| Eunice y Pin pon papas III - IV |
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| por Antonio Andrade | |||||||||
| 01 / 2007 | |||||||||
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CAPITULO III Eunice Conocí y vi cientos de seres, unos raros, otros más, conocí a un chico llamado Jorge, quien radicaba en el mismo salón que un servidor. Jorge mordisqueó su lápiz durante una hora con cuarenta y cinco minutos, todo un Guiness récord; también conocí a Abraham, quien se la pasó molestingando a quien se le paraba enfrente; continué observando un buen rato a mi alrededor, y de pronto, cuando miré hacia atrás -ya que yo estaba sentado hasta adelante, por razones obvias de estatura, de las cuales prefiero no hablar-, y vi como entre nubes y nublado, a una linda niña con los ojos del tamaño de una bola de golf (o mejor dicho de dos bolas de golf, ya que todos tenemos dos ojos ¿aha?) boca chica, nariz respingada, ojos claros, pero claros claros, ¿ok?, cachetoncita, y lo que más me mata, liquida, fulmina, extermina, aniquila o sea cual sea el modo de morir de cada quien, ¡tenia el cabello largo¡, ¡guau! Yo sentí que la virgen me hablaba, escuché campanas como las que usan los señores de la basura pero mas chiquitas, mas suaves, repiqueteando en mi cerebrito, en fin, sentí que se me paraba... el corazón, y al cabo de un par de horas y haciendo gala de mis mejores tretas para conquistar a una damita (las cuales son de mi propia invención y nadie de los nadies conoce, ni conocerá jamás), logré descubrirme su nombre, Eunice –realmente no lo descubrí, la verdad es que la maestra lo mencionó algo así como cinco o seis veces y yo pus que me lo aprendo-, un gran nombre en verdad, digno de su belleza. Una gran sonrisa dibujaba su rostro, un finísimo color claro iluminaba su faz, su delicado cabello rubio reposaba sobre sus hombros y unas hermosas... arracadas de oro que pendían de sus lóbulos, completaban aquél bellísimo cuadro existencial.
CAPITULO IV Pin pon papas, ponte a chambear o te aguantas
Lo más extraño de mi estancia en el recinto del saber fue la maestra, Berta se hacia llamar, quien entró al salón y, golpeando fuertemente el escritorio con la mano gritó: ¡ya estuvo bueno de relajo jovencitos, yo soy la señorita (lo cual, me atrevería a poner en tela de juicio por su extraña forma de caminar) Berta Rosaura Avalos, su maestra!, no, no, no, todo el salón quedó impactado por su grandiosa, violenta y elocuente presentación, comenzó por pasar lista, y como siempre yo era el segundo, -como odié durante toda la primaria ser el segundo de la lista, aunque eso me fue bien remunerado ya que, Eunice, mi chica del ensueño, era la sexta y así encontré muy buenos pretextos para conversar, ya sabes ¿no? que si tienes la pregunta tal, que cuantos años tienes, que si me pasas el examen, que si tienes novio, etcétera, etcétera y aún más etcéteras, en verdad que esto de ser el segundo de la lista tenía su lado positivo-. Como era de esperarse, a los dos meses de clases, me gané mi ya legendario apodo “El loco” ya que mi comportamiento, forma de vestir, uso de palabras grandilocuentes y unas más inventadas, por acá su servilleta, o como se dice en los círculos literarios mas in, su seguro servidor, y mi marcadísimo síndrome de ermitañés incomprendida a la hora del receso, recreo, descanso, rest o como deseé llamarle a ese lapso en el que los estudiantes fagocitan sus respectivos lunches y conversan de cualquier tarugada mi queridísimo leitor, dejaban al descubierto mi seudo locura -que yo más bien me explico con las siguientes palabras, “sujeto al cual le es imposible (ya sea por asco o repudio hacia los demás), convivir e interactuar con seres inferiores, tanto intelectual como físicamente, por sus ya conocidas cualidades-, creo que la única persona con la que, de vez en cuando cruzaba palabra (ya saben, las de