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Los sabores de Ariadna Imprimir E-Mail
por Emanuel Mordacini   
01 / 2007

Siempre me consideré un Don Nadie, un perdedor en el más puro sentido de la palabra. Mi existencia transcurría sin mayores sobresaltos que los que podía llegar a acarrear mi aburrido trabajo de cocinero en ese restaurante italiano de mala muerte, uno de esos locales gastronómicos hediondos de salsas avinagradas y condimentos deshidratados donde gordos inconmensurables pertenecientes a familias italianas venidas a menos se sientan a atragantarse de vino tinto y spaghetti. Era ese mi bunker. Allí, en la modesta cocina de ese restaurante de reputación dudosa, erigí mi pequeño imperio, un imperio hecho de los aromas y sabores más diversos, desde el refinado olor del tomate fresco hasta el sabor picante de los granos de pimienta recién molidos, desde la fragancia aguardentosa del aceite con especias bullendo bajo el fuego hasta el sabor cálido e irresistible de  las salsas napolitanas recién hechas y listas para consumir, desde la dulzura almibarada de las frutas de estación con las que hacía los postres hasta el reconfortante y aromático vapor de las tazas de café.  Todos esos aromas y sabores que inundaban la pequeña cocina donde yo, todos los días y noches sin excepción, me entregaba a mis quehaceres culinarios, constituían para mí un universo tan íntimo y personal como lo es el olor a pólvora entre los miembros de un batallón o el vaho etílico del alcohol y los medicamentos entre el personal de un sanatorio. Eran parte de mí simplemente porque convivía con ellos, porque hacían a mi trabajo. Trabajo que, dicho sea de paso, no generaba en mi ninguna pasión demasiado extraordinaria; a decir verdad, lo hacía por simple y pura inercia, por no haber encontrado nada mejor ni servir para otra cosa y, principalmente, porque Johnny Gambino, el mafioso dueño del local, me pagaba bien. Muy bien. Demasiado bien.

Era ese mi pequeño mundo, tan estrecho como los esfínteres de una quinceañera; esa diminuta cocina y el monótono menú con que recibía a los comensales, en su mayoría compañeros y familiares de Gambino, tanto o más mafiosos que él, delincuentes en estado puro, una famiglia de cabotaje sobreviviendo de los vestigios de sus glorias pasadas. Pero famiglia al fin.

Era ese mi mundo, diminuto, sin mayores trascendencias y matices, y la cocina era sólo el instrumento con el que me ganaba la vida. Sólo eso y nada más.

Hasta que conocí a Ariadna.

Era un soleado mediodía de enero. Yo estaba cocinando un suculento plato de spaghetti de espinaca con salsa putanesca cuando la voluminosa humanidad de Gambino (era gordo, muy gordo) se presentó ante mi como una foca inmensa y repelente. Se trataba de un tipo desagradable no sólo en el aspecto físico; su propio modo de actuar remitía a sus orígenes sicilianos, ostentaba esa impresentable prepotencia común en los jefes de familia de antaño, los buenos modales parecían no existir en él, daba la terrible sensación de estar en todo momento a punto de hacerte moler a golpes. Allí, en la precaria soledad de esa cocina, recortado en el humo aromático emanado por las ollas y las sartenes, Don Gambino brindaba ante mis ojos un espectáculo ciertamente grotesco, casi atemorizante. Se inclinó sobre el recipiente rectangular donde los fideos relucían tentadores en su salsa y aspiró el aroma picante y penetrante de los condimentos. Entonces, sólo entonces, tal vez conmovido por el deleitoso aspecto de la comida que reposaba frente a sus ojos, Don Gambino pareció ablandarse, y una indescriptible luz de apetito y ternura le encendió las pupilas.

- Henry -me dijo mientras pasaba un dedo por la salsa-, esta noche tenemos visitas… ¿alguien te lo ha comentado?..

- No, nadie me dijo nada -contesté no sin cierto resquemor.

- Tenemos visitas Henry, visitas importantes, mi hija Ariadna viene a verme, a estar con la familia después de años, y quiero homenajearla, quiero que este restaurante la reciba como se merece; con todos los honores, y te necesito a ti para eso…

- No sabía que tenía una hija-dije, arrepintiéndome en el acto.

