al tenerla en ese momento frente a frente, viéndole los senos apretados bajo el escote, las caderas ceñidas por la tela elastizada del pantalón, los labios genitales marcados bajo el short a la altura del pubis, Estefanía supo que esa mujer ocuparía un lugar importante en su vida; tal vez el más importante.

- Pasa Estefanía, te estaba esperando.

Ambas mujeres se besaron en las mejillas, a modo de saludo. El departamento no era muy amplio pero estaba ordenado y amueblado con sofisticado buen gusto. Las paredes, de un intenso color blanco, le brindaban al lugar una luminosidad permanente y hasta asfixiante. Gabriela se dirigió a la heladera y sacó de allí dos latas de cerveza.

- Vaya, estás radiante Estefanía, déjame decirte que pocas veces vi una belleza tan magnética como la tuya, ¿una cerveza?

Estefanía se ruborizó, un calor abrumador y sofocante pareció inflamarle los poros. Sus ojos celestes resplandecían como dos esferas de agua de mar. Sí, estaba demasiado nerviosa, necesitaba relajarse un poco, dejarse llevar por los acontecimientos sin sentir culpa o ansiedad alguna. Sí, una cerveza no le vendría mal. Nada mal.

- Sí, me ayudaría una cerveza, gracias, Estefanía adelantó una mano y agarró la lata fría.

Después del primer trago, Estefanía comenzó a sentirse mejor, los nervios que hasta hacía unos minutos la desarticulaban, ahora, después de ese primer sorbo, parecieron disolverse con la espuma blanca de la cerveza, como si el alcohol le despejara las neuronas.

Gabriela se sentó en el sofá y le propuso a Estefanía que hiciera lo mismo. Gabriela estaba hermosa, muy hermosa, sentada a su lado; Estefanía la observaba embobada, casi envidiándola. Allí, teniéndola tan cerca, tuvo deseos de tocarle una teta, de apretarle suavemente un pezón por encima de la camiseta, de sentir el volumen de aquellos pechos bajo sus manos, pero volvió a reprimirse, como si estuviera avergonzada de sus propios pensamientos.

Hablaron de trivialidades un buen rato, la cerveza hizo efecto y ambas conversaron desprejuiciadamente como si hubiesen sido amigas de toda la vida. El alcohol había logrado descontracturarlas, desatarlas, como animalitos liberados de su cautiverio.

Después de un prolongado intercambio de estupideces, elogios mutuos, toqueteos rasantes y miradas pícaras, Gabriela fue al grano:

- Ven, te mostraré las fotos.

Tomó a Estefanía de la mano y la llevó hacia una habitación contigua a la sala de estar, el lugar donde se rebelaban los negativos.

Allí, encima de una gran mesada de mármol plateado, se encontraban las fotos desparramadas como panes recién sacados del horno. Estefanía se acercó y las miró una por una. No podía creerlo, aquello no podía ser cierto, lo que contempló en esos rectángulos de papel fotográfico no era a ella misma, era la otra Estefanía, la Estefanía que sólo existía en sus fantasías más bajas, en sus noches de soledad y delirio, su costado siniestro: Una vampiresa letal e incontrolable que ofrecía su sexo descaradamente.

- ¿Ves Estefanía? Jamás pensaste que podrías lograr algo así, ¿no?, Gabriela acariciaba con la punta de los dedos una foto donde Estefanía se agarraba los pechos. -Erotismo puro, eso hemos logrado.

Estefanía estaba excitada, el verse a sí misma de esa manera la incendiaba por dentro. Siguió pasando las fotos entre sus manos mientras sentía la respiración de Gabriela chocando contra su nuca. Aquello había sobrepasado la pura y simple publicidad, la lencería y el ánimo de lucro habían desaparecido en esas fotos, lo que se había logrado, lo que allí podía observarse, el resultado de la inolvidable sesión fotográfica del día anterior era sexo, sexo, sexo… un erotismo despiadado cercano a la pornografía.

