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Gina y Eva Imprimir E-Mail
por Emanuel Mordacini   
03 / 2007

Gina estaba confundida, las emociones que en ese momento la invadían eran desconocidas para ella, una ráfaga de debilidad y extremo nerviosismo se había apoderado de cada uno de sus huesos, de cada centímetro de su piel. Eduard se había marchado por un rato y ella se encontraba sola en esa casucha en medio del campo, vigilando a la señora Eva McFarlen. Si bien las cosas se complicaron y todas las salidas se estaban bloqueando, su mente y sus pensamientos estaban ocupados en otras cosas: en el inédito y furibundo deseo que se había gestado en sus venas, inundándola, quemándola, lastimándola. Lo que Gina sentía era a la vez hermoso y lacerante, como un fuego devorador e innombrable que la consumía por dentro, incinerándola. Miraba la puerta opaca y corroída que daba a la habitación donde Eva se hallaba prisionera y escuchaba los latidos de su corazón agitarse gradualmente hasta convertirse en una mortal y arremetedora taquicardia. Ya no le importaban las mismas cosas de antes, incluso Eduard había perdido su encanto. Sólo pensaba en ella, en esa mujer irresistible y sensual que estaba esposada tras la puerta. Pensaba en esos hermosos pechos, en esa piel blanca y subyugante, en ese rostro encantador y femenil, en esas piernas fornidas y estilizadas, en esas caderas anchas y macizas, en esas nalgas arrolladoras, y mientras pensaba en todo eso su imaginación volaba creando encuentros y situaciones llenos de sexualidad y erotismo. Ansiaba apretar y besar esos pechos, tocar esas caderas, hundir su boca entre esas piernas y embriagarse del sexo de Eva, esa gruta cálida y mojada, y deseaba que Eva la besara, la tocara, la lamiera, la dominara. Gina dejó de ser Gina en el preciso instante en que Eva McFarlen apareció en su vida. No era amor lo que sentía, ni era deseo ni era calentura; era todo eso junto y todavía más.

Miró el reloj, Eduard regresaría recién dentro de unas horas, y eso la inquietaba y la perturbaba, estaban solas, y la excitación era insoportable. Temblando y transpirando comenzó a caminar hacia la puerta, llegó allí y dudó unos segundos antes de mover el picaporte y entrar a la habitación.

Encontró a Eva mirándola fijamente, penetrándola con sus despiadados ojos grises. Estaba acostada sobre el colchón, con  las muñecas lastimadas por el roce de las esposas.

-Lo sabía Gina, sabía que vendrías- le dijo Eva.

La voz le llegó a los oídos como un disparo, como una llama indescriptible que la abrazaba. Sintió su vello púbico erizarse y su sexo abrirse como una flor.

-         No se que es todo esto Eva, las cosas no deberían ser así, yo no soy así, no se que me pasa, no se que hago aquí hablándote-Gina hablaba con un nudo en la garganta- esto no está bien… esto no está bien…

-         ¿Qué es lo que no está bien? El destino es azaroso Gina, ambas sabemos lo que nos  pasa, yo te deseo, y tú me deseas desde el momento en que me hablaste por primera vez.

-         Pero está Eduard…

-         Eduard es sólo un estorbo, él y el secuestro fueron el medio elegido para que nosotras nos encontremos, no me cabe ninguna duda. No te reprimas Gina, eres tan hermosa. Me embrujaste Gina, eres una muñeca…

Al escuchar estas palabras ella, la gran Gina Garwin, la asesina, la despiadada, dudaba por primera vez. Escuchaba esas frases llenas de calor y de sexo y sentía que el piso se desmoronaba bajo sus pies. Por primera vez alguien la había vulnerado. Eva levantó las rodillas y la falda del vestido se le deslizó hasta las caderas, dejando al descubierto su portaligas blanco encima de la bombacha.

-         Ven Gina… ya no dudes… ven y cógeme… estoy mojada Gina… hazme tuya, juntas podemos lograrlo.

Gina temblaba, un huracán inédito e inmoral se desataba en su interior, ya no era la misma, nada quedaba de aquella mercenaria cruel y segura de sí misma que mataba, torturaba y mutilaba, ahora sólo era una mujer débil e insegura que a duras penas contenía el llanto ante esa otra mujer que la cambió totalmente, que hurgó en sus pensamientos y derrumbó para siempre su coraza de muerte y seducción.

-         Vamos Gina, olvidémonos de Eduard, de Maretto, de Scott, olvidémonos del poder  y huyamos juntas, eres tan bella, y te deseo tanto, ven Gina… deja de luchar contra lo que sientes.

-         No sé… no sé…-decía Gina, sollozando.

