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Ginés Alcántara Martínez es de Murcia, España, funcionario, por lo que dice tiene tiempo para darle a las teclas. Desde hace unos años le gusta escribir cuentos y otros textos. Ha publicado en sitios literarios de internet, y hace unos meses le pagaron un cuento, al resultar ganador del I Certamen de relatos breves "REVISTA DIGITAL I.E.S. VENTURA MORÓN" . Dice que si lo publicamos seguirá escribiendo, y que si no lo hacemos, pues también. Ginés nos presenta su cuento “El Cuchillo”, en el que a partir del diálogo, nos retrata con sarcasmo como se da el enfrentamiento entre un entrón y un sacón, o llamado de mejor manera, un “prudente”. La mujer de esta historia, por la que existe el pretexto para el pleito, se pasea entre el sí y el no; mientras los varones se enfrascan en el absurdo. ¿Les recuerda la vida diaria? Carlos lo ve venir. El gitano se acerca desde el otro lado de la pista sin apartar la mirada del culo de Rosa. La sonrisa de perro y el brillo de los ojos delatan un escaso suministro de oxígeno. Se detiene a un par de metros de la pareja. Empinado y con los brazos en alto como un banderillero, les ofrece la filigrana de un taconeo, que remata con una vuelta sobre sí mismo y dos palmadas. Plas plas. Se apoya en la barra, entre ambos cuerpos, y reclama la atención de Carlos mirándolo a los ojos durante dos segundos. En seguida lo ignora, se arrima a Rosa y sonríe. El foco que ilumina los vasos sobre la barra le saca brillos a sus dientes cuando se le pega al culo. Le roza las nalgas con la bragueta y le dice a la nuca: ―Si quieres un hijo con un par de cojones sólo tienes que pedírmelo. A Carlos se le erizan los pelos. El impacto lo despierta de su bobería alcohólica. Un espasmo psicosomático le golpea el estómago como en un mal ácido. Rosa, perpleja, lo mira, pero él finge no haber entendido. El gitano lo mira también, desde muy arriba, y le sacude un par de golpes en el hombro para captar su interés. ―Que le digo a tu hembra que si quiere un hijo al que le cuelguen un par de cojones entre las piernas, como a mí, sólo tiene que pedírmelo, ¿vale? Ella se queda esperando, pero lo único que hace Carlos es palidecer a una velocidad asombrosa. Rosa vuelve la cabeza con un bufido, donde el barman repasa unos vasos con un trapo sucio. ―Es cosa suya ―murmura Carlos. ―¿Qué? ¿Qué dices, payo? Habla fuerte, coño, que no te voy a comer. ―Que si ella quiere tener, o no, un hijo tuyo, o de quien sea, es asunto suyo. ―Así se habla, payo. ¡Sin pegas! ―Joder, Carlos... ―se queja Rosa. Ladea el labio con desprecio y le dice al gitano―: Vete a tomar por culo, hijoputa. ―¿Qué has dicho? ―Vale, Rosa, no hace falta insultar a nadie ―interviene Carlos. ―¿Qué me has llamado, zorra? ―insiste el otro. ―Que te vayas a tomar por culo, cabronazo. ―Mira niña, yo soy muy hombre: no le zurro a las mujeres, me las follo. ¡Pero a mi madre no me la menta ni dios! ―Venga, tío. No le hagas caso. No hay que ponerse así ―media Carlos. ―¿Me lo vas a impedir tú, pringao? Venga, échale huevos. Le golpea en el pecho con la palma de la mano. Carlos trastabilla de espaldas y choca con un cliente cercano. Interviene el camarero. ―No quiero broncas aquí dentro ―advierte―. Si queréis mataros, hacedlo fuera―. Se dirige al gitano―: Ya sabes cómo están las cosas con la pasma, Julián, no creo que te convenga. ―Tranquilo, tío, que no pasa na, que éste y yo nos sacudimos en la calle como dos hombres, ¿verdad, payo? ―Paso de broncas ―dice Carlos. ―Venga, no seas mierda, sal y pelea por tu hembra ―insiste Julián. ―Te digo que paso de todo... El gitano se lo piensa un momento. ―¿Sabes qué, pringao? ―sonríe y le golpea