| Amsterdam |
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| por Miquel Silvestre | ||||||||
| 05 / 2007 | ||||||||
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Viajar. Última fiebre de la sociedad occidental gracias a la prosperidad y a los vuelos baratos. Viajar. Donde sea. Y cuanto más lejos, mejor. ¿Para qué? A juzgar por la contaminación occidentalizada que el turista ha llevado consigo a todos los rincones, desde Katmandú a las Islas Fidji, diríase que se viaja sólo para colonizar el planeta entero de mal gusto y contagiar a las tribus locales de ansia por el dinero fácil. Ella siempre se queja de que no me gusta viajar. De acuerdo, accedo sin ganas de discutir cuando retorna el tema. Viajemos a Ámsterdam. Al fin y al cabo, para mí es un lugar conocido. Estuve varias veces cuando fui un joven de mal comportamiento. Aeropuerto. Avión. Fin de semana en Ámsterdam. La hecatombe. Leidse Plein. Una manada de orangutanes de ojos enrojecidos desfilan como zombies entrando y saliendo del Bull Dog, probablemente el coffe shop de más éxito comercial. Lo que un día fue lugar de irreverencia se ha convertido en lucrativa marca mercantil que vende una gama completa de productos para viciosos de ocasión. Porque Ámsterdam explota el vicio con burguesa eficacia. Una galería de burdeles baratos rodea una preciosa iglesia sin que a nadie le ofenda, pues en Ámsterdam el vicio, el comercio sexual y la marihuana cotizan religiosamente ante la Hacienda Pública, y lo que paga impuestos se convierte en legal, y lo legal está a un paso de convertirse en moral. Al menos para los calvinistas. Ámsterdam es ante todo un negocio. Los buenos turistas son bienvenidos. ¿Y cuál es el buen turista? El que permanece el mayor tiempo posible dentro de los estrechos límites del Barrio Rojo y no sale a ensuciar la plácida tranquilidad de los lugareños. El Red District, universal gueto de drogas blandas y prostitución barata, donde se deja los euros la juventud disoluta de Europa entera. Los museos, otro buen negocio con interminables colas de acceso. El Rijks lleva en obras casi cinco años y sólo se puede ver una pequeña muestra de sus fondos—lo más relevante es Rembrandt y tres preciosos cuadros de Veermer—. El museo Van Gogh es un ejemplo de buen diseño: un cubo pensado, no para el lucimiento del arquitecto, sino para que la mayor cantidad de gente posible pueda entrar, ver, comprar y salir. El museo deglute cada día una espesa masa de turistas, empeñados en poseer por unos instantes la magia de uno de los más sólidos locos de la Historia del Arte. Resulta curioso observar el imposible diálogo entre el genio colgado en la pared y el compacto muro de banalidad consumista pasa delante suyo. ¿Qué diablos entenderá de todo ese arrebato de colorida rabia el millón de pacíficos y disciplinados japoneses que ingresa en las salas cada hora? Difícil saberlo, pero todos salen con su cajita azul de láminas, previo pago de 9 euros. Y sin embargo, cuando uno se aleja del pintoresco centro de canales, museos y prostitutas, Ámsterdam se convierte en una ciudad habitable, de preciosas casas de tres pisos. Tras las ventanas sin persianas ni rejas se ven enormes estanterías repletas de libros. Centenares de libros en todas las casas, ¡Eso sí que resulta exótico! Por esas calles tranquilas y bucólicas que bordean el magnífico Vondel Park, los holandeses se deslizan elegantes sin compartir su existencia con ceñudos extranjeros de mapa en mano. Es ahí donde el viajero puede volver a sentirse persona y no rebaño. Y entonces es cuando descubre el motivo del horror que le asalta en los lugares turísticos. El horror es verse en el espejo. Recocerse como parte de esta marabunta, saberse uno más, indistinguible e idéntico a cualquier otro miembro de esta millonaria tribu de vuelo barato y duty free, saberse reducido al banal común denominador de acentos, prejuicios e idiomas patrios es algo demasiado tóxico para la autoestima del viajero circunstancial. Es que a ti no te gusta viajar, replica ella a mis consideraciones mientras engullimos algo irreconocible bañado en mantequilla—a precio de caviar iraní—en un figón despreciable. Por supuesto, respondo yo para mis adentros mientras me prometo no volver a picar el anzuelo. Los dos sabemos perfectamente que es una promesa que no cumpliré y que pronto me convencerá para un próximo viaje a Nueva York, Sebastopol o Constantinopla. Pero me consuela pensar que más tarde me vengaré escribiendo otro inútil artículo como éste.
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