-         Hazme tuya Gina, vayámonos juntas, sólo las dos, pero antes hagamos el amor… hazme el amor Gina…

Lentamente, vacilante y temblorosa, con los ojos llenos de lágrimas y la boca encarnada, Gina caminó hacia el colchón sucio y hediondo donde Eva estaba acostada. Se arrodilló y le acarició los cabellos tímidamente, con un pudor casi adolescente y con una pasión desbordante y latente, lista para rendirse ante ese ardor que ahora la dominaba de forma implacable.

Recorrió con sus dedos el rostro cálido y los labios húmedos, acariciándola, sintiéndola, reconociendo con su piel cada fragmento de la piel de Eva.

-         Tócame Gina, siénteme… estamos hechas una para la otra, huéleme…

Todo el cuerpo le palpitaba, mortal y voluptuoso, los pezones se le erguían como cúspides anhelantes, deseosa de que esa mujer que hasta hace un tiempo era una simple prisionera la acometiera, la tomara entre sus brazos y la invadiera, lo que Gina sentía era febril y fulminante.

Acercó su boca a la boca de Eva, rozándola apenas con un toque fugaz para finalmente fundirse en un beso profundo e incendiario, mordiéndola, chupándola, metiendo su lengua en la boca de ella y dejando que ella le metiera la suya. Y en ese beso, en ese choque de labios carnosos, en ese juego orgiástico de lenguas entrelazadas, de intercambio de saliva, Gina sintió que una parte dormida de su sexualidad había aflorado violentamente. Bajó sus manos hasta ese escote inmenso y perturbador que contenía aquellos pechos redondos y abultados, desgarró una parte del vestido dejando un seno de Eva al descubierto, comenzó primero a apretárselo, a pellizcar el pezón duro y erecto, sintiendo su cuerpo quemarse contra el cuerpo desbordante de la otra mujer; la gran Eva McFarlen, la dama fogosa y obscena que se movía y gemía con las manos esposadas a una cañería. Gina continuó besándole los pechos mientras le acariciaba los genitales por encima de la bombacha.

-         Si Gina… soy tuya… soy sólo tuya… huéleme, chúpame, vamos a lograrlo… vamos a lograrlo…

Gina no se detenía, bajó con sus labios hasta el vientre de Eva y lo besó levantándole el vestido, jugueteando con los broches del portaligas hasta desabrochárselo, acariciándole y separándole los muslos. Nunca sintió algo como eso, ni siquiera en sus variadas acrobacias sexuales con Eduard se encontró presa de un fuego tan devorador y explícito. Era un remolino de deseos e instintos violentos lo que la recorría, ya no había vuelta atrás, le quitó la bombacha de un tirón, arrancándosela, la tomó de las caderas y apretó su boca sedienta contra la vagina de Eva, lamiéndosela, embriagándose del olor de frutos de mar, masajeando con los dedos las suaves matas de vello púbico y tocando con la lengua  la abultada prominencia del clítoris.

Gina se había imaginado esa vagina desde los primeros días del secuestro; la vulva angosta y sonrosada, de pliegues carnosos, la abundancia de pelos negros oscureciendo el pubis triangular, contrastando con la piel blanca, el clítoris sobresaliendo entre los labios vulvares y los pelos como un tentador punto erógeno. Y sobre todo el olor, ese olor embriagador y magnífico, una suave pestilencia hormonal que Eva parecía emanar arbitrariamente.   

-Sí… mi Gina… eres tan hermosa… ¿sientes mi olor?... ¿me sientes a mi?-susurraba Eva mientras apretaba las piernas alrededor de la cabeza de Gina-cógeme… hazme tuya… podemos lograrlo, podemos lograrlo…

Gina chupaba aquella concha insaciablemente, como si a través de la vulva y el clítoris pudiera alcanzar los puntos más explosivos de Eva. Metía los dedos dentro del orificio viscoso y los movía en círculos, tocando con las yemas las paredes del conducto vaginal. En sus labios, en su garganta, en su lengua Gina podía sentir un amargo sabor genital.

Eva acabó gritando y apretando los puños, un orgasmo arrollador la convulsionó por completo, su vagina enrojecida latía como un corazón en éxtasis bajo la boca húmeda y la lengua cálida de Gina, que la penetraba y la llenaba como si quisiera sorber hasta la última gota de fluido vaginal.

-         Quítame las esposas Gina… quítamelas por favor.

Gina levantó la cara y la observó fijamente, la duda crecía en su interior nuevamente, pero enseguida se desvanecía y el deseo rotundo y depravado volvía a invadirla, algo la ataba y la atraía hacia esa mujer extrañamente angelical, un lazo ardiente, un magnetismo asesino.

-         ¿Nos iremos juntas? Eva, yo siento cosas por ti, cosas que nunca sentí por nadie… ¿verdad que nos iremos juntas, no me estas mintiendo?

-         No Gina, no te miento, nos iremos juntas, sólo las dos, nos iremos lejos, muy lejos, donde nadie nos encuentre jamás, pero antes tienes que quitarme las esposas, vamos Gina, mi hermosa Gina, quítame las esposas, libérame.