repetidamente el pecho con el índice―. Te voy a esperar, hasta que salgas, y entonces me voy a follar a tu novia y después me voy a comer tu corazón. Se separa un par de pasos y les brinda otro taconeo, con doble vuelta esta vez, y final con rodilla en tierra. Después se vuelve por donde ha venido. ―¿Nos vamos? ―le pregunta Rosa, que golpea con exasperación el encendedor contra el muslo. ―Estamos bien aquí, ¿no? ―dice Carlos, fingiendo que no ha pasado nada. ―¿Aquí? Estás loco, Carlos. ¡Vámonos! ―Vale, vale, nos vamos, sí. Pero espera un poco a que se despiste el hijoputa ese. Míralo, joder, no me quita el ojo de encima. ―Luego, restándole importancia― No merece la pena jugarse el tipo con gente así, no tienen nada que perder y les da igual ocho que ochenta. ―Yo me voy. ―¡No! No te voy a dejar salir sola. Espera. ―¿Pretendes que me quedé aquí, con toda esta gente mirándome? Perdona, pero he sobrepasado mi dosis de humillación por hoy. No quiero más, gracias. ―Tomamos otra copa y nos vamos. ―Tómatela tú. Te espero, pero date prisa. La mirada de Rosa no le infunde demasiado orgullo. Carlos esquiva los ojos del camarero cuando le pone otro ginlet. Se lo va tomando despacio. El gitano bromea con sus colegas al otro lado de la pista, y un par de veces lo señala a través de la cortina de humo. Los otros lo miran. Algunos se ríen, y él se imagina sus dientes torcidos y cariados de aquella escoria, otros empinan un poco la comisura de los labios sin abrir la boca. Rosa fuma, nerviosa. Él busca una salida. Espía al camarero, y cuando se aleja a una zona solitaria de la barra lo aborda. Con dos pinceladas le pinta el deprimente panorama socioeconómico de los gitanos intentando hacerle ver que su postura no es cobarde, sino sensata. El otro, que parte con destreza rodajas de limón con un cuchillo de grandes dimensiones, se mantiene en silencio; así que decide preguntarle directamente por la localización de una puerta trasera, si la hubiera. ―No hay más salidas, tío. Pero Julián es un bocazas... Carlos ignora la observación. ―Es obligatorio tener salidas de emergencia ―le advierte. ―Ni se te ocurra ―le dice el camarero amenazante, mirándolo muy serio a los ojos–. Búscate la vida. ―Va muy ciego el gitano, tío. No se entera, y es capaz de cualquier cosa. Le sorprende el tono lastimero que utiliza. Pero no le importa demasiado, sus prioridades son otras ahora. El barman reflexiona un par de segundos antes de hablar. ―No te voy a decir lo que tienes que hacer, es cosa tuya, pero yo le pararía los pies y punto. Ya te digo que es un bocazas. ―Pero no está solo... Un cliente golpea la barra con una moneda en el otro extremo, reclamando al camarero. ―Perdona, tengo que seguir trabajando. ―Pero escucha... Se queda solo, sin salida. Sabe que nada puede frenar lo que se avecina. Por eso no puede dejar de imaginar que no ha pasado nada todavía, como hace a menudo cuando las cosas inevitables ya han sucedido (como si el tiempo saltara hacia atrás y el mundo retrocediera para él mágicamente). Se ensimisma en esa fantasía mientras acaba la bebida, y cuando la precaución le hace volver la cabeza para localizarlo, el gitano ha desaparecido. No está en la mesa del fondo con sus amigos, ni en la pista. Casi se caga cuando lo descubre al lado de Rosa. Sin saber qué hacer, observa de reojo. El gitano, de pie, apoyado en la barra, habla y sonríe. Ella, sentada en un taburete, muy seria y con los ojos fijos en el cenicero, parece ignorarlo. La escena se mantiene unos minutos, hasta que de pronto el gitano rodea su cintura por detrás y le hunde la boca en el cuello. Apenas tiene tiempo de apartar la mirada cuando Rosa, alarmada, lo busca en aquel rincón alejado. Siente