- Estas fotos no tienen destino de revistas de moda, dijo Gabriela, -tu manager jamás las aceptaría, esto es sólo nuestro Estefanía. Este es mi trabajo, a esto me dedico…

Sólo entonces Estefanía reparó en las otras fotografías que había alrededor, instantáneas de muchachas veinteañeras desnudas, abiertas de piernas, posando para Gabriela como si se estuvieran entregando a algún amante, primeros planos de vaginas abiertas, de vellos púbicos, rostros de hermosas jovencitas mostrando expresiones casi obscenas, preciosas modelos masturbándose o sentadas en un inodoro orinando o cagando mientras fumaban un cigarrillo; primeros planos de anos femeninos, pequeños agujeros negros resaltando entre glúteos abiertos. Pero todas esas fotos, al igual que las que Estefanía había realizado, carecían de mal gusto. Eran arte, un arte transgresor, salvaje y provocativo. La obra de Gabriela consistía en encontrar el erotismo escondido en el cuerpo de una mujer, desmitificar la esencia femenina a través de las imágenes, lograr que hasta esas acciones del cuerpo humano que nadie quiere ver resulten atractivas, mostrar a las modelos como lo que en verdad son: hermosos seres humanos llenos de gracia y sexualidad. La atracción de una bella modelo orinando, el extraño magnetismo de una encantadora pelirroja abriéndose de piernas ante la cámara, el encanto perverso de una hermosa muchacha rubia limpiándose las partes. Entonces, sólo entonces, Estefanía entendió la verdadera esencia del trabajo de Gabriela ¿Ella realmente lograba que todas esas modelos realizaran esas poses? ¿Qué tenía Gabriela para hacer que todas esas muchachas se entregaran así, sin tapujos? Las respuestas resultaban un verdadero enigma.

Gabriela agarró a Estefanía del hombro y la sacó de la habitación, la condujo a través de la sala de estar al dormitorio. Una cama amplia con sábanas blancas pulcramente tendidas apareció ante ellas. La inmensa imagen encuadrada de una modelo rubia con los senos al aire colgaba encima de la cabecera como un icono voyeurista. Estefanía estaba completamente entregada, no sólo por la acción de la cerveza, sino por otras cosas que no alcanzaba a entender con claridad.

- Gabriela… Gabriela, susurró tenuemente.

- Estefanía, estoy contigo, tranquila, respondió Gabriela mientras le acariciaba los cabellos, rojos y lisos como seda persa.

Ambas se sentaron en la cama, el colchón cedió bajo el peso de sus cuerpos.

- Eres tan bella Estefanía…

- Gabriela… Gabriela…

Estefanía se sentía en las nubes, el calor que antes la había invadido volvió a ella como una llamarada. Gabriela acercó sus labios y la besó en la boca. Estefanía abrió la suya y respondió al beso con timidez. El sonido resbaloso de los labios chocándose inundó la habitación silenciosa. Gabriela siguió besándole la cara y el cuello, Estefanía inclinó su cabeza y cerró los ojos. Aquello era mil veces mejor de lo que nunca había imaginado. Gabriela comenzó a acariciarle los muslos, a lo que Estefanía respondió con una leve apertura de piernas. Sexo, sexo, las imágenes de las fotografías que acababa de ver palpitaban en la mente de Estefanía, la doblegaban mientras la mano de Gabriela le subía por los muslos por debajo de la pollera. Esa mujer la había seducido como ningún hombre lo hizo nunca, dio vuelta su mundo en sólo un día. Gabriela sacó la mano de la entrepierna de Estefanía y le acarició el rostro iluminado por los rubores de la fiebre, luego se quitó la camiseta. Sus pechos eran hermosos, redondos y firmes como duraznos, Estefanía los contempló extasiada, como si contemplara absorta algún inédito milagro de la naturaleza.

- Gabriela… ¿Qué es todo esto?