rigor, hola que tal, como estás, hasta mañana, ciao), era con Carlos, un chico al cual nunca de los nuncas le faltaba su libro bajo el brazo, el cual devoraba ágilmente durante el receso, y claro está, mi amada Eunice, a quien le declaré, comuniqué, mostré, manifesté, expresé, platiqué o lo que sea, mis ya conocidas intenciones infinidad de veces, con la misma respuesta en cada ocasión, “dejadme evaluar los puntos que vos me planteáis, y yo os prometo comunicaros mi conclusión más adelante”, claro está que ella no lo decía así, pero a mi me gusta imaginarme que sí, ya que siempre me he hecho a la idea de que su lenguaje es muy coloquial, florido y rebuscado, casi incomprensible para los demás seres humanos, o más bien, para los pequeños seres descerebrados que formaban parte de la población no muy poblada de aquella honorable institución de la cultura, el saber y la educación obligatorios. Transcurrieron días, semanas e incluso meses, mientras yo sólo ocupaba mi valiosísimo tiempo en observar, aprender, callar y deprimirme del risible comportamiento y modus vivendi de los habitantes de mi comunidad, en repetidas ocasiones fui testigo mudo de las injusticias cometidas en el colegio por parte de los maestros para con los alumnos y viceversa, por parte de los padres para con sus hijos y viceversa y por parte de mi novia para conmigo –porque gracias al paso del tiempo, había logrado hacerme novio de Eunice, mi sueño encarnado, la play mate de mis tardes ociosas, la mera meroles de mi escala de valores sentimental-, omitiendo la ya nombrada viceversa, hasta el momento en que mi musa dormida, mi complemento sentimental, mi confidente, mi amada noviecita, tomó la importantísima decisión de salir por primera vez a una disco, ese no fue el problema, no, que va, el problema surgió cuando, dos semanas después de haber asistido a tal huateque, me fue informado por ella misma que, no solo había ido sin avisarme la semana anterior, sino que, había ido con otro chico, porque ella pensaba que no formaba parte de mi reducida lista de diversiones, he aquí sus palabras. “Gordito, quiero informarte que, hace una semana aproximadamente, me tomé la libertad de asistir a una discoteque en compañía de cierto chico, un tanto cuanto simpático con el cual únicamente bailé por lo menos dos terceras partes del día, siento mucho no haberte consultado antes, pero sucede que, estaba totalmente segura de que accederías sin objeción alguna, además de que no quería perturbarte y es por esa razón que hasta hoy te lo comunico”, háganme el re-chingado favor, por supuesto que accedería, ya que mi mente es tan abierta que no conoce las negativas para con la pareja, así de simple, si se quiere ir a divertir con otro personaje mas simpático, mas guapo, con una gran cualidad (la de bailar horas y horas sin que sus piernas clamen receso), con mucho dinero -virtud a la cual, en verdad le guardo un gran rencor, ya que mi madre, tan solo me da lo que está dentro de sus alcances monetarios, un tanto cuanto restringidos por los bajos salarios de hoy en día-, por mí estaba bien, así que tenía dos opciones, dejarme ganar por el virtuoso, bello, simpático, y gran bailarín don sepalamadrecomosellama, o buscar trabajo y ganar mi propio dinero, billete, money, marmaja, varo, fierro, pasta, plata o como se les de la gana decir, y pagarle a un maestro (aunque yo sinceramente prefería que fuera maestra, ya que, gracias al baile las piernas se les tornean de una manera sorprendente) de baile, y luego, podría llevar a mi adorada chaparrita a bailar a la más cara, la mejor, la más concurrida y famosa disco de satélite city, y como es lógico, yo nunca de los nuncas podía perder, así que, siguiendo el clásico instinto animal de la borregada humana, me tendría que rebajar al deprimente nivel del asalariado juvenil, el cual solo busca dinero para financiar sus bailongos