|
Cuerpos oscuros. El estado de los cuerpos oscuros en el paso acompasado de la horda a lo ancho del cuarto donde se refriega en el chapoteo convulsivo -airosos ellos (elláceos) quizás y con el hilo de un rimel diluyéndose sobre la penumbra- la inadaptación peligrosa de seguir desoyendo -cual deshollinador empecinado en hurgar su propia piel-, el orden de la muerte en el desorden de los cuerpos. Es decir, para entendernos un poco más, toda una mampostería dark que humedece la oreja de esa jerarquía funcional de los órganos: la boca para comer, el culo para cagar, el pene para la vagina y que pone en punto de fuga (¿fuga del deseo?) el blanco de miles de campañas de prevención de VIH (HIV), y manifiesta una de las actividades sexuales humanas, cuando menos, más "interesantes": el sexo nómade, la orgía, o, siendo etiqueta, la promiscuidad.
En algunos lugares son un desprovisto galpón oscuro. En otros, se asemejan a un laberinto; y en los memos sofisticados, apenas un pequeño cuarto escondido en algún lugar del boliche (la discoteca). Nunca hay luz, sólo -a veces- los destellos de los flashes de la pista, y las brasas de los cigarrillos que pululan como luciérnagas en una aparente y tranquila oscuridad. Cuando uno ingresa (sólo o acompañado) el dispositivo se desencadena solo. Se buscan, se tantean, se palpan, se tocan, se rozan, se eligen, se besan, se chupan, se humedecen, se acaban y se van. La "promiscuidad" que se "practica" en un Dark room no es, a mi parecer, una carencia de la falta de un, digamos, amor fijo, sino la afirmación de lo difícil e intrincado que es controlar la sexualidad bajo el fantasma del SIDA. Ver, sentir y comprobar que, a esta altura, en ese lugar, bajo el amparo anónimo de un "yo" hecho Dark room, muy pocos practican "sexo seguro", por un lado, asusta; pero, por otro, el pensamiento se trifurca y uno, allí, en ese lugar, bajo el amparo anónimo de un "yo" hecho Dark room, se pregunta si el deseo tiende al exceso, a los descontrolado, al afecto y a la repulsión de los cuerpos. Sin embargo se puede gozar en un Dark room sin exponerse a que el virus ingrese (aunque ya los intercambios de fluidos serán relativos a la saliva y no al cuerpo humano entero). Por último, recordemos al poeta Néstor Perlongher, presente en las imágenes al ingresar a un cuarto oscuro, cuando escribió: "La vida no se mide apenas como quiere la institución médica, en términos de prolongación de la sobreviva (o de la agonía), sino también en intensidad de gozo. No debería ser la dimensión deseante renegada. (...) Se trata, tal vez, de un inestable compromiso entre el riesgo y el gozo, sujeto a los vaivenes del deseo. Esa afirmación del deseo no debería ser vivida (como quiere la histeria higienista) con culpa y mala conciencia, sino con alegría. Sería paradójico que el miedo a la muerte nos hiciese perder el gusto por la vida".

Marcar como favorito (7) | Cite este artículo en su sitio | Views: 1663
|