la saliva caliente en su propia nuca. Sin levantar la cabeza, da media vuelta y se precipita a los aseos. A pesar de las arcadas no consigue vomitar. Se está remojando la cara en el lavabo cuando irrumpe el gitano. ―Joder, payo, ya no aguantaba más. Se saca la polla y la sostiene en la palma de la mano. Es grande y oscura. Un chorro gordo se rompe contra la pared del urinario, a medio metro de distancia. ―Uf, qué gusto. Si no llegas a entrar te traigo yo. ―¿Me necesitas a mí para mear, o qué? El gitano vuelve la cabeza. La mirada le brilla, negra, entre los pelos de las cejas. ―Es que no quiero que te escapes, payo. ―Ya vale, hombre, qué perra te ha dado conmigo. ¿Te he hecho yo algo o qué? El caño del gitano muere en el suelo cuando la presión disminuye. Igual que los últimos chorros espasmódicos, que apenas rozan la base del urinario. Cuando termina, deja el sexo colgando entre las piernas y se vuelve. Unas cuantas gotas se estrellan contra el suelo. El cuero negro de sus zapatos está salpicado de diminutas esferas. ―Mira, con esto voy a clavar a tu novia, ¿qué te parece? ―Antes tendrás que matarme ―se oye decir, asombrado de su inesperado impulso de valentía. El labio inferior le tiembla, descontrolado. El gitano, sin guardársela, se acerca tanto, que Carlos siente su roce contra el muslo. ―Podría rajarte ahora mismo, payo, pero primero me follaré a tu novia. Quiero que la veas gozar ―le dice, mientras se la guarda y sube la cremallera―. Huele a hembra limpia, y me la voy a pasar por la piedra delante de tus morros. Después, te abriré la panza. ―Tocotoc-toc, tocotoc, tocotoc, trrrrrrrrrr-toctoc, tocotoc. Golpea los tacones contra las losas iluminadas por neones rosados, y se inmoviliza en una pose desafiante, rozando el pecho con la barbilla, como un torero provocando los pitones―. Te espero. Sonríe, y desaparece tras la puerta. Cuando vuelve al bar, Carlos busca a Rosa desde lejos, con precaución. Ve al gitano con ella. Le está agarrando la garganta con una mano, y la besa. Ella parece dejarse, tranquila. El otro indaga desde distintas posiciones sin perder el contacto de sus labios, como si buscara una postura de mayor inmersión. Después se separa, satisfecho, y cruza la pista en busca de sus compadres. Cuando el otro se ha ido, Carlos se sienta al lado de su novia y pide otra copa. ―¿No nos vamos aún? ―pregunta ella. ―No. Vete tú si quieres. ―Vaya. ¿Ahora te da igual que salga sola? ―Es más, lo preferiría. ―¿Y eso por qué? ¿Qué ha pasado en el váter? ―Nada. ―¿Entonces? Él bebe y se queda callado. Ella enciende otro cigarrillo. ―¿Cómo has podido besar a ese asqueroso? ―pregunta al fin. ―No lo he besado. ―¿Lo niegas? ―Se aferra a esa esperanza con asombroso entusiasmo― ¡Pero si te he visto con mis propios ojos! ―Me ha besado él. ―No veo la diferencia. ―Pues es evidente, no creo que sea necesario explicártelo. ―¡Pero qué mierda de excusa es esa...! ―No me estoy excusando. No quiero que nos suceda nada, ni a ti ni a mí, ¿está claro? Deberíamos irnos a la menor oportunidad. ―Pero, ¿por qué no te has negado? ―Ese tío va muy cargado. Es peligroso. No puedo plantarle cara yo sola, ¿no te parece? Carlos se empina el vaso y ahoga un gemido. ―Pero... Pero no puedo enfrentarme a él... sin nada. Todos los gitanos llevan navaja. Lo sabes, Rosa. Si... si tuviera un arma, entonces... ―Olvídalo. Acábate eso, y nos vamos en cuanto se descuide. Carlos, encogido, mira de reojo a los otros clientes de la barra. Parecen esperar, como si él fuera el protagonista de una película y no un ser real. Titubea antes de alcanzar con la mirada el otro lado de la pista: e l gitano no lo pierde de vista. Se siente pesado, como si cada minuto que pasara