en los antros mas famosos de la anteriormente mencionada ciudad satélite, no podía hacer nada, estaba entre la espada y la pared, o trabajaba, o perdía a mi siempre amada musa, incluyendo sus grandes formas futuras, en las cuales tengo todas mis esperanzas puestas. Pues bien, a la mañana siguiente, me dispuse a comenzar mi larga y exhaustiva búsqueda, llenando previamente un sin fin de solicitudes de empleo con sus respectivas fotografías, todo estaba listo, la primera fase del plan había sido exitosamente completada, ahora me disponía a realizar mi itinerario, así que sin mas ni menos hice una lista de los posibles establecimientos donde segurito estaban solicitando jóvenes para realizar los más desagradables trabajos, los cuales nunca de los nuncas dejarán de ser dignos de animales o esclavos de la época de Lincoln, varias cadenas americanas de hamburguesas, pizzas, películas en video, zapaterías, restaurantes, car washes, etcétera, tomé mi bici-burro y me dirigí velozmente, pedaleando casi de una manera sobrehumana a la ya legendaria cadena de fast fud, Mac-cuarros por la cual han desfilado cientos de chicos que tienen sed de dinero, y después de una corta entrevista con la señorita (lo cual también es dudoso, como con la maestra Berta, ya que su forma de caminar dejaba mucho que desear) yanorecuerdosunombre, escuché las siguientes palabras: pues bienvenido seas a la familia Mac-cuarros, me estiró la mano y yo pensé que me estaba tirando la onda, así que me puse de pie en un santiamén y muy propiamente le dije “disculpe usted, creo que ha habido un mal entendido, yo solo quería trabajar, no pertenecer a su familia, además está usted muy grande para mí, no puedo negarle que si tuviera yo cinco años más o usted cinco menos, otro gallo nos cantaría, pero en esta ocasión es necesario privarle a usted del privilegio, además, me es imperativo aclararle que de macuarro yo no tengo nada, pero lo que se dice nada de nada pss ¿a poco no?” Y el silencio se hizo tan pesado, que agradecí cuando ella rompió en risas y me dijo: tu sentido del humor ayudará bastante al ambiente que intentamos implantar en este negocio, considérate bienvenido y, o grandísimo pendejo... no, si de que los hay los hay ¿verdad? Por fin agarre la onda, me reí más por pena que por gracia, me encogí de hombros y cerré aquel trato con un fuerte apretón de manos. Jamás hubiera imaginado que encontrar trabajo sería tan sencillo, ya sabes, yo pensaba que tendría que dar vueltas y más vueltas, poner hipócritas caras de niño responsable, pensar las respuestas a cada una de las preguntas formuladas y lo que más me aterraba, asustaba, friqueaba, escalofriaba, culiaba o como sea que acostumbres asustarte, rogar y suplicar por el trabajo. Todo estaba perfecto, el pulcro uniforme, las siempre limpias instalaciones, las siemprérrimas guapas chicas, y lo mejor de todo era que podía comer papas y hamburguesas a diario, lógicamente, el sueldo no era muy motivante (imagínate, tres pesos por hora), pero eso no importaba ya que era lo suficiente para llevar a mi adorada musa del olimpo a bailar cada ocho días a las tardeadas cheleras del fin del mundo (no podíamos aspirar a más, debido a nuestra corta edad), comencé muy bien con los entrenamientos, aprendí sobre las parrillas, los tostadores, la freidora, cajas registradoras, trapear, barrer, hacer los baños, comer, limpiar, comer, cotorrear, comer etcétera, y lo mejor de todo fue cuando por fin llegó el día de pago, que a toda madre, doscientos pesotes para mi solito, en mi mente todo fue color de rosa, la disco, las chelas, mi novia de la mano, música a todo volumen, mas chelas, en pocas palabras, ¡reventón sin fin!, durante tres meses estas tres palabras me alentaban en el trabajo y en ocasiones silbaba durante el mismo, imagínate mi estimado lector.
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