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Caperucita Feroz Imprimir E-Mail
por Carlos Rengifo   
01 / 2007

cuentoCARLOS RENGIFO: Narrador limeño, estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Martín de Porres, de Lima, Perú. Es autor de los libros de cuentos El puente de las libélulas (1996), Criaturas de la sombra (1998), de la novela La morada del hastío (2001) y de las glosas Prosas impúdicas (2005).

El autor nos ofrece un cuento para Palabras Malditas, y como su título lo señala, salda cuentas que la ficción dejó pendientes desde su perspectiva. Transformar las historias, recontándolas, es hoy, una nueva forma de narrar y descubrir las motivaciones del ser humano. Esperamos sus opiniones.


 

           Convenía tener limpia la casa, levantarse temprano, no llegar pasadas las diez de la noche. El cuarto en el que habitaban era pequeño, pero entraba la luz lo suficiente como para verse las caras. Ella se adelantaba con las tazas de té y servía; la abuela la dejaba hacer observándola desde un rincón. Aplastada en la cama, simplemente dirigía los movimientos. Que se hiciera la loca, no era problema de nadie. Al fin y al cabo estaba en su derecho. Las manos frágiles que alguna vez le sirvieron para lavar ropa y manipular ollas ajenas, ahora tenían otro propósito: acopiar mercancía. Y solía hacerlo todos los viernes por la mañana, apenas abría los ojos, sorbiendo el té caliente que ella le alcanzaba.

            —Esto se lo llevas al Manotas —dijo, una vez armado el paquete con los envoltorios que ocultaba debajo del colchón.

            —Será por la tarde, porque ahorita me voy con la China a la playa —dijo ella.

            —¡No me jodas! —estalló la abuela—. Primero haz el mandado y después te puedes ir a la mierda si quieres.

            —Pero tú me dijiste... —se quejó ella.

            —¡Nada! Necesito ese billete al toque —la abuela escupió hacia un costado—. Ni que te fueras a la punta del cerro, carajo.

            Ella sabía que era inútil discutir, de modo que cogió el paquete y, antes de ir donde el Manotas, fue a buscar a la China. Eran uña y mugre, las únicas que compartían enamorado en sexto grado de primaria. En vez de tocar, le silbó bajo su ventana. La China apareció con el cabello alborotado.

—Estamos piñas —dijo ella—. Mi abuela de mierda quiere que le haga ahorita su recado, así que iremos a bañarnos más tarde.

—Okey, pasas por mí —dijo la China.

Ella asintió. La abuela siempre le malograba los planes. Emprendió la marcha sin muchas ganas, internándose en un pasaje que desembocaba en el conjunto de casas que iniciaba el verdadero camino hacia la vivienda del Manotas. Era buen cliente, pagaba sin chistar, no se hacía problemas porque sabía que en los colegios del barrio duplicaría su inversión. Para hacer más entretenido el trayecto, ella cogió al vuelo una tonada de Héctor Lavoe y fue cantando en su interior mientras atravesaba el vecindario. Se entretuvo con los perros desnutridos que le salían al paso, con los letreros de ofertas colgados en tienduchas y quioscos; a mitad del recorrido, sintió que alguien la seguía; un tramo más allá, el negro Cortijo se le acercó.

—¿Y tu abuela?

—En mi casa.

—¿Y qué haces por acá?

—Vagando.

—Vas donde el Manotas, ¿no?

—Sí.

—Dile de mi parte a ese huevón que me pague lo que me debe.

—Dígaselo usted; no soy su recadera.

El negro Cortijo la zarandeó.

—Mocosa de mierda, no te hagas la pendeja conmigo, ¿ah?

Ella sabía de sus mañas, de sus tropelías; cada vez que lo veía por la calle, se mantenía a buen recaudo. Estaba consciente de lo que era capaz, de lo que le había hecho a la China, por eso lo detestaba, le guardaba rencor.

—Aunque, ahora que lo pienso, me has dado una buena idea —dijo el negro Cortijo, soltándola.

Ella se tocó el brazo adolorido y continuó andando. Menos mal que tenía el paquete bien oculto, porque de lo contrario seguramente el negro Cortijo se lo hubiera quitado. Avanzó otro largo trecho, cruzó calles sin pavimentar, subió una pequeña pendiente, rebasó quioscos, talleres, una tapicería. Al término de un cementerio de ómnibus herrumbrosos, se metió por un callejón que conducía finalmente a la casa del Manotas. Tocó la puerta de calamina; nadie respondió. Cuando iba a tocar de nuevo, el negro Cortijo le abrió y, ante su sorpresa, la metió a empellones dentro de la vivienda.