- No hables Estefanía… ven, quiero que me toques…

Gabriela le agarró una mano y la acercó a uno de sus senos, manteniéndola apretada contra él, unos segundos. Estefanía sintió el pezón de Gabriela endurecerse bajo la palma de su mano, luego siguió acariciándole el pecho por su cuenta, apretándolo con suavidad y masajeando circularmente la aréola con las yemas de sus dedos. Volvieron a besarse, Estefanía comenzó a acariciar a Gabriela con ambas manos, frotándole los pechos como si quisiera rehacerlos a su gusto. Al dejarse caer sobre la cama, Estefanía sintió que el colchón se adaptaba a su cuerpo, que sus formas se dibujaban con precisión en la goma espuma comprimida. Gabriela se tendió sobre ella besándola sin pausa, mojándole cada insterticio de piel con su saliva, al tiempo que le desabotonaba la camisa. Estefanía la dejaba hacer, era imposible negarse a la seducción de esa mujer casi desconocida, tan bella como misteriosa, tan impredecible como inquietante. La camisa se abrió bajo los dedos de Gabriela, los pechos pequeños de Estefanía estaban apretados por un corpiño blanco de algodón; Gabriela comenzó a besarle el espacio entre ambas tetas con la delicadeza propia de una amante eximia, conocedora de todos los secretos del arte del placer, luego, con la misma habilidad, le bajó los breteles, liberándole los pechos de las copas ceñidas del corpiño. Un calor indescriptible y ansioso inflamaba el cuerpo de Estefanía, llenándola de temblores. Gabriela, tendida sobre ella, no dejaba de besarla, de morderla, de acariciarle suavemente los senos, llevando su cuerpo a extremos de placer antes inexplorados. Los pezones de Estefanía se endurecieron bajo los labios rojos de Gabriela, su pulso se agitó y su corazón comenzó a latir al borde de la taquicardia.

- Gabriela… no sigas… por favor detente…

Gabriela le cerró la boca con un beso mientras le acariciaba los pechos, despejándole la mente de toda duda, de todo miedo y toda inquietud. Luego le levantó la pollera por encima del vientre y, lentamente, comenzó a quitarle la tanga. Estefanía supo entonces que era demasiado tarde para arrepentirse, que su destino ya se había sellado, que volver atrás era definitivamente imposible. Allí, acostada sobre la cama, mientras Gabriela le acariciaba despacio los pelos del pubis, Estefanía creyó morirse de deseo, extraviarse en un placer húmedo y prohibido. Hubiera querido gritar ¡si Gabriela, soy tuya, toda tuya, soy tu Estefanía, tu muñeca! ¡Cógeme Gabriela, cógeme! pero no pudo hacerlo, de su boca trémula y carnosa no salió palabra alguna, sólo un leve gemido casi inaudible. Gabriela se mojó los dedos y se los apoyó en la vulva, Estefanía se mordió los labios y sus gemidos se volvieron más fuertes, Gabriela comenzó a acariciarle el clítoris y Estefanía se perdió por completo en la culminación de su propio gozo, sacudiendo sus caderas en busca del orgasmo, pero entonces, cuando sus genitales estaban a punto de explotar y los calores del clímax comenzaban a invadirla, Estefanía aferró la mano de Gabriela y se la quitó de la entrepierna. Luego se alejó con violencia, acurrucándose a un costado de la cama. Su vagina brillaba como empapada por una lluvia de perlas. Quedaron unos minutos en silencio, escrutándose una a la otra, hundidas en sus respectivos universos internos. Gabriela se olió los dedos con los que había acariciado a Estefanía, levemente húmedos de moco vaginal, después se quitó el pantalón quedando por completo desnuda. Estefanía la contempló por primera vez en toda su perfección; las caderas curvas, los pechos firmes y redondos, el pubis blanco repleto de pelos castaños, el cabello rubio cayéndole sobre la cara, los ojos verdes furiosos, las nalgas abultadas y tersas. Gabriela salió de la habitación por un momento, para luego regresar con su cámara fotográfica aferrada entre sus manos, enfocó hacia la cama intentando encuadrar a Estefanía en el foco de la lente, y finalmente disparó. Esa primer foto se dibujó en la pantalla digital de la cámara, mostrando una Estefanía casi abstracta, sentada sobre la almohada con la camisa abierta y los pechos ocultos a medias, por las rodillas levantadas. Siguió disparando, los flashes se sucedían uno tras otro como en la jornada del día anterior. Estefanía volvió a sentir esa inclasificable electricidad sacudiéndole los huesos, y presa de una fiebre casi antropofágica se entregó por completo a Gabriela, realizando las poses más atrevidas y escandalosas, algunas de ellas bordeantes a la escatología y la obscenidad, pero todas llenas de una sexualidad indefinible y arrebatadora. Cada flash daba vida a una nueva foto aún más osada que la anterior. Allí, en esa habitación, Estefanía se transformó en una puta, una proyección de las perversiones de Gabriela. Fue una sucesión de más de diez fotografías llenas de sexo y voluptuosidad. Luego Estefanía se abotonó la camisa, volvió a ponerse la ropa interior y salió disparada del departamento sin mediar palabra alguna. Gabriela quedó mirándola irse con la cámara aferrada en sus manos y su desnudez magnífica adornando la habitación.

