| Las manos de Constanza |
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| por María del Rocío Soto Miranda | |||||||||||||||||||||
| 03 / 2007 | |||||||||||||||||||||
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María del Rocío Soto Miranda. Vive en la ciudad de México y es relatora de historias desde antes de lo que puede recordar. Le gustan los amores difíciles, los inauditos, los imposibles; aquellos amores bizarros que están destinados al fracaso, y a veces –nos dice- “los escribo”. En su cuento Las manos de Constanza, esta narradora mantiene una tensión desde la primera línea hasta la última. Ojalá lo disfruten tanto, como para romper la copa en trocitos. Las manos de Constanza
Pensaba yo: "Por sólo una sonrisa le daría la sangre de mis venas, y de las flores de mi ingenio el ramo". Olindo Guerrini
Recogí cada trocito de la copa que pude encontrar; estaba tan aturdida que no caí en cuenta de mis rodillas sangrantes, ni mis dolientes plantas hasta que Constanza sorprendida se acuclilló frente a mí y me suplicó que me levantara. La escuchaba, lejos, como si ella estuviese a un lado de un largo tubo y yo del otro, me tiraba suavemente por las muñecas porque yo sostenía firmemente el cadáver de una copa que olía a coñac, fue hasta el tercer tirón que pude salir del ensueño y la vi, con sus ojos suplicantes y fijos en los míos. -Es que él estuvo aquí y no me avisaste- le dije sin perder mi posición, no lloraba, yo nunca lloro de inmediato, a veces pasan días o años sin que pueda llorar. Dicen que no lloré cuando nací, sino que pasaron quince días en un mutismo angustiante, para entonces todos juraban que yo era muda. Recuerdo mirarla, ella se sentía muy mal, yo entendía que no podía haberme avisado, y no le reclamé con el afán de hacerla sufrir; me tomó de los codos e intentó erguirse, tardé un poco, pero la seguí sin soltar la copa. -Tal vez debería correr- le dije aún aletargada- el cenicero aún estaba caliente, lo tomé y por eso tiré la copa, ¿me perdonas por haber roto tu copa? Constanza asintió con gravedad, tenía más miedo por mis manos rotas que por su trasto, otra en su lugar no me habría obligado a soltarla, pero ella con toda paciencia me ofreció una cajita cubierta de terciopelo donde, me dijo, que podría conservarla sin hacerme daño. Constanza siempre fue muy sensible a estas cosas, siempre comprendió como hilvanaba mi mente. Limpió mis pies porque no podía moverme y con unas pinzas muy finas retiró cada fragmento de mi piel, luego me recostó y se tendió a mi lado. Ella también requería de consuelo. Yo nunca entendí la forma en que su mente hilaba las cosas. Tal vez ahora pueda hacerlo. Mis padres estaban hartos de mí. Y con justa razón habían intentado alejarse, pero yo no se los había permitido. Constanza, por su lado, les sugirió la idea de consentirme en pasar unos meses con ella. Ella, que pacientemente y sin necesidad había ido a platicarme su plan; era sencillo, unos días en la inmensidad del bosque donde vivía, escuchando el viento; siempre me pregunté como es que sabía que me gustaba ese sonido del viento; me dijo que podría ayudarle quedándome quieta. Constanza era pintora y sabía de mi capacidad para permanecer horas envuelta en esa bruma mental que nunca le ha gustado a otras personas. Me sostuvo de los antebrazos y me trajo hacia el auto. Fue un largo camino, pero llegamos sin penalidades. Recuerdo mis primeros pasos en esta casa, reverberantes, crujientes, la duela cedía bajo mi peso y yo que siempre pensé que era incorpórea. Me mostró entusiasmada mi habitación junto a la de ella y con una ventana enorme, pero por donde entraban los rayos de sol sólo al atardecer. Siempre estuve muy agradecida por esa ventana. Los primeros días no hacíamos más que mirar por la ventana de mi habitación, pero Constanza insistió en dar algunos paseos por las tardes después de la comida, recogíamos piedras o ramitas, hojas y demás cosas de interés, a ella