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La infancia de Ultimo Imprimir E-Mail
por Alessandro Baricco   
04 / 2007
La infancia, para Ultimo, terminó un domingo de abril de 1912, y no antes, porque algunos chiquillos consiguen alargarla hasta los quince años, y él era uno de ellos. Se requieren un extraño cerebro y mucha suerte. Y tenía ambas cosas.

Al pueblo habían llevado, ese día, el cine. Lo había llevado el cuñado del alcalde, Bortolazzi, uno que trabajaba en el ramo de la lencería, y que hacía de viajante por toda Italia. El nexo evidente era que una buena sábana siempre podría funcionar como pantalla. El nexo no evidente era que en Milán tenía una amante que era la que cortaba las entradas en la Sala Lux, y eso lo inclinaba a sentirse parte del mundo del cine. Un poco por el placer de asombrar, otro poco porque se olía el negocio, había cargado en su camioneta un proyector y los rollos de una película y los había llevado con gran ostentación al pueblo. La camioneta era una Fiat de la primera generación. La película tenía algo que ver con Maciste.

Florence no había querido saber nada del asunto, y Libero Parri tenía una carrera con el conde, no muy lejos de allí: de manera que al cine Ultimo se fue solo. Ni siquiera sabía muy bien de qué iba todo aquello, y no esperaba gran cosa. Pero lucía un hermoso sol, alto en el cielo, y la idea de ir caminando hasta el pueblo, pasando por las otras granjas a recoger a sus amigos, le había gustado. A su madre le dijo que volvería para la cena, y que no tenía que preocuparse.

En la sala municipal lo habían llenado todo con sillas. En la pared, al fondo, había una hábil composición con sábanas, colgada del muro, tan planchada que no se veía ni una arruga. Bortolazzi, que no era tonto, había organizado un pequeño espectáculo previo, consistente en la venta de sus artículos a precios especiales. Cuando Ultimo y sus amigos entraron, estaba desenfundando una almohada con gestos de prestidigitador, mientras gritaba algo sobre el algodón inglés. Sabía cómo actuar, pero la gente no compraba, en parte por despecho, y en gran parte porque no tenían ni una lira, y las sábanas no las tiraban aunque los viejos hubieran muerto dentro de ellas. Un buen lavado y ya está.

Ultimo se metió con los demás entre las sillas, buscando un sitio que estuviera libre. Al final, se colocaron sobre las cajas que el alcalde había hecho que pusieran al fondo de la sala, y que en su cabeza probablemente constituían el gallinero. Si uno se daba la vuelta podía ver, a pocos metros, izado sobre una mesa de la parroquia, el gran proyector: estaba esmaltado y era brillante, y un señor con sombrero lo iba engrasando con una seriedad de cirujano. A Ultimo le gustó mucho aquello, porque le recordaba su motocicleta: incluso tenía sus ruedas, aunque estaban en una extraña posición. Digamos que parecía su motocicleta después de un accidente. Un aplauso de sincero agradecimiento saludó a Bortolazzi, que se había decidido a recoger su género, y había pasado a presentar la película. Dijo algo sobre el hecho de que el cine era el invento del siglo, pero no se le escuchó muy bien porque la gente había empezado a silbar. Añadió que algunas escenas podían resultar ¡dolorosamente impresionantes! para el público local, y entonces Ultimo y sus amigos se pusieron a ulular de miedo, y la cosa tuvo cierto seguimiento. Al final se despidió de todo el mundo, dándole las gracias a la firma Ala Blanca que había permitido la realización de aquel espectáculo. La firma Ala Blanca era la suya. Lo que pasó después es digno de crédito si nos atenemos al perfil, llamémosle así, cultural de aquellos tiempos, y de aquellos lugares. Se levantó el párroco y acompañó al auditorio en el rezo del Salve Regina, en latín. Luego bendijo la sala y la pantalla, con la colaboración de un monaguillo que llevaba las ropas del santo patrón. Todos inclinaron la cabeza, sombrero en mano. Menudo disparate.

