| Eunice (segunda parte) |
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| por Antonio Andrade | |||||||
| 04 / 2007 | |||||||
CAPITULO VIEunice segunda parte (¿quién dice que segundas partes son malas?)Al llegar a su casa, me posé frente a su puerta (la de la casa ¿ok?), y le di un ágil lengüetazo a mis zapatos, toqué el timbre, y más rápido que una bala expansiva calibre nueve milímetros, apareció en el marco de la puerta, la siempre cara-dura señora de la casa, mi suegra, mi madre política, la odiosa consejera, la nuncapasolosrecados, o como le quieran decir a la madre de mi novia, “hola hijo, ¿cómo has estado?, hace mucho que no te veía”, a lo cual, haciendo gala de mi maravillosa educación respondí, “es que estuve trabajando muy duro señora mía”, y como si me hubiera leído la mente, ella dijo “pero que trabajador y educado jovencito pretende a mi hija”, ¡ah¡ y por cierto señora, ¿no estará ella por ahí?, “no mijo, se fue con un tal Sergio al cine, creo que fueron al Apolo, llámale como a las nueve”, ¡que salió con quién¡, ¿con el imbécil ese que siempre está sudando un libro bajo el brazo, el estúpido que no hace mas que estudiar día y noche, aquel que se dice mi amigo; con el mismo Sergio que sabe que Eunice es mi novia, mi complemento, mi otra mitad, mi media naranja, mi musa, mi brazo derecho, la dueña de mis quincenas, de mi corazón y de mis noches?, eso si que no se lo perdono ni a mi propio hermano (figurativamente hablando ya que, gracias a los dioses ocultos, soy hijo único), corrí a casa para recoger mi “bici buey” y, extremadamente encolerizado, pedaleé directamente hacia el cine Apolo (el cual quedaba a escasas seis o siete cuadras de la casa de mi adorada chaparrita, que a su ves quedaba a escasas tres o cuatro cuadras de mi casa, ¿ps a poco no es la onda que la novia de uno viva cerca?), y una ves ahí, tomé asiento, -aclaro que me senté afuera, ya que era mas fácil encontrar a Sergio y a mi musa con la luz artificial de la calle que en las tinieblas de la sala-, consulté mi reloj, eran las ocho treinta en punto, ya casi terminaba la función, y casi como si los dioses ocultos me hubiesen escuchado, al cabo de cinco minutos de ansiosa espera, la gente comenzó a salir, yo, obviamente me puse bien a las vivas, de entre la muchedumbre, salieron botados de la risa Sergito y mi amada, rápidamente miré sus manos y debo confesar que sentí un gran alivio al ver que cada uno caminaba por su lado, me oculté tras un arbusto para observar sus movimientos. El desgraciado y siempre desagraciado de Sergio le preguntó a mi amada, “deseas que te lleve a tu casa o prefieres ir a tomar un helado antes” y como si Eunice me hubiera leído la mente le respondió, “no, muchas gracias, ya tengo que llegar, mi madre me está esperando”, ah, que paz recorrió mi cuerpo al escuchar esas palabras, mas... esa paz se vio quebrantada justo en el momento en que, con los ojos bien abiertotes, así como las coladeras del centro histórico, el maldito de Sergio le dijo, “Eunice” y tomándola de la mano, “dame un beso”, la abrazó y trató de besarla, más a la de a huevo que de ganas, a lo cual, como era de esperarse, mi chica dorada respondió, “¡cálmate y suéltame imbécil¡, recuerda quien es mi novio”, y como ya se podrán imaginar, haciendo gala de mi gran nombre, salí de entre aquellos matorralillos, hablando fuerte y con un tono en extremo burlón y sarcástico, “ay, ay, ay, Sergio, mi gran amigo, mi compañero de biblioteca, la única persona a la cual le dirijo la palabra, ¿sabes que acabo de presenciar toda tu escenita?, ¡traidor, imbécil, obsceno, prosaico, burdo, birbo, garlopo, mal amigo, hijo de tu pu...