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Margarette Dawit, o la visión de la extranjera en su tierra (no) natal Imprimir E-Mail
por Jesús Cervantes   
11 / 2006
Margarette DawitMargarette Dawit
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Galeria: Margarette Dawit


Sentados a la mesa, y ante un salmón recién horneado, bañado en salsa de arroz, Margarette Dawit manifiesta, “el hombre es por su naturaleza propia el causante de tantas aberraciones”. La visita a la pintora sudafricana constituye un gozo visual al recorrer de arriba abajo el estudio que es por sí mismo su casa habitación y donde los colores de los paisajes inundan el alma del visitante, donde los landscapes (paisajes), nos remontan a los cerros pelones del norte del estado, repletos de cañadas, mezquites y nopaleras. Sin embargo, también hay un área de su estudio - casa que presenta tonos monocromáticos, y cuyos temas son más bien enfocados a ese pasado que la artista plástica guarda muy bien en su pecho pero que en cualquier instante se hace presente, como fiel imagen de todo aquello que vivió, sintió y hoy plasma en sus obra.

“Los acrílicos dibujos en blanco y negro, en tonos de grises, buscan transmitir los sentimientos que me invaden. Buscan transformarse en una energía bivalente, poderosa pero sombría, producto de una visión inquietante de la humanidad, y resultado, por supuesto, de los acontecimientos políticos en los que los amientes resultan opresivos, bordeando el límite de lo aterrador”, manifiesta la artista plástica. “Retratar la condición humana y la crueldad del hombre sobre el hombre ha sido la principal preocupación de mi pintura durante la mayor parte de mi carrera”.
Egresada del Instituto de Arte de Chicago, Margarette Dawit escogió el estado de Guanajuato como respuesta a esa búsqueda incesante que aparece en el alma del artista para sentar raíces en un lugar. “Los artistas realmente no escogen sus destinos, el destino es quien los elige. Yo tuve la gran fortuna de arribar a una tierra que me parece absolutamente mágica… veo la magia en todas partes y la reconozco esperanzada y feliz”. Y esa felicidad se expresa en cada detalle existente en su estudio – casa (o casa – estudio, aunque al comentarlo con la pintora, expresó, “es mi mundo, un mundo compuesto por el arte que recojo en cada rincón, en cada ventana, en cada color que llena mi alma”).

Margarette Dawit ha llevado su arte a diversas partes del norte del continente, participando en la exposición denominada “Cruzando Fronteras”, de la colección “Lothar Muller”, la cual viajó a través de México y los Estados Unidos del 2001 a 2002. Pero también, fue la artista seleccionada para la bienal en el Museo “Rufino Tamayo” en la ciudad de México en agosto del 2004, y en ese mismo año, pero para el mes de octubre, fue la representante de la República de Sudáfrica en el Festival Internacional Cervantino. Sin embargo, la pintora desea participar activamente en las muestras de interior de la República.

“Normalmente, mi obra es de gran formato: la mayoría de los cuadros tiene medidas de cinco por tres metros, y me dedicó a explorar la figura humana en tonos monocromáticos. Sin embargo, recientemente he realizado paisajes guanajuatenses, a los cuales he aplicado la definición de realismo expresionista. Para mi trabajo, prefiero el acrílico o el pastel, y únicamente utilizo el óleo en dimensiones pequeñas”, nos explica mientras disfrutamos la delicia rosada y olorosa que ha puesto frente a nosotros.

