| Un antihéroe llamado Jack Bauer |
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| por Emanuel Mordacini | ||||||||||
| 12 / 2006 | ||||||||||
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Eran los 80, otra época, otros tiempos, otra forma de ver la realidad, eran los tiempos en que Chuck Norris desaparecía en acción y caía prisionero de feroces rebeldes en alguna jungla laosiana. Eran los tiempos en que Steven Seagal desparramaba por el aire centenares de narcotraficantes latinos (sí, leyó bien, narcotraficantes latinos). Eran los tiempos en que Jean Claude Van Damme hacía lo mismo que hace ahora: Nada. Eran los tiempos en que Bruce Willis, en la piel del recio policía Jhon McClaine, se enfrentaba a pérfidos terroristas que pretendían hacer volar por los aires una rascacielos de cientos de pisos con cientos de personas adentro. Eran los 80, la década en que la aventura importaba por sobre todas las cosas, y los héroes, con sus músculos y sus portes de salvadores de la humanidad, eran los protagonistas excluyentes. Llegaron los 90 y llegó la guerra del golfo, la operación tormenta del desierto y todo lo demás. Norteamérica seguía siendo intachable y el enemigo venía ahora de los países bajos: Irak, Irán, Turquía, etc., etc., etc. El poco creíble maniqueísmo de buenos contra malos seguía estando ahí, pero nuestros héroes continuaban despanzurrando chinos y turcos y ciertos agentes del FBI estaban muy ocupados investigando sucesos paranormales como para ponerse a cuestionar cosas que, según el cine y la TV, eran incuestionables. Tanto la pantalla grande como la pequeña se vieron invadidas por extraterrestres antropófagos, dinosaurios clonados y criaturas mutantes que devoraban metrópolis enteras, y eso sin hablar de las inacabables lluvias de meteoritos que amenazaban desde el cine y la TV con destruir la vida en la tierra. Sucesos cercanos a la extinción, los llamaban. Eran los tiempos del gran espectáculo y el poco cerebro, eran los tiempos de los efectos especiales de última generación y los argumentos nulos. Resumiendo, durante décadas los héroes norteamericanos fueron casi superhéroes, potencias como el país que los vio nacer, el símbolo de los Estados Unidos ante el mundo. Pero algo sucedió. Algo hizo que los trapitos sucios de la gran potencia salieran a la luz. El 11 de septiembre de 2001 dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las torres gemelas, el World Trade Center dejaba de existir de un plumazo, una nueva era comenzaba. Estados Unidos dejó de ser la gran nación inmaculada para convertirse en un gobierno débil e inseguro que fabricó y fabrica sus propios fantasmas. Y esta nueva era necesitaba un héroe distinto, alguien que se adaptara a las reglas de juego vigentes, alguien que en pos de su supervivencia y la de su país fuera capaz de las peores bajezas, alguien que traicione si fuera necesario, que torture, que blasfeme contra sus propios jefes y entrenadores, alguien que, por su misma naturaleza, no sea un héroe sino todo lo contrario. Meses después del atentado más grande de la historia de los Estados Unidos, la cadena fox estrenaba “24”, una serie revolucionaria tanto por su formato, novedoso en la televisión, como por su manera poco conmiserativa de reflejar a la clase política estadounidense. Kiefer Sutherland encarnaba al agente especial Jack Bauer, columna vertebral de la CTU (Counter Terrorist Unit), la unidad antiterrorista, la central de inteligencia encargada de desterrar cualquier intento de ataque. En esa primer temporada el agente Bauer debía soportar el secuestro de su hija Kim mientras luchaba por desbaratar un plan para asesinar al senador David Palmer, demócrata y afroamericano. Dicho plan provenía desde las mismas fuerzas de inteligencia. O sea, el enemigo estaba dentro del mismo gobierno. La serie reflejaba la odisea de Bauer y compañía en 24 horas en tiempo real, cada capítulo representaba una hora, la temporada entera (24 capítulos) representaba el día completo. Un día interminable donde el pobre de Bauer enfrentaba toda clase de conspiraciones y acosos y a la vez luchaba contra el enemigo más implacable: sus propios fantasmas. En esa temporada inicial Bauer/Sutherland sufría la muerte de su esposa a manos de terroristas que, dicho sea de paso, contaban con ayuda del propio gobierno para llevar a cabo sus fechorías fanáticas. Y eso es justamente lo que “24” refleja; los terroristas sean rusos, chinos, latinos o árabes hacen lo que hacen movidos por la misma Norteamérica, una nación donde la corrupción se gesta en los niveles de poder más altos y terminan infectando a todos, donde la manipulación de intereses se realiza con total desparpajo e impunidad, donde los jefes de los organismos de inteligencia no tienen empacho en torturar para lograr confesiones de los sospechosos, donde el mismo Bauer no duda en traicionar sus propios principios (si es que alguna vez los tuvo) para lograr sus fines salvadores. Jack Bauer no se vendió al aparato corrupto, él es parte de ese aparato, de ese sistema podrido y enfermo, y por eso mismo es la antítesis de los héroes de antaño. Es un antihéroe. Alguien con quien todos podemos sentirnos identificados. Se acabaron los héroes de acero, se acabó la imagen pura de los Estados Unidos, se acabaron las lealtades y los apoyos absolutos, la sociedad se enfrenta a un monstruo que ella misma se encargó de crear. Y en ese reflejo descarnado del gran país del norte y de su gente, se encuentra tal