¡ y tomándolo por el cuello, le dejé caer mi mejor y mas certero derechazo, a lo cual, él respondió desvaneciéndose y azotando la cabeza contra el suelo, y una vez que lo tuve allí, me aproximé a el y le hablé suavemente al oído, “si vuelves a dirigirle la palabra o la mirada a mi novia, te juro que te mueres” pero eso no fue lo mejor, ¡no señor¡, lo mejor fue cuando le dije, “acuérdate que ya sé en donde vives”, y dándole mi mejor patada en las costillas, di media vuelta y dirigí mis agitados pasos hacia mi esbéltica, la tomé de la mano, y en compañía de mi bicicleta, emprendimos el camino de vuelta a su casa. Eran las nueve y veinte cuando llegamos a su casa, y ya frente a la puerta, al despedirse de mí, así, muy quedo, me dijo al oído, “te quiero”, y más rápido que un auto fórmula uno se introdujo en su hogar, tomé mi bici y no hice más que pedalear y pedalear durante casi cuarenta minutos bajo el manto de la fría noche que cobijaba mi aturdida mente, recordar esas palabras y la dulzura que había quedado impresa en ellas, “te quiero” (obviamente aquella noche me fue imposible conciliar el sueño), no podía borrar de mi siempre apto cerebrito, aquellas palabras, y me fue doblemente difícil evitar que en mi rostro se dibujara una enorme sonrisa (ya sabes, como esas que usan los payasos). A la mañana siguiente, en el recinto de la enseñanza formativa obligatoria y ver el ojo de Sergio amoratado, la sonrisa se convirtió en incontenible carcajada cuando, sarcásticamente le pregunté, “pero Sergio, ¿qué te paso?”. A la hora del receso, la bella Eunice se acercó a mi y me comunicó que su madre deseaba verme esa tarde en su mesa (para comer obviamente), a lo cual contesté presuroso que con todo el gusto del mundo asistiría al llamado de su sacrosanta progenitora, me dio un beso en la mejilla y abandonó la escena de una carrera, una duda no tan duda se apoderó de mi pensamiento, “¿para que querrá verme la autora de mi chica de oro?”, lógicamente sería para conocerme, saber quien soy, cual era mi meta en la vida y sobre todo, cuales eran mis siempre dignas de sospecha intenciones. Ya en la tarde (sentados a la mesa y dispuesto yo a devorar todo aquello que me fuera servido), la madre lucía un hermorroroso vestido color gris oscuro, y su rostro reflejaba la típica frase, “¿cómo me veré?” el padre muy por el contrario, vestía traje y corbata perfectamente bien combinados y su rostro reflejaba la típica frase, “ya tengo hambre mujer, apúrate”, mi siempre bella Eunice, con su falda entablada que dejaba ver un poco mas arriba de la rodilla me miraba con unos ojos de “cualquier movimiento en falso y lo nuestro se termina cabrón”, y la hermana (de quien me reservo el derecho a enlistar atuendo ya que no logré encontrar palabra alguna que describiera su nefasta manera de vestir), quien no pudo ocultar en su rostro la incultura que invadía su cuerpo entero como un cáncer, y que, modestia aparte se le puede agregar el adjetivo de magna y claro que no podía faltar yo con mi clásica playera desfajada, y mi ya histórica cara de “que me ven, pinches humanos raros”, la madre (mi suegrita) sirvió los tazones de sopa (una no muy rica sopa de fideos, la cual tuve que repetir gracias a la gran insistencia de mi amada suegra, y de mi inculta y descerebrada cuñadita) si no puedes contra ellos, úneteles, (me dije a mi mismo) Aunque eso iba en contra de mis principios de independencia, tuve que utilizar mi peor carta, la cual no utilizo muy a menudo y a la cual he bautizado con el nombre de “la carta del borrego de oro”, cuyos postulados me permito mostrar al apreciable lector a continuación: 1.- Hacer todo aquello que el de al lado haga, es básico. 2.- Repetir como perico todo aquello que escuches y usarlo como tema central de fiestas y reuniones, también es básico. 3.- Ir a los lugares más famosos y de moda, ni se diga. 4.- Poner la otra mejilla, por su pollo. 5.