| El cheque |
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| por Paola Tinoco | |||||||||||
| 03 / 2007 | |||||||||||
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Cuando salí de la universidad, mis padres anunciaron el final de la beca familiar: en adelante, el reventón corría por mi cuenta y no quisieron decir que yo proponía las fiestas, sino que dejarían de pagar por ellas. Así que agarré un empleo de paso, mientras decidía qué hacer con mi vida. Lo que decidí, en breve, fue lanzarme a la independencia paterna. Con el apoyo de otro prófugo del hogar, y compañero del mismo empleo mal pagado y eventual, Pep y yo rentamos un depa en Chapultepec. Nos sentíamos Maximiliano y Carlota sólo porque desde el baño se veía el Castillo del emperador. Teníamos pues, un jefe negrero y unos compañeros hipócritas, pero el dinero de ese trabajo nos daba algo que valía más y era la libertad de hacer de nuestra vida un papalote y un rincón cerca del Cerro del Chapulín. Después de casi un año, supe que mi mañoso jefe despedía dos o tres empleados al azar en fiestas decembrinas sin imaginar que este año me tocaría a mi. Ahí estaba, frente al gordo engreído, escuchando las razones por las que se veía en la necesidad de prescindir de mis servicios un día antes de Nochebuena. También sabía que le gustaba escuchar súplicas porque más de un compañero había conseguido una segunda oportunidad por ese medio. No me hacía ninguna gracia quedarme sin empleo, pero una voz susurraba a mi oído “Lárgate ya de este trabajo de mierda”, así que no pedí otra oportunidad y tomé el cheque sin decir nada. Cuando puse un pie en la calle estaba aturdida, como si estuviera despertando de un sueño. Apenas atiné a llamar a Serge para contarle lo sucedido y quedamos en El Trompo al día siguiente, 24 de diciembre. Mientras tanto, me deprimiría un poco, iría a cambiar el cheque y le contaría mi pena a otros. Al día siguiente me despertaron las piedras en la ventana de un amigo que no sabe usar los timbres ni los nudillos para llamar a una puerta, pero se había enterado que ya no cubría horarios de oficina. Entró en mi casa y fumamos marihuana unas horas. Tuvimos maravillosas ideas producto del efecto cannabis, que después se convirtieron en sandeces. A pesar de aquello no olvidé mis dos citas cuando el visitante se fue: una en El Trompo y otra en el banco, para cambiar el mentado cheque ¡El cheque! Lo busqué por toda la casa y el papelito no apareció. Sufrí. Maldije al marihuano que me visitó y aseguré que se lo había robado. Él confesó que su única fechoría había sido llevarse la bacha sobrante de nuestra mañana pacheca. Pep no estaba a discusión. No sólo era mi roomate sino el hombre de todas mis confianzas. Una nueva pena y yo acudimos a la cita en El Trompo para ver a Serge. El lugar estaba semi-vacío a las 5 de la tarde, tal vez por eso eligieron ese horario para dar su hora feliz, que nos benefició con cuatro tequilas en vez de dos. Yo hablaba y hablaba, el desempleo, el cheque, el marihuano, Pep se iría a pasar navidades a Canadá, ¡ay de mi! Y mi paciente amigo escuchaba y bebía, bebía y hacía señas de desaprobación con la cabeza. En algún momento, después de varios tequilas y cervezas, interrumpí la conversación para ir al baño y vi un suculento sillón. Pensé que no me caería mal descansar un poquito antes de salir a seguir mareando a Serge con mis desventuras. Me acosté. Después recuerdo que vi, en un panorama borroso, a un policía y a mi acompañante. El poli iba avisado por una señora encopetada que me vio dormir plácidamente. Serge se reía y yo no entendía pero me dejaba llevar fuera del baño. Navidad, desempleada, sin dinero y además borracha que se duerme en los baños de los bares. Mi vergüenza y yo fuimos a casa y me prendí del teléfono. Llamé a mis parientes para avisar que me iba de viaje y no pasaría la navidad con ellos. Luego llamé a mi ex jefe y le informé sobre la pérdida del cheque. Respondió que no se hacía responsable. Le dije que era un gordo corrupto de mierda y colgué. Le volví a marcar para insultarlo y respondió su mujer. Me desquité inventando que me había despedido porque no me quise acostar con él. Ella respondió que mi caso no era novedad. En un ataque de sinceridad confesó que el gordo ni siquiera quería tener hijos y era muy desdichada. La invité a pasar la navidad conmigo. Para mi sorpresa, aceptó. Llegó a casa una hora después. Estaba llorando. Acababa de pedirle el divorcio al gordo. La animé con un tequila, para celebrar su independencia del panzón corrupto. Comimos pizza, bebimos más tequila y recibimos a unos prófugos de la cena familiar. Uno de ellos congenió con la ahora ex de mi ex jefe. El otro prófugo y yo preparamos una pipa de agua y todos fumamos marihuana alegremente. No me di cuenta cuando aquella parejita desapareció, pero noté que mi habitación estaba cerrada y se escuchaban gemidos sin decoro alguno. A la mañana siguiente la ex de mi ex jefe se fue a despedir con una gran sonrisa. Me dijo que estaba frente a una nueva mujer. La felicité por su decisión y me fui directo a cambiar las sábanas para descansar un poco de la mala postura de dormir en el sillón. Cuando quité las almohadas, un papelito salió volando. Lo levanté del suelo y lo desdoblé. Era el cheque.
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