| Mamá, los chicos me dicen puto |
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| por Leonel Giacometto | |||||||
| 10 / 2003 | |||||||
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(...) ese acto tan inocuo como el roce de una lengua en un glande o en un esfínter capaz de suscitar tanta movilización, concretamente, la erección de todo un aparato policial, social y familiar destinado a perseguir la homosexualidad. Siendo grandes o siendo chicos, todos -alguna vez- recibimos un insulto. Asumidos o no, todos -alguna vez- insultamos a alguien. Y todo, según la boca y según el tono, es un insulto: desde el ancestral "maricón" hasta el escatológico "puto del orto", pasando por el trolo, loca, mujer, travesti, negra, gorda, pasiva y sigue la lista. Lo que el insulto me dice es que soy alguien anormal o inferior; alguien sobre el que el otro tiene el poder, y, principalmente, el poder de insultarme. El insulto (la injuria) es, entonces, la expresión máxima (o básica, según el caso) de las diferencias entre los individuos. Un homosexual (o una lesbiana) es una persona que, en un momento u otro de su vida, ha sido o sabe que puede ser insultado. El gay debe saber, por ejemplo, dónde puede dar la mano a su pareja o manifestar un gesto de ternura y dónde es mejor no hacerlo para no exponerse al insulto. Estas palabras, lanzadas en cualquier momento, en cualquier circunstancia (incluso cuando menos se las espera), son palabras de las que se puede temer el impacto, el choque -la violencia- sin que exista la necesidad de pronunciarlas, ya que se sabe que pueden ser una amenaza y que siempre, indiscriminadamente, dicha amenaza está presente. La injuria ejerce sus efectos incluso sin ser proferida y, real o potencial, define la relación del "injuriado" con los demás, con el mundo. Si la injuria está dotada de poder no es sólo porque la he oído y temo oírla de nuevo, sino, ante todo, porque me ha precedido. Nacemos en un mundo donde existen jerarquías sociales, culturales y raciales; el lenguaje contiene innumerables palabras que marcan -delimitan, definen- estas jerarquías. El lenguaje está allí antes que nosotros y nos espera para poder insultarnos. Descubro, escucho, aprendo. Desde que escucho (descubro y escuchando aprendo) que "maricón" se dirige a mi, que es de mi de quien se habla, aparecen los sentimientos de vergüenza, de miedo, de inferioridad social. Cuando me dicen "puto" no me están diciendo "homosexual promiscuo", sino "sos (eres) diferente a nosotros, debés (debes) callarte (u ocultarte)", o más allá, "anormal sos (eres) y anormal serás". En apariencia, todo lo que se me atribuye llega a ser la definición misma de mi personalidad. O sea que, desde chicos, aprendemos mediante el insulto que "ser gay" es una ofensa y lentamente un deseo esquivo de evadir lo que somos va tomando cuerpo y, gracias a ese primer insulto hay quienes que durante toda su vida (muchos no, por suerte) se esfuerzan por dejar en la sombra esta definición de sí mismos (ser gay, ser lesbiana, etc.) que una vez, porque consideraron mejor sentarse que trompearse en los recreos, les vino de otros en forma de insulto. La injuria, el insulto o el escarnio no son más que un síntoma de un conjunto de representaciones sociales y culturales, de discursos y/o imágenes que pugnan por desvalorizar e infravalorar la homosexualidad y, por consiguiente, a los homosexuales. Un continuo discurso que no hace más que reafirmar la desigualdad en la realidad cotidiana. Y al hablar de realidad y homosexualidad es imposible no hablar de homofobia, ya que no se puede decir nada de la realidad -individual, social, cultural, jurídica- de la homosexualidad si no se tiene en cuenta el sistema homofóbico que constituye -y es constitutivo- de esta realidad. La hostilidad social, no sólo se ejerce cuando el tema es visible (dos hombres besándose en la calle, un andar zigzagueante de caderas, un muchacho yirando, o un chico jugando demasiado a gusto con sus compañeritas, por ejemplo), sino que implícitamente está en encumbradas tesis psicoanalíticas o sociológicas, contradictoriamente en la mirada asqueada de un gay -formalito- para con una loca -pasivamente feliz-; y hasta en las puertas de los registros civiles donde, mirando con atención, un cartel enorme como el deseo dice: "Prohibido para homosexuales". Glosario:
Lesbiana: se deriva de la poeta Safo y de su círculo literario de la isla de Lesbos, en la que escribió abundante textos ensalzando amores y placeres entre mujeres en la Antigua Grecia.Sin embargo no es hasta el Siglo XVII en Francia y hasta el Siglo XIX en lengua inglesa que el término adquiere evidentes connotaciones erótico-sexuales. Loca: nombre con que generalmente se designa a las que el lenguaje común conoce por "pasivas". Desde un punto de vista más general, o si se quiere, ontológico, término con el que debería designarse a todo homosexual, cualquiera que sea su actividad más evidente durante el intercurso sexual o los atributos secundarios asumidos, según la máxima: "Todo bigote esconde un miriñaque". (de "Glosario para El baile de las locas, de Copi", por Alberto Cardín) Yirar (Reptar, en España): Voz muy extendida con que se designa aquella actividad que las locas despliegan, paseando, recorriendo lugares, ojeando sin cesar las presas, o ya directamente dirigida sobre alguna, con vistas al levante (ligue, en España) y posterior consumación sexual. La loca yirona (reptadora, en España) tiende a emplearse full-time en dicha actividad, o lo hace con tal intensidad que logra ciertamente resumir la cantidad en cualidad. Se trata evidentemente de un verbo transitivo, pero en situaciones de mayor proximidad al objeto de la acción puede recibir además el añadido de un dativo ético en el protocolo correspondiente: "yirarle a alguien" ("reptarle a alguien", en España). (Ídem) Bibliografía consultada:
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