vez el éxito de “24”. Sus creadores, Joel Surnow y Robert Cochran, seguramente no imaginaron que su producto se convertiría en un verdadero clásico de los tiempos que corren, teniendo en cuenta que la serie estuvo a punto de ser sacada del aire en sus primeros meses por bajo rating. “24” nos asoma a una sociedad decadente sumida en la más absoluta paranoia, una sociedad donde los valores y principios brillan por su ausencia, una sociedad donde todo el mundo espía y a la vez es espiado y donde la tecnología se encuentra al servicio de dicho espionaje, y nos plantea interrogantes temibles: ¿Estados Unidos merece lo que le está pasando? ¿Cómo enfrentar a células terroristas cuyos cabecillas fueron entrenados por las mismas fuerzas del gobierno? En la segunda temporada Bauer debía desbaratar un plan que consistía en una declaración de guerra a tres países de medio oriente usando como prueba un chip adulterado por las propias agencias de inteligencia. En la tercera, un ex compañero de Jack comanda un ataque viral a gran escala. En la cuarta, el secuestro del secretario de defensa es en realidad una fachada para un golpe aún más aterrador: el derretimiento de un puñado de plantas nucleares y un nuevo holocausto. En la quinta temporada, que acaba de finalizar, el grado de paranoia llegó a su punto más alto; es el propio presidente quien facilita a extremistas rusos la apropiación de gas nervioso Sentox que termina matando a cientos de civiles, incluidos miembros de la CTU. Y Jack Bauer, una suerte de moderno psicópata que se maneja movido tanto por su sed de venganza (nunca pudo olvidar a su esposa asesinada) como por los deberes para con su propio país, como algún periodista alguna vez lo definió, sigue estando ahí, tan humano como el más legitimo de nosotros. Su condición de agente secreto no lo excluye del sufrimiento y de la duda, es un héroe susceptible y vulnerable que mantiene un constante duelo consigo mismo, un héroe que, pese a su propia conciencia, no vacila en cortarle la mano con un hacha a su compañero o en darle un balazo en la cabeza a un miembro de la CTU (tercera temporada), o en pasarle corriente eléctrica al ex esposo de su pareja Audrey para lograr una confesión del mismo, sospechado de cooperar con terroristas (cuarta temporada). Así es Jack Bauer, torturado, conflictuado, con problemas de drogas y de corazón, un perfecto antihéroe, el símbolo de lo que Estados Unidos se encargó siempre de ocultar. En el capitulo final de la quinta temporada, Jack es secuestrado por los chinos, a cuyo cónsul asesinó en la anterior temporada. Después de hacerlo golpear brutalmente, el agente chino se arrodilla frente a un Bauer deforme y ensangrentado: “China no olvida, China tiene memoria” le dice. Jack ruega que lo maten: “máteme, sólo máteme”, a lo que el agente responde: “no Señor Bauer, usted vale demasiado para matarlo”. El barco carguero donde transcurre la escena se aleja con rumbo incierto. El reloj llegó a su último segundo. Indudablemente, Jack Bauer se lo merece. Final abierto. ¿Cómo seguirá la historia del último icono de la televisión estadounidense? Habrá que esperar a la próxima temporada, o al próximo día.
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Los héroes parecen haber cambiado al compás de los tiempos. En la década del 80 las pantallas de cine se vieron invadidas por inmensos hombretones llenos de furia y músculos que no vacilaban en despacharse a ejércitos enteros con el fin de mantener limpia a la hermosa Norteamérica, la inmaculada y moral Norteamérica. Eran los tiempos en que gente como Silvester Stallone o Arnold Schwarzenegger daban sus primeros pasos e inauguraban un icono dentro del cine de acción: el gran héroe americano (the great american hero). En 1985, cuando se estrenó la primera parte de Rambo (tuvo dos secuelas) todavía palpitaban las heridas dejadas por Vietnam; Jhon Rambo, en la piel de un terso Stallone, era una veterano de guerra, ex boina verde, que a causa de un complot que incluía una acusación falsa de asesinato en su contra terminaba transformándose en una perfecta máquina de matar y librando su propia batalla en medio de las montañas rocallosas. Él solito liquidaba a todos sus perseguidores usando los métodos de combate y supervivencia más estrafalarios. Claro, durante la guerra tuvo que vérselas con los malditos viet-congs, y se sabe que los malditos viet-congs, u ojos rasgados, o perros amarillos, o como quiera llamárselos (mejor dicho, como los norteamericanos nos enseñaron a llamarlos) eran sádicos, perversos, inhumanos y asesinos. Una amenaza inadmisible para la gran potencia, el inmaculado país del norte, los Estados Unidos, la nación cuna de la libertad y de la paz. Gracias al cielo había gente como Jhon Rambo para poner las cosas en su lugar. Sea cual fuere el conflicto en cuestión, la reputación del gobierno estadounidense permanecía intachable. Ellos eran los buenos, los demás (vietnamitas, chinos, rusos, checoslovacos, ¿marcianos?) eran los malos, los enemigos de la libertad. Y el cine y la televisión se encargaron de demostrarlo, o al menos lo intentaron. Tanto maniqueísmo debía ocultar algo, pero todos nosotros estábamos muy ocupados admirando a Stallone como para darnos cuenta del engaño. Pobre Stallone, él no tuvo la culpa. Ese mismo año Swhwarzenegger daba vida a un androide que viajaba a través del tiempo para asesinar a una tal Sarah Connor: Nacía Terminator.

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