Nacida en 1953 en Johannesburgo, Sudáfrica, Margarette Dawit tuvo entre sus manos, sintió en su rostro, observó a través de su mirada, y principalmente durante la infancia y juventud, el estado de opresión propio de su país de nacimiento, un país que muestra las contradicciones del género humano. En los dos ámbitos de su existencia, como ser humano y artista, Margarette plasma en su arte todo aquello que sigue presente en su alma y corazón, y que se transmite a través de los pinceles. De hecho, los personajes en los cuadros de Dawit, en aquellos de tonos monocromos, no poseen rostro, intentando dejar a un lado la particularización del dolor, del sufrimiento, y otorgando al género humano, en su totalidad, la crueldad de la que somos capaces, lo inhumanos que llegamos a ser cuando un semejante se cruza ante nuestro destino. “Viví en situaciones muy difíciles para una persona de piel blanca en Sudáfrica. En mi corazón se quedó guardada la barbarie de la que es capaz un pueblo. En mi espíritu sigue presente la bestialidad de mi raza blanca en contra de los trabajadores sudafricanos que son tratados igual o peor que animales en un rastro clandestino. En mi país se realizaron acciones tan odiosas como los campos de concentración en Alemania o la limpieza étnica en el oriente europeo. Y todo eso, por supuesto, es necesario plasmarlo para que no vuelva a ocurrir”.

Con una serie de exhibiciones montadas principalmente en el área de San Miguel de Allende, que es el lugar que la acogió (cual madre amorosa) desde hace dos décadas, Margarette Dawit ha crecido en esta tierra que hoy considera el “origen de su arte”. “No estoy en contra de nada que signifique vanguardia, pero tampoco se debe convertir en una dictadura. Si algo amo de este país es que se pierde totalmente el sentido del tiempo y estos conceptos de vanguardia y moda. Lo que quiero y necesito plasmar en mi obra es que contenga un sentimiento y un humor, una atmósfera. Para mí es simplemente una visión encontrada, un tema o un modelo, y a través de la pintura intento encontrar qué fue lo que llamó mi atención. Finalmente, no hay un razonamiento a través de la técnica o del proceso”.

Actualmente, Margarette Dawit realiza una serie de paisajes sobre la campiña guanajuatense. Al tocar el tema y comentar con el resto de nuestros comensales sobre las corrientes actuales de la pintura en el mundo, la artista plástica reconoce su existencia, pero “no me importan nada. Las corrientes van y vienen, fluctúan constantemente. Lo que hoy podría estar pasado de moda, dentro de veinte años será la vanguardia plástica. Quizá en dos décadas, el paisaje sea lo que esté de moda, lo que se imponga. No sé si este cambio en mi trabajo sea bueno para mi desarrollo profesional, pero en este momento así lo que quiero hacer”.

De hecho, el estudio – casa de Margarette Dawit podría definirse como una sala de exhibición y cada habitación, incluida la ducha, podría definirse con un adjetivo: el estudio monocromático, el jardín de los verdes, la recámara guanajuatense, la cocina polifacética, el taller de la imaginación, la sala africana (“indeleble África, inabrazable e imborrable mezcla de indefinición y culpa”, expresa con un brillo en los ojos que nos remonta a miles de kilómetros de distancia y que nos hace poner la piel de gallina). El recorrer el mundo de la pintora, de esta artista plástica ¿africana?, ¿mexicana? (mejor hagámosla propia y puntualicemos: guanajuatense), debería ser una materia obligatoria para quienes desean conocer el mundo de la plástica nativa, de la pintura guanajuatense que hoy, gracias a los trazos de esta bellísima mujer dedicada al arte, podemos contemplar; pero aún más, gracias a su cariño por este pueblo, por los niños y los jóvenes que llegan a su estudio - casa, y hacen de ella un río de risas y brincos (que desaparecen en el instante mismo de tomar el pincel), dedica gran parte de su tiempo a enseñar, transmitir y develar los secretos para vencer, domar y moldear los elementos básicos de la pintura y poder mostrarnos una nopalera, un maguey, pero también una mano, un torso… una decena de esclavos.

Margarette Dawit, una pintora mundial que rinde homenaje a nuestra tierra, a nuestro destino, a nuestra condición de ser humano.

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  Comentarios (1)
Impresionante
Escrito por gerardo sierra, el 18-06-2007 12:48
Qué perro el texto sobre esta dama. Ojalá nos pudieran hacer llegar la dirección o la forma de comunicarnos con ella para traerla a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
 
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