Ese fue el comienzo de una relación violenta y desenfrenada. En los días que siguieron, ellas volvieron a encontrarse, a desnudarse, a tocarse, y Gabriela volvió a fotografiarla. Estefanía sentía que algo la atraía de Gabriela, una atracción que nunca antes había sentido, nadie jamás le hizo vivir el sexo como esa fotógrafa rubia y exuberante, nunca nadie la había corrompido de esa manera. Pero era una corrupción más artística que carnal, Gabriela usaba su arte para terminar de cogerse a Estefanía. Después de cada encuentro, estando ambas desnudas sobre la cama, después de haberse chupado, besado, mordido, sodomizado, Gabriela agarraba su cámara fotográfica y el delirio recomenzaba. Estefanía dejaba que esos flashes la reinventaran, la atraparan y le dieran nueva vida. Era ese el momento más esperado por ella, por esa hermosa modelito de tez blanca y cabello rojizo, un momento aún más placentero que el orgasmo mismo, el momento en que Gabriela aferraba su instrumento de trabajo y literalmente la violaba, la desgarraba a través de la lente, dejando una foto nueva como constancia de ese acto. Miles de fotografías terminaron adornando el departamento de Gabriela, cada una de ellas mostraba una Estefanía diferente. Estefanía abierta de piernas. Estefanía separándose las nalgas, mostrando el esfínter anal. Estefanía abriéndose los labios de la vulva. Estefanía masturbándose, primeros planos de sus pechos, de sus pezones, de su vello púbico, de su clítoris, incluso había despiadadas imágenes de Estefanía meando o cagando. Estefanía dándose una ducha, limpiándose las partes. Todas esas fotos eran la esencia misma del arte de Gabriela: la exaltación de la femineidad.

Así pasaron varias semanas y la situación comenzó a salirse de control. La relación entre ambas se volvía cada vez más intensa, ya no podían prescindir una de otra. Se amaban, se torturaban, se golpeaban, cogían en cuanta oscuridad se les presentara, en cuanto lugar se les ocurría, se entregaban a los juegos más perversos y sádicos. Estefanía empezó a descuidar su carrera, su manager la reprendió varias veces pero ella ya no era la misma, era otra, la de las fotos. Ya no le importaron las pasarelas, las campañas gráficas, las marcas de ropa, los viajes futuros, New York, Milán, París. No, nada de eso importaba, sólo su extraña relación con Gabriela, y aquellas fotografías.

