| El laberinto del Fauno |
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| por Gabriela Pérez | ||||||||||||
| 11 / 2006 | ||||||||||||
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Año: 2006. País de origen: España - México. Duración 112 min. Dirección: Guillermo del Toro. Intérpretes: Sergi López (Vidal), Maribel Verdú (Mercedes), Ivana Baquero (Ofelia), Álex Angulo (doctor), Ariadna Gil (Carmen), Doug Jones (fauno), César Bea (Serrano), Manuel Solo (Garcés), Roger Casamajor (Pedro). Música: Javier Navarrete. Fotografía: Guillermo Navarro.
—Si, señora, mucho gusto. —Pues yo soy la abuela de Fernando –dijo la sobria señora de ochenta años, justo antes de soltarle dos bofetadas al maestro de su nieto. – Para que aprenda usted, que al niño las cosas se le explican y no se le dice, “porque se me da la gana”. Yo, que luché por una república, sé que en el mundo las cosas así no van. Y tras decir esto, dio los buenos días y se fue. Esta historia es tan trivial como la planteada en la nueva película de Guillermo del Toro, con la diferencia de la fidelidad histórica. Seguramente por mi cercanía con el exilio español y las historias de la guerra civil, es que no encuentro particular empatía con la última hazaña de Del Toro. Me explico a continuación. Tras su incursión en la industria norteamericana, con productos tan diferentes e irregulares como Blade II o Hellboy, Guillermo del Toro regresa al cine español con una propuesta ambientada en la España de 1944. La película inicia con la llegada de Carmen y su hija Ofelia al molino en el que reside Vidal, nuevo esposo de Carmen y capitán del ejército franquista, que tiene como misión acabar con todos los rebeldes a la dictadura que aún se ocultan en las montañas. Ofelia se topa con un extraño personaje, un fauno, ser mitológico quien a cambio de superar ciertas pruebas, le ofrece transportarla a un mundo en el que será una princesa.
En El laberinto del Fauno no hay matices ni reparto de responsabilidades entre los bandos enfrentados, la resistencia y las condiciones de vida tras la guerra están tan desdibujadas que se convierte por eso en una denuncia sesgada y doctrinaria. De esta manera, un guión tendencioso en su planteamiento, necesariamente se apoya en el contraste como fuente discursiva y narrativa, y convierte la propuesta en un cuento político bajo la apariencia mágica de faunos y hadas. A pesar de estos fallos, el espectador no puede quedarse indiferente al contemplar la espléndida factura técnica de esta producción, muy por encima de lo que habitualmente nos ofrece nuestra cinematografía. Están bien logradas las transiciones de escenas y movimientos de cámara que conducen al espectador suavemente y le introducen y sacan de las dos historias; que captan la atención, aunque siempre dejen al espectador a cierta distancia, sin llegar a involucrarle del todo en lo narrado. Una película de indudable valor artístico, que sabe recrear mundos imaginarios, pero que es incapaz de abordar con ecuanimidad el pasado. Con todo, dejará satisfechos a los amantes del cómic y del cine fantástico.
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