Gina llevó su mano temblorosa a un bolsillo de su pantalón y sacó las llaves, se arrastró por sobre el cuerpo de Eva, besándolo, enredándose entre los pliegues del vestido, apretando las mejillas contra la piel aún palpitante de la otra mujer, la tomó de los hombros y alzó las llaves hasta la cerradura de las esposas. Luego las abrió. El tiempo pareció detenerse, las miradas de ambas se cruzaron, lujuriosas y femeninas. Eva se deshizo de las cadenas que la mantuvieron prisionera, se miró las muñecas lastimadas y moradas, tomó a Gina del cuello y la besó en la boca. Un beso largo, intenso, húmedo.

-         Ahora estamos juntas, ahora no nos separaremos.

Una mueca maligna cruzaba los labios de Eva, deslizó las manos hasta los glúteos de Gina y la atrajo hacia sí. Gina se dejaba ir, dejaba que Eva la besara, le susurrara al oído, le apretara los senos, y sintió su cuerpo estremecerse de placer cuando le aflojó los elásticos del pantalón y le metió las manos por debajo de la ropa interior. Ahora era su turno de entregarse y gozar, se olvidó de Eduard, del secuestro, de los problemas surgidos, del poder y de los billetes, cerró los ojos y se mordió los labios en el momento en que Eva le bajaba la bombacha y le hundía los dedos entre las piernas, en su vagina. Otra vez los dos cuerpos trenzados, y los gemidos y el sudor y los fluidos. El aroma del sexo flotando en el aire.

Gina y Eva terminaron acostadas sobre el colchón, desnudas y mojadas, abrazadas una a la otra. Habían alcanzado un clímax devastador y desconocido, sodomizándose, explorándose, tocándose, usando los dedos, la lengua, los dientes. Se redescubrieron a sí mismas y reinventaron el significado del placer. Todo dejó de importar más allá de esas paredes descascaradas. El mundo exterior había dejado de existir por esas horas en que ellas se encontraron con sus cuerpos desnudos, con sus hedores, con sus jugos, con sus vellos, con sus mucosidades. La atmósfera polvorienta y denigrante de esa casa destartalada fue testigo del arrasador y repulsivo encuentro sexual entre ambas. Lo demás, al menos por esas horas, carecía de valor.

Ahora venía lo más complejo, debían irse juntas, perderse del mundo, escaparse de todo y de todos. Se trataba de una aventura utópica y peligrosa, tenían poco dinero, estaba Eduard dando vueltas por ahí a punto de llegar en cualquier momento, y lo más importante; estaban metidos el FBI y la policía, todos sabían del secuestro, la mitad de la ciudad estaba buscándolas, pero Gina creía que podían lograrlo; estaban juntas, y eso era lo importante.

Sus ropas estaban amontonadas a un costado del colchón. Gina se abrazaba al cuerpo de Eva, tenía la cabeza apoyada en sus pechos y podía escuchar los latidos de su compañera.

-         No tenemos mucho tiempo, debemos apurarnos.

-         Tranquila Gina-respondió Eva-yo me ocuparé de todo, aún hay tiempo.

Una vez dicho esto Eva se puso de pie y pareció buscar algo entre el revoltijo de prendas tiradas en el piso, luego se vistió lentamente; primero la ropa interior y luego el vestido. Las medias y el portaligas quedaron tirados en un rincón. Siguió revolviendo las ropas de Gina, dio un largo suspiro y comenzó a caminar hacia la puerta.

-         Ya vuelvo-dijo mientras se alejaba- espérame.

Gina se desperezó y se acarició las marcas que Eva había dejado en su cuerpo, entonces algo se apoderó de ella, una ráfaga de sentido común que la empujó de nuevo a la realidad. Enterró las manos con desesperación en sus ropas. Buscó en el cinturón que estaba tirado en el suelo junto a su pantalón, el revolver,… no lo encontró, la funda estaba vacía. Levantó la vista y vio a Eva de pie al lado de la puerta, omnipresente y voluptuosa, irresistiblemente femenina, apuntándole con su propia arma.

Fue entonces cuando se dio cuenta del terrible error que había cometido.

 

__________

Gina y Eva es un fragmento de la novela corta "El Síndrome de Estocolmo", que se puede bajar completa del sitio www.yoescribo.com

 



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  Comentarios (2)
gracias y aclaración..
Escrito por Emanuel, el 03-04-2007 17:01
gracias placid.. pasa que es solo un fragmento de una novela corta de mi autoria. una sub historia dentro de la historia, la novela se llama El sindrome de Estocolmo, no se me ocurrio otro totulo para el fragmento. supuestamente, la aclaracion debía constar en PALMAL. GRACIAS POR LOS COMENTARIOS..
Escrito por Placid, el 31-03-2007 12:11
Excelente texto... lástima que lleve un título tan mediocre.
 
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