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| por Noelia Montero | ||||||||||
| 02 / 2007 | ||||||||||
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Cuando tenía trece años, personalidad en construcción y múltiples conflictos con mamás incomprensibles, me dio por chatear. ¿Qué os voy a contar? ¿Enganchada? Si, la verdad es que lo estuve. ¿Entusiasmada? Claro que me ilusioné. ¿Jodida? No veáis lo mal que se pasa al dejar de saborear los iconos risueños del msn… Supongo que ocurre lo mismo al disfrutar de cualquier droga. En la década de mi nacimiento, los ochenta, las computadoras comenzaban a revolotear buscando una evolución. Y la encontraron. Luego de veinte años, se han convertido en la médula de toda la tecnología. Una tecnología, que es la médula del mundo capitalista. La cumbre cibernética del Siglo XX fue la llegada de Internet. ¡Otra nueva y peculiar forma de comunicación! ¿La utopía de las descargas gratuitas?… ¿Cómo definirlo? La verdad, no lo sé. Resultan desconcertantes sus ventajas, sus engaños, su rentabilidad, su adicción, su cosmos. La complejidad hecha un concepto electrónico. Pero una cosa debemos tenerla clara: Internet es necesario. Nos facilita historia, arte, cultura, música, comunicación sin límites… Nos acerca a la 4ª Edad de Oro, la era “WWW”. Una revolución que no está por venir, como dicen muchos. Está aquí, y ya lo estaba en el momento que decidí no jugar con muñecas. Corría el verano del año 2001. Por aquel entonces pasaba las horas en mi habitación, leyendo, escribiendo y soñando. El mayor de mis hermanos es informático, lo cual quiere decir que mil cachivaches electrónicos solían descansar en cada rinconcito libre de mi casa. Una tarde, me instaló un ordenador. Lo primero que hice fue entrar en el chat e intentar saciar mi curiosidad, tecleando la Caja de Pandora. Cuenta, un conocido escritor, que mientras se comía una magdalena, mil recuerdos de su juventud volvían a su mente. A mí me ocurrió lo mismo. Ordenando mi estantería, vislumbré una carta, escondida entre novelas y muñecos. Aquella carta me transportó al verano del 2001, justo al instante en que emocionada, contemplé por primera vez el rostro del niño que me había traído loca desde hacía meses; mi segundo e inolvidable cibernovio. Jamás podré olvidar esas líneas en las que plasmaba las rimas de Bécquer intentando conquistarme, era tan inocente… Si la memoria no me falla, mantuvimos una relación durante ocho meses y no os voy a mentir, me hizo muy feliz compartir dos trocitos de día con él. ¡Y es que el clímax se procesa en el disco duro! Realmente asombrosa la cantidad de gente que recurre al chat en busca de amor, amistad o sexo. Da igual el país, la edad, el físico o tu apetencia sexual, porque es muy probable que dentro de este circuito atestado de hipocresía, localices lo que estás buscando, aunque luego, como se suele decir, te salga rana. Quisiera creer los testimonios de las radiantes parejas “postciberrelación”. Me resulta bastante surrealista la idea de que llegues a querer a una persona que nunca has visto y claro, en este punto tengo un conflicto con mis creencias, al pensar, que yo un día, quizá lo hice. Internet, la más sutil de las suavidades y a la vez, portadora de los personajes más inconsistentes. ¿Merece la pena hablar de los hombrezuelos azules que cabalgan fornidos para conseguir de sus amadas menores, fotos pornográficas? Hace poco que los medios españoles ven en el acoso cibernético el enclave de un oportuno notición. Digo oportuno, porque los atentados terroristas están pasados de moda, y parece recomendable substituirlos por algo de interés nacional. Sólo partiendo de la base de que el ser humano es bobo, se puede entender que datos personales como teléfonos móviles, emails o números de tarjeta de crédito, se le cedan a un completo desconocido que no has visto delante en tu vida. Tiempo después, cuando vienen los problemas y nos concienciamos del gran error que hemos cometido, pedimos ayuda hasta debajo de las piedras. Yo ya no me extraño de nada. No os extrañéis de nada. Es más, me niego a seguir contaminando la pureza de Internet ¡Basta de hostilidades! En fin, lo queramos o no, vivimos inmersos en un desconocido universo digital. ¿Un desconocido universo digital? Lo desconocido siempre nos atrae, es decisión tuya seguir navegando y descubriendo o quedarte amarrado en lo seguro. Pero… si no quieres experimentar nada nuevo, ¿qué haces entrando en PalMal? ¿Qué haces leyendo este artículo?
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