Efectivamente, nunca en mis años de trabajo para el clan Gambino se me había cruzado por la cabeza la idea de que Johnny, ese gordo hosco y temible, pudiera tener una hija. Una hija nada menos, un retoño de su propio ser, una astilla de su mismo palo, sangre de su propia sangre. Una hija que, considerando las generosas anatomías de Gambino y de su difunta esposa, debía ser dueña de una saludable y antiestética obesidad; esa hija tenía que ser, no cabía duda, una gorda asquerosa como lo eran sus padres. Todos esos pensamientos (que en ese momento yo consideré ciertos o a lo sumo posibles) abarrotaron mi cerebro en el preciso instante en que mi patrón, Johnny Gambino, me comunicaba la buena nueva.

- Sí, tengo una hija -replicó mirándome inquisitivamente. Abandonó New York hace años por razones que no son de tu incumbencia, se radicó en Roma por un tiempo y ahora regresa, regresa para siempre, para honrar a la familia, y quiero que tú Henry, quiero que tú cocines algo especial esta noche, olvídate de esos spaghetti con salsa y de esos flanes de leche ¡olvídate! Quiero que nos agasajes con verdadera cocina italiana.

- Perfecto, haré lo posible-contesté.

- Ahora debo ir al aeropuerto, llega dentro de una hora, no almorzaré hoy Henry, igual, de más está decirlo, los chicos tienen un gran y buen apetito, así que los dejo a tus servicios.

- Perfecto…

- Acuérdate Henry, acuérdate… esta noche… esta noche -balbuceó Johnny Gambino mientras daba media vuelta y, acto seguido, desaparecía por la estrecha puerta que comunicaba al comedor.

Los “chicos” a los que se refería eran sus sobrinos, unos matoncitos de poca monta que se dedicaban a patrullar el barrio y a quebrarle los huesos a los morosos cada vez que el “Don” lo requería. Cosas de familia. Cosas de gángsters. Y Ariadna, una Ariadna que yo aún desconocía, a punto de aparecer en la noche.

Después de servir a los “chicos”, después de que estos comieran los spaghetti y tomaran abundante vino tinto, después de lavar los platos, juntar las colillas de cigarrillos y limpiar el piso, me dispuse a pensar en el plato de la noche. Tenía que ser algo especial, sabroso, suculento y sobre todo cien por ciento italiano. Algo que respetara las raíces de la familia. Entonces, luego de una infructuosa búsqueda de posibilidades que incluían aspectos inimaginables de la cocina italiana, entonces, después de estudiar recetas antiquísimas y desecharlas por considerarlas demasiado parciales, entonces, después de desempolvar decenas de libros específicos del arte culinario mediterráneo, entonces, luego de maldecir y blasfemar contra el puto de Gambino y toda su jodida familia y todas sus jodidas raíces sicilianas, entonces, sólo entonces, determiné el menú correspondiente:

 

  • Entrada:              Tagliolinis negros con mejillones.
  • Plato principal:   Carpaccio de lomo a las finas hierbas.
  • Postre:                Cassata italiana.
  • Bebida:               Vino tinto en abundancia.      

 

Una vez determinado el menú, debía buscar y seleccionar los ingredientes. Me costó mucho trabajo hacerlo, ya que me propuse elegir sólo aquellos que denotaran una pureza y una sanidad máxima. Un mínimo raspón en un tomate o una leve sequedad en una hoja de perejil bastaban para abandonarlos a un costado. La comida que habría de engullir Ariadna Gambino tenía que ser sublime, perfecta, hecha con ingredientes inmaculados, de calidad suprema. Y así sucedió. Seleccioné los mismos con una severidad psicopática. Nada, absolutamente nada quedó librado al azar. La comida de esa noche tenía que ser ni más ni menos que antológica. Compré el lomo más rosado y joven que había en el mercado, elegí las hierbas más verdes y aromáticas, corté los jamones más blandos y noveles, seleccioné los tomates más rojos y sanguíneos, palpé y guardé las frutas más duras y a punto, tamicé las harinas más blancas y libres de impurezas, olí y pesé los frutos de mar más frescos y salados, me aseguré que ninguna mancha, ningún hedor inoportuno, ninguna anomalía de ningún tipo empañara la cena de ese día, el día en que Ariadna, la hija de mi patrón, el dueño del restaurante italiano con sede en Brooklyn en el que yo trabajaba desde hacía diez años, regresaba al nido después de un largo, largísimo periodo de tiempo.