Fue apenas un instante antes de que se apagaran las luces cuando Ultimo vio deslizarse por la fila de delante de la suya –con pequeños pasos, disculpándose con una sonrisa memorable– a la mujer más hermosa que había visto en su vida. Le habían guardado un sitio libre, y el sitio era el que estaba justo delante de Ultimo. Ella llegó hasta allí y, también por el asunto de la sombra de oro, antes de saludar al hombre que la estaba esperando, se entretuvo un momento mirando a aquel chiquillo: sin saber por qué le dijo Hola, inclinando un poco la cabeza. Ultimo sintió que la sangre se le ausentaba momentáneamente de todos los lugares en que debería haber estado. Ella se dio la vuelta y se sentó. Con un gesto que de tan sabio llegaba hasta el punto de resultar invisible, dejó que se le resbalara el jersey por los hombros, dejándolo caer sobre el respaldo de la silla. Llevaba uno de esos vestidos que dejan los hombros y los brazos desnudos y que en el campo sólo se conocen porque han oído hablar de ellos. Uno se preguntaba cómo podía mantenerse allí arriba, sin tirantes, y sin nada. Ultimo no osó decirse que era el pecho lo que mantenía todo en su sitio, por delante, pero lo pensó. De manera que durante un rato tuvo problemas para tragar. Intentó mirar a su alrededor, para desdramatizar, pero sus ojos seguían fijándose en aquel cuello delgado, perfecto, que el pelo, recogido en la nuca, dejaba al descubierto. Sólo algún mechón, dejado en libertad con arte, caía hacia abajo, para amortiguar el resplandor. Ultimo sintió en sus labios la tibieza que aquella piel devolvería con la leve presión de un beso. De modo que, al apagarse la luz, ni siquiera oyó el estruendo de gritos y aplausos con que el auditorio exorcizaba la emoción. Ni levantó la mirada, como todo el mundo, hacia la lencería de Bortolazzi, que se teñía con mundos insospechados. Se quedó mirando fijamente el perfil oscuro que, contra la luz de la pantalla, bajaba desde la oreja derecha de la mujer, corría por el cuello, luego ascendía ligeramente junto al hombro, rodaba a su alrededor, y finalmente se dejaba caer hasta el codo, donde desaparecía en la oscuridad. Era una visión, aquélla sí, ¡dolorosamente impresionante!, y Ultimo descubrió en ella, por primera vez, cuán lacerante puede ser el deseo, cuando quien nos lo ofrece es el cuerpo de una mujer. Se quedó como asustado. Y quizá fuera por eso por lo que, lentamente, repasando adelante y atrás con los ojos aquel perfil sin mellas, por decirlo de algún modo, empezó a despojarlo de cuanto tenía de femenino, y a llevarlo hacia una belleza más secreta, donde la piel se convertía en simple línea; y el cuerpo, en un dibujo grabado y repujado sobre la claridad de la pantalla. Era algo que lo tranquilizaba, porque aquella belleza él ya la conocía. Se olvidó de la mujer y se entregó a otra perfección, repasando la línea pura y el dibujo hasta que se convirtieron en trayectoria y trazado –y carretera. Entonces tomó posesión de ella, como sabía hacer él. Descendía a lo largo del cuello, luego doblaba a la derecha, aceleraba sobre la recta levemente en ascenso, aflojaba en la cima del hombro, se dejaba caer hacia la derecha y salía hacia el exterior enfilando la suave recta del brazo. Primero lo hizo sólo con el cerebro, para ir tomando las medidas, luego empezó a notar la carretera en su cuerpo y, lentamente, a hacer el ruido del motor, con la boca. Si alguien lo hubiera visto, habría podido equivocarse, porque los movimientos de su pelvis recordaban otras cosas. Pero no era culpa suya si las motos se conducen, sobre todo, con el culo. En esa analogía, por otra parte, se revelaba, una vez más, que infinitas son las formas de poseer un cuerpo, y que no necesariamente la más instintiva es también la más irrevocable. Ultimo, que nunca se habría atrevido, o podido, tocar aquel hombro, ahora estaba corriendo por encima de él, descubriendo sus secretos uno a uno. Allí, en medio de la gente, se aprovechaba de una intimidad que un amante refinado habría tardado meses en conseguir.