Era una noche de invierno. Llovía intermitentemente y los relámpagos cortaban la oscuridad como rabiosos espectros amarillentos. Estefanía estaba sola en su casa, desnuda sobre la cama, mirando algunas fotografías tomadas por Gabriela. La invadía un enojo desbordante, una histeria arrasadora. Estaba menstruando y los dolores de período la destornillaban. Se quitó el tampón y lo arrojó a un costado. La sangre comenzaba a escurrir entre sus piernas. Hacía tiempo que no sabía nada de Gabriela y eso la enfurecía, los celos la apabullaban. Se excitó de pronto pensando en ella, en sus tetas, en su culo, en su pelo rubio y en sus ojos verdes, en sus caderas, en su cintura, en los olores de su vagina, en los pelos de su pubis. Se acordó de sus juegos íntimos, de las veces que, desnudas sobre la cama, Gabriela se abría las nalgas y ella le pasaba la lengua alrededor del ano, y del sabor acre a saliva y materia fecal que le llenaba la boca en esos momentos. Se calentó terriblemente y se masturbó. Se sentía sucia pero igual se masturbó. Cuando acabó se vistió rápido con un deshilachado vestido de tela celeste y salió corriendo a casa de Gabriela, decidida a matarla. Seguía lloviendo y relampagueando. Tomó un taxi y llegó al departamento. Tocó el intercomunicador, Gabriela la atendió y le dijo que subiera. Así lo hizo. Una vez que estuvo frente al departamento 26 en el segundo piso, golpeó la puerta. Gabriela abrió y la hizo pasar. Estaba en bombacha (blanca, de algodón) con los senos desnudos.

- Hace una semana que no me llamas, y no contestas mis llamadas, dijo Estefanía, agitada y jadeando furia.

- No tuve tiempo, he trabajado mucho, respondió Gabriela.

- ¡Mentira!, saltó Estefanía. -¡Quieres librarte de mi, ya no te intereso!

- Estas sangrando Estefanía…, respondió Gabriela con ironía, señalándola con el dedo.

Estefanía se miró. En su arrebato se había olvidado de colocarse un nuevo tampón y la sangre le manchó la bombacha y el vestido, donde se podía observar un pequeño círculo colorado. Creyó que Gabriela se burlaba y saltó sobre ella llena de odio, agarrándola de los pelos. Gabriela se defendió dándole una feroz bofetada en la mejilla derecha, tumbándola sobre el piso alfombrado. Estefanía volvió a atacarla, golpeándola en medio de la cara. La nariz de Gabriela comenzó a sangrar. Ambas se enredaron en una lucha desesperada, golpeándose, rasguñándose, cortándose, arrancándose mechones de pelo, cayeron y rodaron por el suelo destruyendo todo a su paso, como el encuentro arrasador de dos huracanes. Después de más de cinco minutos de desenfrenada contienda se separaron y quedaron exhaustas tiradas en el suelo. Ensangrentadas, moradas y magulladas, sus respiraciones agitadas se oían altivas por sobre los ruidos urbanos de la ciudad inmensa y monstruosa. Gabriela giró su cabeza hacia Estefanía, mirándola con un frenesí cercano a la locura. Su transpiración hacía que las hebras de cabello rubio se le pegaran al rostro. Estefanía también la miró y sus ojos celestes refulgieron en sus cuencas moradas. Un hilo de sangre escapaba de una cortadura en su labio superior. Entonces, tal vez comprendiendo al fin el oscuro y extravagante lazo que las unía, corrió hacia Gabriela y la abrazó fuertemente, besándola sin pausa ni clemencia. Gabriela se entregó al beso metiéndole la lengua dentro de la boca. Quedaron tumbadas una sobre otra, abrazadas como si quisieran unirse de una vez y para siempre, besándose, lamiéndose, acariciándose. Sus labios carnosos se chocaron con fuerza como si ese beso fuera el último de su existencia.

Y así quedaron, bellas, perfectas y atemporales. Como en una fotografía.

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