Pasé toda la jodida tarde en los preparativos de esa cena magnánima, y, mientras lo hacía, me sorprendí al notar el inusitado ahínco con que realizaba el trabajo, el minucioso celo con que mezclaba los ingredientes. El penetrante y herbáceo aroma de los caldos que bullían bajo las hornallas tenían para mi en ese momento un significado distinto; su esencia era otra. Pasaban las horas y esa cocina ordinaria y diminuta adquiría una tonalidad diferente, subyugante. Los olores de la comida en su proceso de cocción se asemejaban a las fragancias místicas que invaden la caverna de un mago; lo que yo hacía en se preciso momento era justamente eso: magia culinaria, alquimia hecha de caldo y especias, de carne cociéndose al fuego y frutas rehogándose en su almíbar.

Así, trabajando incansablemente, cocinando, pelando, limpiando, salpimentando y volviendo a cocinar, así acabé la tarde. Y así llegó la noche, la gran noche.

Llegado a este punto vale hacer un breve comentario sobre la ausencia y posterior regreso de Ariadna Gambino. Parece que la chica, llegada a la mayoría de edad (esto es a los 18 años) decidió irse por unas pocas semanas a Roma por motivos educativos (se le había ocurrido estudiar arte) y ese viaje a la capital de Italia hacía las veces de un pequeño raid de enseñanza, un contacto de semanas con todo aquello que alguna vez habría de estudiar en la Escuela de arte de New York; pues bien, el viaje terminó prolongándose más de lo previsto y la muchacha se quedó en Roma casi por diez años ¡diez años! Y ahora regresaba, y yo, justamente yo, un mísero cocinerito a sueldo del mafioso de su padre, debía cocinarle. Y así lo hice.

Eran poco menos de las nueve de la noche. Los callejones del barrio resplandecían mortuoriamente bajo la luna inmensa e ilícita de Brooklyn. Una luna hecha de crímenes y secretos, de guerras de pandillas y entierros clandestinos. Todo en el restaurante estaba celosamente dispuesto por mí, todo estaba en su justo lugar, ningún detalle fue librado al azar: la mesa amplia y rectangular con su mantel blanco con cuadros azules, los platos distribuidos simétricamente con sus respectivos cubiertos y vasos, la jarra de vino tinto adornando el centro de la mesa, los panes en sendos cestos de mimbre, y en el lugar correspondiente a Ariadna Gambino, un sutil florerito con una rosa roja. Junto a ella estaba la silla reservada a su padre. Yo, con el lomo en su punto justo de cocción y los postres esperando en la cocina que, dicho sea de paso, denotaba una pulcritud inédita.

Escuché ruidos de motores y me asomé a la ventanilla que daba al gran comedor. Era, efectivamente, el sonido del automóvil de Johnny Gambino. Me apoyé sobre la ventanilla esperando a que la puerta de entrada se abriera e ingresaran mi patrón y su desconocida hija, la persona que llevaba en sus genes la simiente criminal de la famiglia Gambino. Se escuchó un chirrido seco de bisagras sin aceitar e inmediatamente después  la puerta se abrió.