Créase o no, la mujer levantó una mano, y con los dedos se rozó el hombro, como para sacarse algo que no sabía lo que era.

Allí terminó la infancia de Ultimo. Pero no por la magia de aquel gesto inesperado. Terminó porque una voz se puso a llamarlo, y era la voz de Tarrín. Ultimo se dio la vuelta, se bajó de la moto, y vio que efectivamente era Tarrín el que lo estaba buscando, abriéndose paso, doblado en dos, entre la gente. Lo llamaba por su nombre, en voz baja, por miedo a molestar. Ultimo se levantó y salió de su fila, pidiendo disculpas.

–¡Ultimo!

–¿Qué pasa?

–Tienes que volver a casa.

–¿Por qué?

–Ve corriendo a casa, Ultimo.

–Pero es que la película no ha acabado –dijo Ultimo, que no había visto ni un fotograma siquiera.

–Tu madre ha dicho que vayas corriendo a casa.

–¿Por qué?

Tariin tenía cara de saber muy bien por qué. Pero no estaba preparado para traducirlo en palabras.

–Te lo ruego, vete. ¡Rápido!

Entonces Ultimo se fue. Cogió el camino hacia su casa, primero corriendo, luego caminando, y poniéndose a correr sólo cuando llegaba a alguna curva. Se doblaba un poco hacia un lado y reducía gas con la boca. No pensaba en nada. No tenía nada en que pensar.

Cuando llegó a la vista de su casa, se detuvo. Había gente fuera, delante del garaje. Eran los de las granjas vecinas. Y un par de personas a las que no conocía. Estuvo un rato esperando. No estaba muy seguro de querer ir. Luego alguien lo vio y ya no pudo echarse atrás.

Lo llevaron hasta delante de la puerta de su casa. Estaba cerrada.

–No deja entrar a nadie –le dijeron.

Llamó.

–Soy Ultimo, mamá.

No le llegó respuesta alguna.

Ultimo giró la manija y empujó la puerta, lentamente. Entró y cerró la puerta a su espalda, sin hacer ruido.

Florence estaba de pie, en un rincón de la habitación, apoyada contra la pared. Como un animal que busca con la espalda el fondo de su madriguera. Lloraba.

Ultimo se le acercó. La abrazó. Ella, al principio, no hizo nada, luego empezó a golpearlo con los puños, sobre el pecho, cada vez más rápido, y fuerte. Y esperó a que se cansara y se rindiera entre sus brazos. Parecía que no pesara nada, y que se hubiera marchado de sí misma.

–¿Dónde está papá?

Ella no lograba hablar.

–¿Está vivo?

Florence hizo un gesto afirmativo, con la cabeza.

–Todo irá bien, mamá.

Ella asintió de nuevo.

–¿Qué ha pasado?

Florence dijo algo sobre un automóvil en llamas.

–¿Y ahora dónde está?

–En la ciudad, en el hospital.

–Tenemos que ir a su lado.

Pero ella no se movió.

–Tengo que ir a su lado, mamá.

–Sí.

–Todo irá bien.

–Sí.

Ultimo pensó en su padre y no pudo de ninguna manera imaginárselo en la cama de un hospital. Con cierto esfuerzo lograba imaginárselo erguido en la pira de un automóvil; pero todo de blanco, en la cama de un hospital, eso no. Las cosas no podían ir así. O tal vez todo había ido así, y entonces el mundo no tenía ni pizca de lógica, y todos ellos estaban jodidos, desde siempre y para siempre.

–Deja que la gente entre. Lo único que quieren es ayudarte.

Florence no se movió.

–Ven.

La cogió de la mano y se la llevó hasta una de las sillas que había en torno a la mesa. Hizo que se sentara. Ella apretaba un pañuelo en la mano. Tenía los nudillos blancos porque lo apretaba con fuerza. Entonces Ultimo se acordó de la fuerza que siempre había tenido su madre, y se preguntó qué estaba ocurriendo que era capaz de quebrar a una mujer como aquélla. Se agachó para darle un beso en el pelo.

