| Yo-Yo Marco Polo |
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| por José Juan de Ávila | ||||||||
| 06 / 2007 | ||||||||
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Yo-Yo Marco Polo, ahora en México para compartir un par de conciertos con Carlos Prieto, dejó la cuna en París y se crió en Nueva York, centro económico y cultural del último siglo como lo fue la Venecia de Marco Polo 700 años atrás. Y desde ahí oyó y miró al Occidente, el Occidente de América, para recorrerlo a lomo de violonchelo, escuchar las historias sonoras de los pueblos de Oriente y contarlas al ocupado mundo moderno del Gran Khan. Por algo creó en 1998 el Silk Road Project, una organización cultural y educativa con artistas de todas partes que revivió la Ruta de la Seda -durante casi 15 siglos puente comercial y civilizador entre China, India, los reinos del Asia central y Europa- “para conectar a los vecinos, reunir músicos y audiencias de todo el globo y promover la innovación y el aprendizaje a través de las artes”, según se indica en su sitio en internet. Cuenta Yo-Yo Ma que el prólogo de este Libro de las maravillas contemporáneo concluyó con la reunión de medio centenar de artistas en el Tanglewood Music Center de Lenox, Massachussets, al arranque del nuevo milenio, para “comer pizza, volar cometas” e interpretar piezas de “compositores” mongoles, azeríes, persas, chinos, indios, armenios, entre muchos otros, recopiladas durante tres años por etnomúsicos. De allí surgió el Silk Road Ensemble que ha dado conciertos y talleres en Estados Unidos, Europa, Asia y Medio Oriente y que para agosto de 2001 grabó su primer compacto en Nueva York. Aunque en el repertorio de este músico de 52 años destacan Bach, Boccherini, Vivaldi, Dvořák, Saint-Saëns, Shostakovich, Brahms, Massenet, Gershwin o Beethoven (al que compara con un rockero), quizás uno de sus mayores méritos sea escuchar hacia otras partes y compartir con el resto del mundo las maravillas que encontró en esas músicas. Con discos como Silk Road Journeys When Strangers Meet, Enchantment o Japanese Melodies (los dos primeros con el Silk Road Ensemble), el Stradivarius de Yo-Yo Marco Polo rompe las fronteras musicales y temporales para contar historias de nómadas o de dioses o descubrir la vanguardia de la tradición con antiguos instrumentos de viento, como el ney o el santur, de Irán; cuerdas: el morin khuur, de Mongolia, el kemanchen, de Armenia, o el erhu, de China; o percusiones: la tabla, de India, o aun el pandeiro brasileño. Pero lo que en otros casos terminaría como etnomúsica, con la dirección e interpretación de Yo-Yo Ma estas obras irradian extraordinaria riqueza y fuerza orquestal contemporáneas. También su violonchelo ha sido puente entre artes: una muestra es la serie de seis películas Yo-Yo Ma inspired by Bach, en la que las seis suites para cello del alemán congregan coreógrafos, paisajistas, bailarines y cineastas como el canadiense-armenio Atom Egoyan. El chelista, con más de 50 álbumes, 15 premios Grammy y participación en las bandas sonoras de cintas como El tigre y el dragón, de Ang Lee, Memorias de una geisha, de Rob Marshall, o Una lección de tango, de Sally Potter, también ha oído las innovaciones del Sur americano, esas historias de más allá de los trópicos, para enriquecer su repertorio con Heitor Villa-Lobos, Antonio Carlos Jobim, Camargo Mozart Guarnieri o Astor Piazzolla. De sus viajes por Argentina y Brasil surgen dos discos: Soul of the Tango y Obrigado. En el primero, curiosamente dedicado a las Madres de la Plaza de Mayo, aquellas mujeres argentinas cuyos hijos desaparecieron a manos de militares durante la dictadura, Yo-Yo Ma confiesa por qué el tango: “En un instante, me golpeó. La música se apoderó de mí como una fiebre que ya no me abandonaría. Y qué mejor que tocar la música de Piazzolla con sus colegas y amigos de tantos años? Músicos que yo he admirado a través de grabaciones...”. El disco le mereció su primer Grammy en 1998 fuera de grabaciones de música “clásica”. Para el segundo, Yo-Yo Ma, con su inseparable pianista Kathryn Stott, adoptó o fue adoptado por una numerosa familia de músicos del continente, entre ellos el clarinetista cubano Paquito D’Rivera, el compositor argentino Jorge Calandrelli –quien colaboró en Soul of the Tango- o los brasileños Cyro Baptista, Rosa Passos y Cesar Camargo Mariano, para recuperar las múltiples voces de la música brasileña, del clasicismo al bossa nova, un extraordinario álbum cuya versión en vivo también consiguió el Grammy en 2004. El violonchelista vivo más afamado del mundo, a la muerte el mes pasado de Mstislav Rostropovich, regresa a México. Viene a contar una historia sonora más. Con su colega, condiscípulo y amigo Carlos Prieto, otra leyenda y trotamundos, el 11 y 12 de junio toca en Bellas Artes Suite para dos cellos, compuesta para ambos por el mexicano Samuel Zyman.
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Si el cello no es suficiente, Yo-Yo Ma toca y hace tocar otro instrumento: el oído. Con ambos franqueó los cánones de la geografía musical europea para internarse en las estepas de Asia o en casas de geishas de Kyoto, con la singularidad con que interpretó una milonga en Buenos Aires o acompañó a Antonio Carlos Jobim por los contornos de Ipanema.

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