Entones la vi por primera vez. La pesada e inconmensurable humanidad de Johnny entró primero precedida por su típica prepotencia siciliana, detrás de él venía su hija Ariadna. ¿Obesa saludable y antiestética? ¿Gorda asquerosa reflejo digno de sus abominables progenitores? Yo mismo no creí haber pensado eso momentos antes. La que ahora caminaba hacia la mesa que yo había dispuesto era una mujer de una belleza devoradora, indescriptible, mortal. Una belleza de un exotismo tal que se diría de descendencia gitana y no siciliana. Una mujer cuyo erotismo incendiaba todo a su alrededor y reducía a cenizas la abominable presencia de su padre. Allí, frente a la ventanilla en la que yo estaba apoyado, venía Ariadna Gambino con un vestido negro que apenas le tapaba los muslos, firmes y tersos como salidos de la imaginación de algún historietista pornógrafo. Allí estaba con su pelo negro y lacio hasta pasados los hombros, con su piel blanca y resplandeciente, con sus senos enormes y redondos apretados bajo el escote, con sus pezones marcados en la tela del vestido, con sus caderas curvas al extremo contoneándose con alevosía, con sus nalgas carnosas y prominentes de musa erótica, con su cintura estrecha de avispa. Toda ella era un monumento, un vendaval, una exhibición de femineidad explícita y despiadada. Y yo, casi sin darme cuenta, caí rendido. Rendido como un imbécil. Intentando disimular mi inquietud tomé entre mis manos la bandeja con los platos de entrada; los tagliolinis negros con mejillones, y me encaminé al comedor para servir a los comensales, quienes se encontraban ya ubicados en sus sillas. Dichos comensales eran tres: Johnny Gambino, su hermana Mónica y Ariadna, la inigualable Ariadna. Caminé hacia ellos con una insoportable tensión nerviosa oprimiéndome el pecho y el corazón a punto de explotarme en la caja toráxica. Deposité los platos en la mesa y, al inclinarme sobre la silla de Ariadna para ofrecerle la comida, pude ver su rostro más claramente. Era una cara tersa y exótica, a la vez mansa y apasionada, con unos inolvidables labios gruesos y lujuriosos, de una humedad perenne, y unos enormes e inquietantes ojos gris verdosos, gélidos como una brisa polar. Y yo, quizás premonitoriamente, creí ver reflejada en esos ojos mi propia caída.

La cena dio comienzo. El aroma acre y especiado de los mejillones flotaba en el aire llevado por el humo aldente de los tagliolinis, y esa fragancia picante de aceites y vinagres se mezclaba con el perfume delicadamente frutal de Ariadna, un perfume traído de algún recóndito rincón de Roma que ahora brindaba un encanto nuevo a ese oscuro rincón neoyorquino. Johnny Gambino y su hermana hablaban estupideces, desvariaban sobre su basura italiana y mafiosa mientras deglutían los platos de entrada. Y Ariadna… Ariadna sólo comía y me miraba. ¡Sí! Me miraba con esos ojos que eran dagas de hielo, y con una contorsión sublime llevaba el tenedor a la boca (¡que boca!) y comía, comía, comía como si estuviera llevando a cabo alguna refinada labor amatoria, comía y su rostro pálido y lascivo mostraba una mueca de placer inconfundible, un gozo casi sexual. Pasó la entrada y llegó el plato principal; el lomo a las finas hierbas, y el éxtasis digestivo de Ariadna se tornó más alevoso, lindante a la indecencia. Comía y sus tetas parecían inflarse y querer reventar el escote, comía y cruzaba las piernas con movimientos pornográficos, cortaba un trozo de lomo, lo pinchaba con el tenedor, lo llevaba a la boca y me miraba… ¡Sí! Me miraba. Y entonces supe que debía conquistarla, y supe como hacerlo. Pasó el lomo y, después de un breve intervalo, llegó el postre; la cassata italiana. Fue con ese postre helado y multifrutal que la cena llegó a su clímax, el aroma avinagrado y especiado de los dos platos anteriores había desaparecido y ahora los olores eran otros: Frutillas, kiwis, bananas, naranjas y duraznos confluían en una aromática sinfonía frutal. Y Ariadna comía, comía como una puta, tragaba los bocados de cassata y sus ojos se iluminaban y su cuerpo explotaba y se frotaba contra el borde de la mesa. Imperceptibles líneas de helado derretido chorreaban por sus comisuras como pequeñas máculas seminales. Y el éxtasis de Ariadna llegó con el fin de la cena, los ingredientes conjugados en los diferentes platos la fueron llevando a un inusitado clímax culinario; un orgasmo digestivo de proporciones dantescas. Y ella siguió mirándome. Aunque costara creerlo ella siguió mirándome. La cena había dado resultado.

Durante la sobremesa posterior al banquete, mientras Gambino y su hermana Mónica se abocaban a sus acostumbradas habladurías gansteriles,  Ariadna se acercó a la cocina  mientras yo lavaba los platos. Sentí su presencia vigilándome las espaldas e inmediatamente abandoné mis quehaceres. Su perfume me invadió como un fantasma.