–Tal vez lo mejor será que vaya yo corriendo junto a papá.

–Sí.

–Luego volveré.

–Sí.

Por vez primera levantó la mirada y buscó los ojos de su hijo.

–Dile que esto no puede hacérmelo.

Se lo dijo con un hilo de aquella dureza que era tan suya, desde siempre. Ultimo sonrió.

–Se lo diré.

Luego se fue hacia la puerta. Antes de salir, se dio la vuelta de nuevo y preguntó:

–¿Y el conde?

–No lo ha conseguido.

Y un instante después:

–El conde está muerto.

Lo dijo sin ninguna emoción en la voz. Y Ultimo comprendió en aquel momento que su madre tenía dos corazones y que ambos, aquel día, habían sido heridos de muerte.

Salió de la casa dejando a sus espaldas la puerta abierta. Por lo que parecía, el automóvil se había vuelto loco, en una recta cerca de un río. Había ido a estrellarse contra un plátano y se había incendiado. El conde había quedado atrapado entre los hierros. Su padre había salido expulsado por el choque y ahora estaba en el hospital, en la ciudad, con algo roto por dentro. Los médicos no sabían decir si se salvaría. Era necesario esperar a ver si llegaba hasta la noche. Llegará, es un pedazo de tío, dijo alguien.

Ultimo miró al cielo para ver cuánto faltaba para el anochecer. Cuando Baretti se ofreció a llevarlo a la ciudad en su carro, dijo No, gracias, iré yo solo. Y se fue a coger la motocicleta. Vieron cómo se ponía las gafas de Lafontaine y cómo se metía una hoja de periódico debajo del jersey. Alguien le dio una palmada en el hombro. Todos tenían la muerte en su corazón, viéndolo marcharse de aquella manera, tan solo. Pero, de repente, tenía movimientos de hombre, y nadie se atrevió a detenerlo. Sé prudente, dijo una mujer.

La carretera para la ciudad corría recta en mitad de los campos. Las sombras eran alargadas y la tarde estaba refrescando. Ultimo puso el motor a tope y se inclinó sobre la moto, porque tenía algo que decirle, y quería que lo oyera bien. Le dijo que él tenía que llegar antes que la muerte, y que lo lograría sin duda alguna pero sólo si ella se portaba bien. Le dijo que mirara cómo la carretera había decidido ayudarlos y que se había puesto toda recta, para que llegaran antes. Y le explicó que la belleza de una recta es inalcanzable, porque en ella están disueltas todas las curvas, todas las trampas, en nombre de un orden clemente y justo. Es algo que las carreteras pueden hacer, le dijo, pero que en cambio no existe en la vida. Porque el corazón de los hombres no corre recto, y no hay orden, tal vez, en su caminar. Luego dejó de hablar, y permaneció largo rato en silencio, preguntándose de dónde le vendrían aquellas palabras.

Minúscula, en la nada de aquella tarde, circulaba la motocicleta, un pequeño latido de corazón en la inmensidad del campo. A su paso levantaba un frágil penacho de polvo y dejaba tras de sí un perfume, ácido, a quemado. Luego el perfume se desvanecía y el polvo se disolvía en la luz. De esa forma se cerraba el círculo del acaecer, en la quietud aparentemente inmutable de las cosas.

Fragmento proporcionado y autorizado para su publicación, por Editorial Anagrama.

Del libro “Esta Historia”, de Alessandro Baricco

Traducción de Xavier González Rovira

 

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  Comentarios (1)
Me quedé con ganas de seguir leyendo
Escrito por Gabriela Aurora Mondragón Meza, el 22-04-2007 17:25
Hola!, el texto me pareció oportuno y muy rescatable, me quedé con ganas de seguir leyéndolo. Y así de manera independiente, este fragmento me pareció que iniciaba con un propósito: saber en qué momento Ultimo había dejado atrás su infancia, y creo que éste propósito fue resuelto de forma muy adecuda y sutil: en la intimidad de su imaginación y con la descripción de aquella dama. Sentí que lo del accidente de su papá y la depresión de su madre ya era una historia diferente. Saludos y gracias. ;)
 
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