| Patxi el solidario |
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| por Miquel Silvestre | |||||||||
| 04 / 2007 | |||||||||
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Patxi hoy es un solidario. No siempre lo fue. Tuvo una conversión tardía, consciente. Hasta los treinta y ocho, Patxi vivía sólo preocupado por el éxito económico; esa versión hiperbolizada y moderna del instinto de supervivencia. Patxi tenía un gran concepto de su propia competencia profesional porque le pagaban el salario suficiente para que un banco le autorizara comprarse una casa en un barrio chic—o lo que es lo mismo, atractivo para los atracadores—y un coche capaz de consumir más combustible fósil del que necesitaba para desplazarse en fila india en las multitudinarias salidas y entradas de la ciudad. Patxi no era estúpido y además tenía una televisión de plasma de 42 pulgadas; ingredientes que, conjugados en funcionamiento el tiempo suficiente, suelen dar lugar, en algún punto temporal de la existencia de un homo hábilis, a un homo videns estupefacto, planteándose qué sentido tiene lo que escupen los telediarios justo antes de la media hora de exaltación de 22 millonarios que se lían a patadas con un cuero inflado. Eso que llaman información internacional y que consiste en repetidas imágenes de cadáveres mutilados, hombres armados y niños desnutridos. Patxi contempló pasivamente esas escenas durante años. Los nombres de los países cambiaban, y a veces cambiaba un poco la cantidad de melanina de la piel de los niños, los cadáveres y los hombres armados. Cantidad de melanina que oscilaba entre lo muy abundante y lo sólo abundante. A veces también variaba el orden de presentación: hombres desnutridos, niños mutilados y cadáveres de niños armados. Pero lo que no cambiaba era la respuesta que Patxi se daba cuando le aparecía ese leve chasquido del alma que algunos santurrones llaman conciencia: “el mundo es así y yo no puedo hacer nada”. Y Patxi no hacía nada. Durante años, desfilaron ante él los cadáveres, los niños, los hombres, las armas y la desnutrición. Y luego, los 22 millonarios corriendo detrás de una bola de cuero inflado. Pero un día apareció alguien más. Alguien distinto. No tenía casi melanina pero sí un vestuario de explorador muy vistoso y traía cosas: medicinas, comida, sonrisas. Después, poco a poco, aparecieron más. Eran los solidarios. Durante un tiempo, los solidarios parecían ángeles; tan rubios, tan atractivos, tan buenos con esos niños tan negros. Patxi seguía pensando que él no podía hacer nada, pero aquellos solidarios le parecían una gente estupenda. Mas un día, los solidarios se dirigieron a la cámara. A través del plasma le dijeron a Patxi que también era culpable. Que no hacer nada era lo mismo que disparar un arma. Que su bocadillo y su cerveza eran el reverso responsable de la desnutrición de millones. Y ante aquella insolencia del ángel, Patxi se enfadó y apagó la televisión. Pero los solidarios seguían apareciendo. A Patxi ya no le parecían ángeles, sino amigos pesados, de esos sinceros que se creen autorizados, los muy cabrones, a señalar tus defectos. Al final, Patxi tomó conciencia de que todo lo que tenía se lo había robado a los niños; él también era responsable de la injusticia y le dio asco la opulencia que le rodeaba. Sin embargo, le sabía mal desposeerse de sus criminales bienes tangibles, y además, barruntaba que la pura renuncia de lo material—el hifi, el plasma, el coche—no iba a solucionar tan injusta distribución, salvo, quizá, para sus vecinos, quienes, al fin y al cabo, tenían tantas cosas como él. Pero ya era un hecho la conversión solidaria de Patxi, mas no sabía qué tenía que hacer para hacer algo. El ángel de eso no había dicho nada. Hizo algunas gestiones y se enteró que ir donde vivían los niños desnutridos era peligroso, pues los hombres armados también cazaban ángeles. También era caro; las onegés no pagaban como en su empresa consultora. Pero un día salió un número sobreimpresionado en la pantalla debajo del ángel rubio y el niño negro. Patxi descifró sin dificultad el mensaje. Para eso era economista. Los dígitos decían: “esto es una cuenta bancaria, haz algo significa: ingresa dinero.” Pero Patxi no sabía cuánto tenía que ingresar. Eso no venía en el rótulo. Sin embargo, un día oyó hablar del 0´7. Era lo que reclamaban los solidarios de cada estado rico para hacer ricos a los estados pobres. Algo le decía que la ecuación no era tan sencilla, pero Patxi lo vio tan claro como la luz fluorescente de su despacho. Allá donde fuera, Patxi convencía a todos que tenían que hacer algo, y que lo que tenían que hacer era ingresar el 0´7 de su salario en una cuenta para que los niños negros dejaran de pasar hambre y los ak47 se tornaran pacíficos aperos de labranza—o heroicas armas de revolución marxista, que matan igual pero lo hacen por el Bien—. Cada día más gente ingresaba el 0´7. Era ya un 0´7 de muchos millones. Y Patxi un día hizo otro cálculo. Ante aquellas abultadas cifras, calculó que el mundo mejoraría mucho más si dejaba su trabajo de economista y se dedicaba plenamente a convencer a la gente de que ingresaran su 0´7. Por su trabajo, él, que también tenía necesidades, se llevaría el 0´7 del total de los 0´7 que consiguiera. Entonces Patxi, feliz con su idea, fue al notario y otorgó la escritura constitutiva de una fundación; exenta, claro está de Actos Jurídicos Documentados. Una fundación con su propio número de cuenta, no sujeta a IS, IRPF o IAE. Número que sale ahora mismo sobreimpresionado en tu pantalla. Haz algo. Ingresa tu 0´7. Te lo dice Patxi.
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