- ¿Eres Henry no? -me preguntó, su voz era como una erupción volcánica- mi padre me comentó recién acerca de ti, felicitaciones, la cena estuvo excelente…

- Gracias, tu padre la ordenó especialmente -contesté nervioso y a la vez demasiado confiado.

- Me comentó también que eres el cocinero del restaurante desde hace diez años, es admirable que una persona joven como tú  mantenga las raíces intactas ¿eres italiano?

- Medio italiano… y casi tengo tu misma edad, y apostaría que viviste muchas más cosas que yo en el mismo período de tiempo, la humilde cena de hoy de seguro pierde ante los manjares de Roma… ¿O no?

- No creas, es algo relativo, no interesan tanto los lugares geográficos como la mano de obra, no interesan tanto las ciudades sino los cocineros, y tú eres muy buen cocinero Henry… Muy buen cocinero…

Ariadna caminó hasta casi chocarme, se inclinó levemente y rozó sus senos contra mi brazo derecho.

- ¿Volverías a cocinarme Henry? -susurró descaradamente acercando sus labios a mi oreja.

Así lo hice. A partir de esa noche me aboqué por completo a la creación de nuevas recetas que me permitieran ganar el corazón y el cuerpo de Ariadna. Ese corazón misterioso como un bosque impenetrable y ese cuerpo perfecto y voluptuoso que ella usaba con impertinencia.

Experimenté con todos los aromas y sabores de la gran cocina italiana. Llevé a cabo todas las combinaciones posibles de condimentos, especias, aderezos. Bosquejé recetas extrañas, complejas, seductoras. La pequeña cocina de ese restaurante se convirtió en mi laboratorio, el lugar recóndito y secreto donde realizaba mi alquimia culinaria. Y esa alquimia perseguía un sólo propósito, único e ineludible: lograr los favores de Ariadna, conquistarla y al fin poseerla, engullirla como si fuera una comida más. En los días y noches subsiguientes a esa primera cena Ariadna siguió concurriendo al restaurante, primero en compañía de su gordo padre, luego sola. Y era entonces cuando yo acometía. Con mis comidas raras y afrodisíacas llenaba los vacíos innombrables de su cuerpo y, sobre todo, de su alma. Y Ariadna comía, deglutía los canelloni con salsa blanca que yo le preparaba y se deshacía en miradas ardientes y en gemidos húmedos. Untaba las tostadas de auténtico pan italiano con mayonesa aromada al romero y frotaba sus pezones contra la cornisa de la mesa, totalmente ajena a las miradas de las demás personas que estaban en las mesas lindantes. Chupaba las cucharas repletas de helado de sambayón y se pasaba la lengua por los labios, humedeciéndolos con crema derretida. Y las tazas de café, las aromáticas y bullentes tazas de café que le servía al término de cada comilona eran como cigarrillos después de la culminación de un acto sexual.

Así, con comidas mediterráneas ideadas exclusivamente por mí, así me la fui ganando. Y así me fui ganando, progresivamente, el odio de su padre.

Luego de una o dos semanas Ariadna era mía casi en su totalidad. Lo que más deseaba ella (yo lo sabía) era estar en el restaurante a la espera de un desayuno, un almuerzo o una cena preparados por mi, y lo que más deseaba yo era preparárselos. Pude de esa manera simbiotizarme completamente con los frutos de la cocina y, mediante ellos, reconocer el cuerpo de Ariadna. Los duraznos tersos y suaves se me hacían sus pechos, los cuales sin lugar a dudas poseían la misma suavidad al tacto que aquellas frutas. Las almendras tiesas y duras con las que solía acompañar las salsas y postres eran sus pezones, ya que exactamente así debían sentirse los mismos. Los mariscos y pescados frescos tenían la humedad y el sabor de su sexo, el cual debía poseer ese sabor y esa humedad exactos. Y ese mismo olor, que es el olor marino y avinagrado del sexo de cualquier mujer. De esa manera, en esa cocina, fui armando los olores y los sabores de Ariadna. Mientras tanto su padre, notando el alejamiento tanto físico como mental de su única hija, se persignaba y maldecía contra mí. Se sentía burlado, despechado en su sólida base italiana. Ni la policía, ni las bandas rivales, ni el FBI lo habían molestado de esa manera, metiéndose nada menos que con su hija. Y, ciego de odio, Johnny Gambino actuó en consecuencia.

