| Acercamiento de una sombra |
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| por Dalí Corona | |||||||||
| 03 / 2007 | |||||||||
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Ser en la sombra Autor. Max Rojas. Editorial. Claves latinoamericanas. 1986 Son las tres de la mañana de un año sin consuelo. Yo no sé si estoy muerto O Dios está borracho. Juan Bautista Villaseca.
Cuando en 1986 Claves Latinoamericanas publica Ser en la Sombra de Max Rojas (México D.F.,1940) no hay un gran revuelo ante este poeta que escribió y escribe desde dentro de su alma, desde los lugares más adustos y coléricos de su ser en sombra; no hubo una valoración más allá de la de amigos colegas o ciertos lectores ávidos de poesía nueva, de un material nada “paziano” que pudiera desenmarañar la madeja de una poesía surrealista que estaba muriendo y estaba matando a la poesía nueva en el país.
En su lugar, Max recibió algo así como un exilio interior, recibió el cierre de puertas, la no valoración de su trabajo por parte de quienes están y estuvieron encargados de reconocer y difundir su poesía.
Es por eso que reseñar este libro es, además de un placer, un verdadero orgullo, ya que, letra por letra, sílaba por sílaba, verso por verso, este gran poeta mexicano da muestra de lo que es hacer poesía y dedicarse por completo a ella.
Sé que estás: pared entre lo oscuro. Amaso mundos; soy -qué destrozo.
La idea de un ser dolido, de un ser devastado que se pudre en el camino, ha sido, desde aun antes de los malditos, utilizada frecuentemente, pero, en Ser en la Sombra, Max nos muestra a un ser que se duele de algo, de un no sé qué que atraviesa y rompe huesos: los del alma. Para los maditos, ese dolor provenía del abandono total de Dios, de la inmisericordia del todopoderoso; para Max, el dolor viene de algún lugar recóndito del ser, viene de adentro de los mismos huesos; pero aún así, no se sabe por qué duele tanto. La figura ósea de un verso se ve tocada, milímetro a milímetro, por una pared pobladora de erizos, por un muro implacable del que salen mugidos de toro, del que se derrama la sed.
La noche es un crujir de qué mordiscos: parió la noche canes, campanas ya no son sino desastre. La muerte ya jardín
Seguramente, en el camino habremos de descifrar, si es que es descifrable, de dónde es que viene exactamente ese dolor; tal vez podamos intuir hacia dónde nos lleva, pero mientras eso sucede, indagaremos en los huesos del poema, que son los huesos del autor.
Algo cruje; ciertamente algo cruje. Madera o mundo o muerte ya cansada cruje; Ciertamente algo cruje, roe campanas, masca niebla; mastica huesos de angustiadas palomas. (…) Ciertamente algo cruje, algo en alguna parte se está muriendo a escombros, algo se está viniendo abajo. Tristeza o soledad o rabia oscura: qué desolado mundo sin ti se desmorona.
Y es cierto, el mundo se viene desmoronando desde sabe Dios hace cuánto. Pero el autor descubre que se desmorona porque él es parte de este mundo y todo lo que lo rodea, lo que ama, lo que quiere, también se desmorona y duele más.
Fue de sombra. Aquí no está sino la sombra de la sombra de un hueco que una vez cavó buscando el alba.
(Jardín pleno de luz le fue vedado)
Se devolvió a la sombra. En soledad su sombra y su ladrido siempre estarán huyendo entre la sombra. Nunca jamás habrá perdón para él y su alarido. Nunca hallará la paz su imagen de suicida.
Con este poema, Max Rojas nos hace saber en que se ha convertido después intentar descifrarse. Sí, es verdad, a lo largo de Ser en la Sombra no hemos sabido de dónde es que proviene, de qué parte sale tanto dolor arando muerto, pero, será esto necesario, será imprescindible identificarse a ese dolor, o es más loable indagarse pesadillas. Yo creo que siempre es mejor saberse en lo dolido sin necesidad de descubrir de dónde nace lo que humea, porque así, uno puede saber de qué está hecho y aprender a vivir con su tristeza. Atrás queda echarle la culpa al mundo, atrás queda mentarle la madre al ser supremo, atrás queda el dolor de lo mortal.
Esta búsqueda atroz, que ya termine; este mordisco, no, que me desgarra. Ven. Mi sombra nunca más daño. Se ha ido ya, sobre cristales rotos; se ha ido ya, pero ha dejado las guitarras. Vuelve. Es un clamor. Regresa. Un Huraño sonido nos espera, Un territorio de aves o espinas nos acoge. Es un clamor: regresa. Idos, mis cirios, campanas tañen tenuemente su clamido: vuelve. Ya. Esta búsqueda atroz, que ya termine, que ya cese este constante deshacerse. Estoy al borde. Vuelve. Pájaros: decídmele que vuelva, que ahora mis manos son helecho y no, nunca jamás le harán daño. Campanas: tenues tañed clamando su regreso.
Pero ya: que esto termine; este irse apenumbrando entre el olvido, este yacer entre herrumbrados fierros, esta batalla atroz por hallarme en tu cuerpo, que terminen.
-¡Adios! Así pues, Max Rojas nos muestra a un ser descarnado, cansado de buscar en el dolor, pero erguido al saberse entre la sombra. Él sabe que si algo ha de dejar de doler, no será por que le llame por su nombre, no será porque descubra de dónde es que viene, sino, porque simple y llanamente, ya no habrá más que lastimar.
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Reseñar un libro de poesía que salió hace más de veinte años, podría ser una empresa un tanto aburrida si se mira desde el punto de que en veinte años la producción poética nacional ha dado mucho, ha evolucionado pues; pero resulta que este no es el caso.

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