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El extremo caso de las uñas y los pellejos Imprimir E-Mail
por Celia Teresa Gómez Ramos   
02 / 2007

Desde siempre me costó poner atención demasiado tiempo en los decires de otros, en las clases, en las reuniones, en las conferencias, incluso hasta en los momentos de esparcimiento, lo que generaba que en los primeros años las reprimendas fueran despiadadas y posteriormente, las burlas de los que me rodeaban pusieran su cuña en el vagar de mi mente... Para evitarlo, traté infortunadamente de concentrarme y mantenerme alerta a cualquier unión de palabras y actitudes importantes o significativas, sin embargo, entre todas esas frases, párrafos, movimientos e incluso gestos, eran tantas las cosas innecesarias que uno se podía y se debía perder.

Poco a poco fui ideando toda una serie de acciones con sus explicaciones ‘racionales’ para procurar mantenerme atenta, porque además, las exposiciones largas me generaban sueño y para no quedarme dormida, empecé a comerme las uñas y luego los pellejos de los lados cuando estas escaseaban, en esa intención mía por conservar la atención... Pero al fin, sólo la intención, porque cuando me descubría, ya divagaba yo por senderos de minucias que me resultaban más trascendentes que lo escuchado, o bien, una palabra me era el pivote que me reincorporaba al lugar en el que me encontraba físicamente.  Entonces opté por chupar las uñas para mantenerlas limpias, como le agradaban a la gente, transparentes, blancas, sin enmendaduras ni tachones, para entonces, una vez logrado, desaparecerlas en el intento pernicioso por no perderme nada de lo dicho, y continuar con la labor de comerlas y morderme las carnosidades laterales, que después de grandes reuniones, me dejaban adoloridos los dedos al día siguiente. Ahí se manifestaba mi culpa y su castigo.

Lo anterior funcionaba bien durante una conferencia o seminario, en el que una era un bicho más; pero no operaba de la misma manera cuando había una junta de trabajo, una reunión con amigos o cita con unas cuantas personas. Terrible en una cita romántica. Yo ahí, chupando, mascando, tronando con los dientes las uñas y luego comiendo la carne de los lados. Soy tan carnívora.

Antes no tenía ese problema ni aunque estuviera muy cansada, sólo me evadía o de plano, comenzaba a cabecear, pero por algún motivo, salió mi tara como el extraño caso de las uñas y los pellejos, para rebelarme del mundo o para someterme al escrutinio de él nuevamente y mantenerme en contacto.

Comencé a comerme las uñas hacia la mayoría de edad, para atender lo que para mí no tenía significado y con el paso de los años, en detrimento de mi imagen, ante ese nerviosismo angustioso de perderme algo necesario y esa decisión mía por intentar ser como los otros, por ese desesperado miedo al rechazo, a la mofa, y mi imposibilidad por resultar descortés al decir que algo es aburrido y que ya me enfadó. Por mi nula capacidad de salirme de una reunión o simplemente decir que, ya tengo sueño y es tiempo de partir o que se vayan.

Así me ubicaba en el mundo, en una prisión de la que yo me quería escapar y era parte de mi o mi refugio, sin yo saberlo. Ese era mi ritual, uno de los tantos que me he inventado para buscar adaptarme, o no hacerlo nunca. No lo sé. Y luego, tal vez, habrán de venir otros más.

 

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  Comentarios (3)
Tengo pelo en la palma de la mano
Escrito por Omar, el 15-03-2007 15:52
Yo también tengo problemas, y todos. Me gustó. Breve, pero interesante texto. Tal vez un mejor título sería, Ensayo de una Tara.
Vicios Públicos
Escrito por Celia Gómez, el 02-03-2007 09:51
Gracias Paola por esa reunión en tu casa, y sí, me la pasé muy bien. Pero no te asustes, hay vicios más extraños...
estampa del vicio
Escrito por Paola Tinoco, el 01-03-2007 09:49
Tu texto es como una estampa de un vicio. Me encanta y me asusta. Afortunadamente no recuerdo haberte visto moder las uñas el dìa de la reuniòn en mi casa, lo que quizà signifique que te la pasaste bien, jejeje, saludos, ya sabes de quièn.
 
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