Mi encuentro íntimo con Ariadna se produjo una cálida noche de domingo, a más de un mes de haberla conocido, y esa misma noche pagamos nuestra osadía a manos de su terrible padre. La medianoche estaba quemando sus primeros minutos y el restaurante se encontraba casi vacío, con excepción de un imbécil  que luchaba por terminar su octavo caso de whisky y que, luego de levantarse de su silla, tropezar, caer al suelo, maldecir al aire, levantarse y volver a tropezar, terminó también por retirarse. Ariadna, sentada en su mesa de todos los días, había terminado de darse una de esas comilonas lujuriosas a las que yo la tenía acostumbrada. Estaba sencillamente deslumbrante, derrochando sexo y belleza por cada curva de su cuerpo. Tenía puesto un delicado vestido rosa deliberadamente escotado cuya falda le caía hasta los tobillos, el cabello rebelde, voluminoso y salvaje y los labios rojos. Una autentica dama siciliana de las épocas doradas. No hubo preámbulo alguno, y si lo hubo sinceramente no lo recuerdo, sólo recuerdo que Ariadna tumbó la taza vacía de café al piso, se paró y con un contoneo descarado se dirigió a la cocina, donde yo me encontraba observándola embelesado. Caminaba hacia mí con el paso desaforado que tienen las ninfómanas. Entró a la cocina, se abalanzó sobre mí y nos besamos, nos besamos por primera vez, nos besamos como dos amantes furibundos, nos besamos y nuestros labios fueron uno, nuestras lenguas fueron una, nuestra saliva fue una, nuestros pechos fueron uno. Pasé mis manos por debajo de su falda y le acaricié los glúteos firmes, carnosos, apenas contenidos por una prenda íntima que resultaba insuficiente. Los utensilios culinarios tintineaban encima de nuestros cuerpos como improvisadas campanillas nupciales. Iba a cogerla, iba a poseerla allí mismo, como antes lo había hecho a través de mis sofisticados platos. Sí, iba a cogerla. Me resbalé en el piso manchado de aceite de oliva y caí pesadamente en un estrépito de ollas y sartenes. Ariadna se quitó la bombacha a los apurones y se sentó a horcajadas encima mío. Los azulejos duros y sucios despedían vahos repelentes y masturbatorios. Me abrí la bragueta entre jadeos impetuosos y Ariadna se ocupó del resto; me tomó entre sus manos y me obligó a penetrarla allí mismo, en medio de gemidos y hornallas, de humedades bajas y hortalizas frescas, de caldos tibios y aromáticos y transpiraciones ardientes. Cabalgando sobre mi cintura, aprisionándome con sus muslos despiadados y contundentes, Ariadna se encaminaba a un clímax definitivo; se deslizó el escote y se apretó las tetas con un grito gutural que fue su orgasmo y que fue el mío, un espasmo desgarrador que olía a vinagre, canela y albahaca. Luego se dejó caer sobre mi pecho y nuestras bocas volvieron a encontrarse.

La madrugada nos sorprendió abrazados, acostados en el suelo de la cocina. Yo estaba con la cabeza apoyada sobre un bulto hecho de delantales y Ariadna, con su cabeza en mi pecho, cubría cada tanto mis labios con los suyos. Sus ojos gris verdosos irradiaban destellos fosforescentes, como hipnóticos fuegos fatuos.

 - ¿Fui demasiado violenta? -me preguntó mientras besaba mi cuello.

- Fuimos ambos demasiado violentos -respondí mientras le apretaba un pezón.

- ¿Qué haremos ahora Henry?...

- No lo sé… mejor no lo pensemos Ariadna, mejor no lo pensemos…

Volvimos a besarnos,  y sus labios tenían un sabor entre dulce y agrio, un sabor que era como un reflujo de todas las comidas que yo le había preparado. Entonces la magia se desvaneció, y el erotismo del momento se astilló en mil pedazos como un trozo de madera bajo una prensa neumática. La puerta de entrada al restaurante se abrió con un chirrido sordo y Johnny Gambino apareció acompañado de sus tres sobrinos. Me levanté rápidamente con un sobresalto de terror; Ariadna se acomodó las tetas en el escote, se puso la bombacha y, sin siquiera mirarme, presa de una angustia y un miedo perfectamente palpables, corrió al encuentro de su padre.