- Ocultarse tras la máscara del anonimato, es la ley. Así que, sin mas ni menos, repetí por propia convicción y por tercera ves el pinche plato de fideos, concluyendo con la clásica frase borrega, “los fideos están deliciosos señora mía, tiene usted un sazón angelical” luego de mi show de los fideos (escrito con efe de futa fadre, fuele a fundillo fétido de fraile franciscano francés y a foco fundido fuera de funcionamiento fabricado en farma fabrics), mis siempre insaciables tripitas clamaban el guisado, (bisteces fritos y papitas en vinagre) esto sí que fue delicioso, en verdad que lo fue, y creo que la señora se dio cuenta ya que repetí el plato en dos ocasiones más, acompañados de siete vasos de agüita de limón (la cual no se parecía en nada a la que preparaba mi sacrosanta madre cada mañana), con todo y las semillas. Al término de la comida, deglutida, tragada, refinada, fagocitada o como les hayan enseñado a llamarle al hecho de introducirse cualquier objeto comestible en la boca, masticarlo y tragarlo pa’ después cagarlo, pasamos todos a la sala en donde... era obvio (ya hasta estaba yo preparado) comenzó el clásico y siempre de los siempres de rigor, interrogatorio, o mejor conocido por la gente como besa-manos. El padre abrió pista con la clásica pregunta (la cual hizo que mi musa se ruborizara) “y bien, ¿cuáles son tus intenciones para con mi hija?”, al escuchar esta pregunta pude visualizar en mi mente dos caminos, el primero era decirle al siempre respetable viejo cabeza de nube que, mi intención era desposar a su hija, y el otro consistía en decirle que mis intenciones para con su amada hija eran exclusivamente de índole sexual, así que tomé otra alternativa, y con voz fuerte y pausada le dije, “pues como ya sabrá señor mío, su hija, aquí presente y un servidor, somos novios, y mis únicas intenciones para con este hermoso ser, consisten en quererla y complacerla en todos los sentidos”, y como era de esperarse, mi siempre refunfuñador suegro, con el ojo cuadrado y la boca bien abiertota, se quedó sin habla, sin defensa alguna contra mi acertada y perfectamente bien colocada respuesta, mas... la madre, quien al parecer, nunca se daría por vencida, encajó mortal y sesudamente su fría pregunta (la cual, dicho sea de paso, nunca debe de faltar), “y... ¿cuáles son tus metas en esta vida?” no podía resistir darle a aquella señora una lección, y sin dudarlo, le dejé ir mi sarcástica pero bien disfrazada respuesta, “pues bien mi siempre curiosa señora, me permito informarle que dentro de otros planes, pretendo, antes que nada terminar mis estudios para luego hacer una carrera y poderme colocar en un excelente trabajo y así, poder conseguir mi otra importante meta, ganar mucho dinero”, ¡no mames¡ la pobre ruca no tuvo mas que decir, excepto por un casi silencioso, “bien mijo, por mi está bien que mi hija salga contigo, ahora solo falta saber que opina el padre de Eunice”. Jamás en mi corta e ingenua vida le había dirigido una mirada tan desafiante y amenazadora a alguien, y se me había ocurrido inaugurarla nada mas y nada menos que con mi suegro, la última palabra de aquel efímero debate estaba a punto de ser echada a perder por aquella estúpida mirada, que por razones aún desconocidas por mi, no pude retirar de su reducido e insignificante ser, lo que se me hizo raro, fue que el señor solo se encogió de hombros sin pronunciar palabra alguna, y como es clásico en una persona culta y educada como yo, me puse de pie, le di la mano a mis suegros, y le pedí a mi musa olímpica que me acompañara a la parada del microbús. Una vez fuera, mi musa me dijo que me quería mas que ayer, que mi comportamiento había sido impecable y que sus padres habían quedado como baños de asiento (anonadados) ante mi imponente presencia, la cual, según Eunice era la de todo un caballero, llegó la unidad del servicio de transporte colectivo nacional y despidiéndome velozmente de besito de trompita, emprendí el camino a casa. Al llegar noté que mi madre no se encontraba en ella (en la casa ¿ok?), sólo hallé un recado en la mesa de la cocina que decía, “hijito: te dejé la comida en el refri, comes bien eh, estoy con tu tía pero no tardo mucho, te quiere, tu madre”. A ver, a ver, a ver, como que me dejaba la comida, si yo ya le había dicho que iría, a comer a casa de Eunice, no lo podía creer, mi santa fabricante, cada día se parecía mas a esos seres que siempre se les bota la canica, en fin, que se le podía hacer.
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