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Estaba abrumado. Abrumado de problemas. Abrumado de la vida misma. Entonces, tal vez buscando el efímero alivio de mi alma (sí, de mi alma) o una respuesta vaga a mis innumerables preguntas existenciales, se me dio por ir a una iglesia. Sí, una iglesia. Cuando los psicólogos y los ansiolíticos dejaron de surtir el efecto deseado busqué respuestas por ese lado; el lado de los curas y las cruces. Y muy mal no me fue, mantuve con el sacerdote charlas que, si bien no me aclararon demasiado el horizonte, al menos sirvieron para desahogarme un poco, aparte, eran gratis. Y, convengamos, la ayuda que pueden brindarte los psicólogos y psiquiatras y demás discípulos de Freud y Lacan es directamente proporcional al abono del precio de la consulta, el cual, como se sabe o imagina, es bastante alto. O al menos bastante alto para alguien de ajustados recursos económicos como soy yo. Así que tiré mis principios a la basura (¡la iglesia es una mierda, los curas son homosexuales reprimidos que manosean a los chicos! ¡Que las iglesias se derrumben y los curas ardan en el averno!) y entré a una iglesia a hablar con un cura. Nada menos. Fueron meses de visitas y charlas y rezos y oraciones y cruces y olor a incienso y, porque negarlo, alguna que otra lagrimita falsa (o no). Fueron meses de sermones que me proporcionaron unos cuantos minutos de alivio, un alivio de pacotilla que la realidad de una patada se encargaba de mandar a la mierda. Así fue que, esa noche cálida de día lunes, me adentré al templo en soledad. Yo, el que renegaba (y reniega) de la hipócrita religión católica apostólica romana, yo, el aniquilador de cultos y creencias, yo, tan justamente yo, me adentré en el templo. Caminé a través de las largas hileras de bancos y evangelios y, en plena oscuridad, me senté a unos metros de la cruz; el santísimo cáliz de la eucaristía. Lo había hecho por consejo del cura, que me dijo que allí, en el santísimo, frente a esa gran cruz, podría hallar la paz que mi atribulada alma anhelaba y, de esa manera, lograr un contacto estrecho con Jesús, el hijo de Dios y la virgen María (todavía no comprendo como María puede ser virgen si fue madre de Jesús). Allí dentro sólo éramos unas cuatro o cinco personas, cada una buscando afanosamente encontrar unos minutos de paz y alguna que otra respuesta, y, debo decirlo, esa soledad y esa penumbra me reconfortaron. Lloré un poco y pensé en lo crédulos que podemos ser los seres humanos, que nos sentimos bien con algo tan irresistiblemente estúpido como lo es el hecho de elevarle ruegos y plegarias a ídolos de cemento y yeso y pedirle ayuda a “Jesuses” tallados en madera. Sí, indudablemente somos unos estúpidos que nos conformamos con poco, y Jesús, si es que existe más allá de esas perfectas esculturas sacras que adornan las iglesias, debía estar al tanto de ello. Pues bien, allí estaba yo sentado frente al altar, mirando de reojo a las otras personas que también estaban sentadas frente al altar como yo, y se me apareció la siguiente interrogante: ¿Cómo iba Jesús a ayudarme, a escuchar mis ruegos, si tenía que hacer lo mismo con todas las demás personas que estaban en ese mismo templo? O cuadruplicando la apuesta: ¿Cómo iba Jesús a ayudarme si tenía que ayudar a las miles de personas que le piden ayuda alrededor del mundo? ¿Es Jesús tan poderoso como para escuchar miles y miles y miles de voces y pedidos y suplicas al mismo tiempo? ¿Jesús existe? ¿Estará aquí en este preciso momento? Y yo, allí, perdido y sollozante en un banco de templo católico, quería creer que sí, que Jesús, el gran Jesús hijo legítimo del todopoderoso, estaba allí, en el éter, en el aire, que no todo se reducía a unas frías estatuas a las que nosotros idolatramos y le pedimos ayuda como imbéciles. No, millones de personas no pueden equivocarse; Jesús debía existir. Jesús… ¿debía existir? Allí estaba yo, solo y bastante reconfortado, manteniendo una especie de forzada charla espiritual conmigo mismo y con Jesús, quién, al menos en ese momento, me acompañaba personificado en un par de esculturas y en la enorme cruz del centro del altar. Entonces ocurrió algo inesperado; un puñado de personas irrumpió al templo en medio de rezos atronadores y espasmos de éxtasis divino. Uno de ellos, un tipo delgado y lánguido con cara de perro apaleado, se paró frente al altar y empezó a orar a viva voz (¡Sí, a viva voz!) mientras los demás se ubicaban convenientemente en los bancos alargados. El tipo flaco con cara de perro, que parecía ser quien llevaba la batuta, levantaba las manos al cielo y espetaba plegarias mientras los otros lo imitaban como si fuera el mismísimo Mesías. Todas esas personas, católicos extremos cercanos al fanatismo, habían destruido literalmente el plácido ambiente de calma e introspección que reinaba en esa iglesia perdida a esas horas de la noche. Esas personas atentaron, quizás