le gustaba pintar, pero además incrustaba sobre los lienzos cosas que le parecían atractivas. Una vez me pintó a mí, o eso dijo ella, porque la persona en el lienzo era un hombre con grandes ojos azules, mis ojos son negros (aunque se empeñen en decirme que no existe ese color), luego me pidió una blusa blanca que me gustaba mucho, no sé por qué se la di, pero de inmediato me la quité para entregársela, luego dándome un beso en la frente como agradecimiento se encerró en el sótano (casi nunca estaba allí) y no salió sino hasta ya entrada la noche. Luego, con una enorme sonrisa, me mostró el cuadro terminado, había mucho azul y blanco, mis ojos eran enormes y mis labios carnosos, alrededor había colocado las primeras hojas que le regalé un día que salí yo sola, a ver qué encontraba; seguí contemplando al hombre que miraba fijamente al frente, entonces encontré lo que me había pedido con una nueva alma, hizo una aplicación de mi blusa, cortada a manera de camisa. Aunque sigo sin poder creer que Constanza me viera así. Pasaron algunos meses y aunque extrañaba mucho a mis padres procuraba pensar en ellos cuando estaba yo sola o cuando Constanza requería de mí algún tipo de concentración en especial. Después fui olvidándolos poco a poco y no volví a preguntar. Me gustaba sentir la mirada de Constanza sobre mis hombros, no acostumbraba a poner atención de las miradas de los demás, pero la de ella era tan cálida y agradable, que a veces hasta me esforzaba en llamar su atención. Tal vez esa fue la verdadera razón por la que rompí la copa. Tengo a mi lado la cajita envuelta en terciopelo con la copa rota. La abro sólo para recordar las manos de Constanza suplicándome seguirla. Su insistencia, siempre vertida sobre sus manos. Su pasión siempre inundando sus manos. Su creatividad siempre desbordándose por sus manos. Le dije una vez que me gustaría tener manos tan creativas como las de ella, pero le dije también que no me sentía capaz de pintar; entonces me sugirió escribir. Me pidió que describiera para ella las cosas más extraordinarias que viera durante mis viajes hacia dentro de mí. Me besó en los labios cuando me entregó el papel y la pluma. Salió de la habitación y me dejó con un ensordecedor atardecer bañando las cobijas de mi cama. Esto es lo primero que escribo, porque no me atrevía a ensuciar el papel con sangre. Constanza me enseñó que la sangre sólo se usa cuando es necesaria. Y en verdad que la necesitaba, porque yo quería ser como Constanza. Tan amable y amorosa. Así que cuando me desperté, uno de tantos días después de hacer mi berrinche con la copa, le supliqué que me diera sus manos, como yo le había dado mi blusa. Me miró directo a los ojos y sonrió comprensivamente. Luego me tomó de las muñecas y me pidió que la siguiera; entramos al cuarto de baño, puso una toalla sobre el fregadero, y una navaja, luego salió y volvió con mi caja, la abrió para dejar ver la copa, la puso sobre el lavabo, tomó la navaja y se cortó una de las muñecas, la sangre broto al instante y la dejó caer sobre la copa, yo miraba absorta y sentada sobre la taza del baño, con la otra mano tomó mi nuca y acercó su muñeca sangrante a mi boca. Bebí, era tibia, Constanza era tibia y dadivosa, y sonreía mientras me miraba fijamente, al punto, echó la cabeza para atrás y se entregó a la sensación punzante de mi lengua. Luego, no sé como llegamos a su habitación, y por primera vez tuve una atención con ella, le vendé la mano, con cuidado para no lastimarla, la recosté en la cama y luego me recosté junto a ella. Yo necesitaba consuelo. Me dormí profundamente, pero no más que ella, porque estoy aquí, escribiendo, ella todavía duerme; en un momento más firmaré estas hojas, las enrollaré y ataré con el listón oscuro con que ato mis cabellos y las pondré a un lado de su almohada, para que cuando despierte lea el primer obsequio hecho por mí, con sus manos.
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