—Bien, haz tu entrega —dijo.

Ella vio a su alrededor y notó un desorden excesivo, fuera de lo común.

—¿Y el Manotas?

—Salió; me ha encargado que reciba su pedido.

—No es cierto —dijo ella—. ¿Dónde está?

—Será mejor que me des el paquete de una vez... —el negro Cortijo comenzó a impacientarse.

—No, quiero ver al Manotas —dijo ella.

—¡El paquete, carajo!

Ella siguió negando con la cabeza, hasta que el negro Cortijo se le fue encima. Empezó a palparla, a meter su mano bajo la vestimenta, en busca del ansiado paquete. Cuando lo encontró, sonrió satisfecho, mirándolo por ambos lados, sopesándolo, y sin soltar a la mensajera.

—Ahí lo tiene, ¿no? Ahora suélteme —dijo ella.

Pero el negro Cortijo no la soltó. Estaban tan pegados, sentía tan cerca el calor de su cuerpo, que se arrebató. A la fuerza, la volteó, le bajó las prendas de un solo tirón y la redujo sin piedad, babeándole al oído mientras ella chillaba con desesperación, aterrada con lo que estaba pasando. Un miedo infinito la colmó en aquel momento, sollozando por el terrible peso que la lastimaba; sin embargo, aun estando así sometida, la idea de luchar, de acumular valor y energía, no se apartó de su mente. De modo que cuando él aflojó un poco y descuidó la presión sobre los brazos entumecidos, ella, que había estado viendo qué objeto contundente tenía al alcance de la mano, cogió la plancha arrumbada entre cachivaches y, de un certero golpe de media vuelta, la estampó en la cabeza del negro Cortijo. Como si un rayo le hubiera caído del cielo, éste no tuvo tiempo de reaccionar, ni siquiera de saber qué pasaba, yendo a parar de bruces, los ojos en blanco, contra el piso. Ella entonces comenzó a gritar, a tocarse nerviosamente el cuerpo. Corrió hacia la cocina, volvió con un cuchillo, miró al hombre tirado boca arriba con la bragueta abierta y, sin vacilación alguna, le cercenó el pene. La sangre que brotó con el primer corte no la amilanó en absoluto; al contrario, le infundió más valor para seguir adelante. Luego bajó sus pantalones, le dio vuelta y, mientras lo insultaba, mientras lo escupía y lo pateaba sin cesar, fue introduciendo un palo de escoba entre sus piernas.

—Esto es por mí y por la China —dijo.

No podía saber con certeza si la oía, pero tampoco le importó. Antes de abandonar la vivienda, recogió el paquete, se arregló la ropa y birló aun el dinero hurtado que el negro Cortijo tenía en los bolsillos.

 

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  Comentarios (6)
Sta Muy weno el Cuento
Escrito por Jozue Velazquez Gonzalez, el 04-10-2007 21:42
verda de dios q esta bn chingon el cuento, pero ps como q te quedas re bn pikado como q con ganas de seguir leyendo 
la trama esta muy buena.. 
solo espero q se realize la segunda parte 
Kavronez!
quiero mas!
Escrito por leticia, el 31-03-2007 16:38
me hubiera gustado que se alargara mas este cuento, tiene muy buena trama te deja picado. espero la segunda parte :)
Escrito por leo, el 17-01-2007 17:27
hola a todos me gusto el cuento,hay pocas cosas que me hacen desconectarme del mundo estos 5 minutos q pase leyendo el cuento lo hize x lo tanto esta muy bueno
Me dejo una duda...
Escrito por Diego, el 17-01-2007 14:43
Y el Manotas??? :?
Escrito por Jose R. Hernandez., el 12-01-2007 15:43
Anecdota interesante pero me resulta dificil ver cual es el proposito del autor ?que fue lo que quiso decir? ?que cuando violes a una nina debes tener cuidado de que esta no tome una plancha y te golpee para luego cortarte el pene? o quizas de que cuando hagas de mandadera tengas cuidado de que no te roben la droga que traes? la neta no entendi el cuento. :?
Re bien!!!
Escrito por Miguel González Sandria, el 10-01-2007 11:49
Muy buen cuento el recién leído. No se distrae uno en otra cosa, y aún sin escribirlo, el texto nos indica detalles no explicitos.
 
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