| Transantiago, violencia y sobajeo en la ciudad |
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| por Emilia Rojas | ||||||||||||
| 06 / 2007 | ||||||||||||
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Santiago de Chile en invierno. Nublado, frío. Todo un poco gris, un poco descolorido. Los edificios de la urbe, imponentes, y yo tan pequeña corriendo para llegar. Camino cuatro cuadras pensando en el tiempo y la rapidez, tesoros de la vida citadina. Siempre agitada, siempre bullente. El “luminoso rojo” me indica la llegada al metro. El famoso “subway” chileno. Bajo la escalera con rapidez, esquivando a los más lentos. Tremenda fila. Todos esperamos pasar. Después de cinco minutos y algunos empujones logro pasar mi tarjeta. ¡Bip, Bip! (el ruidito de rechazo) No tengo dinero y debo cargarla. ¡Maldición! Otra larga fila llena de malhumorados me espera, para poner algunos pesos y viajar. Es así ahora, pienso. Antes este medio de transporte no era el más solicitado, viajábamos todos tranquilos, éramos menos. Ya estoy abajo, abajo esperando el metro. Llega el tren celeste absolutamente repleto, los rostros de algunas personas casi se aplastan en las ventanas… ¡Es como un carrito compresor de humanos! Dejo que se vaya. Que venga otro. Estoy atrasada, pero no puedo embutirme ahí. No hay espacio para mí. El próximo. Se repite la escena, esta vez con algunos violentos intercambios de palabras entre los pasajeros que pretenden subir y los que aspiran a bajar. El tercer tren… cuento: 1, 2, 3 y ¡me lanzo al compresor! De alguna manera tengo que caber en este espacio, ya no puedo esperar más. Sólo logro ver algunos rostros, demasiada gente pegada a mí. Mi tamaño no me ayuda. El gordo tras de mí apoya su miembro en mi espalda, la chica voluptuosa busca la manera de proteger sus tetas de las manos que aparecen sorpresivas, para afirmarse de algún lugar… Cada vez que al carro se detiene en alguna estación nos vamos hacia un lado y cuesta mantener el equilibrio entre semejante masa y sin espacio. Pienso en Tokio, en otros metros y sus sistemas. Pienso que este asunto del transantiago podría ser la panacea para muchos. Después de todo, viajar así tan apretados, tiene sus ventajas. La respiración del vecino en mi nuca, el brazo de la voluptuosa rozando mis nalgas… Algún cruce de miradas siempre hay. Algún pervertido como yo también. No puede ser tan terrible, algún provecho hay que sacar de esta situación. No puede ser todo tan malo, ¿verdad? Ahí está, bien vestido, apretado, con su maletín colgando. No puedo ver el cuerpo completo, pero sí su rostro. Guapo. Ojos verdes. Me gustan así, de ojos verdes. Logro sentir su transpiración. Hace calor. Sí. Me mira. El carro frena y sin querer le toco una teta a la voluptuosa. Me mira sonrojada. Le pido disculpas. La verdad es que fue casual, pero me gustó. El chico del maletín nos mira, el gordo acomoda su miembro cerca de mí. Es un cuadrilátero. Allá en la esquina él, acá en el medio nosotras, y por detrás, el obeso del miembro. Linda escena. Sudo. Mi estación. Mi mirada se despide de todos, empujo a algunos para bajar… Ya fuera, miro el carro… La verdad es que el gordo era mucho más guapo de lo que pensé.
Emilia Rojas nació hace 24 años en una capital al sur del mundo, Santiago de Chile. Sobre ella, como sobre tantos otros, cayó la maldición de las palabras, y ya no se puede detener… Expresar, escribir, hacer carne las ideas. Sin negar lo que se es, el destino. Crónicas, cuentos, poemas, están en su currículum, pero qué más da, palabras, palabras, palabras.
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