- ¡Papá! ¡por favor no lo hagas! -gritó al borde del llanto.

- Aléjate Ariadna, tengo un asunto que arreglar con Henry -contestó Gambino, colorado de ira.

- ¡Papá! ¡papá! ¡por favor! -chilló Ariadna, ya completamente presa del llanto.

Quiso abalanzarse sobre su padre, pero dos sobrinos la agarraron de los brazos; el tercer sobrino y el mismísimo Johnny se acercaron a mí, que me encontraba parado en medio de la cocina, dispuesto a aceptar lo que viniera.

Gambino se detuvo y me miró fijamente; sus ojos eran como revólveres cargados a punto de disparar.

- ¿En que pensabas Henry? ¿Creíste que podías acostarte con mi hija y salir ileso? ¿Pensaste que te burlarías de la familia y te saldrías con la tuya? Yo te di trabajo, te di mi protección, mi apoyo incondicional ¿Y así me pagas, cogiéndote a mi única hija? No Henry; vas a recibir tu merecido, no te mataré pero me aseguraré de que esto te sirva de ejemplo, en cierto modo todo es culpa mía por haberte encargado esa cena, esa maldita cena, esa puta y podrida cena…

El tercer sobrino me tomó por detrás y sostuvo mis brazos anudados en mi espalda, los otros dos aferraban fuertemente a Ariadna, que se sacudía convulsivamente entre gritos y llantos. Gambino comenzó a golpearme, sus puños eran como bombas sobre mis huesos tullidos;  primero mi estomago, luego mis piernas, luego mi rostro. Una saeta de sangre voló de mi boca en el momento en que el pesado puño de Johnny impactó de lleno contra mi cara, haciéndome saltar pedazos de dientes. Me golpeó hasta transformarme en una máscara de huesos y magulladuras, me golpeó hasta saciarse, hasta que las salpicaduras viscosas y plasmáticas de mi propia sangre tapizaron su pesada humanidad y mancharon el delicado mobiliario de la cocina. Luego de golpearme como a un desgraciado por más de diez minutos, el sobrino me soltó y yo caí como un pájaro mutilado. Ensangrentado, jadeante y moribundo, expulsando líquidos sanguinolentos por todos los orificios. Apenas pude ver la voluminosa figura de Gambino inclinarse y decirme estas palabras:

- Escúchame bien Henry, escúchame bien, vas a casarte con Ariadna, vas a hacerte cargo de ella como manda la ley italiana, vas a ocuparte de su bienestar y de su sustento, seremos una familia Henry, lo quieras o no, si llegas a hacer sufrir a mi hija voy a matarte como a un perro, si sospecho siquiera que vuelves a joderme voy a matarte como a un perro, no tienes escapatoria, seguirás siendo el cocinero del restaurante y el esposo de Ariadna Gambino, te va tu pellejo en ello. 

Luego de decir esto hizo una seña a sus sobrinos, que soltaron a Ariadna en el acto y caminaron hacia la salida. Un minuto después Johnny dio media vuelta y se perdió tras la puerta. Ariadna corrió llorando desconsoladamente y se arrodilló a mi costado. Sentí sus cabellos pegarse a la sangre que me empapaba la camisa, y entonces apoyó su cabeza en mi hombro. Yo la abracé, ella me abrazó, y así quedamos.

La misma cocina que alguna vez nos unió con sus vapores de caldos y especias ahora sellaba nuestro implacable, inexorable destino.

 

 

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  Comentarios (5)
Escrito por Salim Asad Orihuela, el 07-02-2007 19:27
Muy ilustrativo, casi se puede llegar a oler el lugar, felicitaciones
Aldente
Escrito por Giorgio, el 30-01-2007 03:26
Maestro!
Escrito por kurtliv, el 26-01-2007 17:25
despiertas apetitos :p
En su punto
Escrito por Erica, el 25-01-2007 01:25
maravilloso bufet, exquisito sazón de palabras y especias,gracias, disfruté mucho la cena.
delicioso...
Escrito por roxxio, el 23-01-2007 16:11
simplemente delicioso, esa mezcla de sabores la disfruté terriblemente.Tus descripciones y metáforas lograron atraparme.
 
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