fuera dejando kilos de mierda sobre su cabeza. Una rodaja amarilla naufraga en los restos del ginlet que se agota. De repente recuerda los movimientos del camarero sobre el limón. ―Ya sé. Espera ―le dice a Rosa. ―¿Dónde vas ahora? Se dirige a la parte de la barra en la que abordó antes al barman. El cuchillo que había usado para trocear los limones sigue ahí. En un despiste del camarero se empina por encima de la barra y se apodera de él. Se introduce el mango en el calcetín, y lo oculta con la pernera. Cuando vuelve al lado de Rosa un ligero furor aviva sus ojos. ―Bueno. Han cambiado las cosas, enseguida nos vamos. Si quieres, ¿eh? ―Ya no me sorprenden tus reacciones, tan volubles, pero es algo que me enerva, Carlos. ¡Claro que tenemos que irnos! ―Pero duda, inquieta― Aunque no creo que sea nada fácil ahora. Mira ―dice, señalando al gitano con los ojos. Los compadres fuman y hablan entre ellos, pero Julián, con los codos apoyados en las rodillas, se mantiene al margen, y no aparta la vista de Rosa. Se le ha cristalizado la mirada. Ni parpadea. ―Se va a enterar ese gitano cabrón. Verás. Ella lo mira sin dar crédito. ―¿Pero qué dices, tío? ―He cogido un cuchillo de la barra. ―Lo que faltaba ―bufa Rosa―. ¿Y qué piensas hacer con él? ―Eso es cosa mía. Entre tanto, el gitano se ha levantado y avanza ciego como un torpedo rumbo a la pareja. Se detiene a un metro de ella, con los brazos caídos, como si llevara un colt a cada lado. ―Quiero bailar contigo ―le exige. Ella se queda mirándolo, pasmada. Desde donde está Carlos cree oír cómo se resquebrajan en astillas de hielo las bolas de sus ojos negros: mientras la espera, humean entre las pestañas como cubitos recién sacados del congelador. Cuando Rosa consigue salir del estupor busca la cara de Carlos, que consigue con verdaderos esfuerzos no vomitar en ese momento. ―¿Qué puedo hacer? ―le pregunta ella sin rodeos. ―No sé... Haz lo que quieras... Lo que elijas es cosa tuya ―dice Carlos, haciéndose de pronto el ofendido. ―Vete a la mierda, Carlos. Y se encamina al centro de la pista. Antes de ir tras ella, el gitano se acerca a un palmo de su cara. ―Le voy a dar la tela que le falta, payo. No volverá contigo después de probar mi martillo pilón. Por mis muertos te lo juro. ―Tocotoco-toc, tocotoc, tocotoc, trrrrrr-toc, tocotoc. Desde la barra, los brazos del gitano parecen protegerla cuando la abraza por detrás y aprieta la entrepierna contra su culo. Los dos se mueven al compás, muy despacio, como si temieran que un movimiento brusco pudiera separarlos. Bailan con los ojos cerrados. Carlos no puede quitarse de la cabeza la polla negra del gitano. El cuchillo le quema la pantorrilla, como si lo llevara clavado.
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Mascando mercurio Escrito por Yo, el 22-07-2007 14:03 Y ¿qué recontras de presentación es esa que te hacen? Te pintan como a un cualquiera... Y ¿desde cuándo los cuentos soberbios necesitan de introducción alguna, YA NO DIGAMOS CHAPUZA? Esto es una vergüenza. Bórralo, por dios. Tienes muchos sitios donde la gente te conoce, te admira y se dejaría cortar un brazo por leer algo así, como para tener que soportar semejante antesala del horror como espumillón de tu trabajo. |
Esto es lo que opino: Escrito por Yo, el 22-07-2007 13:52 Ginés Alcantara Martínez es el mejor escritor de nuestros días en lengua castellana. Este cuento así lo atestigua, no hace falta que yo lo asevere, y si entré fue porque la ausencia de comentarios me electrificó los vellos y cauterizó el esófago. Ginés, EL CUCHILLO es grande, muy grande. Qué vergüenza que nadie te comente, será que por aquí no saben leer o dejaron colgado el asombro en el perchero. | |