sin saberlo, contra lo único que, a mi criterio, puede ofrecer una iglesia: un gran espacio plagado de ídolos donde uno puede abandonarse y desahogar sus penas cuando los demás métodos de desahogo como el alcohol y el psicoanálisis resultan insuficientes (aunque, lo confieso, el alcohol es mucho más placentero). El tipo con cara de perro levantó una copa dorada, le habló (sí, a la copa), sacó una hostia y, después de una insoportable y hasta cómica perorata de reverencias, se la tragó. Sus súbditos se arrodillaron en sus bancos y, uno por uno, comenzaron a dirigirse a su maestro para recibir su comunión. Que Ave María purísima, que padre nuestro que estás en los cielos, que Jesús hijo de Dios y de la nunca penetrada María, que la puta madre que lo parió… yo estaba allí en busca de un poco de paz y reflexión y terminé siendo partícipe involuntario de una misa improvisada que nunca busqué. ¿A Jesús le gustara eso? ¿Le gustarán esas ceremonias casi sectarias donde se lo reverencia con una devoción cercana al terrorismo religioso? Jesús, si es que existe ¿No estará más cerca de gente como yo y tantos otros, que contra nuestros principios y prejuicios buscamos en los templos un lugar de silencio para desmenuzar nuestras penas diarias? Era la primera vez que entraba a una iglesia desde mi confirmación a los 15 años, y no sé si volvería a hacerlo. Aunque me gustaría intentarlo. Soy católico, no practicante, y mi miedo a la muerte me obliga a creer en la existencia de seres celestiales más allá de nuestro mundo. Ni más ni menos que eso. Pensando todas estas cosas, mientras los invasores se arrodillaban y arremetían con una oración desconocida, yo me retiré sin siquiera mirarlos. El flaco con cara de perro apaleado gritaba, seguro de haberse ganado el cielo. 
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Escrito por Wolfandanger, el 17-03-2008 16:32 para Marko... algo de comprención de lectura sería buno para tu persona, más bien algo de educación a la hora de dar una crítica... nada de eso de "vete a la mierda" o "pobre idiota pégate un tiro" es efectivo cuando una persona tiene fundamentos, es por ese tipo de cosas que me hacen pensar qué tipo de educación has de tener. Por otra parte dices que el creador de este sitio, o por lo menos de esta noticia, es un adicto a las drogas y que busca en la religión una forma de llenar sus vidas, pues bien tu haces eso, me parece mucho que eres tú quien se droga y que eres tú quien busca en la religión algo de sentido a tu vida, ya sea hablando mal de ella o siguiéndola... pero es que de verdad no he visto en una persona madura que de argumentos de un niño de 10 años, por lo menos en una persona que no se drogue, es por eso que pienso que tu te drogas... sino no se entendería que pienses que provocas miedo escribiendo un "mail"... para tu información esto no es un email, es una plataforma web... eso era todo, no he podido leer toda la noticia porque lamentablemente estoy en un lugar religioso y me matarían si leen esto. nos vemos PD: no hagas caso al tipo de argumentos que usan esta clase de personas, si alguien te insulta con improperios entonces esa persona no están haciendo más que mirarse en el espejo, y si una persona te insulta usando palabras elegantes ya la tienes que tomar en cuenta pero con cautela... porque una persona inteligente no tiene para qué insultar a otra persona. |
amen 2... Escrito por Emanuel, el 13-05-2007 18:06 Y por cierto, no soy ningun pendejo, tengo 28 años bien cumplidos... |
amén... Escrito por Emanuel, el 13-05-2007 18:04 asi sea... y trata de leer bien mi escrito, que está lejos de ser pro-eclesiatico, es un escrito sobre la fe, sobre mi fe, que la tuve siempre, me encanta que tipos vacios como tu den esa clase de opiniones, me hacen notar lo que soy, un ser humano, un ser que sufre y cree, no un robot. creo que el que debe pegarse un tiro eres tu, de nada sirves,estas vacio, bye.. |
Escrito por Marko, el 12-05-2007 16:08 Puse el google buscando comentarios de "hopocrita religion catolica" y esperando leer algo interesante de tu articulo en contra de los hijos de puta de la religion catolica: Desde el papa hasta el cura de tu parroquia y me encuentro que no eres mas que uno de tantos millones de imbeciles que ya sea en las drogas o en la religion encuentran las convicciones y emociones que su cabeza y su puta vida de mierda no les da. Y no temas a la muerte pendejo, te da mas miedo estar vivo, como en este momento que lees este mail. Pobre idiota, te diria que te des u n tiro, pero eres tan culero que ni te lo das, y a cambio sufres estar despierto. Vete a la mierda y voy a buscar paginas que si tengan argumentos serios para denunciar las pillerias de la hipocrita iglesia catolica, de la cual veo que tu formas parte mierda humana, |
Escrito por angelo, el 20-04-2007 19:23
fantastico, pero no le temas a la murete temele a una vida aburrida y sin libertad | |